Grandes arqueros argentinos: Hugo Gatti (primera parte)

En la segunda entrega de esta sección, repasamos vida y obra nada menos que del “Loco”. Ídolo de Boca, creador de un estilo propio y habiéndose mantenido vigente durante más de dos décadas, es para muchos futboleros el mejor arquero argentino de todos los tiempos.

Los hombres más gloriosos del fútbol nacional, basaron gran parte de su prestigio no sólo en sus condiciones técnicas, sino también por aparecer en los momentos decisivos de torneos -donde su actuación fue determinante para llegar a una coronación- y hasta en algunos casos, por incluso mejorar a sus compañeros. Hay ejemplos en los que con cumplir un par de esos requerimientos les ha alcanzado para quedar en la consideración general, pero cuando un futbolista logra conjugar las tres circunstancias antes citadas, se está indudablemente en presencia de ídolos cuyas dimensiones trascienden la frontera de la simpatía o el aprecio que un hincha puede brindarle a un jugador propio. Se está entonces, ante jugadores que trascendiendo el amor de su hinchada, quedan en el corazón del amante del fútbol en general, sin distinción de colores o banderías. Y el homenajeado de hoy claramente está dentro de ese grupo, qué duda cabe.

Hugo Orlando Gatti nació el 19 de agosto de 1944 en la localidad bonaerense de Carlos Tejedor. Siendo muy pequeño, vio en un amistoso de River Plate jugado en la provincia de La Pampa a un tal Amadeo Carrizo, a quien siempre reconocería como un maestro, y desde ese día quedó prendado del arco.

Atlanta: los comienzos

Por eso, no fue extraño que siendo un adolescente y llegado a la Capital Federal, el día que decidió ir a probarse a las inferiores del Club Atlético Atlanta lo hiciera en el arco. Claro que el resultado no pudo ser peor para él: solamente (?) 14 goles (!!!) le encajaron esa tarde. Pero sin dudas, y más allá del innegable talento que mostraría a a lo largo de su carrera, el tipo contó esa tarde con un ángel aparte: porque lo que para muchos hubiera sido debut y despedida, para él significó otra chance más. Fue Bernardo Gandulla, gloria boquense de los años 40´s y a la sazón técnico de inferiores en el “Bohemio”, quien no lo dejó caer: “Fue terrible. Antes que terminara el partido me fui al vestuario. Ahí, el “Nano” Gandulla me preguntó por qué me había ido. Le dije que para mí era una vergüenza que me hicieran 14 goles, que ese no era yo… y después de charlar un rato, me mandó a una pensión del club, además de decirle a un directivo: “Este en un año valdrá millones”. La verdad, fue Gandulla quien me descubrió”.

Los dirigentes de Atlanta lo enviaron entonces a una pensión en donde no la pasó muy bien que digamos, por temas referidos por ejemplo a la (falta de) alimentación. Sobre esa experiencia, que incluyó tener que vender gorras para sobrevivir, alguna vez manifestó: “Pasé el primer año llorando. Extrañaba la pollera de mi madre, los pantalones de mi padre…”. Pero por suerte para él, al tiempo lo cambiaron de lugar y fue a vivir a otra pensión con dos muchachos que ya jugaban en el primer equipo del club y que algo significan en la historia de nuestro fútbol: Carlos Timoteo Griguol y Luis Artime. Y la verdad es que mala idea no resultó, ya que el cordobés y el mendocino contuvieron al inexperto pichón y lo aconsejaron mucho, a punto tal que el trío forjó una amistad que perduraría por décadas: “Si nunca los hubiera conocido, hoy sería un borracho de campo, fanático del fútbol… ese era el destino de todo pueblerino cuando yo era niño. Ellos fueron fundamentales para que pudiera adaptarme a Buenos Aires”, recordó en una entrevista hecha en 2007.

