Grandes arqueros argentinos: Amadeo Raúl Carrizo

El puesto de ¿el bobo? ¿el gordito? Ponele (?). Nace hoy una nueva sección en La Refundación, dedicada a homenajear a tipos que la rompieron en el que tal vez, es el puesto más difícil. Y en la primera entrega, qué mejor que arrancar con quien revolucionó ese lugar, con el que para muchos fue el mejor argentino en el rubro a lo largo del Siglo XX.

Quien fuera autor de la frase “todo arquero debe comerse 100 goles bobos para recibirse”, nació el 12 de junio de 1926 en sur de la provincia de Santa Fe. Hijo de un obrero ferroviario, de no haberse cruzado la pelota en su camino seguramente el protagonista de esta historia hubiera seguido los pasos de su viejo; sin embargo, un atleta de su Rufino natal, llamado Héctor Berra, le vio algo llamado talento y como tenía contactos en un club importante de Buenos Aires, a comienzos de la década del ´40 mandó una carta de recomendación a Carlos Peucelle, otrora gloria futbolística de River Plate y en ese entonces, hombre a cargo de las inferiores. Tras un largo viaje de 15 horas en tren, una breve prueba le bastó al pibe para mostrarle su potencial a “Barullo”; por eso, y cuando aquel se estaba cambiando en el vestuario, ahí nomás le avisaron que no volvía a su pueblo, que ya se quedaba en la institución definitivamente.

Formado en clubes de Rufino y admirador de Sócrates Cieri (arquero de su ciudad que llegó a jugar en San Lorenzo), pero terminado de pulir durante un par de años en las inferiores del “Millonario”, en el campeonato de 1945 y con sólo 18 años de edad -toda una rareza para la época si se tiene en cuenta el puesto- Amadeo Raúl Carrizo debutó en el arco de River ante las lesiones del titular José Soriano y del suplente Héctor Grisetti. Nadie lo sabía entonces, ni siquiera él en sus cálculos más optimistas podía imaginarlo, pero el tipo (luego de volver un par de temporadas a ser el “1” de la reserva, lapso en el que jugó apenas un par de partidos en la máxima división) agarraría definitivamente el puesto en 1948 tras desbancar al “Suicida” Grisetti, para adueñarse así del arco riverplatense casi sin oposición durante las siguientes dos décadas (!).

El lugar del debut, Avellaneda. La fecha del estreno, 6 de mayo. Su primer rival, Independiente (justo el club por el que hinchaba cuando era chico y que según sus propias palabras, lo hacía llorar cada vez que perdía). Seguramente el pibe, quien con 1,90 mts. de altura contaba con un gran porte para su puesto, salió a la cancha con cierto temor por tener que arrancar como visitante y ante un grande, circunstancias agravadas porque enfrente había dos tipos que algo sabían de hacer goles: el paraguayo Arsenio Erico y el rosarino Vicente De la Mata. Para colmo, su equipo arrancó abajo en el score, siendo Camilo Cerviño el hombre que lo hizo ir por primera vez al fondo de su arco a buscarla; pero luego el equipo visitante se repuso, dio vuelta la historia y terminó ganando 2-1, por lo que puede decirse que el estreno del joven guardameta fue cumplido con creces.

Luego de ese partido el torneo siguió su curso (Amadeo jugaría también el encuentro de la siguiente fecha, triunfo 2-1 de local ante el CASLA con baluartes como Farro, Pontoni y Martino en la delantera) y los de la banda roja ganaron el campeonato de 1945, mejor arranque imposible para su carrera. También se coronó como campeón argentino en 1947 -cabe aclarar que ese año no jugó ni un minuto-, 1952, 1953, 1955, 1956 y 1957, en todos esos torneos sí como amo y señor del arco rojiblanco… una colección de títulos para nada despreciable, claro está.

Sin embargo, ese último éxito local del ´57 fue también el prólogo de una racha verdaderamente nefasta para el CARP, la cual se extendería durante 18 años que a sus hinchas se les hicieron eternos. Y si bien Carrizo no estuvo a lo largo de todo ese período de malaria en el club, su imagen quedó inevitablemente asociada a los coronas que el “Millo” perdió sobre el final en 1962 (a manos de Boca con el famoso partido del penal atajado a su compañero Delem), en 1963 (contra Independiente), en 1965 (otra vez a manos del CABJ y con otro encuentro decisivo en La Boca) y en 1968 (contra Vélez).

Peñarol y la pesadilla de Chile

Pero sin dudas, LA gran mancha de Amadeo tiene que ver con la primera (¿y mayor?) frustración a nivel internacional del club: la final de la Copa Libertadores 1966 contra Peñarol. Quedó en la historia ese tercer encuentro jugado en Santiago de Chile, en el cual el “Carbonero” remontó increíblemente una desventaja de dos goles y terminó levantando la copa. River en ese certamen se había dado el lujo de eliminar en semifinales nada menos que a Boca e Independiente -vigente bicampeón- y tras caer en la primera final jugada en Montevideo (0-2), ganó un partido durísimo en el “Monumental” (3-2, debiendo remontar el score remontar un par de veces), para forzar así un desempate ante el aurinegro.

