Thank God it’s Friday

Vivir, sólo cuesta vida. Dice la canción. ¿Quién puede decirnos cómo vivir? No hay un curso para eso, no hay libros, no hay manuales para instruirse en el crucial tema de existir. Hoy no vamos a reflexionar sobre eso. Relajate, es viernes. Hablemos de un tipo con el alma en fin de semana permanente.

La explotación laboral que el capitalismo conlleva hizo que desde tiempos remotos acostumbremos a celebrar la llegada del fin de semana, como se celebra la libertad obtenida luego de años de esclavitud. Ese momento en que fichamos la salida del laburo para encarar dos días de libre albedrío fuera de la maquinaria de producción significa un click en nuestra mente. Vemos circular imágenes en las redes donde la gente expresa que “es viernes y mi cuerpo lo sabe”; videos, gifs y audios de gente desenfrenada, expresando su alegría por poder rebelarse brevemente a la rutina, tratando de olvidarse que el lunes otra vez sufrirán las consecuencias de haber nacido teniendo que comer para no morir.

Rebeldes. Libres. Sacarnos de encima la marca personal del yugo semanal, gambetear al ultimo y más duros de los centrales, antes de encarar para el arco del sábado y salir a festejar con nuestra hinchada de amigos o familia. Eso sentimos los viernes, día cuyo nombre proviene del latin veneris dies, que significa “Día de Venus”, la diosa del porno por cable de la belleza y el amor, en la mitología romana.

De la rebeldía, el amor y la libertad habla la historia de Robin Friday, quien tiene un slogan que lo acompaña cada vez que veamos su nombre escrito en alguna crónica: “El mejor jugador del mundo del que nunca escuchaste hablar”.

Friday nació un 27 de julio de 1952 en Acton, al Oeste de Londres. Era de esos pibes (seguramente casi todos conozcamos uno) que tiene las cualidades para destacarse en cualquier deporte. Pareciera que esta clase de personas contaran con la ventaja de “contar dentro de su sistema operativo” lo que cualquiera del resto debería “bajar como aplicación”, en lo que a técnica deportiva se refiere. El padre, un ex jugador del Brentford, consideró que había que aprovechar eso y lo llevó a probarse al Chelsea. Y quedó de una. Antes había pasado por la cantera infantil del Queens Park Rangers y del Crystal Palace.

Pero el pequeño Robin, con catorce años, ya mostraba atisbos de inadaptación: Lo terminaron echando del Chelsea y luego del colegio. A partir de ahí, casi como siguiendo el caminito en el tablero de aquel juego de mesa conocido por estos lares como El Juego de la Vida, anduvo en la calle, agarró la droga y, en pos de conseguir el dinero para comprarla, delinquió. Retrocedía casilleros gracias a su carácter y su modo de vivir. Y aún perdiendo, ganaba: Hasta jugando en gayola fue elegido como integrante del 11 ideal de las cárceles británicas. Eso le valió la posibilidad de salir del reformatorio para ir a entrenar con el Reading y volver para dormir atroden. 14 meses pasó en cana, por la cantidad de veces que se había mandado pequeñas cagadas.

Pareciera ser que el talento innato que Robin tenía estaba dispuesto a salvarlo, aunque él hiciera todo para autodestruirse. Este chico en cuestión era un buen jugador de fútbol, pero también se destacaba en tenis, boxeo, en cricket, en el bowling y hasta era un muy buen dibujante. Con todo eso, no pudo escapar del destino que el mismo se dibujó.

Cuando salió del reformatorio se mudó con su novia, una joven morena llamada Maxine. Hasta en esa elección eligió el camino de la rebeldía. Esta vez, humildemente me paro para aplaudirlo, porque eligió rebelarse al contexto de racismo (especialmente en Acton, barrio onda Trump racista) en el que hasta había una intención de parte de cierto sector social de hacer retornar a los inmigrantes al país desde donde arribaron. Friday le metía el dedo en la llaga a la sociedad todo el tiempo. Se tuvo que bancar que lo vayan abandonando los amigos, que un grupo racista los ataque a él y a su novia y hasta que su padre decida no asistir a su casamiento.

