Pintaba para crack: Wayne Harrison

Tras la exitosa saga de Carlitos Marinelli, volvemos a Inglaterra para traerles a este ignoto jugador. Si, porque antes de Rooney hubo un Wayne que tampoco era Bruce (?). En este caso, le sugerimos al lector que agarre una ristra de ajo, lo invoque a Pugliese y aunque sea tenga un trébol de cuatro hojas hecho con papel higiénico, porque la mala suerte de este muchacho probablemente sea contagiosa. La historia de un delantero que tuvo mas operaciones que partidos oficiales jugados, sin (?).

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Suelen decir que la vida laboral de un deportista profesional es corta y hay que aprovechar las oportunidades. Ser responsable. Cuidar su imagen -en el buen sentido, no en ese que infructuosamente intenta Bastía (?)- tanto dentro como fuera del campo de juego, sea cual fuere el deporte. Entrenar fuerte. Si todo esto es respetado al pie de la letra, entonces la injerencia de la suerte, para bien o para mal, va a ser mínima. Ojo, hay casos excepcionales de verdaderos cracks que a pesar de su agitada vida fuera de las canchas, adentro la rompían con apenas horas de sueño… o tal vez ninguna. Pero sabemos que son los menos. Y hay casos únicos, donde la vida no te da chance alguna. Ni en el césped, ni en ningún lado. Así le ocurrió a Wayne Harrison.

Nacido el 15 de Noviembre de 1967 en Stockport, Harrison ya arrancó con el pie izquierdo. A pesar de la cercanía de su ciudad natal con Manchester, de niño simpatizó con el Liverpool, rival acérrimo del primero a tal punto que desde 1964 no hay una transferencia directa entre ambos clubes. La razón de su devoción por el equipo de Anfield Road era simple: admiraba a Kenny Dalglish y Kevin Keegan. Era tal la fascinación que tenía por ellos que cuando jugaba al fútbol con sus amigos lo hacía como delantero, tratando de imitar lo mejor de ambos. De tanto repetir y repetir, los movimientos prácticamentes ya le salían naturales. Si a eso le sumamos el buen desarrollo físico que tuvo, obtenemos ese combo que te lleva a plantearte si no estás para algo más que jugar un picadito con los pibes. Así que a los trece años fue a probarse al Oldham Athletic, equipo que militaba por aquel entonces en la Second Division. ¿La razón? La explicó el propio Harrison: “El autobús que me dejaba en el club paraba en la puerta de mi casa”. Una de dos: o era muy vago como para ir a Manchester y probarse en el City, o no sabía tomarse un bondi.

Desde su arribo al Oldham, sus entrenadores supieron ver una verdadera joya. Así lo describía Joe Royle, director técnico de The Latics por aquellos años: “Era un goleador nato. Su capacidad para generarse espacios era magnífica”. Bill Urmson, entrenador de juveniles, también alababa sus condiciones. “No le tuve que enseñar mucho a Wayne. Ya se veía que era un jugadorazo”. No había mucho que agregar: el pibe estaba destinado a grandes cosas. A lo largo de su carrera como juvenil, Harrison sería goleador en todas las categorías en las que jugó. A los 15 pasó a jugar con los reservas, alternando con la categoría inferior. Durante ese año marcaría 35 goles, lo que haría que su nombre empezara a esparcirse a lo largo y a lo ancho de Inglaterra, llegando a los oídos de los grandes equipos. Claro, había una cuestión de por medio: el nivel de la Second Division era menor. Nunca había enfrentado a ningún equipo de First Division (actual Premier League) y era lógico pensar que quizás en una categoría haga diferencia pero sea uno del montón en una superior. Nottingham Forest y Everton le habían echado el ojo, pero no estaban seguro de hacer una inversión fuerte por una promesa. Incluso el Manchester United había ofrecido intercambiar varios juveniles por él, pero la oferta fue rechazada. Las dudas que esto generaba se disiparían tras un partido de la Youth FA Cup a principios de 1984, donde el Liverpool recibía la visita del Oldham. Harrison, con apenas 16 años recién cumplidos, le metería un doblete al equipo de sus amores para obtener una resonada victoria por 4 a 0. Todo lo que se había dicho no era chamuyo: el pibe era un fenómeno. Tal fue el impacto que muchos dirigentes del Liverpool -entre ellos Tom Saunders, encargado del desarrollo de juveniles- fueron inmediatamente a hablar con sus pares del Oldham. “No nos dejaban salir del vestuario. Querían hablar sobre el muchacho” recuerda Royle. Los dirigentes optaron por dejar las tratativas para más adelante, sin embargo alguien filtró el dato de la simpatía por el Liverpool por parte de Harrison y al día siguiente le pegaron un tubazo directamente a él. “Yo no quería irme del Oldham, era feliz aquí. Pero cuando me llamaron les dije que me iría allá para hablar. Ni siquiera me importaba lo que decía el contrato, yo sólo quería jugar con Dalglish”, diría el delantero en una entrevista hace algunos años. El pibe quedó encantado con el club, obviamente. Ya con el visto bueno tanto del jugador como de su familia, restaba resolver un pequeño detalle: el precio a pagar por él. Pero no hubo negociación alguna, ya que los directivos del Oldham se quedaron helados con la suma ofrecida: 250.000 libras esterlinas. Ni tuvieron que sentarse a pensarlo. Harrison pasaría a ser propiedad del Liverpool con apenas 17 años. Ah, un pequeño detalle: se convertía en el jugador menor de 18 años mas caro del mundo. ¿Presión? ¿Dónde?