Un encuentro desempate en el que el equipo argentino estuvo 2-0 arriba hasta promediar el complemento, pero un quedo inexplicable (¿arrugue? ¿falta de resto físico al haber jugado las 3 finales en sólo 7 días?) hizo que los uruguayos forzaran el suplementario y ya en esos 30 minutos extras, con un River desesperado buscando un tanto más -cabe aclarar que si terminaban empatados, la copa la obtenían los orientales por mejor diferencia de gol- remataran la historia imponiéndose 4-2.

Elegida como la más amargura más grande de su carrera según su propio testimonio, históricamente la leyenda siempre contó que la remontada uruguaya tuvo su origen en la furia que despertó en sus rivales, el hecho de que Carrizo con su equipo en ventaja parara un envío largo con el pecho, como “sobrando” a los jugadores dirigidos por Roque Máspoli.

Y acá la historia se desdobla. ¿Qué dijo él al respecto en una nota del año 2012? Fue algo rápido, me pateó un tipo desde 4 metros, un balazo que me vino directo al pecho. No fue compadreada, hice lo que me pareció más seguro y enseguida la agarré. ¡Dicen que los de Peñarol se enojaron y por eso nos ganaron! Es cuento viejo. Ellos encontraron el partido después”. Sin embargo, parece que la memoria le jugó una mala pasada (?) a nuestro homenajeado, ya que investigando nos encontramos con un reportaje del año ´69, en el que consultado por esa fatídica jornada del 20 de mayo del ´66 declaró: “Es cierto, estuve mal, pero porque no tenía quienes me respaldaran. De haber estado un Ricardo Vaghi (N.d.R.: histórico defensor riverplatense de las décadas del ´30 y del ´40) en cancha, nada de eso hubiera sucedido y habríamos ganado la copa”. Ese reportaje también recuerda que el primero que encaró a Carrizo fue el moreno Alberto Spencer, esa mole que jugaba de delantero para el “Manya”, quien le habría dicho: “¡Maricón! ¿Por qué no haces eso en la cancha de Boca? ¡Te voy a arrancar la cabeza!”, haciendo temblar al golero argentino.

Nunca sabremos si esa apretada del ecuatoriano existió o no, pero lo real y concreto es que a partir de allí el arquero no dio la misma seguridad y en los siguientes 55 minutos de juego terminó recibiendo nada menos que 4 goles, ofreciendo muy poca resistencia para lo que se esperaba de un jugador de sus condiciones. Tendrían que pasar 20 largos años para que las a partir de allí denominadas “gallinas” se quitaran la frustración y consiguieran su primer gran trofeo internacional.

Uno de sus principales críticos tras la debacle, fue nada menos que el presidente del club. En la edición de “El Gráfico” posterior a esa vergonzosa derrota, pueden encontrarse declaraciones en caliente del Sr. Liberti, en las cuales sin perjuicio de culpar al entrenador Renato Cesarini por la derrota (el tipo, ante la lesión de un defensor casi en el entretiempo y 2 goles arriba, no tuvo mejor idea que poner un delantero… porque no tenía un zaguero en el banco; ello llevó a que el “Indio” Solari que la venía rompiendo en el medio pasara abajo y todo el equipo se desbalanceara), no tuvo empacho en destrozar a  su arquero: “… y el otro responsable es ese señor Carrizo. Cuando está para la cargada, tiene que ser hombre para afrontarla. Es muy fácil sobrar en la buena. Hay que saber guapear en las malas (…) Este señor nació con la estrella. Es el intocable. Yo quisiera saber cuando nos ganó un partido de responsabilidad en los 20 años que lleva en el club. Es el responsable de la reacción de los dos negros (N. de R.: Hola INADI (?)) y de habernos echado al público encima… desde esa pelota que compadreó con el pecho cambió el partido… un jugador serio no tiene que hacer esas gansadas… hace falta otra cosa para ser hombre”. Irónicamente, poco tiempo más tarde ambos se irían del club de toda su vida casi de la mano: el dirigente en 1967 (tras 4 presidencias en distintos períodos que abarcaron 24 años) y el guardavalla al año siguiente, tras jugar 23 años en la primera riverplatense, y de una fea forma que ya se contará.

Ahora bien, seguramente muy pocos han visto el partido completo, siquiera los goles de esa famosa final que quedó en los anales del fútbol sudamericano. Y como los 120 minutos de juego están disponibles gracias a la tecnología en Youtube, juzguen ustedes mismos el rendimiento de River en general y de Carrizo en particular en ese bendito partido. Para los más vagos (?), aquellos que sólo quieran analizar si los goles se los comió o no el arquero, le decimos que los mismos están a los 59:05, 1:04:06, 1:29:10 y 1:38:44 del video. ¿La canchereada? Fue a los 19 minutos del complemento, y se la puede ver a los 53:33 de estas imágenes que dejamos a continuación:

