Grandes arqueros argentinos: Carlos Adolfo Buttice

En una nueva entrega de esta sección, hoy repasamos la carrera de uno de los arqueros más famosos de los 60´s y los 70´s. Guardavalla del primer campeón invicto en el profesionalismo argentino y de buen paso por Brasil, esta es la historia de “Batman” Buttice.

Los comienzos: nada que ver con el fútbol

Carlos Adolfo Buttice nació en el sur del conurbano bonaerense, más precisamente en la localidad de Monte Grande, el 17 de diciembre de 1942. Y a diferencia de muchos colegas que alcanzaron fama en el puesto, él de chico no quería ser arquero. De hecho, casi que ni le llamaba la atención el fútbol, aunque pueda parecer exagerado para un tipo que terminó atajando durante dos décadas a nivel profesional.

Además, y como condimento que hace más llamativa esta historia, a diferencia del 99% de los futbolistas -ya no sólo de este país, sino del mundo- el protagonista de este post debutó en el fútbol profesional sin haber hecho jamás divisiones inferiores. ¿Cómo?

Vayamos por partes. Ante todo, Buticce no pensó nunca que iba a ser arquero. Y menos aún, que esa actividad se iba a transformar en su medio de vida y le iba a dar fama. En sus sueños no transitaban ni la pelota, ni el baldío, ni menos todavía ser un ídolo invencible de los tres palos. “Yo no admiré ni imité a ningún arquero porque no iba siquiera a ver fútbol”, declaraba en una entrevista del año 1968 concedida a la revista El Gráfico. Carlos quería ser médico cuando era chico, y si tenía alguna vinculación con el deporte era más para el lado del atletismo, el básquet o hasta la natación antes que el fútbol.

Si bien su familia vivía en Lomas de Zamora, cuando terminó sexto grado de la primaria entró como pupilo en un colegio de Salto Argentino, un pueblo del interior bonaerense. Y mientras cursaba el secundario, en él evolucionó el atleta: al margen de los deportes ya mencionados, laburó también con aparatos y al poco tiempo integraba el grupo del colegio para intervenir en exhibiciones de gimnasia. El fútbol sólo lo atraía en la competencia del picado, pero jugando en cualquier puesto menos en el arco, generalmente lo hacía como delantero aunque no era muy bueno que digamos. Sin embargo, todo el laburo físico hecho durante esos años le terminaría sirviendo muchísimo cuando el destino le abriera inesperadamente una puerta algunos años más tarde.

¿Cuál fue su primera aproximación con el arco? A los 17 años estaba jugando el equipo de su colegio contra uno de Pergamino, cuando se lesionó el arquero. Lo mandaron a él y así lo recordaba en esa entrevista de fines de la década del ´60: “¡Qué sé yo! Las agarré todas. Volaba de palo a palo, iba arriba, abajo y eran todas mías. ¿Usted me pregunta si yo sabía algo de eso? Nada, nada. Era la intuición algo que me salía solo. Pero lo principal eran mis músculos, los grandes reflejos que yo tenía para todos los juegos. ¿Ve cómo estoy ahora? Así estaba antes, siempre al pelo”.

Por su parte, en una entrevista de fines de la década del ´80, Francisco Flores, el hombre que en Salto fue “culpable” de que Buttice tuviera su primera aproximación con el arco, recordó: “Sí señor, creo que yo lo “descubrí”, de forma accidental. Jugábamos un partido con el Nacional de Pergamino. El profesor de educación física que dirigía a nuestra muchachada era el profesor Rivas, íbamos perdiendo 1 a 0, se lesiona el arquero de nuestro equipo y él me pregunta a quién pone al arco. Yo le contesto a ese wing derecho que no ha tocado una pelota hasta ahora. Lo pone en el arco, ataja un penal, saca cualquier cantidad de pelotas y finalmente ganamos 2 a 1. Ese “patadura” fue la revelación, después el tiempo me dio la razón, fue arquero de San Lorenzo y hasta de la Selección Nacional”.

