En directo

Indudablemente el fútbol es un show ¿Pero de ahí a que esté guionado? Arquero Bipolar se viste de George Orwell (?) y nos regala este cuento para disfrutar en el último día hábil de la semana. Recuerden que esta sección la hacemos entre todos y para seguir disfrutando de estos textos sólo tienen que animarse a mandarnos el suyo.

imgo

En Directo

Era el primer trabajo que Sebastián había conseguido, así que no la quería cagar, por lo menos no de entrada. 4 expressos, dos mocca, una lágrima y uno bien negro, eso se lo acordó, el tema era entregarlos bien, y él siempre con esa memoria de mierda para los nombres. Abrió la puerta con el codo, cuidando de no tirar ni una gota (aunque venían con tapas, todavía no existe la tapa 100% contra boludos), empujó y entró a la cabina de control. No necesitó llevar cada uno a destino, ni siquiera avisar que llegó, fue cruzar el umbral y se le abalanzaron, les sacaron casi todos. Algunos dijeron un “gracias”, a otros más bien se les cayó, uno ni siquiera lo miró a los ojos. Cuando bajó la vista a la bandeja vio que quedaba uno solo, por supuesto, el bien negro, el del director.

Subió los escalones que separaban el control de la cabina, se paró en la puerta y recibió un gesto con la mano del director, que se encontraba parado de frente a los monitores, que le indicaba que lo dejara en la consola. Lo apoyó como si fuera de cristal y ahí recibió un pulgar hacia arriba y el típico gesto que indicaba que debía volverse humo. El se fue reculando, casi se inclinaba en señal de respeto, y volvió al lugar asignado, la silla a un costado de la puerta, ese era su lugar por ahora. Pero él, recién ingresado en la carrera y con menos kilómetros que un cero, le bastaba y le sobraba. Sabía que no era por el sueldo y que el laburo era bastante, pero el tema era entrar, no? Era cuestión de campear las primeras tormentas, de ver cómo era la cosa. Una vez adentro la cosa se va dando.

Frente a él, cuatro hileras de monitores iban mostrando diferentes ángulos del estadio: las tribunas, los accesos, el campo de juego, detrás de los arcos. A su izquierda, dos filas con 8 personas frente a sus respectivos monitores iban chequeando otras instancias. Ya se veía a los jugadores moviéndose por la cancha y a los asistentes sacando los últimos papelitos que quedaban en el césped, era el instante previo al arranque del partido. Una cámara poncha al árbitro, que ya había hecho el sorteo y aguardaba al lado de los dos jugadores locales que den el puntapié inicial. De pronto, el director habló por su intercomunicador, que resonaba en todo el estudio –“Dale el OK para que arranque!”. Una persona dijo “empezalo” y el árbitro hizo un asentimiento casi a cámara, se llevó el silbato a la boca y arrancó el encuentro.

El partido estaba trabado, el pasante iba viendo alternativamente uno y otro monitor, pero atento ante cualquier pedido que pudiera surgir. Por ahora reinaba cierto silencio en el recinto, salvo por el relato del encuentro y el sonido ambiente de la cancha. De vez en cuando alguien le hacía alguna seña para que le alcanzara algo puntual, pero venía bastante tranquila la cosa, incluso podía ver gran parte del partido que, a su entender estaba bastante aburrido. Fue entonces cuando escuchó el grito del director:

-Rojas, cómo viene el rating?

-Estamos en unos 12, 5 señor. Creo que lideramos la franja -Dijo uno de los analistas de la segunda fila, no podía verle los ojos porque en los lentes se le reflejaban los monitores, pero casi podía jurar que los tenía bien cerrados, como quien espera un golpe.

-12, 5?! – Gritó exaltado el director – Eso lo hace una repetición de Rambo, viejo!

Lo vio desde abajo, apoyado contra la consola, con la mirada hundida en la misma.