En el “Bohemio” se formó admirando a Néstor Martín Errea -alguien que había imitado parte del estilo de Amadeo pero agregando cositas propias-, mientras aguardaba la chance de dar el gran salto. Y cuando a aquel lo vendieron a Boca (a fines del ´61), a Gatti le quedó la chance de ser el arquero suplente de la primera. Su debut tuvo lugar el 5 de agosto del ´62 por la 12º fecha, en una derrota 2-0 en el bosque platense ante un Gimnasia que ese año hizo un torneo espectacular.

Si nos ponemos en contexto, hay que recordar que fue una época muy buena desde lo institucional y lo deportivo para el club de Villa Crespo: en 1960 había inaugurado su actual estadio (con capacidad para 30.000 personas en ese momento), tenía unos 15.000 socios y además metió las mejores campañas de su historia, más allá de un muy buen torneo en el Metro ´73. Atlanta fue 4º en 1958, 7º al año siguiente, en 1960 no anduvo bien en el torneo local pero ganó la “Copa Suecia” y en 1961 repitió el 4º puesto. En ese venturoso tiempo “Bohemio”, que incluía sacar jugadores de inferiores casi todos los años y venderlos a buen precio a los clubes más importantes del país, fue que Hugo Orlando Gatti hizo los primeros palotes en el fútbol argentino.

Luego del citado debut, Gatti pronto desplazó a Miguel Sánchez (llegado al club ese año para competir con él tras la salida de Errea) en la consideración de un Osvaldo Zubeldía que arrancaba como entrenador, y se adueñó del arco en Villa Crespo: apenas dos temporadas le bastarían para que uno de los cinco clubes “grandes” posara sus ojos en él y se lo llevara por muy buen dinero.

Imitando y perfeccionando el estilo copiado a su admirado Errea, el casi adolescente Hugo Orlando defendió la valla de Atlanta en 37 ocasiones más luego de su bautismo de fuego. En 1962 el equipo -ya sin los goles de un Artime que se había ido a River- finalizó 7º entre 15 competidores, mientras que en el ´63 obtuvo un destacado 5º lugar entre los 14 equipos de la elite.

Una de sus mejores tardes custodiando el arco “Bohemio” fue la del 4 de noviembre del ´62. Su equipo venció 3-2 como local a San Lorenzo y sobre la hora, el todavía no apodado “Loco” le atajó un penal nada menos que a José Francisco Sanfilippo. No sólo fue el primero de los muchísimos penales que atajaría en su carrera (tiene el récord de mayor cantidad de penas máximas atajadas como ya contaremos), sino que ese no-gol del “Nene” fue clave en el cierre del torneo para impedirle que fuera máximo goleador argentino por quinto año al hilo, quedando esa distinción nada menos que en manos de su amigo Artime.

Gatti más temprano que tarde, se destacó por su excentricidad en el puesto de arquero. Lejos de limitarse a defender su arco, tenía la costumbre de salir a cortar el juego fuera del área, utilizar los pies para iniciar juego e incluso llegar a ejecutar saques de banda. No era algo que no se hubiera visto antes, pero casi nadie lo hacía, de hecho que un arquero sacara un lateral para agilizar el juego sí era una cosa inédita; de este tiempo en Villa Crespo hay una anécdota que contaremos en sus propias palabras: “Más allá de los malabarismos que hice en Boca y vieron todos, la peor fue jugando en Atlanta, cuando una vez saqué del arco… tirando un pelotazo contra el travesaño! Me suspendieron los dirigentes una fecha, por irresponsable”. Cabe destacar que pese a investigar a destajo, no hemos encontrado registro de esa anécdota en los partidos del “Bohemio” del período 1962-63; pero conociendo al personaje de hoy, lo más probable es que sí haya existido el episodio, aunque suponemos que se dio en un partido de reserva.

Además, a lo largo de su muy extensa campaña el tipo también demostraría tener una enorme, gigantesca autoestima y una notable abundancia en la elocución. Por ejemplo, algunos años después del debut y pese a no ser todavía ídolo de masas, empezó a usar el siguiente latiguillo: “Boxeador hay uno solo, Clay (N.deR.: su gran ídolo, a tal punto que usó su nombre de pila cuando nació su primogénito Lucas Cassius) y arquero sólo hay uno… Gatti”.

