Pelota de Papel: Desactivando

Después de un receso autoimpuesto para buscar musas, terminando todos en la Rey menos quien escribe que estaba en Güerrín (?), vuelve la sección que hace las delicias de los visitantes: Grandes Tánganas Pelota de Papel, con un relato atrapante, lleno de tensión, sexo, violencia, sala de ensayos, Blatter, Havelange y el pesado de Guido Mortensen (?). Que pasen una linda tarde o unos pocos minutos o lo que aguanten antes de offtopiquerar, pasen y lean

DESACTIVANDO

Si bien se dice que lo fundamental que tienen que saber hacer los arqueros es controlar el miedo, en ese momento Calcaterra carecía de control alguno y el miedo se había apoderado de su persona. Y lo peor era que no podía gritar, ni agitar los brazos, mucho menos salir corriendo. Si lo hacía, esa lucecita que ahora titilaba en la base del palo iba a dejar de hacerlo una vez por segundo para aumentar de velocidad y PUM, todo el estadio por el aire. Cuando le llegó ese mensaje antes que empiece el partido, le pareció una joda, como tantas que le suelen hacer desde que juega en Primera (mucho más en la previa de un clásico), incluso antes, pero la cosa parece que iba en serio.

El mensaje que recibió en el celu contenía la voz de un hombre, pero el tono monocorde y la frialdad con la que decía las cosas remitía a una máquina sin atisbo de emociones, sin una inflexión siquiera. Palabras más, palabras menos, le recordaban a Calcaterra que venía teniendo una temporada floja, tirando a mala. Que en los últimos partidos se había comido goles boludos (arquero exento de tal mal endémico no se conoció nunca, igualmente), que eso les venía costando algunos puntos al club pero, lo que al señor del otro lado de la línea le importaba, le estaba haciendo perder plata en apuestas. Y este muchacho se jugó todo a que hoy, en el clásico con Rayados Unidos, no le iban a meter ningún gol.

Calcaterra se empezó a reír y estuvo a punto de cortar la comunicación cuando escuchó la parte final del mensaje: Cada arco tenía un dispositivo, conectado al que le avisa si fue gol o no al referi, que activaba una bomba. Si una pelota pasaba la línea de cal, Calcaterra iba a volar de palo a palo, pero de un arco a otro. Y no sólo él, las mismas bombas iban a estar conectadas con otras dos, distribuidas en diferentes sectores del estadio. Si hablaba, si le decía a alguien que esas cargas estaban en el estadio, si alguien intentaba acercarse, volaba todo. Y, para demostrar que no estaban mintiendo, le llegó un video: Era un auto, un viejo Renault 12 que no reconocía, pero sí la casa que estaba detrás, era la casa de sus viejos. A los 15 segundos del video, el auto literalmente levitó unos centímetros y cayó hecho una bola de fuego. Terminó de ver el video y quiso hablar con quien estaba mandando esas cosas, pero su teléfono quedó inutilizado, de alguna manera el emisor, una vez confirmado que el mensaje le llegó, bloqueó el aparato a distancia. Calcaterra miró el teléfono con una oleada de miedo que subía desde su estómago, mientras a su alrededor sus compañeros se arengaban y gritaban entre si, él quería hacer lo mismo, unirse al grito, pero la garganta era un nudo gordiano.

Salió a la cancha casi sin cruzar palabra con ningún compañero, sólo mirando hacia delante, buscando alguno de los arcos. El estallido que se dio a la salida del túnel con una lluvia de papelitos lo hizo tambalearse, Benavides, el 2, lo tomó de los hombros y le pegó una sacudida riendo a sus espaldas _ Que cagazo te pegaste, Cacho! Vamos que hoy lo ganamos, vamos nene! Y él siguió con la mirada fija en el arco, en el de la hinchada propia. Cada paso era casi gelatinoso, sentía que no avanzaba, hasta que llegó y vio la luz roja, chiquita, como el testigo de una tele, titilando. En el fondo, pasando la línea de cal, se veía un pan del césped ligeramente elevado, pero no quiso ver más.  Levantó la cabeza y se le acercó un alcanzapelotas para darle balones para empezar a calentar. Estaba por decirle algo al chico cuando notó que la luz de la base empezó a aumentar el ritmo. Estaba en la cancha. Quien puso la bomba lo estaba mirando. En vivo y en directo. Saludó al pibe nomás y se giró hacia sus compañeros, pero las piernas eran un tembladeral.

