Pelota de Papel: El clásico (Cuento de la taiga)

Continuamos esta sección que ha servido para que conozcamos a tantos diamantes en bruto (?) de la literatura futbolera, hoy con un cuento parido y criado por un debutante absoluto en estas lides. Espero que les guste, y si no, sírvanse pasar por recepción para devolverles su dinero.

El clásico (Cuento de la taiga)

Por YoSoyElCarlos

Ahora ya sé por conocimiento propio cómo se deben sentir en la antesala de un clásico Cristiano Ronaldo, Messi, o esas tantas estrellas que veo cada fin de semana por televisión en la cabaña de Vassili Feodorovitch. Obviamente nunca me imaginé llegar a estar su misma situación, y menos cuando los veía en la pantalla del televisor, lejanos y galácticos, acuclillado en el piso de tierra frente a la tele de Vassili Feodorovitch, apretujado con otros cien o doscientos aldeanos y perros de mi pueblo en el diminuto estar de su casa, impregnados todos del olor al delicioso guisado de cebolla, vísceras de reno, ajo y repollo que cocina la señora Fiodorovna. En esos momentos solo atinaba a concentrarme en el partido en la tele y con un ojo atento – como todos – a la posible llegada del dueño de casa de sus expediciones de caza. Porque cuando lo hacía y encontraba su casita rebosante de personal, entraba como una tromba en el estar, rugía estentóreamente brotando chispas desde lo alto de su barba entrecana y sucia de grasa de castor, y procedía a echarnos de su casa a disparos de rifle mientras nos lanzaba maldiciones en bielorruso y ucraniano acompañadas por baldazos de brea hervida, que invariablemente agarraban a algún desgraciado que caía en medio de aullidos de dolor. ¡Ah, qué momentos divertidos pasamos en la sala de Vassili Feodorovitch!

De pronto no he sido claro con el lector, así que me explico. El campeonato del Distrito de Okoneshnikovsky es uno de los acontecimientos más seguidos por la población en Nizhny-Rogod, mi pueblo. Y tengo el orgullo de pertenecer al equipo local, el Patria, que bajo la sensata dirección del veterano entrenador Bahruman Neproskhatov, hizo una campaña magnífica en el campeonato regional desembarazándose de todos sus rivales desde la primera fase hasta la semifinal, la cual ganamos con doble victoria de local y afuera contra el hasta entonces vigente bicampeón Lobos Grises de Krazhnoyarsk. Debo decir que mi aporte a la gran campaña del equipo fue desde el banco: me desempeño como defensa central con condiciones que considero harto notables, pero que no han sido probadas en partidos competitivos.

La inédita clasificación a la final fue motivo de euforia en el pueblo, que se desató en una noche de verbenas callejeras en la que no hubo nada que lamentar salvo la muerte de cuatro perros y tres tártaros. Pero al día siguiente la alegría en el pueblo se transformó en una más que nerviosa expectación al conocer que el rival sería nada menos que nuestro acérrimo clásico: el Orgullo Proletario de Kirshkustk. Con ese pueblo siempre hemos tenido una rivalidad enconada motivada por rencillas añejas ya olvidadas: las típicas entre comunidades vecinas que distan apenas día y medio de camino por río y a pie la una de la otra. Para ellos también era su primera final, y el hecho de poder ganarle a tu odiado enemigo era más que suficiente para cargar a ambos pueblos de una ansiedad crecientemente densa que nos abrumaba cada día más.