Estuvo así durante unos instantes, adentro nadie movía un músculo, hasta que levantó la vista y dijo -Y bueh, papito va a tener que salir a salvar las papas, para variar… ¡Márquez, habilitame al 14!

– En línea, señor
– Escuchame pibe – dijo el director, Sebastián se levantó pensando en que se dirigía a él, se estaba encaminando a la escalera cuando escuchó – En la próxima bocha cruzada, al 7 de ellos lo hachás fuerte ¿me entendiste?

Sebastián giró sobre sus pasos y volvió la vista hacia el monitor, en ese instante el 7 de los visitantes venía con pelota dominada.

– ¡Pasame al ref!
-¡En línea!
-No vas a ver nada vos, siga siga ¿eh?

La imagen fue clara, cuando el 7 quiso encarar por el vértice del área, el menudo delantero voló por el aire, presa de un bruto trancazo propinado por el 14, un pibe de las inferiores del local que hacía sus primeros pinos en Primera. El árbitro señaló la pelota, que rodaba mansa y tranquila y se perdía por línea de banda.

– ¡Abrime todos los canales! – Gritó el director – Reclamen y defiendan, quiero tumulto pero tranca – y, acto seguido, los jugadores rivales se abalanzaron sobre el colegiado, al mismo tiempo que los locales salían en defensa de su compañero. El árbitro, pillo y con unos dotes actorales excepcionales, a grito pelado y a amague de tarjeta los fue alejando.
– ¡Rojas!
– ¡14, 3 señor y subiendo!
– Bien, bien, es un buen comienzo ¡Sigan atentos, que hay que sacar esto a flote! Gritó y todos volvieron a colocar su mirada en sus propios monitores. Arriba, el director paseaba su mirada entre uno y otro mientras su cuerpo hacía lo propio por la oficina.

A partir de ahí, el director fue un mar de gritos. “habilitame al 5, salí a cortar con falta en mitad de cancha, a ver si estos boludos pueden meter un centro a la olla ¡tan difícil no puede ser!” “Escuchame nene, o le pegás al arco o te mando sacar en el entretiempo ¿estamos?” “¡Quedate en el piso, quedate en el piso y revolcate que viene garpando! ¿A cuánto llegamos Rojas?” Sebastián estaba obnubilado viendo cómo el tipo iba dirigiendo todo desde su oficina y como en la pantalla no había nadie, pero nadie, que se atreviera a contradecirlo.

Llegó el entretiempo y todos se levantaron y fueron a la sala contigua, salvo un par que se quedaron vigilando las publicidades y los comentarios. El último en entrar, el tal Rojas, le hizo una seña con la cabeza para que se sumara a la reunión. Al entrar, había una mesa larga en un salón casi a oscuras con la salvedad de un par de lámparas que colgaban del techo. Notó que no había una silla para él, así que se quedó parado a un costado de la puerta. La cerró y sintió la mirada del director, pensó que iba a ordenarle algo, pero éste giró su cabeza y se dirigió a quien tenía a su derecha

– ¿Cómo venimos?
– En general, estamos en un promedio de 15,2, bastante bien para esta altura del año, máxime en un partido en el que no se juega demasia…
– Escuchame, pedazo de forro, yo decido si se juega o no se juega nada en cada partido ¿me entendiste? Si el partido lo dirijo yo, tiene que ser un partidazo, lo tienen que recordar durante años ¿Qué carajo me importa en qué lugar vayan a quedar estos 22 pelotudos al final del campeonato? Yo quiero que cuando esté yo a cargo, el que lo esté mirando no le pueda sacar los ojos de encima, que no quiera ni levantarse a mear siquiera! Claudia, ¿qué dicen los auspiciantes?
– La mayoría inmutables, salvo Footwear que se queja que no salen tanto sus botines en pantalla
– Quién usa esas mierdas?
– Martiniani, el 9. Y Requena, uno de los suplentes, la estrellita esta…
– Ponen buena guita esos…Decile al técnico que ponga al pibe a los 15 del segundo, que por las dudas los haga calentar a todos. Encima, el pibe vende, cierra por todos lados. ¿Algún otro rompiendo las bolas?
– No, pero la imagen de Negredo está cayendo bastante, en las redes sociales lo están criticando por los dos goles que se erró.
– Que no se calienten, que ahora mete uno sí o sí, decile al referí que vaya preparando un penalcito por las dudas, que alguna vez vea un agarrón en el área el ciego ese. ¿Algo más?