Pero volviendo a las buenas, que las hubo y muchas en su dilatada trayectoria, no podemos dejar de recordar que en su último año en River, con 42 años de edad y como para dar cuenta de su vigencia -pese a lo que pensaban su entrenador y ex-compañero Ángel Labruna, además de algunos dirigentes-, el viejo mantuvo su valla invicta a lo largo de 769 minutos, estableciendo un nuevo récord en la materia. Todo empezó con un sorpresivo 1-3 en casa contra el ascendido Los Andes, el 10 de mayo del ´68 por la 10º jornada de un Metropolitano en el que su equipo llegaría a semifinales para mancarse una vez más como tantas veces en esa década; pero a partir de allí, Amadeo bajó literalmente la persiana y fueron desfilando Central, Tigre, Huracán, Chacarita, Argentinos, Boca (en el famoso 0 a 0 de la “Puerta 12”), Gimnasia e Independiente. La gran racha se cortaría en Liniers más de dos meses después de comenzada: recién ocurrió el 14 de julio, en el marco del Vélez 1-River 1 registrado por la 20º fecha. Como dato de color, cabe mencionar que al final del partido un joven Carlos Bianchi -confeso fanático de la banda- le fue a pedir disculpas tímidamente a su ídolo por haberle quebrado la marca con su gol.

En el segundo semestre de ese 1968 se jugó el Torneo Nacional, en el que Vélez rompió la telita (?) al coronarse en un triangular desempate jugado con Racing y… River, que otra vez en esa nefasta década del ´60 se quedaba con las manos vacías cerca de la meta. En el 1-1 entre el “Millonario” y el “Fortín” -el partido de la famosa mano de Gallo que el juez Guillermo Nimo no vio o no quiso ver-, el viejo Amadeo entrando desde el banco por la lesión de su compañero Gironacci, jugó en la vieja cancha del CASLA los últimos 30 minutos de su eterna campaña riverplatense. Eso fue el 22 de diciembre; una semana más tarde el CAVS le ganó 4-2 a un Racing ya sin chances (había perdido 0-2 en el debut contra la banda) y por tener más goles a favor (!) que los de Nuñez, dio la primera vuelta olímpica de su historia.

Y al comenzar el año siguiente, pese a sus ganas de seguir un tiempo más defendiendo el arco riverplatense, llegó el inesperado adiós. Pero que mejor lo cuente el propio protagonista: “Lloré mucho, porque no lo esperaba, así tan fuerte y tan violento. Una congoja muy grande. Me citaron en Suipacha 574, donde estaba la sede, (el dirigente) Plinio Garibaldi y (el presidente) William Kent. Me dijeron que mi ciclo estaba terminado y que me iban a hacer un partido homenaje y que estaba la posibilidad de seguir en el club enseñándoles a los chicos. No pasó ninguna de las dos cosas”.

Luego de irse por la puerta de atrás del club de toda la vida, ese en el que jugó la friolera de 520 partidos, con el que ganó 6 torneos locales (si no incluimos el testimonial de 1947) y en cuyo arco atajó 18 penales, y tras disputar un par de amistosos a cambio de un buen dinero para los peruanos de Alianza Lima -en uno de ellos se enfrentó al ruso Lev Yashin, en un auténtico duelo de colosos del arco-, en ese 1969 que había arrancado tan triste para él, Carrizo armó las valijas y se radicó en Colombia, país que tenía una liga de un nivel bastante inferior a lo que él estaba acostumbrado.

Con 42 años llegó a Millonarios y en el club de Bogotá jugó un par de campeonatos, yéndole bastante bien en el primero de ellos -su equipo finalizó en el tercer puesto-, aunque no tanto en el siguiente. Consultado sobre cómo terminó en esos lares, hace pocos años Amadeo recordó: “Alfonso Senior, un gran directivo de ellos me vio en la gira de Perú y quiso llevarme por seis meses, por si acaso no agarraba una supongo. Al final me quedé un año y medio más… preguntale a cualquier colombiano cómo me fue allá; y no jugué más porque tenía a mi familia en Buenos Aires y extrañaba”.

No pudo alcanzar la gloria, aunque en la capital colombiana dejó sobradas muestras de su talento, hasta que al cabo de 53 partidos disputados el protagonista de esta historia decidió retirarse para siempre a fines de 1970.

Como en toda historia de un personaje deportivo cuya carrera se extiende por décadas, en la trayectoria de Carrizo hubo altos y bajos, con lógicamente más buenas que malas, al margen de que las malas fueron muy difíciles de digerir. Pero los héroes del deporte no dejan de ser hombres, con sus virtudes y también sus miserias, ¿no? Esto viene a cuento de lo siguiente: es público y notorio el amor que el tipo fue desarrollando por River a lo largo de los años. De hecho, ese corazón que de niño era todo rojo, con el tiempo se destiñó (?) y terminó siendo rojiblanco. Sin embargo, sus críticos siempre remarcaron que el verdadero amor de Carrizo, era el dinero.

Por ejemplo, en 1964 -cuando iba a cumplir 20 años en la primera de la institución de Nuñez- le entregaron $ 500.000, un muy buen dinero para la época, en reconocimiento a su trayectoria. Sin embargo, al arquero aparentemente no le habría parecido suficiente (?) y si no, lo cuenta mejor Pedro Prevignano, tesorero del club en esos años: “Un dirigente le dio la plata y le pidió que le fuera a agradecer al presidente Antonio Liberti, porque fue idea de él que la CD le hiciera ese regalo. Amadeo fue y al margen de agradecer, reclamó otros $ 500.000 como aumento de prima. Le dijo que necesitaba abrir una boutique y terminó consiguiendo $ 250.000 más… sin embargo, a la semana se apareció lo más campante por el club con un flamante coche sport: lo había comprado con los $ 750.000 que le dimos”.