El único que no parecía compartir la ansiosa alegría de todos era mi tío Roman. Él también jugaba en el equipo, pero a diferencia mía era no solo titular fijo sino pilar fundamental del mismo. Se desempeñaba como defensa central y en su posición era impasable: firme, recio en la marca, expedito para cubrir espacios, líder nato, una torre en el juego aéreo en las dos áreas… además era dueño de una patada formidable, que ya había dejado cuatro lesionados graves y dos tullidos de por vida. Me extrañaba que mi tío no hubiese hecho carrera en algún club de la liga provincial e incluso nacional, pero él me explicó alguna vez que se probó en el Inter de Omsk pero no quedó seleccionado debido a un oscuro episodio que no me quiso detallar, pero que involucraba dos prostitutas, una anciana tuerta, un coronel del ejército de Azerbaiyán y una pipa armenia. Para mi tío, como decía, la final en sí era importante pero no tanto como la ocasión ideal para encontrarse con alguien con quien quería ajustar cuentas: un tal Talgat Yokhatov, jugador de Orgullo Proletario y que seguro iba a estar en ambos encuentros. Mi tío me contaba la razón de sus ansias de venganza.

– Me robó a Ludmila, ese hijo de puta – mascullaba debajo de su poblado mostacho y con bastante odio mi tío, mientras paladeaba con esmero su vaso de licor de abedul tadjik en la cocina de su cabaña, a la que acudí a visitarle al enterarme de nuestro rival en la final – Estoy seguro que fue él… y te lo juro, sobrino, que me las va a pagar con su maldita sangre infecta derramada por el piso.

Ludmila era la manera en que mi tio Roman llamaba cariñosamente a una vieja radio-grabadora-reproductora de cassettes que consideraba su bien más preciado, incluso más que a varios miembros de su familia. Mi tío la compró hace muchos años a un circo ambulante que se dirigía a Yerevan, se desvió de su ruta unos 682 kilómetros y terminó en nuestro pueblo – hasta la fecha en que escribo estas líneas no han podido salir -. Después de sus duras jornadas de trabajo en el aserrío, mi tio Roman acostumbraba a sentarse en el estar de su cabaña, y ahí, sentado sobre un tronco que hacía las veces de silla, con los ojos cerrados y su voz ligeramente entorpecida por el alcohol, tarareaba con nostalgia las canciones que salían de su Ludmila. Era la niña de sus ojos, por lo que su furor fue grande hace unos tres meses al llegar una tarde y ver vacío el espacio que esta ocupaba, sin huellas visibles de su destino. Bramando como un buey herido mi tío recorrió la calle principal de la aldea en sus enfurecidas pesquisas, hasta que averiguó que la noche anterior habían visto a alguien de la aldea vecina de Kirshkustk partiendo subrepticiamente en un bote con un bulto en sus hombros: unos decían que era una oveja, otros que era una caja de herramientas para moto de nieve, otros que una reproductora de cassettes. Tío Roman no necesitó más para determinar que el visitante nocturno era culpable del robo de su Ludmila. Y la persona que se vio en el pueblo esa noche, según el testimonio clave de “El Ciego” Kharskhan, era precisamente Talgat Yokhatov.

– Maldito kazako hijo de un reno en celo – escupía su furia mi tío –. Nunca pude encontrarle para ajustarle cuentas: cuando yo estaba desocupado, él andaba de gira con su mugroso equipo de fútbol. Cuando sabía que estaba en su sucia cueva, yo tenía mis compromisos por cumplir en el aserrío. Pero ahora no se me escapará, sobrino: aquí va a tener que volver, y cuando lo agarre, ahí sí me las va a pagar, ¡ese hijo de perra! – y remarcó su insulto con un repentino y feroz hachazo a la mesa de roble donde estábamos sentados, y menos mal que hacía apenas un segundo había retirado mi mano de ahí o la furia vengativa de mi tío se hubiese cobrado una víctima anticipada.

