Grandes arqueros argentinos: Miguel Armando Rugilo

Uno de los mejores arqueros de las décadas del ´40 y del ´50 tiene hoy su lugar en esta sección. Ícono de Vélez y héroe inesperado en uno de los más famosos partidos de la selección argentina, esta es la historia del “León de Wembley”.

Miguel Armando Rugilo nació el 19 de enero de 1919, en la Ciudad de Buenos Aires, y siendo un adolescente ingresó en las inferiores del Club Atlético Vélez Sarsfield, tras ser descubierto por uno de esos ojeadores que andaban en los potreros de aquel tiempo buscando talentos para pulir y llevar hasta lo máximo, la primera división.

Vélez Sarsfield: el comienzo

Pero mejor que cuente el propio Rugilo cómo arrancó su historia. Así lo recordaba ya retirado, en una entrevista brindada a la revista “Siete Días” en 1972: “Siempre viví en el oeste, por Floresta, Villa Luro, Liniers y Mataderos. Y en mi juventud defendí los colores de cuanto equipo barrial hubiese por ahí. Ya había terminado la primaria y trabajaba como aprendiz de tornero en una fábrica del barrio de Chacarita. ¿Por qué arquero? Por la misma razón que la mayoría supongo: mi físico y la torpeza para desempeñarme en otros puestos. A los 14 años, Francisco Rossi -un delegado de Vélez que andaba buscando valores por los baldíos de la zona- me incorporó a la quinta división, la menor que había entonces y similar a una séptima u octava de hoy. Ese fue el comienzo de todo…”.

Además, hay que destacar que el protagonista de esta historia tenía una ligazón sentimental con el CAVS. No sólo era hincha de ese club, sino que además había vivido durante algunos años frente a la vieja cancha de la institución (el denominado “Fortín” de Villa Luro), antes de que el club se mudara a su actual locación de Liniers.

La hora del gran debut le llegó en el tramo final del torneo de 1938, con jóvenes 19 años para alguien que ocupaba el puesto de arquero en aquella época. Gracias a que el habitual titular -Jaime Rotman- estaba lesionado, la tarde del 27 de noviembre Rugilo tuvo su bautismo de fuego en un partido ante Almagro, jugado en el “Fortín” y que se saldó con victoria 6 a 0 del equipo local. Y si bien el “Tricolor” fue uno de los dos conjuntos que se fue al descenso ese año, no hay que restarle mérito al debut con valla invicta de Rugilo, toda vez que en el encuentro disputado entre estos equipos en la primera rueda, Vélez había sido goleado por 4 a 1.

Tras jugar los restantes tres partidos de ese torneo del 38´, y luego de pasar un año en blanco durante la temporada siguiente (Rotman jugó los 30 partidos del campeonato), en el certamen de 1940 Rugilo volvió a jugar algunos encuentros en primera, 6 en este caso. Y lamentablemente para él, le tocó ser parte del plantel que vivió el único descenso en la historia velezana, en una historia que merece ser contada.

Es que ese descenso de Vélez estuvo rodeado de circunstancias un tanto particulares, por decirlo suavemente (?). Es dable recordar que para la fecha final ya había descendido Chacarita, pero aún restaba dirimir el segundo descenso a la “B”: Ferro acumulaba 26 unidades al cabo de las 33 fechas disputadas hasta entonces, Vélez sumaba 25 puntos, mientras que Atlanta llegaba al cierre con 24 unidades en su haber y urgido un milagro para salvarse.

Sucede que el “Bohemio” recibía a Independiente, bicampeón de 1938 y 1939, y que por aquellos años tenía una delantera letal, que había conseguido meter 307 goles en los 99 partidos disputados anteriormente, si tomamos como punto de partida la fecha inicial del torneo del ´38. Asimismo, en los días previos a la definición surgieron rumores que daban por descontado que tanto Atlanta como Vélez (que recibía a un irregular San Lorenzo) habían “amañado” sus encuentros, lo que indefectiblemente derivaría en un descenso de los de Villa Crespo.

Sin embargo, la historia terminó con sorpresa. Mientras FCO se ponía a cubierto de todo riesgo sacando un empate en Rosario ante NOB, Independiente (a cambio de lograr sin costo monetario el pase del zaguero José Battagliero para el siguiente año) cumplió su parte del trato y se dejó vapulear por Atlanta, que terminó ganando 6 a 4 en su estadio, tras llegar a sacar una ventaja de seis goles, y quedando así a la espera de buenas noticias desde Villa Luro. Y cuando nada hacía presumir que CASLA le iba a hacer fuerza al dueño de casa, un encontronazo entre dos jugadores motivó que los futbolistas del “Ciclón” jugaran a muerte y no tuvieran piedad de la “V” azulada: el visitante ganó 2 a 0, mandando al local a jugar al fútbol de los sábados, en lo que fue la gran tristeza de la carrera deportiva de un joven Rugilo, quien vio esa derrota sentado en el banco.

Vélez 1943

Ya en los años que Vélez jugó en la Primera “B”, y mientras la institución de la mano de un todavía desconocido José Amalfitani ponía las bases para ser lo que es hoy, Miguel de a poco fue ganando un lugar en la primera del club. Pero el ascenso se le negó al “Fortín” en los primeros intentos: en 1941 finalizó en el cuarto puesto (Chacarita se quedó con el único ascenso), mientras que en 1942, ya con él de titular desplazando a un Rotman que había quedado estigmatizado por el descenso, mejoró la performance del equipo pero sólo le alcanzó para obtener el tercer puesto -el título lo ganó Rosario Central-.

