Pelota de papel: Inferiores

Vuelve un clásico de los viernes de La Refundación con un breve pero intenso texto de Sarandí Existe.

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Por Sarandí Existe

Inferiores

Jugar a la pelota. Eso es lo que hacía uno de chico, y cuando hablo de chico, hablo de empezar a patear a la redonda antes que caminar. Jugar a la pelota era correr atrás de la pelota, primero solo, después con mis hermanos, primos y los pibes del barrio y los amigos del verano, en la quinta del abuelo. Yo era el más chico, pero el más loco por la pelota. Se hacía difícil llegarle, pero con más voluntad que calidad, terminaron por aceptarme y dejarme de joder con eso de ponerme al arco. Correr atrás de la pelota y pegarle, después si, se aprende a dar un pase, a intentar la gambeta. Tronco pero voluntarioso, es la imagen que tengo de mí mismo jugando a la pelota.

Después vino el fútbol, eso fue otra cosa. Cansados los viejos de mis pedidos, finalmente aceptaron llevarme a probar a un club que quedaba cerca, uno mediano que casi siempre jugaba en primera y cada tanto metía un descenso del que retornaba rápidamente. Yo quería jugar en cualquier lado, no era hincha de ningún club, era hincha de jugar a la pelota. Tres o cuatro partidos de quince minutos para seleccionar a un grupo de pibitos. Jugué el primero, jugué el segundo. Quede. Y ahí conocí al Tucán Fernández, el coordinador de las inferiores, el que mandaba, que nos preguntó a cada uno “Y a vos, ¿de qué te gusta jugar? De 5, de 9, de 10, contestaban  casi todos, ninguno de defensor, cuando me pregunto, le conteste “A mí me gusta jugar a la pelota” el Tucán Fernández soltó una risa amable y mientras me revolvía el pelo, gesto que repetiría todos los años por venir, me pregunto, ¿Cómo te llamas? Le dije mi nombre, “Acá, vas a aprender a jugar al fútbol. Acá, vas a aprender”.

Desde el primer entrenamiento, Julio, Diego y yo, fuimos los favoritos del Tucán Fernández, los únicos que merecíamos esa mano que nos revolvía el pelo, los únicos que entramos a su vestuario, los únicos que recibíamos su entrenamiento especial y secreto. “Ustedes pueden ser cracks” nos dijo el Tucán la primera vez que entramos a su vestuario, pero me tienen que hacer caso en todo y lo más importante, tienen que ser un secreto entre nosotros, yo les puedo enseñar a jugar muy bien al fútbol, pero tiene que ser nuestro secreto, un secreto que no le deben contar nunca a nadie. El secreto, la importancia del secreto era de lo que más hablaba el Tucán en el vestuario, acompañado por coca cola, alfajores y el regalo sorpresa, una pelota para cada uno como las del entrenamiento. “Acá, conmigo, no solo van a aprender a jugar al fútbol, van a aprender a ser hombrecitos, porque para estar en una cancha, hay que ser hombrecito, pero se aprende acá, entre estas paredes.

“La marca personal, hombre a hombre, fue lo primero que empezamos a entrenar en nuestro lugar especial, “Porque no solo hay que bancarse las patadas, eso lo sabe cualquiera, pero en la pelota parada te meten mano por todos lados, y hay que aprender a aguantar, porque si no te expulsan” nos explicaba el Tucán, didáctico, siempre revolviéndonos el pelo. “Te tenés que aguantar el dedito, si no te aguantas el dedito, sos un putito, y vos no querés que le diga a tu mamá y tu papá que no podes jugar porque sos un putito, vos tenés que ser un hombrecito, que se aguanta todo”. Esta y otras frases que no quiero acordarme, nos decía el Tucán, día tras día, año tras año, el entrenamiento de los deditos y otros fueron viniendo con el tiempo, mientras éramos titulares siempre, partido tras partido, campeonato tras campeonato.

Me fui aburriendo del fútbol poco a poco, perdí la pasión por correr atrás de la pelota. Decidí olvidar el fútbol y decidí olvidar. A los 15 no fui más, a los 16 deje la escuela, casi a los 18 me fui de casa. Traté de irme bien, sin enojos, pero sin explicar demasiado, argumentos que hablaban de recorrer el país, ganas de viajar, de conocer otros paisajes. Les rompí el corazón a mis viejos, pero lo aceptaron, pensando que podía ser algo de un tiempo. El tiempo duró treinta y cinco años, con esporádicos retornos, siempre breves, para verlos, nunca estuve enojado con ellos, y ellos conmigo tampoco, pero nunca entendieron, es que no podían saber y yo no podía contar.

Gire por todo el país, trabajos esporádicos, algunos más estables, una época de caño, por necesidad, nunca establecido en ningún lado, ya no corría más atrás de la pelota, pero me pase la vida corriendo vaya a saber tratando de encontrar que. Finalmente, cuando los viejos enfermaron, volví y los cuide, se fueron casi juntos y me quede en la casa, mis hermanos no me hicieron problema, a pesar que los lazos no habían sido fuertes, se reconstruyeron con mi gesto y mis acciones de hacerme cargo. Un día fui a ver a las inferiores del club, no sé qué me impulsó, nunca más había vuelto a jugar al fútbol, ni a ver un partido por la tele, pero volví al lugar adonde había jugado por última vez.

Se había mantenido el club y hasta tenía una pequeña tribuna para ver las inferiores, cuatro o cinco tablones, y ahí, en el primero, cerca de la cancha, cerca de la cabellera de los pibes, estaba el Tucán Fernández, mirando ávidamente el juego, verlo, fue como verlo por primera vez, pero no eran los ojos del pibito que llegó a probarse los que lo veían, eran los ojos de un hombre cansado después de correr toda la vida atrás de una pelota imaginaria. Ya no dirigía, pero siempre iba a ver los partidos de inferiores, algunos  gustos no cambian nunca.

Cuatro días después, salió en los diarios que habían matado al Tucán Fernández en su casa, parece que lo molieron a golpes y le metieron cuatro tiros, un intento de robo, aparentemente. No volví a ver partidos de inferiores, pero mis hermanos conservaron la quinta de los abuelos, una vez por mes vamos y van mis sobrinos, asado, siesta, y después jugamos a la pelota, no me da mucho el físico, pero un pibito dentro de mí corre desesperado detrás de la pelota.

Bajate inferiores en .pdf

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