Empezó la ronda de calentamiento y para su fortuna, la luz se apagó. Sintió el impulso de decir algo en ese momento, pero recordó lo que había pasado segundos antes y se contuvo. Así como lo apagaba lo podía volver a prender, estaba en manos de un Dios al que no quería seguir tentando, así que intentó focalizarse, meterse en partido, no pensar en las luces, en que la pelota no pase, en la explosión que podría venir. Las bombas de estruendo que tiraba la hinchada local en un principio lo asustaron sobremanera, pero después le dispararon tal adrenalina que se sentía capaz de lograr el reto, de salir ileso de esa, de ser un héroe, anónimo por lo menos. No pensaba en salir en la tapa de un diario, con salir vivo de esa cancha le bastaba y sobraba.

El árbitro Zargazo pitó llamando al centro de la cancha y la multitud rugiente ni se percató que de pronto, en la base del palo de Calcaterra, una luz comenzó a titilar, tenue, una encendida por segundo. “A plata o mierda, la puta madre, a plata o mierda!” se gritaba el portero para sus adentros, sin ganas de mirar a esa luz vibrante e hipnótica y mirando para adelante, a la pelota, sin perderla de vista. Pensaba que si no la veía aunque sea por un instante también perdería la cordura, si era que algo de eso aún le quedaba en la cabeza.

Arrancó el partido y para su suerte, los minutos iban pasando sin que hubiera aproximaciones a su arco. Era un partido chivo, trabado, de mitad de cancha, la pelota no salía del segundo tercio del campo de juego, por ahí algún revoleo para su área, pero nada de peligro. Igualmente, el saber que en cualquier pelota se le iba literalmente la vida tenía a Calcaterra en vilo. En una le pegó un grito a Forcade por no reventarla y querer salir jugando que era de otro partido, su compañero se lo quedó mirando un rato y le hizo un ademán con la mano para que se dejara de joder. Pero no podía, estaba caminando sobre una tanza y abajo había lava ardiendo.

Pero el baile empezó a los 20 minutos. Una pelota cruzada, sin demasiado problema para Benavides, lo sobró al 2 y Carretero, el 7 chiquito e hinchapelotas de los Rayados, le picó por la espalda y la controló, de cara al arco. Calcaterra ni lo pensó, salió a atorarlo y no se sabe si por la inexperiencia del delantero (joven él, hay que decirlo) o por el campo de juego que no estaba del todo bueno, tiró la pelota hacia delante y se le fue demasiado larga, perdiéndose por línea de fondo. El alma de Calcaterra volvió a ocupar su lugar en su cuerpo, mientras sentía a sus espaldas a Benavides ensayando una disculpa y a la hinchada que vivava su corajeada. “Si supieran muchachos” dijo para sí y puso la bocha en el área chica para sacar del arco.

Parece que la jugada despertó a los suyos, porque Deportes Puerto salió con todo después del saque de arco y tuvo un par de buenos ataques, uno conjurado por Retamozo al córner (otro viejo arquero, casi como Calcaterra) y un cabezazo de Tambussi que se fue besando el palo. Esos ataques fueron soltando a ambos equipos, porque los Rayados empezaron a buscar la línea de fondo y tirar centros para el Lungo Dolci, el 9 granítico de ellos. En una ocasión Calcaterra salió a cortar el centro con tal agresividad que estuvo a punto de cometerle penal al 9, que se lo quedó mirando feo luego que el arquero saliera a descolgar con alma y vida esa pelota que le quemaba tanto como el secreto que los podía poner a todos a jugar un picadito con San Pedro.