En 1943, con Rugilo convertido en uno de los máximos estandartes del equipo pese a su juventud, los de Liniers pudieron sacarse la mufa y con una gran campaña de 24 victorias, 7 empates y sólo 3 derrotas, ganaron el campeonato y por ende el ascenso, con varias fechas de antelación. Vélez volvía a la elite para nunca más abandonarla hasta el día de la fecha; a partir de allí y durante varios años, Miguel y su club se transformarían en sinónimos, más allá de un particular suceso ocurrido poco tiempo después de logrado el ascenso. Además ese año, fue el arquero que jugó el 11 de abril el amistoso ante River (vigente campeón de la “A”) en los festejos para inaugurar el estadio del CAVS en su actual locación, aunque con tribunas de madera todavía.

En 1944 Vélez tuvo un gran regreso a la Primera División, y de hecho a poco de terminar la primera rueda, estaba encaramado en las primeras posiciones. Sin embargo, luego de la victoria 3 a 1 ante Newell´s (el 16 de julio, por la 13º fecha) a Rugilo, capitán del plantel a esa altura, le llegó inesperadamente una oferta demasiado tentadora desde el fútbol mexicano y hacia allí partió, pese a los esfuerzos que el club hizo para retenerlo. Hasta se le prometió construirle una casa si se quedaba en Liniers, pero el poder de los dólares pudo más y no hubo nada que hacer, con medio campeonato por jugar el tipo hizo las valijas y se mandó a mudar.

El gran problema para él es que se fue al León sin tener el pase en su poder: esa salida sin la autorización de la AFA le costó una suspensión por tiempo indeterminado de parte de la máxima autoridad del fútbol argentino, además del lógico enojo del presidente Amalfitani… quien con los años se tomaría una especie de revancha contra el arquero.

León: primera incursión en el extranjero

En México, Miguel Rugilo defendió la camiseta del Club León, con buenas actuaciones que hicieron que quedara un buen recuerdo de él pese a que en el cuadro “Esmeralda” apenas jugó un par de temporadas.

En tierra azteca compartió equipo con jugadores a los que conocía de su paso por Vélez como Antonio Battaglia, Marcos Aurelio y Ángel Fernández, por lo que la adaptación al nuevo medio se le hizo más sencilla. En lo deportivo, hay que decir que en su primera campaña el equipo terminó 4º entre 13 participantes, mientras que en la liga 1945/46, el club se ubicó 5º  sobre 16 contendientes.

Rugilo estaba bien en México: era reconocido por el ambiente, ganaba un buen dinero y encima estaba tranquilo, allá no se vivía el fútbol con la histeria que existía acá (N.deR.: si muchachos, porque la locura en el fútbol argentino no es de las últimas tres décadas nomás, histeria, violencia y presión hubo desde la instauración del profesionalismo prácticamente). Pero a mediados de 1946 la AFA decretó una amnistía y eso le abrió nuevamente las puertas del fútbol argentino al protagonista de esta historia.

Vélez Sarsfield, parte II: identificación eterna

Y esa amnistía le vino al pelo al “Fortín”, ya que promediando el torneo del ´46 no la estaba pasando para nada bien -de hecho, terminaría en el 11º puesto entre 16 participantes-. Como muestra, basta decir que en la primera mitad del certamen entre 3 arqueros se repartieron los 15 encuentros jugados, sin que ninguno hiciera pie y convenciera mínimamente al técnico, a los dirigentes y a los hinchas. Y que la primera rueda se había cerrado con catastróficas derrotas ante Estudiantes (2-6 en La Plata) y San Lorenzo (0-5 en Liniers), además de un esperable pero no menos doloroso 0-3 en La Boca.

Tras pagar Vélez una suma muy alta por su pase a los mexicanos (cabe destacar que los dirigentes pidieron para ello un préstamo al Banco de la Provincia de Buenos Aires, llegando a poner Amalfitani y algunos más sus casas en garantía) Rugilo volvió una tarde, más precisamente la del 25 de agosto, en un encuentro jugado en Liniers ante Ferro cuando comenzaba la segunda rueda. Tenía un doble desafío a partir de allí: demostrar que el paso por México no lo había aburguesado, y convencer con buenas actuaciones a los que lo miraban de reojo por la huida de 1944. Y si bien el retorno fue con una derrota 2 a 0, a partir de allí las cosas se acomodaron un poco en defensa hasta el fin del torneo, con la vuelta de un arquero que ya tenía 27 años de edad. Por ejemplo, en los siguientes partidos su tarea fue clave para ganar 2 a 0 en cancha de Tigre y para aguantar un empate sin goles ante Independiente en casa… los escépticos, de a poco, comenzaban a dejar sus dudas de lado.

Vélez de la década del 40

Con este retorno, Miguel se transformó durante el siguiente lustro en el dueño indiscutido del arco velezano, en temporadas donde el equipo no lograba grandes resultados (lo mejor entre 1946 y 1951 fueron los séptimos puestos conseguidos en el ´48 y el ´49), pero donde sin embargo él sí se lucía a nivel individual, erigiéndose como uno de los más destacados arqueros argentinos de la segunda mitad de la década.

