Pintaba para crack – Vasilis Hatzipanagis

Una nueva historia sale a la luz en esta sección que sorprende a propios y extraños. Hoy vamos a hablar de un fenómeno que no trascendió jamás pero, que de haberlo hecho, nos habríamos enterado mucho antes que en Grecia se jugaba al fútbol.

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A lo largo de los años, el fútbol se fue masificando a pasos agigantados. Sin ir mas lejos en el tiempo, podemos decir que Tahití jugó una Copa Confederaciones. Lo loco es que si nos ponemos a repasar los nombres de algunos jugadores que compiten en la élite del fútbol, nos encontramos con jugadores que prácticamente son los únicos de su país en hacerlo allí, como puede ser el caso del beninés Stéphane Sessegnon del West Bromwich o el gabonés Pierre Emerick Aubameyang del Dortmund. O lo que fue en los ’80 el Mágico Gonzalez, ese salvadoreño de gambeta endemoniada e indescifrable. Ellos pusieron a su país en boca de todos.

¿Cuantas veces hemos escuchado paralelismos alrededor del Dié? “El Maradona del Basket” le decían a Michael Jordan. O como olvidar al enorme Gheorghe Hagi, “El Maradona de los Cárpatos” que lideró a la mejor camada de futbolistas rumanos de la historia. Al menos en el caso del fútbol, lo que los asemejaba al más grande era el talento, el uso de la 10 y en algunos casos ser zurdos. Pero el muchacho que les vamos a presentar tenía mucho en común: nacido en la marginalidad, zurdo, atorrante, con rulos, la 10 en la espalda… demasiado para ser verdad. ¿La diferencia más grande? Lo conocen sólo en Grecia. Pero eso se termina acá: les presentamos a Vasilis Hatzipanagis.

A pesar de su nombre helénico, su tierra de nacimiento fue la Unión Soviética. ¿Como joraca cayó un griego ahí? Paso a explicar: durante la Segunda Guerra Mundial y en parte después de ella, se desarrolló una guerra civil en Grecia que finalizó con la derecha en el gobierno y la izquierda reprimida a todo nivel. La Unión Soviética decidió acoger a aquellos camaradas (?) que escapaban para evitar caer presos. Dos ciudades que abrieron de par en par sus puertas para recibir refugiados políticos fueron Alma-Ata (actualmente Almaty, Kazakhstán) y Tashkent (actualmente Uzbekistán). Esta última sería el nuevo hogar de los padres de Hatzipanagis a principios de la década del ’50. Vasilis nacería en 1954.

Si bien sus cualidades futbolísticas siempre estuvieron, recién pudo mostrarlas al mundo del fútbol a los 16 años. La razón fue el terremoto que azotó a Tashkent en 1966 que destruyó la ciudad. Su reconstrucción fue a pulmón y con una gran participación de sus habitantes, con lo cual esa etapa el bueno de Vasilis la pasó más entre escombros y fratachos (?). Casi cinco años después de la catástrofe, el Dinamo -uno de los equipos locales- todavía no tenía lugar para entrenar y lo hacía en un parque. Allí lo vieron jugar a Hatzipanagis con unos amigos y quedaron boquiabiertos. ¿Quién era ese muchacho melenudo que gambeteaba a todos? Inmediatamente lo invitaron a sumarse al entrenamiento, donde dejó bien claro que estaba para un poco más que patear con lo’ pibe’. La cuestión es que ahí mismo le dijeron que fuera mañana al club para firmar un contrato profesional. El asunto fue que cuando se lo comentó al viejo, casi se arma: el padre no quería que jugara allí, ya que el Dinamo era el equipo de la policía. El padre temía que fuera citado para formar parte de las fuerzas, algo habitual por aquel entonces. Pero en vez de cortarle las alas, le sugirió que se probase en el otro equipo de la ciudad, el Pakhtakor Tashkent. Un detalle: este equipo es el verdaderamente popular, creado por trabajadores algodoneros (Pakhtakor significa “recoletor de algodón” en uzbeko). Así que Vasilis, impulsado por el comunismo inquebrantable y las firmes convicciones del padre, decidió probarse allí. De más está decir que lo quisieron fichar enseguida, pero se encontraron con un problema que el propio juvenil desconocía y que le traería dolores de cabeza a lo largo de su vida.

