Matar por los colores

Hoy se tendría que estar hablando de la vuelta en Primera del histórico clásico cordobés después de 15 años, pero para variar la noticia no estuvo adentro de la cancha, sino en la tribuna, donde la tragedia dijo otra vez presente. Violencia, venganza y otro hincha muerto fue el saldo del partido del sábado, pero hay mucho más para analizar. 

Emanuel se levantó esa mañana sabiendo que ese era el día: Hoy volvía el clásico y el tenía su entrada ahí, esperando la hora de ser exhibida en la puerta del Kempes (Y pensar que la última vez que lo jugaron se llamaba todavía Chateau Carreras…). Salió de su casa en Ampliación Ferreyra y encaró con un amigo para el estadio. Fueron hablando de las boludeces de siempre: De cómo llegaba Belgrano, cómo llegaban los otros, que esto, que lo otro. Llegó a la puerta del estadio y al hacer la cola, divisó una cara, un rostro tan conocido como doloroso. Ese rostro lo tiró a 4 años y pico para atrás a uno de los momentos más dolorosos de su vida. Masticó bronca todo el partido, no por lo que pasaba en el césped, sino por lo que pasaba en esa tribuna, a metros tuyo.
Y no aguantó más. Fue y encaró al asesino de su hermano, el tipo que lo atropelló y que por eso estuvo un mes en cana nomás, verlo saltando, cantando con los amigos mientras a su hermano lo tapan metros de tierra. Y vio como el tipo no solamente lo insultaba sino que lo señalaba y lo acusaba de infiltrado, de Tallarín. Sintó una lluvia de golpes, de puños, de patadas, rodó por las escalinatas, dio contra la boca de salida y fue lanzado por arriba, lo último que vio fue los escalones de abajo acercándose y después, la nada.

Enmarcar esto dentro de la denominada por el periodismo “violencia en el futbol” sería no hilar fino, quedarse con el detalle del hecho violento acontecido adentro de un estadio, pero las aristas del caso lo ajena un poco. Pero solamente un poco, porque parte del resultado final tuvo que ver, lamentablemente, pero vayamos por partes.

Vayamos a Noviembre del 2012, a Ampliación Ferreyra. En una moto iban Agustín “Didi” Balbo de 14 años y Enrique Díaz de 15, circulaban por Avenida Penedo y entre las calles 3 y 5 fueron atropellados por dos autos que aparentemente venían corriendo una picada: Uno, el  Volskwagen Golf verde, era conducido por Javier Alejandro Navarro (que huyó y fue encontrado más tarde), el otro, el Gol rojo, era conducido por Oscar Eduardo “El Sapo” Gómez, a quien los testigos señalaron como el causante del accidente. Gomez era conocido del barrio, y fue sindicado por algunos como integrante de la barra de Belgrano. La muerte de los pibes desencadenó una pueblada en el barrio, que intentó hacer justicia por mano propia contra los conductores, llegando incluso a prender fuego el Golf Verde. Por ese hecho fueron imputados ambos conductores, incluso Gomez tuvo que mudarse del barrio por temor a represalias, y la causa sigue en trámite, esperando sentencia para el mes que viene.

Volvamos al sábado 15, volvamos al Kempes, volvamos a la puerta de acceso de la popular Willington. Emanuel Balbo logra divisar entre un grupo de hinchas el rostro de Gomez. Según testigos, hubo un cruce de insultos, pero después adentro del estadio parecía que la cosa se había calmado, pero todo sucedió en el entretiempo, donde no aguantó más y lo encaró. Gomez, rodeado de hinchas (incluso es señalado por el padre como parte de la barra, cosa que la Policía por ahora niega) como mecanismo de defensa, apeló a lo más bajo: Lo señaló como un infiltrado, como un hincha de Talleres que se metió en la tribuna pirata. Lo que siguió fue la golpiza que le propinaron los hinchas que estaban en ese sector, por el sólo hecho de ser un supuesto infiltrado, mlo que derivó en una caída de 3 metros y, después de casi 48 horas de agonía, su muerte.

El origen de todo se remontaba al 2012, pero lo cierto es que el resultado no hubiera ocurrido de no mediar la agresión recibida por Balbo por el resto de los hinchas que rodeaban a Gomez. Solamente tuvo que señalarlo como hincha de Talleres para que lo golpearan sin mediar palabra ni defensa, uno a uno se fueron sumando a agredirlo hasta provocar su caída y posterior muerte. Ah, el partido siguió, como corresponde a todo espectáculo porque, como nos enseñara Freddie Mercury, the show must go on. Por el crimen de Balbo hay 4 detenidos, ninguno es Gómez, que sigue prófugo.

¿Balbo lo pudo haber pensado mejor antes de encarar a Gómez en medio de la tribuna, máxime sabiendo que se rumoreaba que estaba con la barra? Posiblemente pero ¿Se lo puede culpar de algo? O mejor dicho, ¿Uno qué habría hecho de estar en ese lugar? Y lo que se desprende de la cobarde decisión de Gomez: Si de verdad hubiera sido un infiltrado, ¿Merecía la muerte? ¿Cuántas historias de infiltrados conocemos? ¿Se puede justificar una agresión así?

Demasiados interrogantes que quedan flotando y que les dejamos para que debatamos entre todos. Sabemos que no vamos a encontrar la solución acá, pero por lo menos podemos poner arriba de la mesa temas que a varios le gusta esconder abajo de la alfombra. Esta vez la muerte llegó por una tragedia anterior, pero bien pudo ocasionarse por pararse en el lugar equivocado y ser del color equivocado…¿Se justifica?

¿Podemos ser tan termos, la puta madre que lo parió?

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