Fue en ese lapso, en el que por ejemplo formó junto a Oscar Huss y Ángel Allegri uno de los tríos defensivos más famosos en la historia del fútbol argentino, que Rugilo de a poco fue cimentando su fama de gran atajador de penales. En 1949 y ya siendo ídolo total del club, atajó 6 penales consecutivos, algo inédito hasta ese momento en la historia del fútbol argentino. La racha comenzó el 22 de mayo, en la derrota 1 a 0 ante Racing en Liniers, cuando sobre el final detuvo el remate de Higinio García; y finalizó el 30 de agosto, cuando en la caída 2 a 0 en Banfield atajó el tiro ejecutado por Juan José Pizzuti, mientras el partido aún estaba igualado. En el medio, detuvo también los envíos de Scilar (Boca), Ardanaz (Ferro), Vernazza (Platense) y Bravo (Rosario Central).

Esos 6 penales (cabe destacar que el único que pudo batirlo ese año fue el propio García, el 11 de septiembre en el 4 a 1 racinguista de la segunda rueda), le permitieron finalizar la temporada con una marca nada despreciable de penales atajados para un sólo año, una de las más altas en 86 años de fútbol profesional en este país.

Al año siguiente, y como una manera de demostrar que aquello no había sido casual, en un mismo partido atajó un par de penales, inscribiendo su nombre en la historia de nuestro fútbol. La hazaña tuvo lugar cerca del final del torneo, el 29 de octubre de 1950: River cascoteó a Vélez sin parar y hasta dispuso de dos ejecuciones desde los once metros para quedarse con el triunfo: pero a los 33 minutos Rugilo detuvo el remate de Castro, mientras que en el arranque del complemento hizo lo propio con un disparo del “Loco” Loustau.  El tipo le bajó la persiana al arco y por eso la “V” pudo llevarse de Nuñez un festejado empate sin goles.

De esta manera, Miguel fue el primero en integrar el selecto grupo de arqueros que en la máxima categoría del fútbol nacional, contuvo dos penales dentro de los 90 minutos reglamentarios. Al día de hoy, apenas son 15 quienes lo han logrado (N.deR.: el último fue Guillermo Sara, jugando para Atlético Rafaela ante Racing en 2012). Sin embargo, y si bien en el mundo del ascenso esta situación es más frecuente de lo que se cree, fue Rugilo también el primero en lograr esa hazaña: en aquel ascenso del ´43, en una goleada 6 a 3 ante Talleres de Escalada, el tipo también había detenido dos penales en 90 minutos.

Y como muestra de lo identificado que estaba Miguel con el club de Liniers, no sólo era el arquero del mismo cuando se inauguró la cancha actual en 1943, sino que cuando enl 22 de abril de 1951 (tras peregrinar un par de años por distintos estadios) el CAVS estrenó las tribunas de cemento en el mismo lugar, Rugilo también fue quien custodió el arco: y no lo hizo nada mal, ya que esta vez, jugando por los puntos y por la segunda fecha del torneo de aquel año, el local derrotó 2 a 0 a Huracán.

La selección: el salto a la inmortalidad

Pero hagamos un alto en esta parte de la historia. Porque en el fútbol, como en cualquier otro ámbito de la vida, algunos jugadores quedan marcados por una circunstancia puntual, finita y fugaz, que legitima o desacredita toda una carrera de logros y frustraciones.

Miguel Armando Rugilo, un tipo que fue referencia en su puesto durante muchos años, se convirtió en uno de los mejores ejemplos de ello merced a su inolvidable actuación ante la selección inglesa, cuando en un amistoso jugado en mayo del ´51 en el mítico estadio de Wembley, atajó todo lo que pudo y a pesar de la derrota por 2 a 1, se transformó en un héroe popular que dejó con la boca abierta a los británicos. Fue apenas el tercer y penúltimo partido del arquero con la camiseta nacional, pero eso no importaría tanto después de ese día, con lo hecho esa tarde en Londres había alcanzado la gloria deportiva y el reconocimiento eterno.

Esos noventa y pico de minutos se hicieron imborrables y a muchos futboleros ya no les importó demasiado lo que Rugilo había hecho antes ni mucho menos lo que haría después dentro de un campo de juego. Fue tal la magnitud de su actuación, que para muchos ese hombre dejó de tener nombre y apellido a partir de ese día, sino que se lo identificó desde ese momento y para siempre como “El león de Wembley”, apodo que inventó el conocido relator Luis Elías Sojit durante el partido mismo, a medida que la figura del porteño se agigantaba más y más.

Pero pongamos en contexto las cosas. A más de uno, a esta altura del Siglo XXI, podrá parecerle exagerado que en su momento y durante las siguientes décadas, se hiciera tanto quilombo (?) por un encuentro de carácter amistoso y que encima terminó con derrota argentina.

Es momento entonces de recordar las siguientes cuestiones: a) Argentina, más allá de ganar varios Sudamericanos en la década anterior, se había ausentado de los mundiales de 1938 y 1950, por lo que había una enorme expectativa en nuestro país por medir fuerzas ante una potencia y más en condición de visitante; b) Inglaterra, pese a su floja actuación en el mundial celebrado el año anterior, seguía siendo una de las selecciones más respetadas del orbe y no era el hazmerreir que es ahora; c) el seleccionado británico estaba invicto en Wembley y además jamás había recibido allí a una selección que no fuera de las islas; d) no existía la transmisión por TV a Sudamérica y la tecnología estaba a años luz de lo que vivimos hoy, de hecho el partido sólo pudo seguirse a través de la radio con los relatos de Sojit; e) la gira a Europa se armó de apuro y con los jugadores sin haber hecho una buena pretemporada. De no haber mediado la brillante tarea de Rugilo, posiblemente los ingleses habrían logrado una goleada de proporciones históricas.