Una de las pocas imágenes de Wayne Harrison enfundado con la casaca del Oldham Athletic.
Una de las pocas imágenes de Wayne Harrison enfundado con la casaca del Oldham Athletic.

Tras haber concretado la venta en marzo de 1985, el joven goleador lograría debutar con el primer equipo del Oldham, transformándose en el jugador más joven en vestir la camiseta del club, récord que aun hoy conserva. En ese último tramo del campeonato disputaría un total de cinco partidos y marcaría un gol. Pero lo más importante estaba por delante: su llegada al Liverpool para poder jugar con su ídolo, Kenny Dalglish. Sin embargo, un pequeño cambio alteraría los planes tanto del club como del jugador: Joe Fagan, entrenador del equipo y quién había solicitado la llegada del juvenil, renunciaba a su cargo. Su reemplazante sería nada menos que… el propio Dalglish. Para Harrison en principio eran maravillosas noticias, pero en cuestión de días todo cambiaría. En una decisión conjunta entre el nuevo DT y la dirigencia, se optó por mandar a la joven estrella con el equipo reserva, ya que lo veían muy endeble físicamente para lo que era el rigor de la Liga Inglesa (recordemos que en la extinta First Division los planchazos y los dos pies para adelante eran cosa de todos los días). A pesar de esto, Harrison mantuvo la cabeza y dobló sus esfuerzos para alcanzar su meta.

Los primeros meses demostró estar a la altura del torneo de reservas con buenas actuaciones, pero de a poco empezó a mostrar dificultades físicas debido a la exigencia a la que era sometido tanto en los entrenamientos como en los partidos. Primero fue una seria lesión pélvica que le provocó una doble hernia que requirió cirugía y luego un problema en un cartílago de la rodilla, producto del aumento poco usual de su altura (llegó a crecer cinco centímetros en apenas seis meses). Ambas dolencias lo dejaron sin jugar alrededor de cinco meses, pero su recuperación fue buena y a fin de la temporada volvió con todo, colaborando con dos goles en los últimos cinco partidos que sirvieron para obtener el campeonato de reservas 85/86. Ese año sólo alcanzaría a jugar un total de siete partidos y anotaría cinco goles. Las esperanzas renacían para el joven nacido en Stockport, quien ya estaba totalmente recuperado de sus lesiones. La alegría fue completa cuando Dalglish decidió llevarlo a realizar la pretemporada con el primer equipo. Sin embargo, allí Harrison demostraría que no estaba maduro para jugar en Primera y cometería un error por el cual casi tira su prometedora carrera por la ventana… literalmente.