Una semana después se jugó la ida en nuestro vetusto estadio municipal. Los rivales arribaron en barco dos horas antes del partido y fueron recibidos por los consabidos abucheos intimidatorios de nuestra fanaticada. La verdad que nuestra gente se esmeró en hacerles sentir la presión como público local en su estadía por el pueblo: unas viejas intentaron arrancarle los ojos a varios jugadores de Orgullo Proletario, hubo un par de granadas que no explotaron y hasta a uno de los jugadores le pegaron una venérea en el camino a la cancha. En fin, lo normal en estos partidos. Los visitantes no se amilanaron – ya estaban acostumbrados – y eludieron con resignada paciencia las verduras podridas y las ratas muertas que les obsequiaba con saña nuestra gente, e incluso alguno devolvía con sonrisas comprensivas los intentos de algún aldeano de cortarle sus tendones. Pero cuando arribaron a la cancha ya todo se reducía al encuentro deportivo de once contra once y sanseacabó.

Yo desde la banca me olvidé por un instante del partido para poner total atención a mi tío, que desde el momento en que llegaron los jugadores del Orgullo Proletario se colocó en alerta y escudriñó frenéticamente entre los rostros de los recién llegados. Enseguida observé su desconcierto y frustración, y entendí por qué: Talgat Yokhatov no se encontraba entre los presentes esa tarde. Más tarde me enteré que Talgat estaba en reposo de una fractura de tibia y peroné que sufrió dos semanas atrás; para mi tío supuso un golpe a sus ansias de revancha pero se repuso rápidamente y jugó tan firme como siempre.

Ganamos 2-0 con sendos goles de cabeza de nuestro 9 Viajudin, el goleador del combinado. Viajudin se había caído de lo alto de un pino a sus cinco años de edad y desde ahí creció desmesuradamente; a los 8 años tenía la estatura de una persona de 14 años, a los 14 la de uno de 18 y a los 18 la altura de un tractor agrícola soviético. Era lerdo y torpe, lento como el invierno y solo sabía decir “Teta” y gorjear como un pajarito cuando quería hablarnos. Pero qué maldita cabeza prodigiosa tenía: centro que le mandabas era gol seguro de esa bestia semihumana, impávida ante los desesperados intentos de los defensores contrarios de bajarlo. Años después se retiró y fue contratado para llevar los libros de contabilidad del Ministerio de Defensa de Uzbekistán. Pero por esos días era solo “Viajudin el Bobote” que masacraba las redes rivales con sus cabezazos como cañones.

Los visitantes nos tuvieron a maltraer con su juego rápido y punzante, pero cuando el árbitro hizo sonar su silbato al final la victoria era nuestra y nadie nos la podía quitar. Jamás olvidaré el sentimiento de alegría que se vivió en ese momento por toda la aldea presente en el estadio: todos nos abrazábamos eufóricos y emocionados, nuestro público aullaba de exultación y alrededor nuestro volaban los gatos y enanos vivos arrojados por los jubilosos espectadores a la cancha. Pero aún no se había ganado nada: faltaba la vuelta en terreno de ellos para coronarnos campeones con un empate o incluso derrota por la mínima; si nos ganaban por dos de diferencia iríamos a penales, cualquier resultado adverso por tres o más goles de diferencia les daba la copa a ellos.

Una semana después viajamos para el compromiso de revancha, en medio de un ambiente festivo que imperaba en el pequeño muelle de nuestro pueblo. Puedo jurar que toda la aldea salió a despedirnos para desearnos suerte o a jurar desollarnos vivos si regresábamos sin el título en nuestras manos. Hasta mi bisabuela Nana Viakhosya fue a saludarnos a pesar que casi ni se podía mover: se hizo llevar en andas para darnos su bendición, a todos y cada uno de los jugadores y técnico bendijo (eso creo) con un murmullo ininteligible y dio una caricia con su pequeña mano, pobrecilla, toda arrugada como una pasa y contraída por el peso de sus 52 años de edad. Tal atmósfera festiva se nos impregnó a todos los miembros del equipo, y en medio de un infantil alborozo iniciamos el viaje a Kirshkustk. La alegría y optimismo no decayó al día siguiente cuando hicimos el transbordo al vetusto bus que nos llevaría al destino final, y los cánticos y consumo de bebidas continuaban como si recién hubiésemos partido de casa. La paliza que los muchachos le pegaron a dos tártaros que encontramos en el camino contribuyó a amenizar más aún el viaje, y cuando llegamos a ese pueblo maldito nos sentíamos capaces de ganarle hasta a la selección de Brasil.