Si bien los pormenores de la gestación de ese partido nunca salieron a la luz, alguna vez  y ya retirado, Mario Boyé contó esta anécdota: “El presidente Juan Domingo Perón se enteró de que Inglaterra estaba invicta en Wembley, entonces lo agarró a Ramón Cereijo que era su Ministro de Hacienda y le ordenó que preparara un amistoso en Londres. “Vamos a ir a jugar allá y les vamos a ganar a esos piel de gallina”, dijo. Y así fuimos nosotros”. Cereijo, que si de algo no carecía era precisamente de contactos, logró concretar una fecha para un partido amistoso y la tropa nacional partió rumbo a Londres con un equipo de gala. Las únicas ausencias de renombre eran las de los jugadores que se habían exiliado en Colombia luego de la huelga del ´48, siendo José Manuel Moreno, Alfredo Di Stéfano y Adolfo Pedernera los mejores de ese grupo. Inglaterra también iría con lo mejor que tenía, a excepción del viejo Stanley Matthews (primer ganador del Balón de Oro en 1956), quien estaba lesionado y no pudo jugar.

A esta altura, es imprescindible destacar que Rugilo iba a viajar a Londres pero como suplente de Gabriel Ogando, un muy buen arquero que tenía Estudiantes en aquellos tiempos. Pero de pronto Rugilo se encontró ante una chance fenomenal, la cual no iba a dejar pasar. Sin saberlo, estaba a punto de vivir el momento más trascendente de su vida deportiva, su más celebrada actuación.

Cuenta el propio Rugilo, cómo llegó al arco para ese encuentro: “Habían elegido tres arqueros: Gabriel Ogando, de Estudiantes de La Plata; yo y Héctor Grisetti, de Racing, en ese orden de prioridad. De los tres uno debía quedarse, presumiblemente el último de la lista, pero Ogando tuvo un problema con su club y fue excluido. Entonces quedé de titular. Como el campeonato local recién comenzaba en abril y el viaje fue en mayo, estábamos todos fuera de forma, gordos. Antes no había pretemporada ni preparación física. Este hecho después fue decisivo en el trámite del juego”. Además, consultado acerca de cómo fue el periplo para ir a Europa, esto recordaba el protagonista: “Salimos de Buenos Aires el 2 de mayo, en avión. El viaje duró 36 horas e incluyó varias escalas. El primer partido, contra el seleccionado inglés, fue el día 9. Nosotros no teníamos demasiada noción de la trascendencia que tenía aquel encuentro. Ignorábamos toda la leyenda tejida en torno al viejo estadio de Wembley, verdadero templo del fútbol. Apenas sabíamos que allí los ingleses no habían perdido en los últimos 85 años. En esa época el futbolista no estaba preparado para tantas cosas. El solo hecho de viajar e integrar la selección nos tenía en las nubes. Nadie pensaba en otra cosa ni en el dinero, como ahora. Por ese viaje nos dieron como único salario 5 mil pesos a cada uno.

Los once elegidos por Stábile para el trascendental duelo fueron los siguientes: al arco, Rugilo. Los defensores iban a ser Juan Carlos Colman (Boca) y Juan Manuel Filgueiras (Huracán). El mediocampo estaría conformado por Norberto Yácono (de River, apodado “Estampilla”, precursor de la marca personal), Ubaldo Faina (Newell´s) y Natalio Pescia (Boca). Y en la delantera, estarían tres hombres del Racing que dominaba en nuestro medio -Mario Boyé, Norberto Méndez y Rubén Bravo-, además de dos cracks de River como Ángel Labruna y Félix Loustau.

La mañana del 9 de mayo amaneció lluviosa y por eso el terreno de Wembley quedó húmedo y empantanado. Un día antes se habían agotado las 60.000 entradas puestas a la venta y el público inglés estaba fervoroso por recibir al equipo argentino, en una época previa a los cruces posteriores, los cuales definirían los rasgos de una rivalidad histórica. El partido comenzó y Argentina, replegada, dio el golpe rápidamente: antes de los veinte minutos de juego, Labruna mató con el pecho un saque de Rugilo, se la pasó a Loustau y el “Loco” tras dejar de garpe a Alf Ramsey (N.deR.: técnico de los ingleses en el mundial de 1966) metió un centro que aprovechó Boyé para mandarla a guardar de cabeza. A partir de allí, todos atrás y Dios de 9 (?). A partir de ahí es donde nace la leyenda de “El león de Wembley”.

En aquella nota de 1972, Rugilo recordaba: “Apenas empezó el partido realicé una buena atajada. Eso me dio confianza, me agrandé. Ellos sacaron, avanzaron, nunca me olvido, le cortaron la pelota al insider derecho y el tipo me pateó como venía. Fue un tiro fuerte, arriba, en un ángulo, pero por suerte pude descolgarla. Después vino el gol de Mario Boyé. Ellos seguían jugando al mismo ritmo, infernal, con el que empezaron y con el que después terminaron”.