Y así empezó la fama entre sus compañeros. Se transformó bruscamente en el arquero insustituible. Pero al terminar el colegio volvió al sur del conurbano y ni por asomo le pintó ir a probarse a algún club, pese a la sugerencia de quienes lo habían visto jugar. Mientras ya cursaba estudios universitarios en La Plata, Buttice solamente jugaba partidos en potreros o en la quinta de su padre durante los fines de semana, esa era su vinculación con el mundo del fútbol; hasta que un día, cuando ya tenía 21 años lo vio atajando el presidente del Club Atlético Los Andes, que en ese tiempo -como en casi toda su historia- militaba en la principal categoría del ascenso argentino y lo convenció para ir al club de Lomas de Zamora, su ciudad.

Pero así contó la historia el propio arquero en una nota televisa realizada en 2010: “Yo estudiaba en La Plata. El presidente de Los Andes me vio en la quinta de mi padre y me preguntó: “Pibe, ¿dónde jugas vos?” Y yo respondí: “En ningún lado”. A lo que él sorprendido dijo: “Nooo. ¿Cómo en ningún lado? ¡Vení a Los Andes!”… Al poco tiempo fui allá y me mandaron a entrenar directamente con el plantel profesional”.

El torneo de 1964  de la Primera “B” no fue bueno para el “Milrayitas” -clasificó 7º en una de las dos zonas que tenía el certamen, integrada con 12 equipos cada una- y tampoco es que el joven arquero haya jugado muchos encuentros, apenas se calzó los guantes en 7 ocasiones. Sin embargo, esas pocas apariciones en el fútbol de los sábados llamaron la atención de su compañero Oscar Tomás López (N.deR.: el mismo que después fue DT durante muchos años en dupla con Oscar Cavallero), quien tenía un familiar en la dirigencia del Club Atlético Huracán.

Huracán: el bautismo en la elite

¿Y esto a cuento de qué viene? Sucede que a poco de comenzada la temporada de 1965, el arquero titular de dicho club (Raúl Navarro) sufrió una grave lesión y entonces López le dijo a su pariente: “Andá a la tercera de Los Andes y traete al pibe Buttice”. Sin confiar demasiado en las palabras del jugador de Los Andes, pero ante la urgencia de tener que buscar un arquero suplente en algún lado y con el torneo ya en marcha, el propio Luis Seijo -histórico presidente de Huracán– fue hasta la sede del club de Lomas y arregló la contratación del ignoto joven. La operación se hizo a préstamo, sin cargo y sin opción; circunstancia esta última que los “Quemeros” terminarían lamentando mucho a fin de año.

Ello se debe a que si bien no arrancó como titular en Parque Patricios, Buttice a las pocas fechas desplazó al paraguayo Justo Zayas, adueñándose del arco casi sin tener ausencias hasta el final del certamen. Y más allá de que el debut en la máxima categoría no fue afortunado (derrota 3-1 en Saavedra ante Platense, por la 6º fecha), luego tuvo casi siempre un buen desempeño cada vez que le tocó atajar. Y máxime si se recuerda que era un jugador sin inferiores y que en el ascenso no había llegado a disputar siquiera una decena de partidos, el tipo era un verdadero autodidacta.

Por ejemplo, a la jornada siguiente del bautismo en la elite la rompió en un 2-2 contra Boca, campeón vigente y conjunto que también ganaría ese torneo del ´65. Y cuando tras el partido los periodistas le consultaron acerca de su pasado, sobre dónde había hecho inferiores, más de uno no podía creer la respuesta del jovencito: “Nada, no hice inferiores en ningún lado”. Así fue que el recordado periodista Osvaldo Ardizzone, quien escribía en El Gráfico, lo bautizó como “el arquero sin escuela”; pocos años más tarde, el mismo cronista también inventaría el apodo con el cual se asocia hasta el día de la fecha al protagonista de esta historia.

Pero volvamos a Buttice y su paso por la “Quema”. Pese a la opaca campaña realizada por Huracán (el equipo finalizó ubicado en el decimotercer puesto entre 18 participantes), las actuaciones del golero en los 24 partidos que jugó hicieron que los dirigentes quisieran comprar su pase o al menos, renovar el préstamo para el año siguiente. De hecho, Seijo después de ver apenas 3 o 4 partidos del tipo ya se había ido hasta Lomas para comprar la ficha, pero lo despacharon con las siguientes palabras, según el recuerdo del propio arquero: “El pibe no se vende ahora, Don Luis. Vuelva a fin de año y hablamos”. Pero como Los Andes lo había cedido sin opción de compra, el presidente del club sureño aprovechó la situación y ante las numerosas ofertas que recibió a fin de año por el desconocido arquero, lo vendió al mejor postor… y ese no resultó ser otro que el Club Atlético San Lorenzo de Almagro, institución con la cual Buttice terminaría logrando gran identificación pese a jugar solamente durante un lustro allí.