Hatzipanagis dejando el tendal. Eran sus comienzos en Tashkent.
Hatzipanagis dejando el tendal. Eran sus comienzos en Tashkent.

La legislación soviética de aquel entonces permitía otorgarle a un recién nacido la nacionalidad de sus progenitores si estos eran refugiados políticos. Por lo tanto, cuando el pequeño Vasilis vino al mundo, sus padres optaron por darle la nacionalidad griega. El asunto es que para ser futbolista profesional en la Unión Soviética, debías ser soviético. A pesar de los intentos legales, a Hatzipanagis no le quedó otra que resignar su nacionalidad griega y adoptar la de su país de nacimiento. En 1972 haría su debut en el Pakhtakor frente al Shakhtar Donetsk, en un encuentro válido por la Segunda División del fútbol soviético. Tenía tan solo 17 años. Su inclusión en el equipo fue clave para consagrarse campeones y así obtener el ansiado ascenso a la máxima categoría. Al año siguiente el club uzbeko lograría conservar la categoría con cierta holgura, pero la explosión definitiva fue en 1974. El Pakhtakor jugó un futbol ofensivo que bordeaba el suicidio pero que poco importaba si la cuestión pasaba por ver la magia del 10. Tal forma de jugar se vio reflejada en sus numeros: segundo equipo más goleador (sólo por detrás del campeón, Dinamo Kiev) y tercer equipo con la valla mas vulnerada (sólo los dos equipos descendidos lo superaban en ese rubro). Ese año sería elegido segundo mejor jugador de la liga, detrás del enorme Oleg Blokhin. En 1975 sucedería lo mismo, pero ese pequeño triunfo personal sería opacado por el descenso de su equipo.

A pesar de la mala posición en la tabla, su rendimiento era superlativo e incluso lo pedían para la selección, algo que no era poco en aquellos años donde la Unión Soviética era uno de los mejores equipos europeos. Comenzaron por convocarlo para el combinado Sub-21 que disputaba la clasificación a los Juegos Olímpicos de Montreal. Su debut fue el 21 de Mayo de 1975 frente a Yugoslavia y no pudo ser mejor: convertiría dos de los tres goles que le darían la victoria a la URSS y que les permitía acceder a la fase de grupos. Allí disputaría cinco partidos más, consiguiendo finalmente el pasaje a los Juegos. Lamentablemente para él, el entrenador no lo tendría en cuenta, ya que en aquel entonces no existían límites de edad para convocar jugadores y fueron citados varios jugadores de la seleccion mayor. Cuando ya se preparaba para encarar la siguiente temporada, desde Grecia llegaban noticias auspiciosas, tanto para él como para sus padres. El regreso a tierras helénicas era posible.

"Corrase maestro, que si no lo gambeteo a usted también"
“Corrase maestro, que si no lo gambeteo a usted también”