En plena preparación para la temporada 86/87, unos amigotes de Harrison pasaron a visitarlo una tarde por Bradford, lugar donde el Liverpool había decidido hacer la pretemporada. No había tenido oportunidad de volver a su ciudad tras finalizar el campeonato y decidieron darle una sorpresa. Fueron a un parque cerca del lugar donde el equipo concentraba para distenderse un poco. En un momento, y tal como suele pasar cuando uno es adolescente, empezaron a comportarse como pelotudos (?) y a jugar de manos entre ellos. Empujón va, empujón viene… hasta que el bueno de Harrison termina atravesando un ventanal de uno de los invernaderos del parque. Dos grandes pedazos de vidrios cayeron sobre sus brazos y le cercenaron varias de las venas y arterias que los recorren. La cantidad de sangre que brotaba de su cuerpo era demasiada. Dos de sus amigos corrieron a buscar un teléfono para llamar a una ambulancia y otros dos se quedaron con él. Ninguno de ellos contaba con una información clave: justo ese mismo puto día el servicio de ambulancias de Bradford se había declarado en huelga en reclamo de mejoras salariales (!). Si, gestión Mauricio Macri Thatcher (?). Por suerte para él, el Servicio Médico Militar se había puesto a disposición para servir como reemplazo ante la situación y una unidad se hizo presente rápidamente en el lugar. Había perdido muchísima sangre. Llegó al hospital con su vida pendiendo de un hilo, pero los médicos lograron salvarlo milagrosamente. Increíble.

Doblecamiseteo a la inglesa. Harrison posando para una producción digna de El Gráfic*.
Doblecamiseteo a la inglesa. Harrison posando para una producción digna de El Gráfic*.

Por las diversas heridas que sufrió, Harrison no pudo jugar durante casi nueve meses. Reapareció a fines de febrero de 1987 y logró disputar diez partidos y anotar dos goles, siempre con el equipo reserva. Sin embargo, el cuerpo médico del Liverpool lo notaba endeble en el aspecto físico, sobre todo a la hora de disputar la pelota con los rivales. Tras finalizar la temporada se le realizaron nuevos exámenes, los cuales mostraron que el accidente había dejado secuelas en uno de sus hombros y en aquella rodilla que fuera operada. La joven promesa no había cumplido los 20 años y debía pasar nuevamente por el quirófano. A pesar que al principio se negó, tanto los doctores como su ídolo Kenny Dalglish le hicieron entender que tenía toda su carrera por delante. Fue así como se paso un año completo sin jugar, siendo operado dos veces en su rodilla y una en su hombro.

La temporada 88/89 lo encontró completamente recuperado y con ganas de ganarse un lugar directamente en el primer equipo. Pero claro, primero debía tomar ritmo de juego. En la reserva jugó 17 partidos y anotó 9 goles a lo largo de casi todo el campeonato. No terminó de jugarlo allí ya que le había llegado la oportunidad de irse cedido un mes (en Inglaterra se permite esta clase de préstamos) al Crewe Alexandra de la Third Division. Allí marcaría un gol en tres presentaciones. Nada mal para su año de regreso. El año siguiente pintaba bien por primera vez en mucho tiempo.

La partida de John Aldridge a la Real Sociedad dejaba un hueco importante para que aparezcan nuevas figuras en el primer equipo. La delantera titular estaba compuesta por Ian Rush y Peter Beardsley, acompañados por el genial John Barnes. Dalglish seguía sin darle oportunidad siquiera de sentarse en el banco, pero era lógico: en aquellos años sólo se permitían tres suplentes. Mientras tanto, Harrison no paraba de hacer goles en el torneo de reservas. Cuando parecía que podía empezar a aparecer en el banco, el club trajo a préstamo al israelí Ronny Rosenthal, que además de todo aterrizó con un contingente de células de la MOSSAD con el pie derecho convirtiendo cinco goles en siete presentaciones. La temporada llegaba a su fin y el pobre Wayne seguía sin debutar oficialmente. Llegaba la última fecha del campeonato y Liverpool era una fiesta: no sólo habían logrado el título de liga, sino que también los reservas lo habían hecho, con el fantástico aporte de Harrison marcando 15 goles en 27 encuentros y consagrándose como goleador del certamen. Se entusiasmó con ser parte del plantel profesional en la visita al Coventry City, pero finalmente terminaría jugando el último partido de reservas frente al Barnsley. Tal como decíamos al principio, cuando la suerte no te quiere acompañar, no hay fuerza que cambie el destino.