San Lorenzo: la gloria

Consumada su llegada al CASLA, su debut oficial tuvo lugar el 6 de marzo de 1966 ante Independiente, en cotejo jugado por la fecha inaugural en el viejo “Gasómetro” y que se saldó con triunfo 1-0 para los de Avellaneda. A partir de allí y durante las siguientes 5 temporadas, pese a tener un buen suplente como Agustín Irusta, se erigiría en dueño absoluto del arco “Cuervo”, quedando en la inmortalidad por ser el arquero del que tal vez sea el más famoso equipo campeón del club; el cual, además tuvo el mérito de coronarse como primer monarca invicto desde que en 1931 se instauró el profesionalismo en la Argentina.

Luego de un meritorio cuarto puesto en ese certamen del ´66, al año siguiente -cuando se modificaron los campeonatos en este país- la producción azulgrana decayó un poco, toda vez que el equipo no pudo clasificarse entre los mejores 4 que disputaron el título del primer Torneo Metropolitano (quedó a 3 puntos de Platense y a 2 de Independiente en su zona), mientras que en el primer Torneo Nacional de la historia terminó ubicado en el sexto puesto entre 16 contendientes.

Es que los denominados “Carasucias” jugaban muy lindo y cuando se despertaban inspirados te pintaban la cara, pero lo que tenía de talentosa la delantera conformada por Héctor Veira, Fernando Areán, Narciso Doval y Roberto Telch (a Victorio Casa le habían arrebatado su brazo derecho y la carrera un par de años antes, en un confuso episodio en la puerta de la ESMA), lo tenía también de inmadura o inexperta para pelear campeonatos. Por ejemplo, en ese irregular 1967 ese equipo sanlorencista fue capaz de vapulear 4-0 a Ferro en Caballito, como de perder a la fecha siguiente en Cuyo contra el totalmente desconocido San Martín mendocino, que en el Nacional jugaba sus primeros partidos en la máxima. O peor aún, podían humillar con un 4-0 nada menos que a Boca (la tarde de los 4 goles de Veira en apenas 25 minutos), así como perder en su propia casa contra un Deportivo Español que estaba viviendo su primera experiencia en la Primera “A”. Sin embargo, todo cambiaría pocos meses después.

Es que en el primer semestre de 1968, de la mano de Elba de Padua Lima “Tim”, y tras algunos ajustes efectuados por el brasileño, en el equipo que integraban Sergio Bismark Villar, Rafael Albrecht, Victorio Cocco, Alberto Rendo, Carlos Veglio, el propio Telch y Rodolfo Fischer, entre otros, Carlos Buttice se erigió en la última defensa -en una verdadera muralla humana por momentos- de aquel equipo inexpugnable que pasó a la historia con el apodo de “Los Matadores”.

Con sus atajadas, más de una vez fue clave para evitar que los de Boedo empatasen o incluso perdiesen algún partido durante ese Metropolitano que terminaron ganando en forma inobjetable. Fue en ese mítico equipo del ´68 en donde quizás mostró lo mejor de su carrera (en este país seguro), a punto tal que por ejemplo recibió sólo 10 goles en los 18 partidos disputados durante la campaña, esa en la que en los partidos finales -y por esas cuestiones de las cábalas- no sólo debía atajar sino también manejar el micro que llevaba al plantel a los distintos estadios.

Tras ganar por muy amplio margen su grupo (terminó con 36 puntos producto de 14 victorias y 8 empates, quedando el otro clasificado de la zona a lejanas 12 unidades, una enorme ventaja que posibilitó a Irusta disputar 5 partidos del torneo y hasta el debut del joven Jorge D´Alessandro, tercer arquero), en semifinales San Lorenzo debía enfrentar nada menos que a River, equipo que acumulaba una asfixiante sequía de 11 años sin título alguno. Sin embargo, con gran solvencia y aprovechando una floja noche de este gran arquero  que estaba al borde del retiro, se impuso el equipo de “Tim” por 3 a 1  en campo de Racing, logrando así acceder a la final. Allí lo esperaba aquel escolta al que le había sacado tanta ventaja en la primera etapa del torneo: Estudiantes.