River Plate: un paso en falso

Tras ese par de buenas campañas en Villa Crespo, a nuestro homenajeado le llegó su primera gran oportunidad: River puso varios millones de pesos y se lo llevó, con la idea de que peleara el puesto y luego tomara la posta de un Amadeo Carrizo que ya tenía 37 años en ese momento. Lo que los dirigentes del CARP seguramente jamás imaginaron, fue que el viejo iba a aguantar 5 temporadas más en el arco riverplatense.

En su paso por Nuñez, Gatti disputó 77 partidos oficiales en los campeonatos que se jugaron entre 1964 y 1968, incluyendo las Libertadores del ´66 y del ´67. A simple vista parece una buena cantidad de encuentros, pero teniendo en cuenta que en ese lapso el club jugó 214 encuentros oficiales, puede decirse que el viejo maestro (Carrizo) le ganó la pulseada al alumno (Gatti).

Pocos saben que este gran arquero tuvo un comienzo traumático en la institución de la banda roja. Al comenzar 1964, previo al torneo de AFA se disputó la Copa “Jorge Newbery”, con la participación de todos los clubes grandes menos Independiente, más Huracán y Vélez. Más allá de su irregular debut el 4 de abril (2-2 ante San Lorenzo, que remontó en el complemento una desventaja de dos goles), un par de semanas más tarde jugó su primer River-Boca y a partir de allí muchos hinchas de su propio club se lo pusieron literalmente de culo: fue 0-4 y en el “Monumental” para colmo, al menos era un amistoso (?). Cabe destacar que esa tarde, antes de empezar a jugar Norberto Menéndez le dijo a Gatti: “Payaso, hoy te hacemos cuatro”, lo que habla a las claras de que a varios veteranos de la época no les cabía ni ahí el estilo irreverente del ex-Atlanta.

“Gatti es un caquero, queremos a Amadeo”. ¿Qué era esto? Un canto -bastante naif por cierto- que en River le dedicaban al “Loco” bastante seguido. Con su particular estilo y consultado por esta cuestión, hace pocos años afirmó: “A mí ese canto me ponía bien, significaba que no les era indiferente. Él para mí fue el más grande en su tiempo, pero nunca toleró que el alumno haya superado al maestro”. Y no es que solamente ahora diga estas cosas, eh. En plena década del ´60 y cuando eran compañeros de equipo, en una producción de El Gráfico le dijo en la cara: “Amadeo vos sos un coche viejo y yo soy un Mercedes Benz”.

Volviendo al terreno de juego y respecto a su rendimiento con la banda roja, cabe decir que los veteranos hinchas de River que lo vieron jugar, recuerdan al protagonista de este post como un tipo capaz de realizar las atajadas más impresionantes que vieron en su vida, conjugando eso con una asombrosa facilidad para comerse los goles más boludos que uno se pueda imaginar… lo que una vez llevó a algunos enajenados a decidir quemarle su Fiat 1500, aunque según Gatti los tipos se equivocaron de auto y el suyo zafó.

De hecho, tras uno de esos tantos goles bobos que le hicieron (caída 1-2 en Liniers ante Vélez, con River peleando la punta del Nacional 1968 que perdería en el recordado triangular contra el propio “Fortín” y Racing) y aprovechando que la relación de Gatti con la hinchada estaba rota tras una derrota ocurrida 15 días antes en La Boca, ese símbolo gallina llamado Ángel Labruna decidió que al partido siguiente atajaría el ignoto (?) Alfredo Gironacci y el protagonista de esta historia nunca más jugó en el CARP. Si bien la leyenda cuenta que a Hugo lo limpian del club por ir a entrenar muchas veces con la camiseta del Hindu Club (N.deR.: tiene colores muy similares a los de Boca), la realidad es que su rendimiento cuando le tocó jugar a lo largo de un lustro nunca fue parejo y así su ciclo en Nuñez llegó a su fin.