Nadie se anima a emitir sonido. El silencio lo rompe un chasquido de dedos al aire del director, y acto seguido todos vuelven a sus lugares, frente a las consolas.

Maxi Requena llevaba 3 años fuera de su Resistencia natal, había sido hojeado por un buscatalentos de Buenos Aires, y a fuerza de goles y buenas actuaciones se fue haciendo un lugar en la Primera. Bueno, digamos que su “historia de vida” también ayudaba, de vez en cuando metía algún gol entrando desde el banco y enseguida salían las notas recordando sus orígenes y la proyección a futuro que tenía el que, decían, era el futuro crack del país. Pero cuando llegó al primer equipo y supo cómo se manejaban las cosas, no le gustaron ni medio. Era verdad, el y su familia (y puede que la familia de su familia) estaba hecha en lo que a dinero se refiere, su historia era de las favoritas, cada vez que lograba algo la Red estallaba, los comentarios se multiplicaban y en cierta forma, representaba el sueño del pibe que pudo llegar.

Salvo que a él cruzar la línea de llegada en vez de traerle alegría, lo hundía, le daba bronca, lo llenaba de impotencia. Muchos goles habían sido por habilidad propia, pero era consciente de que no era más que una figurita de moda y que su fama y sus logros no iban a durar más que lo que tardaran en explotar a otro pibe nuevo. Al fin y al cabo, seguiría metiendo goles hasta tanto su hashtag siga replicándose en las redes, después…Pero estaba su representante, los sponsors, los contratos firmados, la alegría de la familia y de los amigos… tenía que seguir la farsa, el tema era hasta cuando…

Van promediando los 14 minutos del encuentro y el técnico mira para el costado del campo donde estaban calentando los suplentes y le hace un gesto a Requena para que se aparte del grupo. La gente del estadio, que ya estaba pidiendo por él, estalla coreando su apellido. Así que mientras él se saca la pechera y se coloca la camiseta y recibe por un oído las indicaciones del técnico (“movete por el frente de ataque, tratá de arrastrar marcas y habilitar a Negredo que alguna le va a quedar, ya nos dijeron”) y por el otro las del director (“mostrate y pedila siempre, no te escondas que sino el partido que viene no entrás, ¿entendido? Mirá que puede que salgas de arranque la otra semana”), mientras en el control alguien informa que su ingreso está siendo comentado profusamente en redes sociales.

Mientras tanto, Sebastián, que estaba sentado en su lugar al costado de la puerta, y cumpliendo con la orden que le habían dado: “a los 15 de cada tiempo preguntá si quieren algo”) iba desfilando por todas las islas, recibiendo pedidos los menos, rechazos y gestos ofuscados los más. Y cuando levantó la vista lo vio entrar: Ahí estaba Requena, haciendo la señal de la cruz antes de pisar la cancha. El público aplaudió el ingreso y en un rincón del control alguien gritó “#Requena23 ya es Trending Topic!”. Desde abajo no podía ver al director, pero no era difícil imaginar que estaba riendo. Todo iba como lo había pensado. La máquina estaba aceitadísima.

Sebastián fue subiendo y se puso al costado del director de cámaras, estaba con dos tazas con tapa de café en una mano y un par de alfajores en la otra. Requena la estaba llevando, se escucha el pedido del director – ¡Que nadie lo toque! Y así fue, no hubo defensa que pudiera pararlo, nadie le tiraba una patadita, ni el cuerpo, el pibe avanzaba sólo contra el arco. “¡Dame al 1!…esperalo, esperalo…¡salí ahora!” y el arquero, atento a la orden, salió al encuentro de Requena, pero el pibe ya la había tirado un toque larga, lo había dejado pintado. Solito quedó frente al arco…y la colgó.