Aunque en su defensa, el equipo de Osvaldo Zubeldia podía esgrimir lo siguiente: ese semestre había terminado lejos del puntero del grupo, sí, pero aún así le había dado el cuero para obtener el segundo lugar que clasificaba a las semis, en desmedro de otros 9 equipos, mientras se dedicaba nada menos que a lograr la Copa Libertadores, algo inédito en la historia del “Pincha”.

Ya sin estar jugando copa, y con ganas de meterle su primer gol al “Cuervo” en el año (los antecedentes eran un 0-0 en el “Gasómetro” y un 1-0 visitante en La Plata), ELP esperaba al gran candidato en el “Monumental” para dirimir la corona del Metro ´68. Y tuvieron que pasar 47 minutos, pero pudo finalmente Estudiantes quebrar a Buttice por primera vez en el año, gracias al gol de Juan Ramón Verón tras un fallido rechazo del “1” en un tiro de esquina; pero por suerte para el mundo azulgrana, promediando el complemento el “Toti” Veglio puso el empate y ya a los 10 minutos del suplementario, el “Lobo” Fischer le dio a San Lorenzo una ventaja que sería definitiva. A falta de 20 minutos para el epílogo los platenses llenaron de centros el área de Buttice, quien hizo gala de su seguridad y evitó una nueva caída de su valla.

Así, aquel 4 de agosto se hizo justicia, gracias al 2 a 1 final el mejor del campeonato se coronó y Buttice quedó inmortalizado como el confiable guardián del arco campeón. Buttice, o “Batman”, tal el apodo que durante ese torneo le puso también Ardizzone y que rápidamente prendió en el público, la prensa y sus propios compañeros. Aprovechando el éxito de la serie yanqui estrenada un tiempo antes y que protagonizaba Adam West, en base a las soberbias voladas que domingo a domingo efectuaba el nacido en Monte Grande bajo los tres palos, el periodista ideó un apodo que quedó para siempre vinculado a él.

Luego de esa coronación, San Lorenzo alternó campañas regulares con otras muy buenas, siempre con Carlos como dueño del arco. Con excepción del título logrado por “Los Matadores”, las mejores performances mientras él permaneció en el club fueron el subcampeonato compartido con River en el Nacional de 1969 (el azulgrana quedó a un par de puntos de Boca) y el tercer puesto del Metropolitano de 1970, posición obtenida entre 21 concursantes. Cabe destacar de ese tiempo que alguna que otra floja actuación en partidos nocturnos, hizo que se corrieran maliciosos (?) rumores acerca de problemas en su vista, pero hay que recordar que por esos años y detalle no menor, la iluminación del estadio que los de Boedo tenían en Avenida La Plata era indigna de un club grande.

Su último encuentro en el club lo disputó el 16 de diciembre de 1970 y le dejó un sabor amargo: es que la derrota 2-1 en el bosque platense ante Gimnasia, le impidió a San Lorenzo terminar como segundo de la zona “A” y clasificarse a las semifinales por el título del Nacional, quedándose justamente el “Lobo” con esa preciada posición de escolta al terminar con 27 puntos contra los 24 en los que se clavó el cuadro de Boedo.

Tras haber custodiado el arco del “Ciclón” en 181 ocasiones y con el pase en su poder a cambio de la abultada deuda económica que el club mantenía con él, a comienzos de 1971 le llegó la oportunidad de probar suerte en el exterior: nada menos que el fútbol brasileño lo esperaba.

Primer exilio: Brasil

Su primer destino fue el América Football Club, a.k.a.  “América de Río de Janeiro”. Y si bien desde hace tiempo no es uno de los principales clubes del Brasil, cabe recordar que es una institución muy tradicional de ese país y que fue muy popular durante las primeras décadas del siglo XX. En el que es considerado el segundo club de los cariocas (muchos torcedores de Flamengo, Fluminense, Vasco y Botafogo suelen “doblecamisetear” con él, y hasta el gran Romario se retiró vistiendo su camiseta), Buttice estuvo solamente un año, ya que a fines del ´71 se mudó hacia Salvador de Bahía, ciudad en donde viviría su mejor etapa en el país vecino. Sin embargo, ese poco tiempo que pasó en el balompié carioca le alcanzó para empezar a mostrar sus buenas condiciones.