Y ya se moría el primer tiempo con el 0 clavado en los dos arcos cuando Selci, el 5 de los Rayados, hizo una guapeada, se sacó a dos de encima y ante el achique de Benavides, sacó un zapatazo furibundo, que se desvió en la pierna del 2 y tomó altura. Calcaterra, que la esperaba abajo, empezó a correr desesperado para atrás al ver que la bocha se le metía. Fue tal el silencio reinante que hasta se pudo sentir el roce de los guantes contra la bocha y el TONG que hizo al dar de lleno contra el travesaño. Por suerte para el rebote llegó a cerrar Velásquez y la mandó a la concha de su hermana, mientras el árbitro señalaba el medio del campo. Calcaterra se quedó tirado un rato en el piso, el corazón era una estampida de toros en San Fermín, hasta que vio una mano que lo ayudaba a levantarse.- Qué cagazo Cacho, eh? Le dijo Velásquez y el arquero largó un suspiro casi interminable.

En el entretiempo, el DT empezó a dar indicaciones en el pizarrón, pero Calcaterra se miraba las manos: Le temblaban como si tuviera Parkinson. Sentía el rugir de afuera, los saltos de los hinchas y se los imaginaba gritando, cayendo sobre ellos, quedando sepultados debajo de una marea de carne y cemento porque a un pelotudo se le había ocurrido poner bombas en la cancha y estar jugando con un control remoto. Hijo de una grandísima puta. Sintió una mano en el hombro y se sobresaltó: era el técnico que lo felicitaba con el típico “Bien Cacho, venís bien, hay que seguir así, concentrados y…” y siguió hablando pero él se veía intentando cortar los cables imaginarios de esa bomba con los guantes puestos y tijeras para chicos. El grito del comisario deportivo avisando que terminaba el entretiempo lo sacó del sopor. Se puso los guantes y encaró para el túnel.

Llegó al arco con los visitantes de fondo, que para variar le recordaban lo flojas de moral que eran todas las mujeres de su estirpe familiar, pero lo que más le preocupaba era estudiar el arco, buscar esa puta lucecita. Y por un momento tuvo un dejo de esperanza: al acercarse a la base del palo izquierdo, ve la luz pero estaba apagada. “Ya de cansó de jugar este pelotudo” pensó, pero un pelotazo de un compañero lo hizo volver a la verdad. “Todavía no arrancaron, esperá el silbatazo y ahí va a estar la buchona esa, prendiendo y apagando”, y dicho y hecho. Fue pitar el puto de Zargazo (que ya lo ha sabido cagar un par de veces) y el latido luminoso en la base de arco comenzó otra vez su baile. Y a Calcaterra no le quedó otra que seguirle el ritmo, si esperaba vivir unos minutos más.

Encima los Rayados salieron con todo, que manga de hijos de puta, parece que se hubieran dado con algo en el entretiempo, porque los desbordaban por todos lados. No habían llegado ni a 5 minutos y ya había tenido que salir para dos centros, uno lo despejó bien Benavides y el otro lo mandó con los puños para adelante, con tanta mala suerte que le queda a Tirol, el 10 de los rayados, que no te perdona una. Cacho no había llegado a poner los pies en el suelo que el tiro ya había salido, no pudo hacer nada más que seguirlo con la mirada como un pibe afgano a un aire tierra y esperar la detonación. En cambio, en vez del BUM se escuchó el UUUUUHHHH! de la hinchada cuando Martínez, el 5 de Puerto,  la sacó de un frentazo y completó Velázquez mandándola a las nubes. Lo que casi le pasaba a todos si entraba, paradójicamente.