Otro ejemplo de ello es que, dolido y enojado con la dirigencia de River tras su salida, se le ocurrió organizar su partido homenaje… nada menos que en la “Bombonera”, una cancha en la que la pasaba tan mal, que durante sus últimas campañas directamente no jugaba allí cuando el CARP debía afrontar el clásico como visitante. Ese match finalmente nunca se disputó, debido a que el presidente boquense Alberto J. Armando se dio cuenta que se iba a poner de culo (?) a sus pares riverplatenses si prestaba su casa para tal fin. Algunos medios afirmaron que la idea de Amadeo de armar la fiestita en Brandsen 805 era mojarle la oreja a la dirigencia que lo había declarado prescindible, pero otros manifestaron en su momento que cuando se pinchó el encuentro, lo que más lamentó Carrizo fue la enorme recaudación que se perdió de embolsar.

Respecto a la chance de jugar en el exterior, y amen de que en su tiempo no era tan fácil irse a jugar afuera como ahora, más de una vez la gente se ha preguntado si Amadeo se quedó hasta los 42 años en River por comodidad, por imposición, por amor a los colores o por algún otro motivo. Hace pocos años, le preguntaron por qué recién al final de su carrera jugó en el exterior y no en una plaza de las más deseadas por un futbolista, y esto es lo que respondió sin dar muchas vueltas: “Porque el presidente Liberti no quería saber nada con venderme. Tuve varias oportunidades de México, Brasil, Francia, Las Palmas y hasta me quiso el Real Madrid (N.d.R.: esto fue en 1961). Fue cuando viajamos allá y le ganamos 3-2 al equipo campeón de Europa de Di Stéfano, Puskas, Kopa, Gento y atajé bastante bien, Alfredo me hizo los dos goles. Santiago Bernabeú se tiró un lance para llevarme pero Don Antonio le dijo que no rotundamente”.

Más allá de que su apellido es sinónimo de arco, hacer un gol es algo que le quedó pendiente a Carrizo, sin perjuicio de que en sus tiempos era casi impensado que un guardameta fuera a patear un penal o un tiro libre (sólo hay registro de un penal en la década del ´30 pateado por “Pibona” Alterio de Chacarita y recién en los 70´s Alberto Parsechian seguiría esa senda, si hablamos de la primera división argenta). Y eso que ganas no le faltaron, sino todo lo contrario: “Nunca me dejaron patear un penal, ni Minella ni Cesarini (N. de R.: los técnicos que tuvo a lo largo de la mayor parte de su campaña), ni siquiera Labruna y eso que lo pedí varias veces, porque yo me quedaba a patear en las prácticas… era un gusto que me quería dar. Pero me decían que era un riesgo y sobre todo, una falta de respeto al otro arquero”, recordó hace pocos años al respecto.

Sus partidos ante Boca, una historia aparte

Habiendo sido el dueño casi absoluto del arco de River durante más de dos décadas, es imposible obviar sus historias ante Boca, el eterno rival de su club. Porque para Amadeo eso de que “el clásico es un partido aparte”, se hacía más carne que para ningún otro compañero, circunstancia quizás compartida con el “Feo” Labruna, otro que enfrentó durante muchísimos años a Uooooooca (?).

La historia de Amadeo en el Superclásico puede ser diferenciada claramente en dos etapas. Una desde su estreno hasta 1955 y otra desde la temporada siguiente hasta 1968, su último año en Nuñez.

En la primera de esas etapas, festejó muchas más veces de las que se retiró con la cabeza gacha: 10 victorias, 1 empate y sólo 5 caídas en 16 clásicos disputados fue el saldo para él. Entre esas victorias además, atesora dos triunfos gloriosos: por un lado, el 2-1 de 1948, por ser su debut en el clásico y porque se trató del primer éxito de River desde la inauguración de la cancha de Boca tal como la conocemos hoy (1940); y por el otro, el 2-1 también como visitante, pero de 1955 y que significó nada menos que coronarse campeón en la cancha y en la cara del “Xeneize”… dos momentos imborrables que el viejo seguramente guardará bien dentro de su corazón hasta el último día de su vida.

Además, en un derby (?) de 1954 se dio una jugada polémica que lo tuvo como protagonista y que pasó a la historia de nuestro fútbol. En el River 3 – Boca 0 jugado en Nuñez por la segunda ronda de un torneo que ganaría el CABJ (cortando dicho sea de paso una sequía de 10 años), con su equipo en cómoda ventaja Amadeo salió con pelota dominada desde su arco, como tantas otras veces, sólo que esta vez hizo algo que jamás había hecho hasta ese momento y que ningún arquero había intentado: eludir con gambeta al delantero que lo fue a apretar; pero no le bastó con hacerlo una vez, sino que repitió la gambeta en la misma jugada. La víctima de esa jugarreta fue José Borello y muchos en esa época lo tomaron como una ofensa gigante; bastante el propio damnificado, pero mucho más los hinchas de su equipo, que para vengar la afrenta a uno de sus ídolos, a partir de allí transformarían todas las visitas de Carrizo a La Boca -fueron 11-, en un suplicio. Al respecto, sobre ese episodio y sobre su forma de ver el fútbol, ya retirado dijo: “Con “Pepino” éramos amigos y él nunca se sintió afectado por esa gambeta, más allá de nuestra rivalidad deportiva. Con ese criterio, si al arquero le meten un gol de taco o de lujo se tendría que ofender y no es así. Por eso, a mí me gustaba que el adversario aceptara mi forma de ser y de jugar… además, imagínese si por rechazar la pelota violentamente pegaba en el rival y entraba al arco, sería un papelón”.