Inglaterra avanzaba a paso firme y los argentinos (faltos de ritmo porque el campeonato había comenzado recién en abril) se ahogaban por un tema físico y por la desesperación misma. Cada pelota que sacaba su arquero era un volver a empezar para los locales, que le sacudían desde todos los rincones. “Atajó Rugilo, una vez más Rugilo”, bramaba Sojit, aquel relator que años antes había inventado aquello de que los días soleados son siempre “días peronistas”. “Otra vez Rugilo, otra vez Rugilo”,relató el tipo en un momento, “heroico el arquero. Argentina mantiene la diferencia y el caballero Rugilo es un león en Wembley”. A partir de entonces, y con ribetes mitológicos, cada intervención de Miguel Armando fue señalada por Sojit como una nueva epopeya.

En este match se dio la paradoja de que un arquero -que normalmente es el jugador que menos actividad física despliega- fuera el que más esfuerzo realizara. Debido a una lesión padecida anteriormente y al interminable viaje previo, el entrenamiento de nuestro protagonista no era el adecuado, y sus continuas intervenciones acentuaban el dolor que sentía en el cuerpo; ello motivó algunos revolcones que los espectadores no comprendían, y entre sorprendidos y risueños, lo adjudicaban a una suerte de histrionismo particular de quien había sido bautizado como “Mostachos” antes del partido.

Al respecto, esto contó alguna vez Rugilo varias décadas más tarde: “Creo que mis bigotes fueron fundamentales en todo esto. Yo usaba unos mostacholes bárbaros que en Inglaterra no se veían, y eso les llamó poderosamente la atención. En el nerviosismo del juego tenía por costumbre acariciármelos, retorcerlos, lo que a ellos les causaba gracia. Cuando lo hacía, el estadio todo era una gran carcajada. Además, debido al intenso trajín, me empezaron a dar calambres en las piernas y en la boca del estómago, por lo que del dolor me revolcaba por el piso. Eso también les divertía mucho, suponían que lo hacía de puro loco nomás”.

A continuación, dejamos un breve video con algunas de las jugadas de aquella tarde, allí se pueden apreciar algunas de las grandes atajadas del arquero argentino. Con el valor agregado de que quien da su testimonio es nada menos que el “Atómico” Boyé, uno de los que vivió la historia desde el verde césped de Wembley:

Miguel brindó un festival de atajadas esa tarde, parecía una muralla infranqueable. Inspirado como nunca, descolgó centros, tapó tiros a quemarropa, sacó más de un mano a mano, jugándose el alma cuando era necesario ir a los pies de los jugadores locales. Más de 30 atajadas registró el argentino en ese partido, lo que da un bestial promedio de una cada 3 minutos, algo muy poco frecuente en cualquier época.

Pero Inglaterra finalmente, en el tramo decisivo del encuentro y en una ráfaga de pocos minutos, logró empatar el partido y luego darlo vuelta, con un gol en clara posición adelantada. El 2 a 1 mantuvo a salvo el invicto británico en la primera incursión de un combinado extranjero en Wembley (la racha recién se cortaría en noviembre de 1953, cuando la Hungría que sensación del Mundial del ´54 vapuleó 6 a 3 a los ingleses), pero todas las miradas se las había robado Rugilo, el del apodo eterno.

Continuando con su recuerdo, y consultado por su actuación, en aquella entrevista de la década del ´70 afirmó lo siguiente: “Sin jactancia, creo que aquella tarde tuve una buena actuación, pero nunca imaginé que serviría para promocionarme como lo hizo. A pesar del asedio, nunca dudé de que ganábamos ese partido. Sin embargo, faltando ocho minutos todo se derrumbó. En poco rato nos convirtieron dos goles seguidos”. Y demostrando su buena memoria pese a los 21 años transcurridos desde la celebración del juego, el tipo hasta se acordaba cómo se habían desarrollado los goles piratas (?): “El primero fue un centro de la derecha que cabeceó el insider izquierdo inglés. Faina, nuestro centro half, me tapó, la pelota pasó por detrás suyo, pegó en el palo y se metió. El segundo gol fue un offside clavado, hasta los ingleses lo reconocieron. También vino un centro de la derecha, volvió a cabecear el insider izquierdo y la pelota fue hacia el medio del área chica. Allí estaba parado el centro forward solito, que convirtió el tanto”.

Pese a la caída postrera, la despedida para el desconocido arquero fue ensordecedora. Pero mejor que él mismo cuente los detalles de su salida de Wembley: “Durante todo el encuentro me habían ovacionado después de cada atajada, pero la del final fue tremenda. Ya nos íbamos de la cancha y la gente gritaba a lo loco. Como no sé inglés no entendía nada. El que me avivó fue “Chichilo Sola”, masajista de Vélez y de la selección que me paró diciéndome: “Saludá, saludá Miguel, que esa ovación es para vos”. Creí que se venía abajo el estadio. Después, cuando llegué al vestuario me puse a llorar como un chico; a pesar de todo me dolía haber perdido cuando teníamos todo casi cocinado. Me acuerdo que “Tucho” Méndez quería consolarme diciéndome: “No llores, gil. ¿Cómo te vas a amargar justo vos que hoy fuiste un fenómeno?”. Hasta volvernos, los ingleses siguieron hablando de mí y haciéndome infinidad de reportajes. Mucha gente fue al siguiente partido para verme atajar”.

Ese siguiente partido de la gira fue el triunfo 1 a 0 ante la República de Irlanda, en lo que significó el cierre del periplo europeo para el equipo de Guillermo Stábile. Y a la vez, el final del breve paso de Rugilo defendiendo el arco albiceleste, ese que había custodiado por vez primera el año anterior, ante la selección paraguaya en la disputa de la “Copa Chevallier Boutell” (N.deR.: torneo que se jugó irregularmente en 15 ediciones entre los años 1923 y 1971, que consistía en partido y revancha entre Argentina y Paraguay).