Eso igual hizo avivar al público local, que empezó a gritar intentando despertar a los jugadores y así se fueron llevando peligro al otro arco, jugando casi en el área contraria. Pelotazo va, pelotazo viene, un centro chotísimo de Martínez fue esquivando piernas en el área hasta que Nardoza, el 9 de Puerto, se estiró para adelante y la empujó a la red. El grito de gol fue atronador. Calcaterra se sumó al festejo con un grito de desahogo que era tanto por haber quebrado la paridad como por haber zafado unos minutos atrás de la Parca, pero al toque empezó a gritarles a los compañeros _ ¡Vamos que sigue!¡Atentos la marca ahora!¡Vamos la puta madre! Y volvía a su puesto sin ganas de mirar al interior del arco. Había llegado a la conclusión que no importaba cuánto mirara ahí, la luz iba a seguir estando, lo importante era mirar para adelante y no perder de vista la pelota. Se iba la vida en cada bocha y no era joda.

Lejos de provocar en los Rayados ganas de salir a empatar el partido, estos se fueron replegando, achicando líneas, lo que les hacía a los muchachos de Puerto las cosas excesivamente fáciles. Y a Calcaterra ni te cuento. Pero como pasa en situaciones similares, tan metidos en ataque estaban que bastó que Velásquez se fuera con la punta de lanza por la izquierda y la perdiera de una forma pelotudísima, y el 5 de ellos metiera un pase cruzado quirúrgico para el pique de Dolci, que recibió con todos los centrales pidiendo un orsai que no era. Las palpitaciones volvieron al pecho de Calcaterra, que cerró los ojos dos segundos y salió como una tromba a cortar el ataque. Cuando estaba a mitad de camino entre el arco y el 9, casi por un acto reflejo, tiró La De Dios y plantó una rodilla en tierra y la otra, desafiante, hacia delante. Dolci venía a la carrera y al verlo tirado, no hizo caso de Carretero que picaba a su derecha y le dio de lleno a la bocha. Calcaterra se impulsó con la pierna izquierda y pudo meter el manotazo que ahogó el gol del 9, completando la faena Benavides que había llegado justo para cerrar. El “Olé, olé, olé, Cachoooooo, Cachoooo” inundó la cancha y le dio más fuerzas a Calcaterra de seguir. Faltaban 20 a todo o nada.

Pero 4 minutos más tarde, en una jugada similar, la pierde Martínez a 15 metros del área, lo habilitan a Carretero a espadas de los centrales y este ni lo pensó, bombazo tremendo que se colaba en el ángulo izquierdo. Calcaterra se estira al borde del desgarro, quería que le brotaran centímetros en los dedos pero apenas la roza y al caer al piso lo hace con los ojos cerrados y queda en posición fetal, esperando la detonación detrás del grito de gol de los visitantes. Pero el grito se ahogó de golpe y abrió los ojos para ver a Fagundez, al botonazo de Fagundes, el línea, con la banderita levantada. Las ganas que tenía de abrazar a Fagundez, nunca lo hizo tan feliz ese hijo de puta! Seguro que si hubiera sabido que estaba haciendo un bien, no la hubiera levantado, pero vio orsai y a Calcaterra le chupaba un huevo si fue o no. Por suerte al que tenía el detonador sí le importó, porque cuando giró para ver la luz en el arco estaba apagada. Menos mal que por lo menos estaba atento.

Los últimos 15 no fueron para el infarto, fueron directamente para tener el desfibrilador pegado y la jeringa de adrenalina a mano. En un intento de cortar un avance, Velázquez vio la roja al bajar desde atrás a Carretero cuando se iba de frente al arco. Con uno menos y a aguantarla como se pudiera, “Cómo me odiás Dios, y la reputa madre que te parió” dijo Calcaterra. En ese lapso, salvó 3 pelotas terribles: Un cabezazo a quemarropa de Dolci que sacó con las dos manos hacia un costado; un tiro libre exquisito de Tirol que se metía en el ángulo derecho y la más jodida, una bocha que sale a achicar a Carretero y éste la cede a un costado para la entrada de Dolci. Calcaterra se tiró a la par de la pelota siguiendo el paso y le ahogó el grito al 9 que casi se lo lleva puesto. La tribuna se venía abajo y Carretero seguía rogando que no lo hiciera en forma literal. Encima el botonazo de Zargazo adiciona 3, de dónde sacó esos 3 vaya uno a saber, 3 horas más eran para Calcaterra.