En cambio, durante la segunda etapa de su historia superclásica todo se hizo cuesta arriba para el gran Amadeo, con un récord (hablando de torneo local y excluyendo la Libertadores ´66) de apenas 5 triunfos en 24 duelos, completado por 8 empates y 11 derrotas, varias de ellas dolorosas porque significaron títulos perdidos. De hecho, los éxitos fueron siempre en Nuñez (1956, 1957, 1961, 1966 y Metro 1967) y le costaba tanto jugar en “La Bombonera”, que en sus últimos 3 años en el club los distintos técnicos que tuvo optaron directamente por no ponerlo en esa cancha, ya que era evidente que su rendimiento mermaba. Cabe destacar que entre el ´66 y el ´68, el arquero que jugó en Brandsen 805 en cada visita riverplatense era su habitual suplente, un joven que estaba harto de vivir a la sombra del viejo, que tenía muchas condiciones y un gran desparpajo, por lo que absorbía positivamente la presión que había en esa cancha y las provocaciones de los jugadores contrarios, esas que hacían que el gigante Amadeo terminara apichonado o nervioso. De hecho, alguna vez Carrizo admitió lo siguiente: “Él era ídolo de Boca. A partir de ahí (N. de R.: el citado episodio del ´54 con Borello) cada vez que iba a su cancha me volvían loco. Me sacaban de las casillas… cosa que reconozco no les costaba mucho, pero no arrugaba. En los corners me puteaban, me decían “compadrito” o “fanfarrón de mierda” y esos gestos antideportivos yo no los usaba ni los concebía… me ponía chinchudo y no atajaba bien porque no estaba con todas las luces”. Ustedes tal vez se pregunten quién era el jovencito que lo reemplazaba en esos clásicos de los 60´s… un tal Hugo Orlando Gatti, alguien de quien próximamente nos ocuparemos.

Más allá del padecimiento que se transformó para Carrizo enfrentar a Boca desde 1956 en adelante, hubo un duelo personal que quedaría para la historia. Es que durante el primer lustro de la década del ´60, en el marco del histórico enfrentamiento superchagásico (?), Amadeo encontró su bestia negra en Paulo Valentim, un brasileño llegado desde el Botafogo a la ribera en 1960 -en el marco de ese proceso que encararon CARP y CABJ de traer muchos extranjeros tras el desastre de Suecia ´58, llamado pomposamente “fútbol espectáculo”- y que en pocos años se cansó de hacerle goles al santafesino.

De hecho, ya en su primer clásico (11/09/60) el punta marcó un doblete para el 3-1 local en La Boca. A partir de allí nació una gran rivalidad con el arquero riverplatense, quien cada vez que tenía que jugar contra él no la pasaba nada bien. Y fueron pasando los clásicos y fueron sumándose goles del brasileño, hasta totalizar en 7 clásicos oficiales, la nada despreciable suma de 10, siempre con el de Rufino como víctima. Cabe destacar sin embargo que, una vez retirados ambos y cuando Paulo estuvo en la lona por problemas de plata y salud, una de las primeras personas que lo ayudó fue Amadeo, quien nunca le guardó rencor a quien seguramente fue su verdugo más famoso.

Y a tono con lo que fue la segunda etapa de su historia en los clásicos, su última vez en la cancha del eterno rival no podía terminar de otra manera que con una (gran) amargura. El 8 de diciembre de 1965 Boca y River llegaban cabeza a cabeza a falta de sólo dos fechas para el cierre del torneo, pero el “Millonario” tenía un fixture más accesible en el final, por lo que llevarse al menos un empate lo dejaba muy bien parado de cara a ganar su primera corona en casi una década; encima la tarde arrancó inmejorable porque el visitante se adelantó temprano en el score con gol de Artime. El local se fue con todo arriba en el resto del primer tiempo, pero en cada avance, en cada centro, Carrizo imponía su 1,90 metro y sus manos firmes. En uno de esos centros, Amadeo terminaba de descolgar la pelota cuando recibió la carga del corpulento Alfredo Rojas… y ahí comenzó a cambiar la historia del partido y por qué no, también del certamen. El arquero permaneció un rato tendido, y nadie supo a ciencia cierta si enfriaba el clima o realmente había sentido el golpe del “Tanque”.

Cuenta la leyenda que Carrizo mandó a avisarle a Cesarini que hiciera calentar a Gatti y que en el entretiempo su DT tuvo que obligarlo a seguir jugando, pese a que él quería quedarse en el vestuario. ¿Qué pasó en el complemento? El primer tiro al arco fue de “Pocho” Pianetti, quien desde 35 metros clavó la pelota en un ángulo y puso el empate. Encima, pronto River se quedó con uno menos y se refugió atrás para cuidar el puntito inteligente (?), ese que lo mantenía en la cima compartida. El viejo arquero pudo aguantar los embates bosteros casi hasta el final, pero a los 42 minutos Norberto Menéndez, ingresó al área y sacó un zurdazo que (tras desviarse en Ramos Delgado) ingresó por el primer palo. Boca ganó 2-1, mantuvo su largo invicto como local en clásicos y al igual que en el ´62 la tarde que Roma le atajó un penal a Delem sobre la hora, ponía proa al título en la cara de su eterno adversario.