A nuestra llegada nos tocó vivir lo mismo que vivieron ellos una semana antes: golpes, escupitajos, salivazos y navajazos varios. Pero nada comparado con el infernal ambiente que se vivía en la cancha de ellos, llena a reventar de locales que nos escudriñaban con mirada torva y sospechosos bultos debajo de sus chaquetones y de mujeres y niños chillando frenéticos y con los ojos desorbitados su deseo que muriésemos de una larga agonía con nuestros intestinos expuestos al sol. El ambiente se palpaba tan denso que podías caminar encima de él, y mientras calentaba con mis compañeros agradecí al cielo el no saltar a disputar el partido esa tarde. Pero al mismo tiempo caí en cuenta, con resignada claridad, que pasara lo que pasara durante el encuentro las posibilidades de salir vivos de ese inmundo arenero eran bastante remotas. Y más con la añadidura de las posibles consecuencias de los actos de mi tio Roman, al que por su gesto de feroz alegría al pisar el césped tuve la certeza que por fin, iba a llegar su hora de venganza: ahí estirando con los suyos estaba Talgat Yokhatov, recuperado de su fractura y con muchas posibilidades de jugar esa tarde.

Pero no hubo tiempo de pensar una maldita cosa, porque desde el segundo uno el asedio de Orgullo Proletario fue masivo y constante a nuestra área. Desde el centro, las bandas, de su campo, desde el arco incluso esos perros sarnosos nos lanzaron balonazos como obuses que eran despejados con muchísimo apuro por nuestro arquero y defensas, y volantes y delanteros que se vieron obligados a colaborar para soportar el vendaval. Casi no teníamos el balón en nuestro poder ni pasábamos la cancha, por lo que nuestro 9 Viajudin languidecía solitario arriba, observando tranquilamente cómo sufríamos y mirándonos impasible mientras todos los demás lo maldecíamos y le gritábamos que bajara de una puta vez y ayudara a despejar. Nuestro DT Bahruman Neproskhatov se desgañitaba pidiéndonos orden, premura, salida y parecía a punto de reventar de lo rojo y sudoroso que estaba, pero de nada valieron sus esfuerzos para acomodarnos mejor.

Lo mismo fue todo el segundo tiempo, que lo aguantamos con las puras fuerzas de la desesperación y en no menor medida por las voladas impresionantes de nuestro portero, un mocetón alto y ágil que se ganaba la vida vendiendo colillas de cigarrillo usadas. Llegó el minuto 90, y el árbitro adicionó 12 minutos más y proseguía el diluvio de ataques contrarios, insuflados por el aliento rabioso de una multitud enardecida. A los cinco minutos de reposición anotaron ellos el 1-0 en medio de un borbollón y ahí sí que se iba a caer el estadio. Pero aún seguíamos campeones, solo teníamos que aguantar siete minutos más el diluvio para poder hacer historia en el Distrito de Okoneshnikovsky.

Con tanta angustia desde afuera casi ni había pensado en mi tío Roman y en sus ansias de venganza, y no sé si él tampoco lo había hecho concentrado en despejar todo lo que pasara por su área, o estaba esperando el momento justo para hacerlo. Hasta que llegó el minuto once del tiempo añadido y el enésimo tiro de esquina a favor de ellos: todos los jugadores menos el arquero de ellos estaban en el área nuestra tratando de ganar posición a codazos, agarradas de huevos y cortos al hígado. Y ahí, justo en ese momento, esperando el cobro, con todos los espectadores en vilo, se encuentra mi tío Roman marcando nada menos que a Talgat Yokhatov. Desde la lejanía solo puede verle escupir varias palabras con desdén a su enemigo acérrimo, que, ofuscado y concentrado en el tiro de esquina, apenas le prestó atención. Solo reaccionó cuando mi tío Roman, a la vista de todo el mundo, le descargó un feroz y certero hachazo en la cabeza con un arma que se sacó de no sé dónde, con toda la furia que imaginé sentía mi tío acumulada de tantos meses de desvelos y de tardes aburridas viendo gotear las paredes de su cabaña.