Irónicamente, Carrizo y Gatti se fueron de River al mismo tiempo. Uno, desechado por la dirigencia debido a su edad y el otro, cansado de esperar una titularidad plena que nunca le llegaba. ¿Su mejor recuerdo en esta etapa? Seguramente la mayoría de los clásicos que jugó ante Boca como visitante (desde 1966 en adelante siempre iba él como titular en La Boca, ya sea con Renato Cesarini o con Labruna), ya que salvo esa derrota del Nacional ´68, el tipo siempre rendía a pleno y absorbía positivamente una presión que en los últimos años a Amadeo se le hacía simplemente insoportable. Tan a gusto se sentía en Brandsen 805, que una vez desde la hinchada local le tiraron una escoba (!) y en vez de hacerse drama, se puso a barrer el área, lo que provocó que los que minutos antes lo insultaban terminaran aplaudiéndolo o al menos, riéndose con él.

Gimnasia y Esgrima: retroceder un paso y avanzar cinco

Tras irse de un coloso como River, muchos tomaron su arribo a GELP como un enorme retroceso en su incipiente carrera. Recordemos que el “Lobo” en ese tiempo era un cuadro chico que por lo general la intrascendenteaba toda y muy cada tanto, metía una gran campaña… bah, como también pasa ahora (?).

Sin embargo, su paso por Gimnasia y Esgrima La Plata fue inolvidable para él y para los sufridos hinchas: “El mejor Gatti se vio en Gimnasia. Lo dije, lo digo y lo diré. Si hubiera hecho en Boca lo que hice en La Plata, la gente se hubiera tirado en palomita desde la tercera bandeja de La Bombonera…”, contó el propio Hugo, una vez ya retirado de la práctica activa, como para dar una idea de lo que fue su performance en esa etapa de su carrera.

Gatti permaneció en el “Tripero” entre 1969 y 1974, y a lo largo de esas 6 temporadas acumuló la friolera de 224 cotejos custodiando el arco platense. No ganó campeonatos, es cierto, pero provocó una revolución tal (por su forma de atajar y también por su look), que hizo que hinchas de diversos cuadros viajaran hasta La Plata o se arrimaran al estadio donde el equipo era visitante, con tal de verlo en acción. Además, en tiempos en que justo de la mano de su respetado Zubeldía la contra de Estudiantes vivía el mejor momento de su historia -con 3 Libertadores y 1 Intercontinental entre 1968 y 1970, amén del éxito local del Metro ´67-, este hombre fue la bandera que levantó el pueblo gimnasista para sentirse un poco menos perdedor.

Innovador no sólo en lo referente al estilo de juego, su look era todo un tema. Quien fuera uno de los primeros cultores del pelo largo en nuestro fútbol, fue también el primer arquero que se animó a usar buzo, pantalón y medias del mismo color, hasta que un decreto de la AFA lo prohibió (más adelante en el tiempo, desde la misma asociación llegaría una prohibición con suspensión incluida, aún más absurda). Además, en tiempos en que los arqueros optaban generalmente por el negro o celeste, el tipo era capaz de utilizar pilchas color rosa, bordó o naranja sin el menor problema, amén de lucir bermudas mucho más largas que los pantalones que usaban los futbolistas en esa época.

La mejor campaña del “Loco” en el club del bosque fue la del Nacional 1970. Hasta ahí, solamente en 1933 y 1962 GELP había estado cerca de obtener la corona. Con un cuadro bastante sólido y que tenía como grandes figuras al arquero, al zaguero Ricardo Rezza y al gran goleador Delio Onnis, el “Lobo” terminó segundo en su zona y debió enfrentar a Central en la semifinal, en partido único a disputarse en Rosario.

Pero justo antes de ese encuentro, una pelea por los premio$ entre los referentes del plantel y la dirigencia, motivó la ira del presidente Oscar Venturino, quien decidió poner a la tercera división en tan trascendental encuentro: los pibes aguantaron dignamente el primer tiempo, pero en el complemento el local fue superior y consiguió un 3-0 inapelable. Por miserias y falta de grandeza de un bando y otro, Gimnasia había dejado pasar una linda chance de campeonar… y tendrían que transcurrir largos 23 años para que los de La Plata ganaran al fin un trofeo, con la Copa Centenario.