Y eso no sería todo en aquella calurosa tarde de diciembre. Un joven Ángel Clemente Rojas le señaló a Carrizo la pelota cuando esta estaba dentro del arco y a pesar del momento, Amadeo se bancó la irreverencia de “Rojitas”, aunque sí no pudo evitar explotar después de que su ex-compañero Menéndez, camino al vestuario ya en el túnel, lo cargara por una nueva derrota en La Boca. La piña del viejo, primera de las muchas que se tiraron jugadores de uno y otro lado, abrió el pómulo derecho del “Beto” (tricampeón con CARP en la década del ´50 y tricampeón con CABJ en la década del ´60, marca jamás igualada), quien terminó siendo atendido en el consultorio médico, mientras el presidente Armando trataba de cobarde al agresor y el capitán local Antonio Rattin vendía un poco de humo (?) manifestando desde sus casi 2 metros de altura: “Que me venga a pegar a mí”.

“Los dos goles son inexplicables para su jerarquía”, criticó el periodista Osvaldo Ardizzone en El Gráfico al guardavallas que ya tenía 39 años de edad. Además, en la crónica de la misma revista, el histórico “Juvenal” calificó su desempeño con un 4. Nunca más Amadeo Carrizo pisaría la cancha de Boca después de esa aciaga tarde… y pocos meses después, en el siguiente clásico (3/4/1966), River sin él en la valla pudo cortar al fin la pesada racha de 11 años sin ganar en Brandsen 805.

¿Y las mejores del arquero en esa magra segunda etapa ante el clásico rival? Porque también las hubo buenas, aunque mucho menos que entre 1948 y 1955. A nivel local, y más allá de esos 5 triunfos mencionados previamente, hay dos empates en los que el viejo tuvo un excelente nivel y fue el responsable de que su equipo no perdiera, con la particularidad de que ambos partidos se jugaron en Nuñez y terminaron 0-0. Primero, en el encuentro correspondiente a la primera rueda del torneo de 1964, en lo que fue el primer superclásico que terminaba sin goles desde que se instauró el profesionalismo a comienzos de la década del ´30; y luego, en la fría tarde del 23 de julio de 1968, en un interzonal correspondiente al Metropolitano de ese año. Fue en la infausta jornada de la “Puerta 12”, cuando tras 90 minutos aburridos en los que el veterano Amadeo fue gran figura, 71 hinchas de Boca murieron cuando intentaban salir del “Monumental”; esa tarde también se recuerda porque “Rojitas”, mientras los jugadores locales posaban para la foto, le robó la gorra que usaba para jugar y se la llevó a un fotógrafo, y cuenta la leyenda que el viejo se negó a empezar el duelo hasta que la pudo recuperar. Al respecto hace un tiempo expresó: “Él (Rojas) era mucho más joven, no iba a salir corriendo a agarrarlo con el riesgo de caerme por ahí; al rato un alcanzapelotas la encontró y me la trajo. Yo venía con la racha de varios partidos sin recibir goles y ellos creerían que atajaba bien por la gorra, ja”).

Y saliendo del cabotaje (?), cabe recordar que Amadeo fue el primer arquero de un River vencedor de Boca en el plano internacional: fue el 10 de febrero del ´66, en Nuñez, en un 2-1 por la primera fase de una Libertadores en la que los clásicos rivales compartían grupo con equipos de Perú y Venezuela.

Su historia con la selección:  amor-odio-reconciliación

Carrizo debutó en la valla albiceleste en 1954 y en los primeros años todo estuvo más que bien. Y de hecho, sin perjuicio de que no fue el arquero en las conquistas sudamericanas del ´55 y el ´57, cuando fue designado titular para el Mundial de 1958 (ese que marcaría el retorno de Argentina a la máxima cita tras largos 24 años de ausencia por propia voluntad), no hubo mayor oposición al respecto. Se trataba, al cabo, del guardameta campeón a nivel local en 5 de los últimos 6 torneos disputados, los antecedentes lo respaldaban sobradamente. Sin embargo, a la vuelta de la esquina el destino lo esperaba con el primer gran golpe de su carrera…

PENTAX Image

… porque el homenajeado de hoy, indudablemente fue una de las caras visibles del “Desastre de Suecia”, cuando en el Mundial 1958 todo el mundo pensaba en que los dirigidos por Guillermo Stábile (pese a no contar con varios de los tipos que la rompieron en Perú el año anterior, como Sivori, Maschio y Angelillo) iban a llegar tranquilos a las instancias finales y el equipo mancó feo en primera ronda, con 10 goles recibidos en 3 partidos y el icónico 1-6 ante Checoslovaquia como “la” foto de la participación argentina en ese mundial.

