Domingo

Volvió nuestra sección literaria -y una de las mejores del blog-. No, Seba Domínguez no le compró el nombre a La Refundación por si se lo preguntaban. Para darle continuidad necesitamos su aporte, saben que pueden contactar a alguno de los posteadores para pasarles su obra y será publicada. Hoy les acercamos un cuento de Santiago Zavala, que tuvo la gentileza de aguardar hasta la reapertura de Pelota de Papel.

Domingo

La mano venía mal desde temprano. Nada raro, nada fuera de lo común. El notable malhumor de ella, los gritos a Andresito porque no se toma la leche, el berrinche del nene (y el de ella), que vos podrías ayudar que también sos el padre, que no tomés café que te da acidez, no quieyo leche fea túpida, blá blá blá. En esos casos lo mejor es sacar un sillón al patio, agarrar el diario y hacerse el zonzo mientras Ringo me babea su transpiración en las pantuflas que me mandó Esteban de Italia, cuya etiqueta dice “Made in Indonesia”. A lo lejos lo escucho a Andrés que no para de berrear mientras ella lo mete en la ducha y le recrimina su falta de audacia con el manejo del desayuno. Pobrecito, pienso, tres años son muy escasos para tanta histeria.

Encima abro “La Gaceta” y resulta que “a causa de un esguince de rodilla, el ‘Pato’ Rodríguez será baja en el conjunto auriverde por tres semanas, por lo que el técnico Peletti hará ingresar entre los titulares al juvenil delantero Fernando Molina, para enfrentar en calidad de visitante a…” ¡Pero si este Molina no le hace un gol ni al arco iris! ¡Dios mío! Qué macana la del Pato, lesionarse justo ahora… ¡Pero dejá de gritarle si querés que no llore más, mujer! ¡Y vos dejá de morderme las pantuflas, no te das cuenta de su calidad, son importadas! No se puede ni leer en esta casa, joder…

La tregua la concordamos antes del mediodía: ella se iba a comer con la madre y a dejar al nene en casa de alguna tía a cambio de no tener que cocinarme; yo me encargaba de mi almuerzo y por lo tanto tenía el living y la tele solo para mí, por lo cual podía ver el partido sin ninguna clase de estorbo —generalmente voy a la cancha pero esta vez jugamos en Puerto Salado y eso está como a 600 km, la carretera es un desastre, llena de baches, te la regalo—. Ojo, cuando digo estorbo me refiero a ella, Andrés conmigo es un santo —no me lo quiso dejar la muy bruja, me cree mal padre— pero ella se la pasa rondando por los pasillos los noventa minutos y murmurando “todo el día mira fútbol, todo el día…” sólo para joderme, pero qué bruja, me saca de quicio, así no se puede ver un partido, haceme el favor.

Mientras me comía unas salchichas enlatadas con mucha mostaza y pan del sábado —no, no te voy a dar— miraba la previa del doparti, de puro ansioso nomás —no me mirés con cara de circunstancia que esta vez no funciona—, porque la verdad que este viejo que se las da de filósofo del fútbol bien que se podría jubilar —vos tenés ración y me querés dejar sin almuerzo, es muy egoísta de tu parte—, cada día está más incoherente, siempre nos da con un caño y cree que se las sabe todas, pobrecito —bueno, tomá, y no me rompas más que en esta lata solo vienen seis—, y esa pizarrita con todo el análisis táctico sabés por donde se la podría meter, ¿no?, como si alguna vez hubiese jugado a la pelota este. ¡A las canicas habrá jugado!

Y empieza el partido y resulta que es un bodrio, friccionado, muchas faltas, todo en el medio —“juegan sin arcos”, como dice el filósofo este—. El Beto González no acierta un pase y el Diez es un maestro, lo mejor que tenemos. ¿Si él anda mal, qué le queda al resto? Decí que el nueve de ellos es un muerto, sino ya nos hubieran embocado… mamita, que mal la estamos pasando.