A fines de 1974 había caído finalmente la denominada Dictadura de los Coroneles, gobierno militar de facto que había comenzado en 1967 -con apoyo de Estados Unidos, obviamente- y que había proscripto y perseguido al comunismo. El resurgimiento democrático le abría la oportunidad de retornar a Vasilis y sus padres. Pero la política, tarde o temprano, te pasa factura como pasó con el cerdo lobbysta de Niembro: la ley soviética establecía que un futbolista no podía ser considerado ni tratado como mercadería, por lo tanto no se podían ni vender ni comprar jugadores (!). Olympiakos había intentado sin éxito incorporarlo a sus filas. Vasilis se calentó y comenzó a averiguar cómo hacer para salir del entuerto y de la Unión Soviética también. Hasta que encontró una solución: para regresar a Grecia debía pedir ser repatriado y resignar la nacionalidad soviética. Esto último mucho no le iba a importar (?), pero el temita con la repatriación era que, debido a regulaciones de caracter diplómatico y demás, para repatriarse debías especificar la ciudad donde habías vivido y Vasilis jamás había pisado tierra griega. Cuando la idea de arribar a Pireus para jugar en el Olympiakos comenzaba a truncarse, surgió la posibilidad de pedir reubicarse en la ciudad donde habían vivido sus padres y donde en ese momento lo hacían sus abuelos: Tesalónica. “Listo, me voy hasta ahí y después me mando para Pireus”, habrá pensado Vasilis. Cuando comenzaron los trámites, se encontró con otra traba legal: al ser soviético y mayor de 21 años, la ley soviética lo consideraba emancipado de sus padres, por lo tanto la legislación de repatriación de refugiados ya no le cabía. Todo a fojas cero nuevamente. Cuando todo parecía perdido y debía resignarse a permanecer en la URSS, tuvo una gran idea.

Con la ayuda de abogados entendidos en la materia, encontró un apartado sobre repatriación por representación deportiva. Palabra mas palabra menos, lo que decía esta enmienda era que un deportista podía ser repatriado si su nación lo requería para representarla. Entonces, los pasos a seguir fueron: 1) abandonar la nacionalidad soviética, 2) solicitar la de sus padres (esto no dependía de ser refugiados o no) y 3) presentarle a la Federación de Fútbol de la URSS un pedido formal por parte de Grecia para que Hatzipanagis formara parte de su Selección (que por aquel entonces peleaba la clasificación a la Eurocopa de 1976). Para ello tuvo que contactarse casi en secreto con los dirigentes griegos. Pero los soviéticos -que eran comunistas pero no boludos (?)- sospecharon, revisaron la letra chica y contraatacaron: al igual que la repatriación como refugiado, la repatriación deportiva exigía especificar la ciudad de relocación. La Federación Soviética quería evitar si o si que Vasilis se fuera al Olympiakos, es decir básicamente cagarle la existencia. No le quedó otra que poner que su lugar de regreso era Tesalónica, la ciudad de sus abuelos. Los dirigentes de la federación tramitaron el resto de los papeles para que finalmente Hatzipanagis arribe al Iraklis de esa ciudad firmando un contrato por dos años. Una alegría que después no sería tal, ya verán porqué.

Su arribo desató una locura en Tesalónica. El equipo, que venía medio a los tumbos, tenía en sus filas a un tipo definitivamente desequilibrante. Con él podían plantarle cara a los grandes. Tal es así que el 9 de Junio de 1976 alcanzarían el punto más alto de su historia obteniendo la Copa Helénica, en un partido drámatico frente al Olympiakos.

Ese campeonato terminarían octavos, con Hatzipanagis marcando seis goles en 21 partidos. La obtención de la copa local les permitiría participar la temporada siguiente en la extinta Copa de Campeones de Copa, pero la pechearían al quedar eliminados en primera ronda por el APOEL Nicosia. No sería un buen campeonato para el Iraklis, ya que conseguirían salvarse del descenso en la última fecha. Apenas marcaría 2 goles en 31 partidos. Ese no sería un buen año para él, ya que descubriría cuan macabro puede ser el mundillo del fútbol.