Consultado alguna vez acerca de aquella estrepitosa derrota y sus razones, el arquero contó: “Había buenos jugadores, pero el día de la goleada hubo una variante porque se fue Lombardo lesionado y entró Avio de defensor y no sé si tácticamente entró bien. También, Argentina hacía muchísimos años que no intervenía en Mundiales, no se conocía nada de los rivales, fuimos a la deriva”. Y a la hora de responder si se había comido alguno de los 6 goles checoslovacos, manifestó: “Me hicieron tres o cuatro casi iguales: el wing izquierdo se iba solo, yo le salía, pateaba rasante al medio y ahí entraba uno para convertir. Pero bueno, la ligó el arquero, como pasa en estos casos”.

A continuación dejamos para el lector un video con 5 de los 6 goles de la selección europea en esa nefasta tarde de Helsinborg. Y si bien la realidad es que los tantos -salvo uno- no fueron como los recuerda Amadeo, juzguen ustedes si la paliza es sólo imputable a él como muchos opinaron durante décadas… a juicio de este escriba, Carrizo sólo tiene responsabilidad en el tercer gol, donde da un rebote frontal y para colmo, bastante largo:

El rendimiento en ese torneo, las críticas de la prensa y el pésimo recibimiento de la gente, marcaron un quiebre para el rufinense en la selección: “En Ezeiza nos castigaron lindo cuando llegamos, había como una popular en la terraza y nos tiraban de todo. El problema siguió en las canchas, porque entrábamos y nos gritaban cualquier cosa. Salvo el hincha de River, que jamás me dijo nada. A mí me pintaron la casa, me rayaron el auto, y eso creo que sólo me pasó a mí, aunque los 6 goles los recibió todo el equipo… mi familia lo sufrió mucho”, recordaba en una entrevista realizada hace pocos años.

¿Pero fue el único culpable? Claramente no. “Para poner las cosas en su lugar, yo tendría que haber ido a la radio, a los diarios, y acusar a compañeros míos. No lo hice, ya pasó todo y no quiero ni acordarme”, así declaraba por ejemplo en una entrevista concedida en 1969. Tal vez, por su supuesta debilidad anímica (“Yo nunca sentí miedo, siempre dijeron eso de mí porque yo era Carrizo y todos se fijaban en lo que hacía o dejaba de hacer; entonces, un error mío lo comentaban como no lo harían con el error de cualquier otro”, se defendió alguna vez tras el retiro), fue el blanco elegido por la prensa y el mundo del fútbol en general para descargar en él las consecuencias de una frustración común a un grupo y que no era responsabilidad de un solo individuo. Además, su “enjuiciamiento” se hizo sobre la base de lo que los pocos periodistas que viajaron a Suecia dijeron o escribieron y del sugestivo silencio que mantuvieron sus compañeros al volver del mundial. Pero lo real y concreto es que al tipo injustamente le cargaron en solitario una cruz que lo acompañó hasta el final de su carrera deportiva, y más allá también.

Así las cosas, no quiso saber nada con seguir jugando para el combinado nacional, bajándose él mismo de la posibilidad de ir a Chile 1962 pese a la insistencia de Juan Carlos Lorenzo, entonces técnico albiceleste. Lo cuenta así: “El “Toto” me convocó, fui a varias prácticas y trató de convencerme, pero recordé todo lo sufrido y decidí quedarme… al final me reemplazó Rogelio Domínguez, quien venía del Madrid pero era mi suplente en River”. Eso sí, es dable señalar que pese a la ausencia del (supuesto) principal culpable del papelón sueco, se volvió a repetir la pobre performance de quedar arafue en la primera fase de la cita mundialista.

Sin embargo, y pese a que tampoco concurriría al posterior mundial de Inglaterra ´66, a mitad de ese período entrecopas, Carrizo tuvo una especie de redención con la camiseta nacional. En 1964 se jugó en Brasil la “Copa de las Naciones”, una especie de mundialito que juntó al local y vigente campeón mundial, a su futuro sucesor (Inglaterra), a los eternos campeones morales -o sea nosotros (?)- y a la selección de Portugal, conjunto que amen de protagonizar un excelente mundial un par de años más tarde, en un tal Eusebio tenía al mejor delantero europeo de la época.

Ni el más optimista hincha argentino hubiera imaginado que los dirigidos por José María Minella -sí, el “Toto” fue el DT en los mundiales ´62 y ´66 pero en el medio de ambas competencias no estuvo en la selección, más o menos como ahora de organizado estaba todo- iban a ganar el trofeo, de hecho todos pensaban que el local iba a tirar la chapa de bicampeón mundial y quedarse con la competencia. Peeeero, Argentina se hizo muy fuerte en la adversidad y tras superar a los lusos (2-0), al anfitrión (3-0) y a los ingleses (1-0), terminó levantando la copa.

Y si bien tipos como Ermindo Onega, el “Tanque” Rojas, Rattin y un jovencito Roberto Telch fueron puntos muy altos de esa selección, es indudable que fue magistral lo de Amadeo, quien mantuvo su valla invicta a lo largo de los 270 minutos disputados. Con el agregado de que ante un Brasil al que no quería enfrentar en un principio por una leve lesión en la rodilla (teniendo que llegar el “Rata” a obligarlo para que atajara, bajo amenaza de contarle al retorno a la prensa que había arrugado) tuvo particularmente una actuación muy destacada ante Pelé y sus compañeros, la cual incluyó hasta un penal atajado a mano cambiada ante Gerson.

