Los dos Independientes

El Amateurismo es cuna de epopeyas, equipos tan históricos como desaparecidos y jugadores de antaño. Eso sí, también es hogar de una de las historias mínimas más curiosas de la historia del Rojo de Avellaneda.

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Pongámonos románticos un rato. Piense en una Buenos Aires con faroles que funcionan a gas, los coches en la calle van tirados a caballo, las putas extranjeras son nacidas en Europa (?).  En los albores del Siglo XX, el fútbol, de a poco, se ha convertido en un tradicional deporte inglés para ir mutando en un fenómeno popular. Cualquiera puede jugarlo, con quien quiera, donde quiera.

En 1905, para jugar a la pelota, había que tener un club de fútbol. El sello, la pelota y las cuotas eran vitales para que los equipos pudiesen federarse en los centenares de ligas barriales. Mientras juntaba unos mangos para poder entrar en alguna de estas competencias porteñas, el humilde Independiente Football Club buscaba rivales para ir agarrando ritmo en amistosos. ¿Cómo lo hacía? A través del Diario La Argentina, que publicaba una popular sección de clasificados, en las que los equipos anunciaban sus fundaciones, sus actividades y, por lo general, avisaban que buscaban rivales y dejaban las direcciones de sus sedes para recibir desafíos de otras instituciones.

Un día como cualquier otro, los directivos de Independiente FC ojearon La Argentina en búsqueda de nuevos rivales, cuando se encontraron con una sorpresa: un anuncio de otro equipo llamado Independiente FC, anunciándose como candidato para jugar desafíos ante otros equipos. Por haberse fundado en 1903, los muchachos decidieron intimar a su club homónimo a cambiar de nombre, alegando la exclusividad del mismo. La respuesta: “Nuestro IFC fue fundado el 1° de enero del corriente año y después de cinco meses sin que nadie haya hecho reclamo por el nombre que le pusimos, nos obliga a desatender su intimación y cerrando la presente tenemos por concluido el asunto”.

Concluido, las pelotas (?). Los directivos del primer IFC no se quedaron con la respuesta de sus tocayos. Por suerte para este relato (?), mientras insistían en su reclamo, se fusionaron con el Club Atlético General Soler, conociéndose de ahí en más como Club Atlético Independiente. A pesar de que uno ahora era CAI y el otro IFC, ninguno de los dos estaba conforme con compartir el nombre, por lo que ambas Comisiones Directivas resolvieron definirlo todo en la cancha: Un partido por el nombre.

El 10 de agosto de 1905, las Terceras Divisiones del CAI y del IFC se midieron en la cancha del IFC, ubicada en Flores. ¿Quién ganó? Usté dígame (?): Al final del primer tiempo, el IFC ganaba por 2 a 1, pero el CAI resolvió retirar el equipo, quejándose por una supuesta mano de un jugador del IFC en el segundo tanto.

Así el desafío quedó inconcluso y ambos equipos resolvieron seguir jugando bajo el nombre de Independiente. El CAI terminaría jugando en varias ligas porteñas, pasando por Palermo y Maldonado. En tanto, el IFC tendría una historia un poco más ajetreada: tras mudarse varias veces de cancha, terminaría afincándose en Barracas al Sud, hoy conocida como Avellaneda. Tras cambiar el color blanco por el Rojo y cambiar el británico Football Club por el criollo Club Atlético, Independiente terminaría no sólo quedándose con el nombre, sino con uno de los clubes más exitosos de la historia.


Historias como éstas se encuentran escondidas en las hemerotecas y son encontradas por verdaderos arqueólogos de la pelota. Por gente como Claudio Keblaitis y su trilogía de Libros Alma Roja, el hincha de Independiente no solo tiene una extensa y detallada fuente de consulta sobre los primeros 35 años de su historia, sino que también puede conocer estas curiosidades de cuando el club de sus amores eran apenas 11 pibes con ganas de jugar a la pelota.

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