Foto oficial de Harrison para la temporada 88/89, aquella en la que regresaba tras un año sin jugar. Su cara lo dice todo. Y aún faltaba lo peor.
Foto oficial de Harrison para la temporada 88/89, aquella en la que regresaba tras un año sin jugar. Su cara lo dice todo. Y aún faltaba lo peor.

En el último minuto del último partido de la temporada, con el partido 3 a 1 en favor de los Reds, el arquero de Barnsley salió fuera del área a cortar una corrida de Harrison hacia la pelota. El delantero llegó primero a la pelota, pero el arquero impactó la pierna de su rival. Nadie mejor que el propio Harrison para describir lo que pasó: “Lo recuerdo como si fuera ayer. Me agarró a toda velocidad, ni lo vi venir. Apenas intenté levantarme, me di cuenta que era serio porque no sentía la pierna pero podía ver que estaba deformada”. Una vez arribado al hospital, el diagnóstico fue tremendo: rotura de ligamento cruzado anterior, ambos ligamentos laterales y meniscos. Fue operado inmediatamente, pero el daño era irreparable. A esa intervención quirúrgica le siguieron otras ocho (!). La última de ellas requirió además siete semanas de yeso (algo que desde hace años no se utiliza más para lesiones ligamentarias). Tras mas de un año y medio sin siquiera poder correr, en pleno proceso de rehabilitación los médicos del club decidieron verlo trotar. Fue inútil. “Ese día la rodilla me dijo lo que nadie quería decirme ni yo queria oir. Cuando intenté el primer freno para girar, la rodilla cedió completamente”, describe con dolor Harrison. Se había roto nuevamente el ligamento cruzado.

Tres meses después de una nueva operación, el nuevo entrenador Graeme Souness y los médicos lo citaron para decirle que ya no podría jugar al fútbol profesionalmente. “Estaba devastado, mi cabeza me daba vueltas y no podía siquiera pensar en eso. Lo único que alcancé a hacer fue subirme a mi auto y manejar durante cuatro horas sin rumbo fijo”, recordaba Harrison en una nota que le realizó el Liverpool Echo. Aquella jóven promesa se retiraba con 24 años y sin siquiera debutar oficialmente con la camiseta de sus amores, aquella con la que soñó vestir junto a su ídolo en el campo de juego.

El cartel que promocionaba el partido homenaje. Al menos todavía servía para lustrar botines (?)
El cartel que promocionaba el partido homenaje. Al menos todavía servía para lustrar botines (?)

Como suele suceder en Inglaterra para casos como este, sus dos clubes se contactaron para realizarle un partido homenaje, en el cual se suele destinar lo recaudado para el infortunado jugador. Harrison ni siquiera podría participar de ese encuentro, por más amistoso que fuera. Tras alejarse definitivamente del fútbol, retornó a su ciudad natal, Stockport. Estuvo pensionado por la FA durante cuatro años (a todos los jugadores en actividad se les quita un porcentual de su salario que se destina a pensiones para aquellos ya retirados) y tras mas de veinte operaciones en su rodilla, obtuvo el alta laboral. Tras esto, consiguió un trabajo como repartidor de barriles de cerveza para la famosa marca Robinson. Ya con varios años en el lomo y soportando constantemente los dolores de rodilla, en su última entrevista dejó sus  impresiones sobre esa carrera que no pudo ser: “La mejor manera de ver las cosas es pensar que nada puede ser peor de lo que fue. No estoy amargado, aunque desearía no haber ido nunca al Liverpool. Quizás traté de crecer muy rápido, lo mejor hubiera sido quedarme en Oldham y trabajar mas mi físico y mi juego. Probablemente hubiera dado mejores resultados”.

Como para redondear su tremenda falta de suerte, un cáncer de páncreas se llevaría su vida a los 46 años, un 25 de Diciembre de 2013 como para cagarle la Navidad a su familia (?). El destino -muy hijo de puta, por cierto- quiso que muriera diez días antes que jugaran Liverpool vs. Oldham por la FA Cup. Le llegó tarde, pero en ese partido se ganó esos aplausos que siempre mereció y nunca pudo disfrutar:

 

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