Puerto trataba de defenderse con la pelota, cuidar el resultado, y los Rayados estaban agazapados a la espera de un error rival y sumando gente en ataque. El reloj se consumía y pica el 4 de los Rayados, Esteche, lo pasa a Benavides tirándosela larga y llega hasta el fondo, mandando un centro envenenado, envenenadísimo, al corazón del área, con el 9 presto a mandarla a guardar. Calcaterra se llevó puesto en el camino a Martínez, que venía persiguiendo al delantero,  y se elevó con las dos manos para atenazar la pelota. Y la muy puta venía con tal efecto que se le escapa. La vio pasar por delante de su cara y hasta pensó que se le estaba riendo. La pelota alcanzó a dar un pique y cuando Carretero llegaba para empujarla, se le abalanzó como si fuera la última bocha de la historia de la Humanidad. Y si bien no fue tan así, por lo menos fue la última del match, porque en ese mismo momento el árbitro señaló el centro del campo de juego y con dos pitazos dio por finalizado el encuentro. Y el suplicio para Calcaterra, por supuesto.

A su alrededor saltaban sus compañeros, la gente deliraba en las tribunas, pero él no podía moverse de su posición: Pecho a tierra, abrazando la pelota con ambas manos y apoyando la pera en la bocha, como con miedo de que la hija de puta se mueva sola.  Mientras todos saltaban y se iban yendo a festejar con la hinchada al otro arco, él giró la cabeza y vio, con total alivio, que la lucecita roja, ese suplicio color sangre que no había parado de atormentarlo todo el día, estaba apagada, muerta, en la base del arco. Cerró los ojos y algunas lágrimas empezaron a brotarle, era alegría, angustia, todo junto, se sacó los guantes y se pasó una mano por la cara, sentía de frente a los que quedaban de los visitantes que le gritaban tanto o más que antes, pero no le importaba un carajo. Fue hasta el arco, se agachó a agarrar la toalla que le había acercado un utilero y el tiempo se detuvo de vuelta: La luz se encendió y no titilaba, estaba frenética.

Calcaterra abrió los ojos como platos y empezó a gritarle a los hinchas que se fueran, que corrieran, que no sean boludos, y en el mismo acto empezó su carrera hacia la mitad de la cancha, agitando los brazos, como si todo el mundo le fuera a entender. Y entonces, sintió la explosión: Fue mucho más apagada de lo que esperaba y los gritos que escuchó a sus espaldas sonaron distintos a los lamentos que imaginó su cabeza durante todo el partido. Al girar la cabeza, vio que una lluvia de papelitos verdes y rojos, los colores de Puerto, llenaron el cielo, tanto en el sector visitante como en el local. Hubo una explosión, sí, pero de papelitos. Papelitos de mierda, de corte irregular, que ahora volaban por toda la cancha y se ponían a pasear en el viento.

En el diario del día siguiente pusieron en tapa la volada de Calcaterra en el tiro libre con el título “Volando hacia la punta” donde daban cuenta del agónico triunfo de Deportes Puerto con una “actuación descollante del guardameta Claudio “Cacho” Calcaterra”. En el interior, los pormenores del partido hablaban de un oportunismo por parte del local de aprovechar su momento para ponerse en ventaja y de la resistencia heroica de la defensa que había aguantado con uno menos los embates del visitante, resaltando el partido de Calcaterra, definiéndolo como “Fuera de serie”. Lamentaban, eso sí, que el arquero no pudiera jugar el próximo partido por haber sido informado por el árbitro al final del partido, por “clara incitación a la violencia” por los gritos vertidos contra los visitantes al final del match. “Una pena, habida cuenta que se había jugado el partido de su vida”, cerraba la nota.

 

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