¿Se llamará Batman el pibe?
¿Se llamará Batman el pibe?

Pero al hombre no le importaba un carajo. Como se dice en ingles: The man don’t give a fuck.

The man don’t give a fuck

Así es el nombre de una canción de la banda galesa Super Furry Animals cuyo single lleva en la tapa al mismísimo Robin Friday gozando como lo gozaron en Colombia a Sosa al arquero Milija Aleksic. El delantero le había puesto una murra fuerte y cuando le ofreció la mano para levantarlo, el golero le rechazó la mano y lo insultó con furia. Eso motivó que después Robin le clavará un golazo y le haga el célebre ademán con los dos dedos, que es como un fuck you, allá en Gran Bretaña. En respuesta a eso, Friday recibió una entrada violenta del uno que lo sacó de la cancha y encima lo sancionaron: dos fechas arafue por el temita del gaste a Aleksic. No fue negocio. Esta canción de los SFA fue descripta por su cantante como un “himno de protesta multi-compás”, afirmando que no está referida a ninguna situación en particular pero que es “sobre el maltrato que hemos sufrido en manos de los políticos por años”. Y dice que “The man don’t give a fuck” es una “canción de protesta de nuestros tiempos” que se puede usar en contra de “cualquier organización que sientas que te aterroriza como individuo, cualquiera que altere tu estilo”. Dicho tema cuenta con la particularidad de ser la segunda canción en cantidad de menciones de la palabra “fuck”, detrás de “Fuck the world” de Insane Clown Posse (?).

Al parecer, Robin era peronista.
Al parecer, Robin era (de algún modo) peronista (?).
Animales súper peludos (?)
Animales súper peludos (?)

No le importaba nada a nuestro personaje en cuestión. Y su fortaleza residía mayormente en esa cuestión. No le importaba lo que piensen los demás, no le importaba siquiera él mismo. Así como no le importó ver la muerte cara a cara. En su época de jugador amateur, trabajando en un tejado, el andamio donde él estaba parado se desplomó y Robin cayó sobre una reja con puntas. Una de ellas le atravesó el estómago y le pasó cerca a uno de sus pulmones. No le importó. Se la bancaba tanto que se paró por las suyas y logró sacarse él mismo el hierro que tenía atravesado. La operación a la que luego fue sometido duró horas. Seguramente ni en los delirios de la anestesia habrá creído que posteriormente desplegaría su fantástico juego en el torneo más antiguo del mundo, la F.A. Cup.

Justamente sería en un partido de esa copa donde Charlie Hurley, entrenador del Reading posara los ojos en el por entonces delantero del Hayes: Friday, porque además de habilidoso lo veía bravo, no sacaba nunca la pierna. Tres meses de internación no bastaron para que claudique. A pesar de saber que la droga, el alcohol y los quilombos con la ley venían en el pack, el DT insistió y la comisión desembolsó 750 libras para llevarse a este amateur. Meter 46 goles en 67 partidos en un equipo como el Hayes, contribuyen aún más a la misteriosa leyenda urbana de este muchacho.

Los goles del gediento que ya van a venir.
Los goles del gediento que ya van a venir.

Pasado un tiempo la relación con el técnico Hurley no era la mejor, porque Charlie comenzaba a dejar de confiar en el jugador. Sus problemas con la droga eran cada vez más profundos: Friday tenía su departamento integramente pintado de negro, porque afirmaba que “No hay nada peor que estar colocado y mirar extraños patrones en el empapelado”. Pese a dudar y dudar sobre hacerle un contrato profesional (dado que hasta entonces sólo contaba con un contrato muy flojo, amateur), Hurley finalmente se decidió a hacerlo, el día en que Robin metía un gol de cabeza en su tercer partido como titular. Su vida era un quilombo. Putas y borrachos a toda hora en su departamento, etc.

Pero eso no impedía que rindiera perfecto en la cancha: en su primer partido, ya como profesional contratado, se despachó con 2 pepas y jugando bárbaro contra el Exeter en una goleada por 4 a 1, aunque lo hayan cagado a patadas (como ocurría en todos los partidos, porque no lo podían parar).