Bahía 1972

Ya en el Esporte Club Bahía tuvo Carlos sus mejores momentos de su paso por Brasil. Allí, luego de sobreponerse a un comienzo complicado porque fue tomado por los hinchas como “chivo expiatorio” del torneo estadual que se perdió en 1972 a manos del Vitoria (justo el eterno rival), en el ´73 pudo reivindicarse y ser una de las grandes figuras del elenco que ganó el Campeonato Baiano. De hecho, fue ampliamente reconocido por la prensa a nivel nacional y estuvo entre los candidatos a ganar el premio a mejor jugador del año, distinción que finalmente obtuvo un compatriota y colega de puesto que pronto también pasará por esta sección.

Pero más allá de eso, y tal vez aún más importante, es que definitivamente obtuvo reconocimiento general de un medio muy competitivo entonces como era el brasileño. Pelé, Tostao, Gerson, Rivelino, Jairzinho, Ademir da Guia, Roberto Dinamita, Paulo Cézar Lima, son solo algunos de los tipos que en ese entonces prestigiaban la liga de Brasil, al margen de extranjeros que la rompían como su viejo amigo Doval (una deidad en el fútbol carioca) o el uruguayo Pedro Virgilio Rocha, figura del San Pablo por ejemplo. Hablando de Edson Arantes do Nascimento, es muy destacable lo siguiente: 15 veces enfrentó oficialmente Buttice a Pelé durante su paso por aquellas tierras, y jamás recibió un gol del que en ese tiempo era -por lejos- el mejor jugador del mundo; transformándose de esta manera en el arquero que más veces enfrentó al negro sin ser batido por él. Pavada de medalla como para colgarse ¿no?.

Tan cómodo estaba en Bahía, que un día un amigo lo invitó a volar en avioneta. Y a partir de allí, lo que empezó como una aventura, se terminó transformando en un vicio, en una gran pasión para él. Además, era toda una metáfora: al hombre que volaba de palo a palo todos los domingos (y muchas veces entre semana teniendo en cuenta los cargados calendarios) no le alcanzaba con eso, necesitaba sentirse todavía más cerca de ser un pájaro al surcar los cielos. Tenía todo lo que podía pretender en esos años: prestigio deportivo, reconocimiento y dinero. Sólo le faltaba jugar en un club verdaderamente grande y esa oportunidad también le iba a llegar a quien los brasileños denominaban “Gringo”, como hacían con casi todos los argentinos.

En 1974, y especialmente pedido por un técnico que ya lo había dirigido en Bahía (Sylvio Pirillo), Carlos pasó al que quizás sea el club más popular de ese país en el que se respira fútbol: Sport Club Corinthians Paulista. Y no era esta una transferencia más, toda vez que se trataba del primer extranjero en vestir la casaca blanca, o el buzo de arquero en este caso para ser exactos. “Yo quiero al “Gringo” para que ataje acá” fue la primera exigencia del entrenador cuando llegó a San Pablo y los directivos debieron modificar los estatutos de la institución para que el argentino pudiera jugar allí.

Pronto Buttice le ganó la competencia por el puesto al brasileño Ado, pero sin embargo, ni él ni sus compañeros pudieron terminar con un terrible maleficio que atormentaba al “Timao” en ese tiempo: resulta ser que el club no ganaba nada desde 1954 (pero nada, ni siquiera un estadual) y pese a contar con figuras de la talla de Rivelino, la racha de 19 años de sequía no se pudo quebrar tampoco aquel año. Corinthians llegó hasta la final del Campeonato Paulista, pero fue superado por uno de sus máximos rivales, el Palmeiras. El 18 de diciembre igualaron 1 a 1 en el “Pacaembu”, mientras que el 22 de ese mes el “Verdao” se impuso 1 a 0 en un “Morumbí” que alojó más de 120.000 almas -la mayoría corinthianas- esa tarde.

Corinthians 1974

Esa nueva frustración hizo que el presidente Vicente Matheus estallara contra varios jugadores, tildándolos de apáticos, pero sobre todo se la agarró con el arquero y con el puntero izquierdo campeón mundial en 1970, y a la sazón un ídolo de la torcida corinthiana. Así fue que en los primeros días del año siguiente Buttice y Rivelino fueron obligados a dejar el club: irónico fue lo del inventor de la “patada atómica”, quien se fue tras 471 partidos acusado de ser un “mufa” y un “perdedor”, para en los siguientes 3 años convertirse en tricampeón carioca con el Fluminense.