– ¿Pero es idiota este pibe? ¡Me arruinó un golazo! ¡Damelo! Le pegó el grito al que estaba sentado justo debajo de él, que abrió el canal. La cámara enfocaba a Requena que se tomaba la cabeza, tanto por el gol errado como por la sarta de improperios que le estaba tirando el directo – ¡Hago todo para que te luzcas y te chupa todo un huevo, pibe! ¿Querés que tu viejo vuelva a cosechar algodón y tu vieja a limpiar por hora, eso querés? ¿Es eso lo que estás buscando? Mirá que no me cuesta nada, pibe, como vos tengo 200. Y en ese momento, Sebastián tropieza y deja caer un café sobre el encargado de los micrófonos.

– ¡Pero sos pelotudo, pibe! ¡Me quemaste vivo!
– ¡Mil perdones señor, ahí lo limpio!
– ¡Pero toda la consola la manchaste, fijate!
– Ya la limpio, ya la limpio- Dijo Sebastián y mientras pasaba el trapo, en un movimiento que envidiaría el hombre que nos enseñara que no se puede hacer más lento, insertaba un pendrive en el puerto de la consola, más chiquito que un botón.
– ¡Rajá de acá pibe, olvidate de seguir laburando!
– ¡No, por favor se lo pido!
– ¡Rajá! – y acto seguido, lo acompañó a la puerta y la cerró. Sebastián agachó la cabeza y caminó cabizbajo por el pasillo pero, ni bien quedó bajo el punto ciego de la cámara de seguridad, llevó su mano a su oreja izquierda y luego de un leve toque dijo – El pen ya está en posición, todo suyo muchachos.

El arquero estaba a punto de sacar del arco, mientras Requena volvía a su posición, cuando de golpe, todos los jugadores caen al piso al mismo tiempo, tanto los del campo como los que estaban en el banco, incluso los entrenadores: Por el audífono les llegó una frecuencia que por poco y les fríe el cerebro. A todos, menos a Requena, que se lo había sacado segundos antes, en el mismo momento en que se tomaba la cabeza para las cámaras. Ahora lo tenía en la mano y, de pronto, su cara apareció en los dos monitores del estadio.

Adentro de la cabina de control, reinaba la falta de éste:

– ¡Que alguien me diga qué carajo está pasando!
– No sé señor… ¡es como si alguien se hubiera metido en nuestro sistema!
– ¡Pero cómo carajo puede ser!

Mientras trataban de dilucidar lo que pasaba, en el estadio (y por supuesto, en los hogares que estaban viendo el partido) nadie parecía entender nada. Entonces la cara de Requena se hizo grande y ocupó cada televisor que tuviera sintonizado el partido. Maxi, con una tranquilidad que contrastaba con el desconcierto general, empezó a hablar.

– Buenas tardes, aficionados al futbol y perdón si les cagamos el partido pero, la verdad, es que ya se los habían cagado de antes. De mucho antes, para serles sincero
– ¡Decile a la cana que lo detenga! ¡Que se meta y lo cague a palos! Gritaba el director
– La policía también cayó, señor…Todos tienen intercomunicadores.
– ¡Los alcanzapelotas, no sé, abran las puertas y que lo hagan callar!

Pero Requena, tan calmo y sereno como venía, prosiguió.

-Todos los jugadores, los técnicos, incluso los preparadores, todos, todos, todos, recibimos órdenes mediante esto. Este aparatito minúsculo recibe (y ahora emite por una alteración que hicimos en el software) órdenes que recibimos desde el estudio de televisión montado afuera del estadio. Nada, nada de lo que sucede dentro del campo de juego es por azar. Todo lo que ustedes ven no es nada más ni nada menos que un show perfectamente coordinado por un director. Es poco más que una obra de teatro.