Aprovecho el entretiempo para comprar cigarrillos en la tienda de la esquina. Recién cuando la veo venir a Doña Marta con el gesto jubiloso y la voz de urraca con la que recibe a los clientes me doy cuenta de la mala decisión que tomé: esta vieja me va querer sacar papo, porque no tiene nada más que hacer de su puta vida desde que el marido se murió que tirarle los caballos encima a todos los tipos de treinta para arriba que van a su  kiosco y me va hacer perder el comienzo del segundo tiempo. ¿Cortarle el rostro haciendo caso omiso a su charla e irme? La guacha te caga haciéndose la que no entendió la marca de puchos que le pediste, yendo y viniendo a paso de tortuga para darte el cambio, perdiendo tiempo como equipo chico cuando empata de visitante, y aprovecha para contarte la última gracia de su perro caniche, de lo sola que a veces se siente, de cómo desmejora el clima en estos meses o que su hija quiere estudiar administración de empresas cuando termine el colegio. ¿Por qué no caminé un poco más hasta la venta del pendejo este que te atiende con cara de traste pero no dice ni mu más que lo necesario? ¿Por qué al menos no me atendió la hija que está re fuerte?, con ella sí me quedaría hablando, se pone unas calzas…

A duras penas me saqué a la viuda alegre de encima y me fui corriendo a ver la segunda parte, calculando que, como suelen demorarse los entretiempos, quizá aún no había arrancado. Llego a las apuradas al living y veo en la pantalla que ya están los dos equipos en la cancha prestos a reanudar el juego. El cronómetro en cero, nuestros dos delanteros en el ombligo del verde césped esperando el pitazo para mover la pelota hacia delante, el resto moviendo las gambas para no enfriar los músculos, todo listo, pero resulta que el señor juez quería llamar la atención. Miraba el cronómetro, miraba a un costado, le hacía señas al línea, a los futbolistas, iba corriendo hasta lo del cuarto árbitro, ponía los bracitos en jarra… yo no entendía nada. Mi primera reacción fue, lógicamente, la de “qué carajo le pasa a este, ¡empezalo!” mientras me encendía un Camel para la ansiedad. Pero después noté que el filósofo se había callado y solo se oía el sonido ambiente y que la cámara no salía del plano general de la cancha, como si no se hubiesen enterado los de la tele que ya estaba por recomenzar el juego y seguían comiéndose un choripán o echándose una meada. “Se les debe haber caído la señal y repiten una y otra vez la misma imagen para disimular”, dije en un extraño lapso de lucidez mental, porque el pulso ya lo tenía a mil por hora.

Veo que hay en el cable, aprieto los botones un ratito, vuelvo a poner el partido y seguro que ya va estar dando; y paso por una de Cage en HBO, el chino de kimono de Infinito que mezcla yoga con kárate, Forrest Gump por quincuagésima vez, la publicidad de una cortadora de pepinos, la novela brasileña que le encanta ver a ella, un capítulo repetido de la comedia yanqui que me gusta, y tantos canales al pedo en alemán, coreano, francés… Le termino de dar la vuelta a las ochenta y cinco sintonías de esta infamia que me sale veinticinco dólares al mes, pero el partido seguía sin arrancar. Me acerco a la tele y empiezo a mirar detenidamente los detalles, no sólo el árbitro y los jugadores sino también a los policías y sus perros, periodistas, fotógrafos y toda esa gente que está en la cancha y en sus alrededores no se sabe para qué —cuando aprenderemos de los europeos— hasta dar con una certeza que me enfrió el cuerpo: no eran imágenes que se repetían. El cana parado cerca del banderín del córner que daba unos pasos mientras hablaba por el handy se quedaba a un costado del banco de suplentes; uno de los jugadores se ataba los botines y ya no volvería a agacharse; las sombras que se proyectaban sobre la cancha se iban agrandando demostrando así el inexorable paso de los minutos —perdón, se me quedó la frase del filósofo— pero los jugadores seguían ahí moviendo las gambas para no enfriar los músculos, nuestros dos delanteros en el ombligo del verde césped esperando el pitazo que nunca llegaba de este hijo de remil putas que sigue dando vueltas y nadie hace nada, la gente no reclama —ni siquiera rechifla— los técnicos no dicen nada, están todos inertes, todos sedados, todos bobos, que los parió, que mierda pasa, ¿eh? ¿Qué es todo esto?