Ahora bien, acá dejamos el video con un breve resumen de ambas finales. Y si bien puede culparse a Buttice por el gol recibido en el empate del partido de ida (sin perjuicio de que esa noche sus compañeros se perdieron un par de goles imposibles), si alguno cree que el arquero es 100% responsable por el gol recibido en la revancha, es porque en su puta vida jugó al fútbol (?). Vean y juzguen por ustedes mismos:

Así las cosas, tras disputar 192 cotejos en suelo brasileño, Buttice alegó “razones personales” y decidió volver a su país de origen para continuar con su carrera.

Retorno a la Argentina: lejos de las luces

Tras 4 años en el exilio, a comienzos de 1975 Buttice retornó a la Argentina, siendo el Club Atlético Atlanta el lugar que lo cobijó. Pero lamentablemente para él, los buenos tiempos del “Bohemio” habían pasado y el club, más allá del espejismo que fue la gran campaña del Metro ´73, estaba en una espiral descendente tanto a nivel futbolístico como institucional, que culminaría con la pérdida de la categoría a fines de esa década y con la institución transformándose en habitué del fútbol de ascenso.

Como una muestra de lo que sería el año, el debut fue en Santa Fe el 16 de febrero, por la fecha inaugural del Metropolitano, con caída 2-1 ante el ascendido Unión, conjunto que ese año sería la gran revelación de nuestro fútbol. De su paso por Villa Crespo no hay demasiado para destacar, el auriazul se ubicó 14º entre 20 equipos en el Metro y lo del Nacional fue aún más flojo, toda vez que Atlanta terminó 6º en una de las 4 zonas de 8 conjuntos que tenía el certamen en aquel 1975. Eso sí, es imposible obviar que la tarde del 2 de marzo, aunque el “Bohemio” cayó derrotado 2-1 en cancha de Temperley, con los penales atajados a Rubén Di Bastiano y Pedro Patti se convirtió en uno de los pocos hombres que pudo detener dos penales en un mismo partido desde la instauración del profesionalismo en este país; apenas 14 arqueros pudieron lograr esa proeza.

Tras esa gris temporada con el club identificado con la comunidad judía de Buenos Aires, para 1976 Buttice recaló en un club más importante pero que igualmente pertenecía al lote de los denominados “chicos”: Gimnasia y Esgrima La Plata. Es dable acotar que su contratación fue pedida por un tal Rogelio Domínguez, técnico gimnasista en ese entonces tras irse de Boca y alguien que del puesto algo entendía.

A diferencia del año anterior, en el “Lobo” el comienzo fue bueno (victoria 3 a 2 en el sur ante Temperley por la fecha inaugural), pero toda la primera parte del Metropolitano en sí fue espectacular, ya que contra todo pronóstico el equipo fue gran animador del certamen: terminó como escolta en una de las 2 zonas de 11 equipos que formaban ese año el torneo, logrando una cómoda clasificación a la fase final para pelear el título, la que disputarían los 6 mejores de cada grupo. Sin embargo, a la hora de la verdad el “Tripero” cumplió un papel lamentable, ganando apenas uno de los once partidos disputados y finalizando 11º entre los 12 aspirantes a la corona que terminó ganando Boca con este famoso arquero como gran protagonista.

El Nacional ´76 fue el último torneo que Buttice jugó en la elite del fútbol nacional, pero GELP cumplió un mal papel y él se despidió de la Primera “A” con un torneo que no estuvo a la altura de sus antecedentes. Algunos años más tarde volvería a la Argentina, sí, pero ya no para jugar en la máxima categoría afista. ¿La despedida? El 31 de octubre, por la fecha 9 de ese campeonato, en la derrota en el bosque 3-1 ante Independiente.

Un nuevo exilio: Chile

Luego de su breve retorno a la Argentina, a comienzos de 1977 el protagonista de esta historia armó otra vez las valijas y partió al exterior ya con 34 años de edad, aunque esta vez a un destino mucho menos glamoroso del que lo había esperado en su anterior excursión: ahora iba a conocer el fútbol chileno.