Para realizar todo el tramiterío legal para arribar a Grecia, confió en un procurador armenio que vivía en Moscú. El tipo se había encargado de contactarse con todos los actores necesarios para posibilitar su regreso: los políticos, los dirigentes de la federación griega y los del Iraklis. Hatzipanagis confió ciegamente en él hasta que llegó la hora de la renovación de su contrato en 1977. El crack tenía ofertas de los equipos grandes de su país y también de afuera, ya que el Arsenal y Lazio estaban al tanto de la calidad del joven jugador. Vasilis quería jugar en el exterior, sobre todo en el fútbol inglés. Sin embargo, se encontró con una sorpresa: tanto el armenio como los dirigentes griegos engañaron a Hatzipanagis y en el contrato que le habían hecho firmar figuraba una cláusula que permitía al club renovar automáticamente el vínculo por un año durante diez años (!!!). Al enterarse de esto el jugador no tuvo más remedio que iniciarle un juicio al club y a los hijos de puta que lo cagaron los involucrados, pero éstos se habían anticipado a la maniobra: se ampararon en una ley preexistente que avalaba dicho contrato. Hatzipanagis quedó preso en su ciudad (?).

La temporada 77/78 fue un calvario: además de estar recontracaliente con su situación, a los pocos meses de iniciar el campeonato se rompería la rodilla. Ni lerdo ni perezoso, pidió que la rehabilitación se hiciera en el exterior. El club accedió y el jugador se trasladó a Inglaterra. Los encargados de recuperarlo serían los médicos del Arsenal, contactados por él a espaldas del club. Cuando estuvo al 100%, aprovechó la volada y entrenó un par de veces con el equipo londinense, que quedaron perplejos ante el desconocido de rulos. El presidente del club intentó contactarse con su par en Grecia, a pesar que Hatzipanagis le rogó que no lo hiciera para evitar mayores conflictos. El presidente Gunner hizo oídos sordos, como era de esperarse (?). Por supuesto, el ofrecimiento fue desechado. Lo increíble de todo es que, a pesar de las grandes ofertas que arribaban por el jugador (Stuttgart y Porto intentaron contratarlo), el dinero que ingresaba cada vez que el Iraklis jugaba de local era interesante. La gente de otros clubes se agolpaban para verlo jugar, algo similar a lo que ocurría en esa época con Maradona en Argentinos Juniors. Tomá, otra coincidencia más (?). Siendo un equipo pequeño, el Iraklis esos tres años fue el cuarto club con mayor convocatoria detrás del Panathinaikos, el Olympiakos y el PAOK Salónica. Un verdadero fenómeno de masas. A decir verdad, valía la pena ir a verlo:

Tras un par de temporadas sin ningún tipo de éxitos y con una derrota en la final de la Copa Helénica de la temporada 79/80 frente al débil Kastoria por 5 a 2, el Panathinaikos acercó una oferta de siete millones y medio de dólares, una cifra estratosférica para la época y que sólo sería superada un par de años mas tarde cuando el Barcelona la puso toda por Maradona. Pero los dirigentes del Iraklis volverían a descartar la chance de venderlo, con lo cual Vasilis casi que se resignó a saberse condenado a jugar ad eternum en el club de Tesalónica. Lo lindo del caso es que poco después de haber rechazado la oferta, la Federación descubrio que el club había arreglado un par de partidos y lo sancionó con el descenso a la Segunda División. Allí ni por casualidad tendrían la convocatoria que cada quince días tenían en su estadio. Aprovechando esta situación varios equipos intentaron adquirir a Hatzipanagis, pero el presidente fue contundente: “Lo necesitamos para ascender lo antes posible”. Hijaputez por donde se lo mire. Ante esta situación, la gente se volcó aún más con El Mago de Tashkent. Todo el mundo lo pedía para la Selección. ¿Pero cómo? ¿No era que habia sido repatriado para representar a su país? Bueno, si… pero no.

Tras lograr ser repatriado, Hatzipanagis disputaría un sólo encuentro para la selección: un amistoso frente a la Polonia el 6 de Junio de 1976 que terminó con victoria griega. Cuando todo parecía estar en regla, la FIFA se puso la gorra y dictaminó que no podría volver a jugar para Grecia. La razón era que ya había disputado partidos oficiales con la URSS. Hatzipanagis presentó un reclamo formal en el que aducía que aquellos partidos correspondían a la clasificación para los Juegos Olímpicos, una competencia que está por fuera de la jurisdicción de la máxima entidad del fútbol. Pero el forro de Joao Havelange se dejó el bigote (?) y le denegó el pedido, sosteniendo que si bien los JJ.OO. no son una competición FIFA, el torneo de clasificación con la Seleccion Sub-21 sí lo era. Si bien esto es cierto, no nos vamos a perder la chance de tirarle un poco más de caca a ese hijo de puta.