Fue ese torneo un dignísimo cierre para su historia con la selección, la cual abarcó 10 años pero no tantos partidos (jugó 20 encuentros con la camiseta argentina, aunque en ese entonces se jugaban muchos menos encuentros que ahora). Un tipo de su nivel y trayectoria, sin dudas merecía irse reivindicado tras el mal trago sueco.

Ya repasamos su carrera en el fútbol argentino, en Colombia, y su paso por la selección. Pero, ¿Y después de la práctica activa qué fue de su vida? Poco tiempo después de colgar los guantes, Amadeo ejerció la dirección técnica, una faceta a la que no le dedicó demasiados años. Fue entrenador del Deportivo Armenio (ganando en 1972 el torneo de la Primera “D”, con un equipo que gracias a sus contactos utilizaba ropa de Adidas cuando ningún club de primera división contaba aún con esa pilcha) y al año siguiente retornó a Colombia para dirigir al modesto Once Caldas durante una temporada.

Ya retirado de la dirección técnica y afincado siempre en el porteño barrio de Villa Devoto, dedicó su tiempo a representar a la marca alemana de las tres tiras, a hacer bastante deporte (jugó al paddle hasta los 75 pirulos por ejemplo) y a recibir el cariño de la gente, fueran o no hinchas de River. Y con el tiempo, comenzaron a llegar los homenajes, algo totalmente lógico tratándose de una figura de su envergadura.

Y fue así que en agosto del 2008 la dirigencia de River impuso su nombre al sector bajo de la Platea “Belgrano” del “Monumental”. Luego, a fines del 2013, y a la usanza europea, fue nombrado presidente honorario del club, bajo la gestión del recién llegado Rodolfo D´Onofrio. Y pocos meses más tarde, en un River-Atlético de Rafaela jugado en Nuñez, el viejo Carrizo entró al campo de juego vestido como en sus tiempos de gloria, para recibir una merecida y atronadora ovación desde los cuatro costados de la cancha.

Pero no sólo desde el club que se ganó su corazón hubo homenajes en este tiempo. Años antes, la IFFHS lo había destacado como “mejor arquero sudamericano del siglo XX”, una muestra de lo que significa este hombre a la hora de hablar de un puesto tan importante dentro de un equipo.

Asimismo, en el año 2013 se declaró el 12 de junio como “Día Nacional del Arquero de Fútbol”, por parte del Congreso argentino y en virtud de conmemorar su natalicio.

Un verdadero pionero en la innovación de técnicas y estrategias en su puesto, un adelantado a su tiempo realmente, muchas de las cosas que hoy se ven como normales en un arquero, Carrizo las empezó a hacer desde fines de los 40´s y en la década del ´50, cuando nadie más lo hacía: salir más allá del área chica a cortar un centro (haciéndolo muchas veces con una sola mano, ya que según él era más fácil para cuando la pelota iba alta y pasada), dominar el área grande, tirarse a los pies del atacante para cortar un avance, usar los pies como recurso para dar pases y hasta para gambetear rivales (!), atajar con guantes, utilizar los saques desde su arco -con el pie o con la mano- como forma de inicio de contragolpes y un largo etcétera, que hasta incluye el engaño a los rivales: porque la de levantar la mano ante un adversario que viene con pelota dominada y simular que el juez cobró offside, para hacerlo dudar y robarle el útil, no la hizo ninguno antes que él (y de ello puede dar fe por ejemplo Norberto Madurga, quien la sufrió en el ya reseñado clásico del 23/6/68).

“Yo quise hacer que al arquero lo observaran más, que vieran que era importante, porque en él empieza la seguridad del equipo. El que sabe que tiene un buen arquero juega respaldado. Antes de mí, siempre se hablaba que al más tonto o al gordito lo mandaban al arco”. Esas son palabras suyas, en un reportaje efectuado cuando cumplió 80 años de edad y se le pidió opinión acerca del puesto que reinventó. Además, también opinó lo siguiente: “El  principal atributo de un buen arquero es tener reflejos rápidos para salir a buscar el remate apenas viene, y simplificar, que era mi fuerte. Yo pensaba: cuanto menos me patean al arco, mejor. ¿Cómo lo impido? Intuyendo que va a hacer el contrario cuando viene con la pelota, salir lentamente del arco para anticipar la jugada”. Ingresando a este link,pueden ver un video en el cual el mismo protagonista explica un poco sus ideas y su forma de ver el puesto.

Esta es la historia de Amadeo Raúl Carrizo. Un tipo que a los 90 años sigue gozando del reconocimiento y el respeto de todos los que vieron jugar y de los que se enteraron de su leyenda a través de un abuelo, de un padre, de algún tío, de algún futbolero, o ya sea leyendo sus historias o mirando videos sobre él.

Un hombre que con virtudes y defectos, con luces y sombras, revolucionó para siempre uno de los puestos más difíciles que tiene el fútbol. Sin duda alguna, su estilo de juego formó escuela entre muchos, muchísimos arqueros del continente; por lo tanto, si le decimos Maestro (así, con mayúsculas) no estaremos exagerando ni mucho menos.

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