Del otro lado de la cordillera Buttice vistió los colores de la Unión Española y bastante cómodo se sintió allí, si se tiene en cuenta que permaneció en el club hispano entre comienzos de ese año y fines de 1980. Aunque en el plano deportivo las cosas no salieron del todo bien para él: es que si bien en 1977 la UE se consagró campeón chileno y en el ´78 y ´79 finalizó en la cuarta y la tercera posición respectivamente, al coincidir con un joven Mario Osbén (el mejor arquero chileno en esos años, titular de la selección subcampeona de la Copa América 1979 por ejemplo y también del equipo que clasificó a España ´82 sin recibir goles), su participación fue prácticamente nula.

Buttice y Roberto Peidró

Ya con 38 años en el lomo, y decidido a no terminar su carrera siendo suplente, en una forma de retornar a sus orígenes las últimas 3 temporadas de su extensa campaña a nivel profesional lo vieron desempeñarse en la vieja Primera “B”, que todavía era el máximo campeonato del ascenso argentino (N.deR.: el Nacional B surgió recién en 1986).

Así fue que para el certamen de 1981 fue contratado por el Club Atlético Banfield, que se había ido al descenso en el ´78 y pugnaba desesperadamente por retornar a la elite. Sin embargo, y pese a las dos muy buenas campañas cumplidas mientras él estuvo, el “Taladro” demoraría algunos años más en regresar a la elite y recién lo haría un lustro más tarde.

En el torneo de 1981, y con un viejo amigo como el “Bambino” Veira haciendo su estreno como entrenador, debieron ver en el albiverde con gran frustración como al finalizar en el tercer puesto (entre 22 equipos),  subían a la máxima categoría el campeón y su escolta, Nueva Chicago y Quilmes, respectivamente. En tanto que en 1982, el año en que su querido San Lorenzo pasó por la “B” y la revolucionó, se cambió la forma de disputa pero la suerte también le esquiva al club del sur: terminaron quintos en la tabla general y el primer ascenso se lo llevó justamente el cuadro que ya no tenía cancha en Boedo, aunque cabe destacar que los del sur ganaron los dos compromisos del año. Ya en el octogonal por el segundo ascenso,  los de la banda verde superaron en cuartos de final a Almirante Brown, cayendo ajustadamente en la semifinal disputada ante Atlanta (empate sin goles en el sur y derrota 1-0 en Villa Crespo).

Esa caída fue el último partido de Buttice en Banfield, club en el que jugó 71 partidos en esas dos temporadas -demostrando estar bien vigente pese a la edad- y en donde dejó un grato recuerdo entre los hinchas. Tras su paso por el “Taladro” y debido a sus buenas actuaciones recaló en la ciudad de Santa Fe para jugar en el Club Atlético Colón, uno de los clubes más importantes de la divisional. Pero al igual que le ocurrió en su anterior club, no era una buena época para el “Sabalero”, que recientemente (1981) había descendido y sólo lograría el retorno a la elite a mediados de los 90´s. Encima, a diferencia de lo sucedido en el sur, con el “Sabalero” no jugó tanto -disputó 19 de los  42 encuentros del año- y ni cerca estuvo ya no de salir campeón, sino siquiera de poder clasificarse entre los 8 conjuntos que se disputaron el segundo ascenso a la máxima en aquel 1983.

Una vez finalizado ese torneo con el rojinegro y con casi dos décadas de trayectoria a cuestas, “Batman” sintió que era el momento indicado para dejar de volar, al menos en forma profesional. Así fue que luego aceptó un ofrecimiento llegado desde Mar del Plata y jugó durante 1984 y 1985 en la liga de esa ciudad, defendiendo los colores azul y blanco de Peñarol. Luego de eso sí, definitivamente Buttice colgó los guantes a nivel oficial.

La selección: un toque

Lamentablemente para él, su mejor momento como guardameta coincidió con los que seguramente hayan sido los peores años de la selección nacional a nivel organización. De hecho, en el período en que la rompía toda en la liga argentina (1967/70), el equipo representativo de la AFA cambiaba de técnico como de calzón (?), lo que derivó por ejemplo en la (casi lógica) eliminación del Mundial 1970 a manos de la selección peruana.

Por ello, no es de extrañar que apenas haya jugado 4 partidos con la albiceleste, todos de carácter amistoso y entre 1967 y 1968. Muy poca cantidad para un tipo de sus condiciones, seguro. Pero esas cosas también tiene el fútbol, no siempre una buena carrera a nivel clubes se traduce en posibilidades en el combinado nacional y hasta quizás le vino bien a su CV no quedar marcado como uno de los culpables del enorme fracaso argentino en las eliminatorias del año ´69 (donde fue suplente del recordado Agustín Mario Cejas, el mismo que años después le ganó el premio a mejor jugador en Brasil).