Respecto a su experiencia en la albiceleste, y a una lesión que hizo correr rumores insidiosos durante algunos años, esto contó Rugilo tras el retiro: “A la selección yo había llegado por primera vez en 1950. Jugué contra los paraguayos en Buenos Aires, los dos partidos por la copa Chevallier Boutell. Empatamos el primero 2 a 2 en cancha de River, y ganamos el segundo 4 a 0 en San Lorenzo. En el año ´47 me había quedado sin ir al Sudamericano de Chile por un golpe que recibí poco antes en un partido contra Racing, en el que me hundieron el pómulo. A raíz de ese golpe el entrenador Stábile había dicho que era peligroso llevarme ya que la cosa se podía agravar con otro golpe e incluso existía la posibilidad de que me afectara la vista. Estas declaraciones se tergiversaron y desde entonces siempre circuló la versión de que no veía, que era tuerto, miope o qué sé yo… de ser cierto, no hubiese seguido jugando hasta los 40 años como lo hice”.

Volviendo al célebre partido ante los ingleses, cabe destacar que las repercusiones de la actuación del gran arquero no se hicieron esperar. Al otro día, los diarios argentinos se deshicieron en elogios hacia su figura, sin perjuicio de destacar también la entrega del equipo. En muchas de esas ediciones gráficas -tanto locales como de otros países del mundo- la figura de nuestro héroe fue publicada con una foto en la que se lo ve volando para detener uno de los tantos disparos con los que los ingleses le sacudieron: la mirada como angustiada clavada en la pelota, el rictus de sus labios apretados bajo el grueso bigote, el pelo revuelto y su gran corpulencia extendida en el aire, en una actitud que  evidenciaba su decisión de jugarse la vida para impedir el gol del rival.

Al regresar el equipo, el mismo fue recibido por una multitud en el aeropuerto de Ezeiza y todos los periodistas se abalanzaron sobre el hombre que había entrado a la delegación por la ventana y que volvió convertido en héroe, en “El León de Wembley”. Durante algunos años, aquella actuación argentina en Londres fue el gran hito del equipo nacional y la carta de presentación ante el mundo. Recién en 1953, en la revancha disputada contra Inglaterra en el “Monumental”, la albiceleste pudo actualizar sus logros y esa tarde -la del famoso gol de Grillo- se sacó la espina al superar 3 a 1 a los británicos, aunque esa es otra historia.

Con veinte años de carrera, solo un partido le bastó para borrar su nombre y convertirse en un apodo inolvidable: “Supe que quien me puso León de Wembley fue Sojit, que trasmitió el partido. Parece que se la pasó dele repetir: ¡Rugilo, un verdadero león! y cosas por el estilo. De ahí nació el apodo”. ¿Y el retorno? ¿Cómo vivió él la vuelta al país tras ese suceso? “A la vuelta había más de 10 mil personas esperándonos y, fundamentalmente, esperándome a mí. Era algo que no imaginaba, no obstante que en cada escala del viaje de vuelta había una nube de periodistas en los aeropuertos para fotografiarme y reportearme. El público siguió mi auto en caravana hasta mi casa, que estaba en Caaguazú y Cosquín, tocando bocina. Eso fue el 17 de mayo por la noche. El barullo en torno mío duró un par de meses. Al poco tiempo vi una película que me hizo reír. Se me veía atajándole un tiro bárbaro a un británico que me hacía gestos con la cabeza como diciéndome: ‘¿Pero cómo hay que hacer para meterte un gol?’”.

Convertido en poco menos que héroe nacional, tras la gira Rugilo volvió a su club y el campeonato retomó su continuidad, con la disputa el 20 de mayo de la cuarta fecha. Sin embargo, casi a la vuelta de la esquina lo esperaba una de las peores tardes de su carrera, el fútbol estaba a punto de mostrarle la otra cara de la moneda.

Apenas dos meses y medio después de la gloriosa tarde en Wembley, Vélez recibía a River el 22 de julio del ´51, por la antepenúltima fecha de la primera rueda del torneo en que Racing ganaría el tricampeonato. En contra de los pronósticos, cuando arrancaba el segundo tiempo el “Fortín” ganaba 3 a 1 y parecía que se encaminaba a un gran triunfo; sin embargo, a los 15 minutos de esa etapa final Rugilo sufrió la única lesión grave de su carrera: a causa de un choque con el máximo símbolo riverplatense de ese momento (Ángel Labruna), sufrió fractura del peroné y rotura de los ligamentos del tobillo.

Como en esa época no existían los cambios, el delantero José Menéndez pasó a ocupar el arco local luego de que Miguel fuera retirado en camilla y ovacionado desde los cuatro costados de la cancha, debiendo aguantar Vélez la última media hora con arquero improvisado. River se fue con todo al ataque y logró un par de goles en ese lapso, pero algunas buenas intervenciones de Menéndez permitieron a la “V” rescatar al menos un punto esa tarde.

Con una enorme fuerza de voluntad, y superando una lesión que ser letal para la carrera de un futbolista en esa época, apenas cuatro meses más tarde Rugilo volvió a su lugar en el mundo, el arco de Vélez. Llegó a tiempo para disputar las últimas dos fechas de un torneo que vio a su equipo finalizar en el 9º puesto, pero sus producciones no fueron buenas: empate 3 a 3 con Estudiantes ante su gente y fea derrota 4 a 0 en el sur ante un Quilmes que pese a esa goleada se fue al descenso.