-¡Nos está matando! Bramaba el director, mientras los teléfonos no paraban de sonar.

– ¿Saben por qué pasó eso? -proseguía Requena – Por ustedes, lisa y llanamente. Ustedes iban a la cancha y se aburrían si no había goles, entonces primero cambiaron algunas reglas. Como eso seguía sin funcionar, cambiaron los botines, pero no fue suficiente. Entonces cambiaron las pelotas, las hicieron más livianas, más aerodinámicas, para que haya más goles. Pero eso tampoco parecía entusiasmar a nadie. Y sin entusiasmo, sin gente que consuma, el negocio no funciona.

Y a ustedes les gusta la acción, le gustan los partidos chivos, las jugadas polémicas, los tiros imposibles, las gambetas…Entonces se pensó en darles lo que les gusta. Y ¡Qué mejor que darles un espectáculo no solamente guionado, sino con espectacularidad asegurada!

Primero les venden los equipos y después van construyendo a las figuras. ¿Ustedes se piensan que los ídolos se hacen solos? ¡No muchachos! Antes salían de los semilleros, hoy los arma un grupo de marketing. Abran los ojos: Nosotros, los de adentro de la cancha, ya no somos deportistas, somos mercaderías en exposición.

Desde el control querían cortar la señal, pero los controles no les respondían, como tampoco ninguna comunicación hacia el exterior. La puerta de salida, por supuesto, también estaba trabada. Sebastián, entre tanto, se iba perdiendo entre la gente que en los alrededores del estadio miraba atónita a Requena seguir con su discurso, subió a una camioneta que lo esperaba y esbozaba una sonrisa. Adentro era felicitado por el resto, terrible trabajo había hecho en su primer día

– Formo parte de un movimiento, un movimiento que busca volver a lo básico que tenía este deporte: A tratar de que vuelva a ser precisamente eso, un deporte, no un show. No somos los delfines amaestrados del acuario, somos personas, como vos, como vos, como aquel de allá arriba. ¡Incluso la supuesta vida de lujos que les venden es mentira muchachos! Hay muchos a los que nos alquilan los autos para venir a entrenar, pero vivimos todos en un hotel del club, los que tenemos suerte, no? Y nos podemos equivocar o podemos tener malos días o tener un día de la reputísima madre y meter un golazo tremendo. Pero ya no podemos seguir haciendo esto, no les podemos y no nos podemos seguir mintiendo.

Sepan que el futbol, así como lo conocían hoy, no puede existir más. Seguro que en rato salen a desmentir todo, dicen que fue una maniobra aislada, digan lo que quieran. En este mismo instante, otra gente del movimiento está subiendo a diferentes portales fragmentos o incluso partidos enteramente digitados, desde la formación inicial hasta quién debe hacer los goles. Incluso está la filmación del día de hoy.

Pero, sépanlo: Que el futbol siga siendo lo que es hoy o que vuelva a ser lo que fue antes ya no depende de nosotros, nosotros somos las marionetas acá y algunos, por no decir la mayoría, sólo queremos jugar a la pelota, no que nos digan qué cosas hacer y qué no con tal de que quede interesante o sean partidazos. Queremos volver a las fuentes, queremos volver a jugar.

Y mientras la gente empezaba a ver en sus tablets, en sus teléfonos, en sus smarts, videos o evidencia de juegos totalmente armados por los directores, Requena dejó de hablar y fue hasta el área a tomar el balón, el resto de los jugadores se iban reincorporando de a poco. Y con la pelota en sus manos, apuntó a la tribuna y la pateó, cayó en los brazos de un espectador, un gordo de bigotes que la miró como si fuera una bomba.

Y mientras policías que iban llegando al estadio ingresaban para detener a Requena, el jugador miró hacia el tipo de bigotes y alcanzó a decir -Ahora la pelota la tienen ustedes, decidan qué es lo que quieren hacer.

-Arquero Bipolar-

Bajate En Directo en .pdf

Anuncios