El pequeño kazako cayó tieso al piso acompañado de un profuso manantial de sangre, con los ojos hacia ningún lado. Medio segundo después la reacción de sus compañeros fue inmediata: se abalanzaron todos juntos hacia el árbitro para pedirle penal y expulsión del infractor. Los nuestros saltaron para objetar lo contrario y todo fue un mar de camisas sudorosas y rostros abotagados rodeando al árbitro del compromiso para protestar por su causa. Las manos iban y venían y las patadas más o menos veladas abundaron, todo acompañado de los gestos y lamentos y juramentos de jugadores y técnicos presionando al juez central, con los aullidos histéricos de la multitud enardecida como estremecedor fondo. El juez se escapó como pudo de ese maremoto y restableció algo parecido al orden por medio de tarjetazos que reforzó con varios disparos al aire. Cuando todo se calmó había expulsado a tres de los nuestros y a dos de ellos; pero lo peor de todo fue que el juez hizo caso a las protestas locales y había decretado penalti en contra nuestro. Maldición.

Ahí estábamos nosotros, después de tantos esfuerzos, sudor, sangre (literalmente) y sacrificios, dejando escapar nuestro sueño a apenas un minuto de como quien dice agarrar el trofeo en nuestras manos. Sí, porque no teníamos duda alguna que en la tanda de penales ganarían ellos, porque a pesar de su agilidad nuestro portero tenía, precisamente, como defecto que en los tiros desde el punto de penal se dejaba engañar como un niñito: de hecho no había atajado uno solo en toda la temporada, ni en la anterior, ni en la de hace dos años, y que supiéramos, nunca. Llegué a pensar – y no fui el único – que el técnico Bahruman Neproskhatov iba a agotar nuestro último cambio disponible en reemplazar al arquero por cualquier otro jugador incluso de campo para hacerle frente al penal.

A pesar de haberlo considerado, mi sorpresa fue grande al ver que el veterano entrenador se dirigía a mí como reemplazo de nuestro evidentemente aliviado portero para ese último instante del partido, en el que iba a tener yo la inmensa responsabilidad de salvar la temporada en un puesto que ni siquiera era el mío. El público local rugía de contento y el derrotismo se notó en la cara de todos mis compañeros. Yo me dispuse a entrar a la cancha, pálido y temblando como una ardilla, notando en todos los que me miraban la certeza de que iba a ser el testigo de lujo del título para los cerdos de Orgullo Proletario y de la vergüenza para Patria. Lo mismo observé en la mirada de mi tío Roman, al lado de la cancha, fuertemente escoltado por dos miembros de la policía regional que se resistían a llevárselo hasta ver el desenlace del cotejo.

Esperé que dos lugareños quitaran el estorbo del cadáver desmadejado y sangrante en el área chica y acto seguido me coloqué en el arco, tratando de mostrar una serenidad que estaba lejos de tener. De repente se hizo un silencio ominoso cuando la figura de ellos, un alto y cuadrado campesino con rostro tostado por el sol y el frío, se colocó en frente del balón. Con una sonrisa retrocedió tres pasos, espero el silbato del árbitro y con un movimiento seco y preciso, se dirigió hacia el balón y disparó. Del desconcierto que tenía yo, ni atiné a moverme un milímetro: mi cabeza fue lo único que reaccionó, veloz como un rayo, para seguir el movimiento del balón que se dirigía preciso a la esquina superior izquierda de nuestro arco. De repente, como en un sueño, escuché el “¡TUMP!” de la pelota estrellándose contra el vertical nuestro, rebotar hacia el cielo y luego, después de lo que parecieron como cinco minutos, bajar en picada directamente hacia mí, que aún medio ido, la embolsé en mi pecho. Ahí fue que noté que todos los presentes en ese partido – jugadores y público – habían quedado congelados en un atónito pasmo del que todavía no habían reaccionado. También me fijé por el rabillo del ojo que el arquero de ellos se había ido como un idiota al círculo central del campo – seguramente adelantando posiciones para celebrar -, por lo que sin pensarlo un instante, tiré el balón al aire y lo pateé con todas las fuerzas que aún me quedaban después de semejante experiencia terrorífica. Lo hice bien, porque con una parábola que, quisiera decir, fue perfecta, la pelota se introdujo sin oposición alguna en el arco del local ante la mirada impávida de todos los presentes, incluyéndome. Empatamos. Empatamos con gol mío, y el título tan anhelado era nuestro.