De gran porte físico, como se dijo Buttice no era de la escuela de los arqueros “salidores” (sin perjuicio de lo cual, más de una vez operó como líbero ante situaciones que así lo ameritaban) sino que tenía una gran fuerza de piernas y confiaba mucho en sus notables reflejos para hacer grandes atajadas, características que compartía con destacados colegas de ese tiempo como el nombrado Cejas, Daniel Carnevali y “Pepé” Santoro, tipos que en sus grandes tardes parecían invulnerables y a los que derrotarlos muchas veces se asemejaba a una quimera. Para salir del arco prefería usar la salida por abajo entregándosela a alguno de los defensores, tratando de revolearla lo menos posible, aunque si tenía que llegar hasta algún mediocampista, podía hacerlo tranquilamente gracias a su fuerza de brazos. Arriesgado, no tenía miedo a ir al choque, por lo que los rivales lo pensaban dos veces a la hora de ir a buscar un envío aéreo en su área.

Con posterioridad al retiro, Buttice no se mantuvo demasiado vinculado al mundo del fútbol, no al menos como entrenador, representante, periodista o dirigente. De hecho, su principal ingreso económico estuvo dado en un local del rubro gastronómico que instaló en el sur del conurbano.

Selección Argentina en la “Copa Pelé” 1987

Sí hay que recordar que con poco tiempo de retirado (llevaba 4 años sin jugar a nivel profesional), tuvo una gran aparición en la primera edición de la “Copa Pelé”. ¿Qué era eso? En 1987 a un empresario se le ocurrió una gran idea: juntar a viejas glorias del fútbol mundial y hacerlas participar de un mini-mundial que se disputaría en Brasil, con transmisión televisiva a varios países del orbe. La propuesta resultó tan atractiva que hasta el propio Pelé se prendió, dando su nombre al torneo -obviamente- a cambio de unos buenos billetes.

Era un torneo para seniors (debían ser jugadores mayores de 35 años, estar retirados o jugando en categorías menores) de selecciones que hubieran salido campeonas del mundo. Y para dar una idea del éxito de convocatoria, basta decir que 50.000 almas se hicieron presentes en el “Pacaembú” de San Pablo, para ver al local superar en el debut 3-0 a Italia, en el único partido que O Rei disputó en el torneo tras una floja presentación.

La cuestión es que el dueño de casa llegó a la final y pese a que ya no tenía a su gran atracción, aún había jugadores como Jairzinho, Rivelino, Edú y Carpeggiani por citar a algunos. ¿El rival? Nada menos que Argentina, que sostenido por las soberbias atajadas de Buttice esa tarde y gracias a una gran avivada de Darío Felman, se quedó con un inesperado 1-0 cuando toda la fiestita estaba preparada para el local. Al margen de los nombrados, los otros 9 argentinos que salieron a la cancha ese día y trajeron la copa a la AFA, nuestros héroes (?) en definitiva, fueron Mouzo, Squeo, Piris, Berta, “Baby” Cortés, Brindisi, Babington, Pedro González y “Pinino” Mas.

Dejamos a continuación un resumen de esa final para que lo vean. Parece mentira lo que atajó Carlos ese día, con casi 45 años encima metió algunas voladas que algunos pibes de veintipico no pueden realizar:

Otra cosa que Buttice hizo vinculada al fútbol, y aún más destacable que ganar ese torneo senior, fue ser uno de los impulsores de la “Mutual de Ex-Futbolistas” -con colegas como Alfredo Rojas y José Ramos Delgado entre otros- pensando en aquellos colegas que estaban en la lona después del retiro, los que no eran pocos precisamente.

Campeón en Argentina, Brasil y Chile. Un tipo que siempre fue muy profesional y respetado por compañeros y adversarios, un hombre que según sus propias palabras “fue arquero de viejo”. Carlos Adolfo Buttice es sin dudas uno de los grandes arqueros que parió este país en la década del ´60, seguramente la más prolífica en cuanto a producir goleros que quedaron en la historia. Y “Batman”, uno de los mejores entre ellos, no podía quedarse afuera de esta sección.

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