En 1952, un Rugilo recuperado a pleno físicamente comenzó el certamen como titular, pero tras el partido correspondiente a la fecha 11 su entrenador consideró que Nicolás Adamo estaba mejor que él, por lo que lo relegó al banco de suplentes en una campaña que vio a Vélez terminar en el 6º puesto, la mejor en muchos años del club de Liniers.  Sin saberlo, el 15 de junio de aquel año en el 2 a 2 ante Platense, Miguel había jugado el último de sus 242 partidos en el arco velezano (175 fueron en la “A” y los 67 restantes en la Primera “B”).

Palmeiras: el exilio brasileño

Rugilo en Palmeiras

Es que a fines del ´52, considerando que Rugilo ya estaba cerca del ocaso al haber perdido la titularidad, que contaba casi con 34 años, y posiblemente recordando aquella “huida” de casi una década atrás, la dirigencia de Vélez -todavía encabezada por un Amalfitani que estaría en el puesto hasta morir en 1969- le mostró la puerta de salida dándole el pase libre, en un gesto que puede considerarse feo si se tiene en cuenta todo lo que el hombre del famoso bigote había dado por la institución. Pero así de cruel es el fútbol profesional y situaciones de este cariz abundan en la historia.

Su carrera prosiguió pero no en nuestro país, sino que en Brasil, un destino que no era para nada frecuente para los jugadores argentinos en aquellos tiempos. El Palmeiras se interesó por contar con sus servicios, por las buenas referencias que tenía desde acá y claro, también recordando aquel maravilloso desempeño en Wembley de un par de años atrás.

En el equipo paulista Rugilo anduvo bien, llegando a ser subcampeón del torneo estadual que en 1953 ganó el San Pablo. Pero a fines de ese año surgió un problema con el cupo de extranjeros en el club identificado con la colectividad italiana y ante ello el arquero decidió volver a la Argentina.

Tigre: demostrar la vigencia

Claro que no a Vélez, donde un año antes lo habían descartado poco menos que como un trapo. El Club Atlético Tigre, recién ascendido a la elite, fue el que le abrió las puertas y ahí tendría Rugilo un lindo desafío para ver si sus condiciones estaban intactas o no.

Demostrando que no estaba acabado ni mucho menos, “El león de Wembley” jugó  tres temporadas en la modesta entidad de Victoria, con buenos rendimientos y sobre todo, con asistencia perfecta: en efecto, Rugilo jugó los 90 partidos que el CAT disputó en los torneos de 1954, 1955 y 1956, sin perderse siquiera un minuto de los 8100 que el equipo disputó en ese largo período.

El primer año, el de adaptación a la categoría, Tigre y su nuevo arquero tuvieron un gran estreno, al vencer el 4 de abril 2 a 0 a un grande como Racing. Sin embargo, la campaña terminó siendo mediocre, pero al finalizar en el 13º puesto sobre 16 participantes, le alcanzó para lograr el objetivo de evitar el único descenso a la “B”.  Cabe acotar que en esa temporada, Rugilo atajó los que serían los 2 últimos penales en su carrera, totalizando así la suma de 13 remates detenidos desde los once metros.

Gaggino, Rugilo y Bores en Tigre de 1956

Ya en el ´55, y para sorpresa del mundo del fútbol, los de Victoria metieron una performance fenomenal, ocupando la 6º colocación, con un Rugilo que a los 36 años era uno de los mejores arqueros de nuestro medio y parecía no sentir el paso del tiempo. Fue tan buena esa campaña del “Matador” (en ese año se apodó así por primera vez al equipo de camiseta azul y roja), que fue la mejor de la historia del club durante más de 50 años, hasta que en el año 2007 el equipo dirigido por Diego Cagna logró el subcampeonato en su primera participación en la máxima tras 27 años en el fútbol de ascenso.

En el certamen de 1956 el nivel de Tigre bajó bruscamente, y debió penar hasta el último minuto de la temporada para evitar el único descenso en juego. Ese año se dio una definición dramática y absurda, toda vez que se había estipulado que en caso de empate en el último puesto, los equipos que ocuparan ese lugar no jugarían un desempate -ni siquiera se definiría por diferencia de gol-, sino que se sumarían los puntos obtenidos en los partidos entre sí durante el torneo y además, los puntos  ganados contra los 5 mejores del campeonato (!). Así las cosas, Argentinos, Tigre y Chacarita empataron en la última posición con 22 puntos, pero el novedoso e injusto sistema condenó al “Funebrero” a irse a la Primera “B”.

En esa última fecha, las manos de Rugilo fueron vitales para que Tigre aguantara el 2 a 2 como local ante Gimnasia. De haber caído esa tarde los de Victoria se iban ellos al descenso, teniendo en cuenta el triunfo de Chaca ante Racing en aquella jornada del 2 de diciembre del ´56.