Basta. Apagá la tele, encendé un pucho —ya me bajé casi media cajetilla—, la volvés a encender, el partido ya habrá arrancado y todo va a seguir su cauce normal. ¿Todo sigue igual? Bueno, apagala otra vez, dejala descansar, encendela y el partido ya empeeee, no, no empezó. Llamá por teléfono a los del cable y consultales, pero claro, como no se me ocurrió antes, pero claro, pero si es domingo, nadie trabaja, nadie te atiende, pero claro, como no me di cuenta, que pelotudo, pero claro. Llamalo a Raúl, ese es tan enfermo del auriverde como vos, seguro está viendo el partido y si no contesta es que viajó en colectivo hasta Puerto Salado, pero si estaré meado por los perros, por Dios. El vecino de al lado se fue con la familia al campo como todos los fines de semana, al otro vecino le explicás la situación y te dice que le cortaron la señal hace dos días por falta de pago, además de no creer nada de lo que le decís y preguntarte si te sentís bien, que te ves pálido, asustado, qué se yo, viejo maricón. Y vos qué me mirás con esa cara de marmota si ya te di de comer, te di de mis salchichas pero vos pensás en comer nomás, no tenés conciencia de nada, no te das cuenta lo grave que es esto, enciendo el televisor y siguen ahí parados como zombis sin hacer nada, pero vos sólo querés comer como un animal, siempre tan egoísta y no me hagás recordarte sobre la importancia de las pantuflas, por favor, ¡por favor!

Calma, tranqui. Tenés miles de formas de enterarte qué es lo que pasa con el partido, está tu radio a pilas pero no funciona desde el fatídico 23 de mayo del año pasado cuando la llevaste a la cancha y la revoleaste contra el piso cuando el Tanque Fernández nos hizo un gol en el último minuto y nos dejaron afuera en semifinales; podés llamar a alguno de tus amigos, pero a ninguno le gusta mucho el fútbol, y tampoco tengo muchos amigos; hay más vecinos en este barrio y sabés que muchos tienen cable, podés ver las conexiones, pero no conocés a nadie porque te mudaste para acá hace tres meses, que antisocial, pero qué importa. Hacé lo más lógico: vas, les tocás la puerta, les explicás la situación y van a ser muy comprensivos, alguien te va entender, aunque estés en bata y pantuflas indonesias qué mejor manera de conocerse y romper el hielo, y si te ven con cara de loco hacete acompañar por Ringo y vas a ver que se portan bien con vos, alguno te va dejar entrar y te va a invitar una cerveza, semejante perrote, y mejor si es hincha del auriverde, y si no tampoco importa, vos tranquilo, no hablés tan rápido que no te entienden, te están mirando extraño, son mala gente, dicen que no tienen cable y ves la conexión, tampoco tienen radio, no le creas, pero no se vaya señora, no cierre la puerta, no se ofenda, vieja chota, y ustedes dos qué, sí, es mío, se llama Ringo, paren, paren che, si no le hago mal a nadie, los del cable tienen la culpa, los jugadores se volvieron zombis, es un complot, en serio oficial, si yo sólo…

Hace frío acá. Hace frío y no tengo ni un pucho. No sé qué hicieron con Ringo, dicen que no me aflija, que va a estar bien cuidado hasta que mi situación se resuelva, pero yo tengo miedo de que le hagan algo, extraño su baba… La Bruja ya se enteró de todo, vino, conversamos y apenas si se mostró preocupada, me habló de divorcio, de la custodia de Andrés —que no me dejó verlo—, que mañana empieza los trámites, que se iba con el nene a casa de la vieja. Después no le tomé mucha atención, me empezó a hacer efecto la inyección y sigo sin despabilarme del todo, apenas puedo recordar… Sólo tengo la pantufla derecha, qué habrá pasado con la otra, se lo dije al tipo este que vigila y me contestó que ya había llegado sin ella. Eso sí, buena onda el chabón, le pregunté cómo terminó el partido y no sabés que grande, ganamos 2 a 0 de visitante con dos goles del Nando Molina —este pibe tiene un futuro enorme, va ser de selección, no digas que no te avisé— y como perdieron los de arriba nos prendimos en la lucha por el campeonato, ¡ja! Y ahora quién nos detiene, ¡hasta el título no paramos! No sabés la alegría que tengo viejo, que frío ni ocho cuartos, ¡a festejar carajo! Sí, sí, disculpe, no me di cuenta que levanté la voz, perdone, lo que pasa es que hoy fue un gran día, la verdad, sí, un gran día. ¿No le sobra un pucho, para festejar?

 – Santiago Zavala –

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