Tras ese doloroso episodio, Gatti jugó varios años más en la mitad albiazul de La Plata, con magníficas actuaciones y logrando una gran idolatría en la gente pese a la falta de títulos. Además, su fama era tal que pese a jugar en club “chico”, la famosa marca “Bols” lo fue a buscar para que protagonizara un aviso televisivo que quedó en la historia:

La “trampa” de la publicidad es que no fue Gatti el que logró meter el gol de un arco a otro en el bosque -de hecho, la fuerza de piernas nunca fue una de sus virtudes-, sino que quien lo hizo fue su compañero Roberto “Moncho” Santiago, un mediocampista “Tripero” que combinaba calidad y fuerza en la pegada por partes iguales.

Hasta que a fines de 1974 y tras un encontronazo, llegó el adiós. Pero lo cuenta mejor él mismo: “Yo en su momento dije que Gimnasia es un equipo chico y lo mantengo, porque es grande de corazón y de gente pero no deja de ser chico en el concierto nacional. Pero yo no quería irme de allí. A mí me echó un técnico, que no voy a nombrar (N.deR.: Diego Bayo, tercer máximo goleador del club y que jugó entre 1955/58 y 1961/66), porque no se bancaba ídolos que estuvieran encima de él”.

Unión: un gran año para reinventarse

Ya con 30 años de edad, y cuando sus detractores creían que tras su paso por GELP empezaría la curva descendente de su carrera, Gatti encontró un raro destino donde reinventar su carrera y seguir su escalada a la fama absoluta: Unión de Santa Fe, un club que venía de jugar en la Primera “B”.

Situémonos en contexto: el “Tatengue” volvía en 1975 a la elite del fútbol argentino tras varios años de ausencia, y su presidente Súper Manuel Corral decidió tirar la casa por la ventana: así fue que contrató como técnico nada menos que a Juan Carlos Lorenzo y además llevó a varias figuras para que se pusieran bajo las órdenes del “Toto”, quien cabe recordar, había dirigido a la selección albiceleste en los mundiales de 1962 y 1966, sin perjuicio de que el año anterior había estado a segundos nomás de darle al Atlético de Madrid la vieja Copa de Campeones de Europa -actual UCL- en una dramática final ante el Bayern Munich. El protagonista de esta historia seguramente no lo imaginaba en ese verano del ´75, pero a partir de allí y por el próximo lustro, su carrera estaría estrechamente vinculada a la del veterano entrenador, con varias vueltas olímpicas incluidas.

Así fue como a la mitad rojiblanca de Santa Fe llegaron Heber Mastrángelo, Rubén Suñé y el propio Gatti, entre otros, para darle forma a un plantel que si bien no apuntaba a campeonar, tenía como objetivo de mínima no pasar apuros con la permanencia. Afortunadamente para el club las expectativas de la dirigencia y de los hinchas se cumplieron con creces ese año (sobre todo en el Metropolitano, torneo en que el ascendido equipo finalizó en el 4º puesto, llegando a ser escolta de River a pocas fechas del final) y esas buenas campañas catapultaron al DT y al trío de jugadores antes nombrado nada menos que a Boca Juniors. Y detalle no menor, a Hugo Orlando ese gran año hasta lo depositó en la selección nacional, como ya contaremos.

Una historia maravillosa estaba por comenzar a fines del ´75 para quien apenas estuvo un año en el arco del CAU, dejando un recuerdo bastante grato al cabo de 45 partidos disputados -con 4 penales atajados incluidos, uno de ellos a Norberto Alonso, la noche en que la rompió toda y su equipo le ganó 1-0 al futuro campeón haciendo de local en Velez (!)-. Y como acá no contamos sólo las buenas sino las otras también, hay que decir que su punto flojo (no sólo suyo sino del equipo en general) de la estadía en Santa Fe estuvo dado en los clásicos: 4 veces se enfrentó ese año a Colón, registrando un empate -eso sí, con el arco invicto- y tres derrotas.

(Continuará)

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