Rugilo en Tigre

Como muestra de la vigencia del protagonista de este post, vamos a citar lo que dijo sobre él un prócer del periodismo como fue el uruguayo Joaquín Carballo “Fioravanti”, en el libro “Historia del fútbol argentino” -publicado en 1958-, en la parte en que se ocupa de los más destacados arqueros de las primeras décadas del profesionalismo: “Quizá restaría ofrecer, como palabra final de esta sinopsis, dos palabras a otro auténtico campeón, cuya conducta tiene que servir de ejemplo a cuantos creen que un jugador de 30 años es un jugador terminado; un hombre que aún hoy, después de muchas campañas, tras haber logrado fama mundial en el campo de Wembley, sigue rayando a la altura de los mejores. Cito, claro está, a Miguel Rugilo, El león de Tigre, cuya no muy lejana proeza contra River en el inicio del campeonato 1955, elogiada por todos, es la demostración más cabal de lo que exponemos”.

O´Higgins: quemar los últimos cartuchos

En paz consigo mismo y sin tener que demostrarle nada a nadie a esa altura, a comienzos de 1957 Rugilo se fue del fútbol argentino para nunca más volver. Esta vez partió a Chile, país en el que actuó un año defendiendo los colores de otro cuadro humilde como era O´Higgins, que encima había sido fundado un par de años antes, tras la fusión con otro club de la ciudad de Rancagua.

Del otro lado de la cordillera Miguel volvió a pelear por la permanencia, pero al igual que en el ´56, pudo evitar irse al descenso. O´ Higgins luchó bastante con un grande como la Universidad Católica y con el modesto San Luis, club que finalmente bajó a segunda división. Luego de esa temporada, y tras estar casi dos décadas bajo los tres palos, Rugilo consideró al borde de los 39 años de edad, que era el momento indicado para colgar los guantes y darle descanso al guerrero que en él habitaba, para disfrutar por ejemplo un poco más de la compañía de su esposa y sus 3 hijos.

Rugilo entrenando

Tras el retiro, tuvo una breve incursión como director técnico en el Atlético Celaya mexicano a mediados de la década del ´60, y posteriormente entrenó a los arqueros de Vélez a comienzos de los 70´s, siendo uno de los precursores en esa tarea en nuestro medio. Sin embargo, Rugilo no se mantuvo demasiado vinculado con el mundo del fútbol durante las décadas que transcurrieron luego de abandonar la práctica activa: “Yo veo como funciona la cosa y no me gusta, hay demasiado manoseo. Prefiero serle útil al fútbol trabajando para la Mutual; siento que es la mejor manera de devolverle lo mucho que hizo por mí”.

Al fútbol siguió ligado más por vínculos sentimentales que otra cosa: cada tanto iba a ver algún partido de su querido Vélez, mientras ejercía como vocal titular de la Mutual de ex-jugadores de dicho club. De hecho, sus ingresos económicos derivaban de una fábrica de sandwiches y masas que había montado cerca de su casa de Liniers y en la que él mismo atendía a los clientes, así como también de una papelera que puso en sociedad con un cuñado.

Pero relacionado al fútbol y además del laburo en la mutual, demostrando que pese al paso del tiempo se mantenía impecable físicamente, con más de 50 años llegó a jugar un buen tiempo para los veteranos del CAVS y los de Boca. Consultado acerca de cómo se mantenía en tan buen estado a esa edad, confesó: “A mí me dicen en casa que estoy loco, pero yo todas las mañanas, apenas llego al negocio de Ramos me voy al fondo y me hago una buena sesión de gimnasia”.

Lejos ya de la memorable jornada de Wembley, Rugilo disfrutó durante décadas de la fama que aquel acontecimiento le deparó: “Hay mucha gente que todavía me reconoce. Incluso, cuando algunos de mis clientes se enteran que yo fui el arquero del famoso partido en Londres, debo contarles una y mil veces, mis atajadas de ese día. Fíjese si habrá sido importante en mi vida aquel evento, que todavía hoy me sirve para vender”, declaró alguna vez con la melancolía propia del paso del tiempo.

Dueño de un apodo de esos que se transmiten de boca en boca, de generación en generación, Rugilo perteneció a esa generación a la que cuando llegaban a probarse a un club, no sólo le testeaban los reflejos mediante furibundos pelotazos, sino también soltándole gorriones para que los atraparan al vuelo (!). Portador de un gran físico para desempeñarse en el puesto, de buenos reflejos y con una valentía de la cual dio muestras más de una vez, este hombre tuvo una larga y destacada carrera (265 partidos jugados en la “A” entre Vélez y Tigre, más 67 disputados con la “V” en el ascenso, y casi 100 presentaciones en el exterior) más allá de lo excepcional que haya sido su tarea en aquel encuentro ante los ingleses.

No en vano por ejemplo, muchos hinchas de Vélez que llegaron a verlo jugar lo consideran uno de los mejores arqueros de la historia del club, poniendo su figura sólo por detrás de la de un tal José Luis Chilavert. Y eso que hablamos de un equipo en el que atajaron campeones del mundo como Ubaldo Fillol y Nery Pumpido, o un Julio Falcioni que en su tiempo llegó a ser de los mejores arqueros de América.

Casi como un guiño del destino, a mediados de 1993 pudo ser testigo y disfrutar de la coronación de Vélez en el Clausura de aquel año, torneo en el que de la mano de Carlos Bianchi los de Liniers cortaron una larga sequía de dos décadas y media sin alegrías. Poco tiempo más tarde, exactamente el 16 de septiembre del ´93, el corazón de Miguel Armando Rugilo dijo basta, en la misma ciudad de Buenos Aires en la que todo había comenzado 74 años atrás.

Pero más allá de la tristeza que generó en su momento su desaparición física, muchos consideraban que ese hombre ya había entrado en la inmortalidad una nublada tarde de 1951. Y es muy probable que así fuera.

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