Levantando la Copa Helénica obtenida con el Iraklis en 1976. Ustedes encarguense de buscar los parecidos a las caras (?)
Levantando la Copa Helénica obtenida con el Iraklis en 1976. Ustedes encarguense de buscar los parecidos a las caras (?)

El Iraklis apenas pasaría un año por la segunda categoría del fútbol griego, ganando 26 de los 38 encuentros y convirtiendo 99 goles. La diferencia era notoria en esa divisional. Para 1982 ya estaban de vuelta en la categoría y Hatzipanagis seguía pintando jetas a lo pavote, pero como han visto en los videos sus compañeros no colaboraban mucho que digamos. La temporada 83/84 fue una de las mejores del equipo tras aquella en la que obtuvieron la Copa de Grecia: terminaron terceros (a un punto de ser subcampeones y a cuatro del ganador) y Vasilis se despachó con 12 goles, una de sus mejores producciones goleadoras. Tan buena fue su temporada que fue invitado a participar en una suerte de partido despedida de Franz Beckenbauer, en donde se enfrentaban el Cosmos frenta a un combinado de estrellas mundiales. Atenti a la ovación:

La historia seguiría su curso. Hatzipanagis seguiría jugando en el Iraklis durante siete años más, posicionando al equipo en los primeros puestos pero sin lograr campeonatos o copas. Tras casi quince años de carrera en Grecia, decidiría colgar los botines el 18 de Septiembre de 1990 en un partido frente al Valencia válido por la Primera Ronda de la Copa UEFA. Dejaba atrás un total de 281 partidos jugados y 62 goles para el equipo herculiano.

La historia pudo haber sido diferente. Tras su retiro fueron apareciendo de a poco información sobre lo que pudo ser y no fue: una decisión paterna que terminó llevándolos a Tashkent en vez de Londres, su apresurado retorno a Grecia (“debí ser mas paciente para irme de la Unión Soviética, declararía unos años después) y las increíbles leyes que lo obligaron a permanecer eternamente en el Iraklis, que al salir a la luz propiciaron un cambio drástico en favor de aquellos que pudieran ser perjudicados. El merecido premio a su trayectoria le llegaría tarde pero seguro: no sólo sería elegido el mejor jugador de la historia del fútbol griego, sino que el destino y la federación de su país le darían una sorpresa.

El 14 de diciembre de 1999, aprovechando que el amistoso entre Grecia y Ghana se disputaría en la cancha del Iraklis, se reinició aquel viejo reclamo para permitirle jugar con la selección helénica y la FIFA -a modo de “reparación histórica”- le dio el visto bueno. Hatzipanagis se retiraría jugando para su país con 45 años. Y nada de puntapie inicial y aplauso: jugaría 20 minutos y daría el pase en profundidad que finalizaría en el gol griego. Esto y varias jugadas más, lo pueden ver en el documental que dejamos a continuación (si entienden algo de griego mejor (?), si no habría que ver la forma de encontrar los subtítulos).

Refugiado, engañado, desesperanzado. La vida de Vasilis Hatzipanagis pudo haber cambiado si se lo hubieran permitido. El se aferró a lo que siempre amó: el fútbol. Deleitando a quienes lo iban a ver con esa zurda que mantenía a la pelota siempre pegada al pie. Porque a pesar de los miles de quilombos por los que pasó, nunca dejó de dar todo en la cancha. Se pasó a todos por los huevos para darle una alegría a esa gente que venía a verlo, sea hincha del Iraklis o no. Porque -ya que entramos en comparativas-  η μπάλα δεν βάφουν.

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