El gol tuvo la virtud de romper el encanto general: fue que el balón besara la red para que los aldeanos de ese purulento lugar se levantaran airados de sus puestos y entraran corriendo a la cancha agitando azadones, hachas y demás instrumentos similares en medio de gritos de despecho. Los nuestros corrieron hacia mí en lo que pensé era para celebrar pero que en realidad fue para arrastrarme con ellos hacia al bus que nos esperaba – menos mal alguien le había advertido que dejara el motor encendido – para sacarnos de ese puerco hoyo. Afortunadamente la ira del público se concentró no en nosotros sino en el arquero y en el que cobró el penal; entiendo que la investigación posterior no encontró señal de sus restos.

Ya en el bus, aún sudorosos y agitados, mis compañeros me felicitaron con fervor por mi buena estrella y habilidad, agradeciéndome emocionados por el trofeo que llevábamos a casa – nuestro DT Bahruman Neproskhatov se lo había birlado sin preguntarle a nadie antes de iniciar nuestra huída – y tratándome con un respeto que en mi vida había sentido. En medio de ese momento que jamás olvidaré aunque viva cien vidas, se me acercó mi tio Roman, que venía en el bus con los dos policías rumbo a la cárcel más cercana a tres jornadas del pueblo. Con ojos brillantes y con un torpe intento de posar sus manos esposadas en mi hombro, me habló con lo que parecía ser una profunda emoción.

– Bien hecho, sobrino, bien hecho – dijo esbozando una sonrisa que quiero creer fue de orgullo -. Hoy fue un día grandioso para nuestra familia: yo cumplí mi venganza y tú llenaste de gloria nuestro nombre por siempre jamás.

Yo permanecí mudo, incapaz de proferir palabra alguna. Mi tío tomo aire y prosiguió:

– ¿Sabes? Sé que estás hace bastante tiempo interesado en mi hijastra Nadia Navosskoya, y sabes bien que nunca estuve de acuerdo en que te juntaras con ella debido a que eras un sucio don nadie. Bueno, ya eso cambió: tan pronto llegues a la aldea dile a Nadia Navosskoya que te doy mi bendición para que la lleves a tu cama, o te cases con ella, o cualquier cosa que decidas. – En ese momento miró al vacío yermo de la estepa que dejaba atrás el destartalado bus que llevaba a esa tribu feliz y eufórica, indiferente en ese momento a problemas ajenos -: La vida es corta, sobrino, hay que disfrutar su jugo hasta cuando podamos hacerlo…

Pensé en Nadia Navosskoya y su piel delicada como el cristal del hielo que se forma en el río al finalizar el otoño y en sus tobillos rozagantes y firmes, y admití que el día no podía haber terminado mejor. Fui consciente, igual, que la bendición de mi tío no bastaba: debía comprarle algún detalle bonito y costoso para cortejarla y convencerla que no era ese muerto de hambre que todos en el pueblo estaban convencidos que era. Pero no me preocupé por dinero: todavía me quedaba de sobra por la venta de Ludmila varios meses atrás.

FIN

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