Le pegaban y él respondía. Con fútbol o con patadas. Y además te gastaba. Te tiraba un caño y se te reía en la cara. No se achicaba nunca. Todo el brillo de su juego estaba equilibrado por sus miserias. Todo lo deportivo quedaba empañado por la violencia de sus patadas. Una vez lo expulsó un arbitro por devolverle una murra a un rival y se fue tan caliente que fue y cagó en el vestuario visitante.

Los viernes salen a bailar los defensores.
Los viernes salen a bailar los defensores.

Acá en Argentina se cantaba “La gente ya no come / por ver a Walter Gómez”. Se genera algo con los jugadores habilidosos que desemboca en un fenómeno en el cual gente hincha de otros clubes pagan una entrada para ver el show que un par de piernas dúctiles pueden dar. Con Friday pasó algo parecido, y subió la cantidad de entradas que vendía el Reading por entonces. Iban a ver al Houseman de ellos que, chupado o con resaca, era una bestia.

En todo sentido una bestia. Te pegaba y te bailaba. No lo paraba la droga, el chupi ni el haber pasado un verano en Cornwall, viviendo en una comunidad hippie. Vivía arruinado. Se peleaba en bares y lo internaban cuando cobraba de más. Pero en la cancha seguía rindiendo. Sheffield United y Arsenal lo quisieron fichar en la temporada 75/76 en la que metió 21 goles y logró el ascenso a tercera.

Era medio estrella de rock de esas que te dan ganas de pegarle (onda Pomelo, el skecth de Peter Capusotto y sus videos), fanfarrón y políticamente incorrecto hasta cuando no era necesario. En su segunda boda se prendió un porro antes de entrar a la iglesia y cuando salió repartió faso para todos y todas.

En Inglaterra, este mito del fútbol de ascenso, está siempre relacionado a la frase que se lee al comienzo del post, gracias al libro que escribieron en 1997 Paul McGuigan y Paolo Hewitt: The greatest football player you never saw, The Robin Friday Story, texto que también le dará origen a una película sobre el jugador, que será protagonizada por Sam Claflin (Los juegos del Hambre, Piratas del Caribe, etc.).

Portada del libro.
Portada del libro.

En el 77 pasó a Cardiff por poca plata porque por su mala fama y su personalidad la cotización le bajaba. Como no podía ser de otra forma, viajó a Gales de colado, como para seguir cumpliendo con esa costumbre de romper las reglas.

En el primer partido con su nuevo equipo enfrentaba al Fulham, en el que jugaba Bobby Moore (ex capitan de la Inglaterra campeona del mundo) por entonces ya veterano, y un nene que jugaba más o menos: George Best. Sin embargo el que se destacó fue nuestro pibe quilombero. 3-0 para Cardiff cerró el score, metió un doblete ese día, en lo que significó un paseo histórico.

Parada de crack (?)
Parada de crack (?)

De la gloria al infierno. Como siempre. En su ultimo partido le partió la jeta de una patada tremenda a un rival y ahí se le terminó la carrera. 25 años tenía. Nunca llegó a jugar en primera. Seguramente no le importaba. A los 38 iba a morir, un 22 de diciembre de 1990. Sobredosis de heroína.

Un tiempo antes, los hinchas del Reading juntaron firmas para que lo recontrataran después del escándalo. Pero él, Robin Friday, el que luego sería elegido el mejor jugador de la historia por los fanáticos de los Royals, no accedió. ¿Por qué? Porque el técnico le advirtió que para volver y que él lo convoque para jugar debería sacrificarse, entrenar y dejarse de joder con eso de quiero tocar la guitarra todo el día y que la gente enamore de mi voz la joda, las putas y el alcohol. Y ahí es donde Robin le pregunta al DT qué edad tiene. Cuando el tipo le contesta, Friday (sin saber que lo que estaba por decir iba ser tan perfecto que iba cerrar este post) le responde:

“Yo tengo la mitad de años y he vivido el doble que usted”.

Gracias a Dios es viernes. A vivir el doble.

REA14-2

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