Grandes arqueros argentinos: Antonio Roma

Esta vez la sección homenajea a un grande de la década del ´60, un tipo al que muchos conocen sólo por atajar uno de los penales más famosos de la historia, aunque “Tarzan” fue mucho más que eso. Símbolo boquense y titular de la selección en dos mundiales, hoy repasamos vida y obra de Antonio Roma.

Antonio Roma nació en la Ciudad de Buenos Aires, el 13 de julio de 1932. Desde muy chico jugó en los potreros de Villa Lugano, su barrio, hasta que un día le propusieron ir a probarse en Ferrocarril Oeste. Como el resultado de esa prueba fue satisfactorio, el joven a quien apodaban “Tano” quedó incorporado a las divisiones inferiores del club de Caballito, ese en el que luego de una larga espera -con 23 años recién cumplidos- tuvo su bautismo de fuego en la máxima categoría del fútbol argentino.

Ferrocarril Oeste: el gran debut

Tras ser pulido en las categorías menores por un técnico llamado José Scalise, Roma comenzó la temporada de 1955 como suplente de Roque Saverio Marapodi, quien era el arquero titular de Ferro desde el año ´49 y que para muchos fue el mejor exponente del puesto en la larga historia del club. Pero en aquella temporada, durante las primeras 10 jornadas el “Flaco” expuso un bajo nivel y por eso el 31 de julio el entrenador Ángel Perucca decidió darle una chance al oriundo de Lugano.

Como una forma de devolverle la confianza a quien fuera un gran jugador de NOB y CASLA en la década anterior -además de figura en el equipo argentino campeón en el Sudamericano de 1945-, Roma anduvo bastante bien en el 2 a 2 conseguido en cancha de Lanús. Y el debutante arquero hasta se dio el lujo de atajar un penal esa tarde (a Ramón Moyano, cuando ya el marcador estaba con el resultado que sería final), algo que no le pasa a casi ningún golero el día que se posa bajo un arco por primera vez.

Cabe destacar que a partir de esa tarde Roma agarró el arco y no lo largó más en las restantes 19 fechas del campeonato; de hecho, un frustrado Marapodi se fue del club a fin de año y recién volvería en el ´61 para tener un segundo ciclo en Caballito. El joven arquero exhibió buenos rendimientos mientras le tocó ocupar el arco (como muestra basta decir que cuando él debutó, Ferro tenía apenas 5 puntos de 20 posibles, pero tras su estreno el equipo obtuvo 24 de los 40 disputados) y el “Verdolaga” pasó de pelear los últimos lugares a terminar en un digno 7º lugar entre 16 participantes; en ese momento nadie lo sabía, seguramente ni él mismo, pero un verdadero grande había llegado para quedar en la historia del fútbol nacional.

En el torneo de 1956 la performance de Ferro decreció levemente (terminó en el 9º lugar) pero Roma, quien jugó 26 de los 30 partidos del año, siguió con sus buenos rendimientos en el plano individual. Es dable destacar que el joven “Tano”, con apenas un par de temporadas en la elite, ingresó en ese tiempo en el radar de Guillermo Stábile, quien desde comienzos de la década del ´40 era el técnico de la selección y que comenzó a pensar en convocarlo a la misma.

Al año siguiente, y luego de tres campañas muy buenas (N.deR.: en el ´54 el equipo había ocupado un destacado 6º lugar), sorpresivamente Ferrocarril Oeste terminó último y se fue al descenso, en el que posiblemente haya sido el golpe más grande en la carrera de un tipo que tuvo muy pocas frustraciones en su extensa trayectoria. En ese 1957, en el que paralelamente ganó su primera medalla como ya se contará más adelante, bajó la cantidad de presencias de Antonio en su club  -quien igualmente jugó en 19 de las 30 fechas- y tal vez eso en parte haya influido para la caída de su equipo en el fútbol de los sábados.

Pese a tener algunas ofertas para continuar atajando en la máxima categoría, Roma se quedó en Caballito para afrontar el certamen de la Primera “B” de 1958. En el cual, y luego de una primera rueda bastante pareja, Ferro pudo desnivelar el desarrollo del torneo a su favor, obteniendo con algunas jornadas de antelación el único ascenso en juego, postergando así a sus principales perseguidores que ese año fueron Nueva Chicago y Chacarita.

1959 fue el año del retorno de Ferro a la elite, y para sorpresa de propios y extraños el equipo tuvo un gran desempeño, logrando un más que meritorio 5º puesto. No sólo llamaba la atención que un conjunto tan modesto terminara tan arriba en la tabla de posiciones (más allá de aquellas buenas campañas del ´54 y el ´55), sino que además se trataba del elenco llegado desde la división inferior. Y un Roma ya maduro, con 27 años cumplidos durante esa campaña, no faltó a un sólo partido y fue uno de los estandartes de ese muy buen equipo de FCO.

Lógicamente, tras esa gran temporada del ´59 y luego de haber jugado 95 encuentros (sin contar los de la “B”) en Ferro, el protagonista de esta historia llamó la atención de uno de los clubes más importantes del país. Y por eso, en el verano siguiente pasó a las filas del Club Atlético Boca Juniors, entidad en la que acababa de ganar las elecciones un Alberto J. Armando que permanecería en su cargo por dos décadas. Cabe destacar que lo hizo junto al destacado lateral izquierdo de ese equipo -un tal Silvio Marzolini- y un par de compañeros más que lejos estuvieron de quedar en la memoria “Xeneize”, Dante Lugo y Antonio Garabal… una maravillosa historia estaba por comenzar para aquel pibe que en los baldíos de Lugano soñaba con llegar a lo más alto.

Boca Juniors: el idilio eterno

El arquero surgido de Caballito no tuvo que esperar demasiado para debutar en el arco de su nuevo equipo. Es que su primer partido en el que sería el segundo y último club de su extensa carrera, tuvo lugar en la fecha inaugural del campeonato de 1960: el 3 de abril de aquel año, en La Plata, Boca venció 2 a 1 a Estudiantes, en la primera de las 30 fechas de un torneo que ganó Independiente y que vio a los dirigidos por Carlos Sosa (campeón como jugador del club en 1943 y 1944) terminar en el 5º puesto -a 4 puntos de Independiente-, pese a haberse reforzado con muchos jugadores para esa campaña, siendo los más destacados Ernesto Grillo (volvió al país tras jugar varios años en Italia), el uruguayo José Sasía, quien no anduvo bien y al año siguiente se fue a ganar la Libertadores con Peñarol, y el brasileño Paulo Valentim, por lejos el que más le rindió al club de este trío.

Cabe mencionar que en su primer año en una institución tan grande, el “Tano” jugó 29 de los 30 partidos del año (sólo se ausentó en la goleada 4 a 1 a Estudiantes en el comienzo de la segunda rueda), permitiéndole jugar apenas ese encuentro a Osvaldo Ayala, su joven competidor.

En 1961 Boca -con la llegada de un Vicente Feola que había sido el DT del Brasil campeón en el Mundial del ´58- tampoco pudo coronarse y repitió la ubicación del año anterior, pero encima ahora a lejanos 12 puntos del Racing campeón: fue una campaña que alternó grandes triunfos con sorpresivas derrotas en casa, tales como las sufridas ante el ascendido Los Andes, o clubes modestos como Gimnasia y Atlanta. Mientras tanto, en la faz individual Roma seguía afirmándose en un arco que siempre fue demasiado grande, toda vez que disputó 28 de los 30 juegos del año y sólo faltó en las fechas 15 y 16 (triunfo ante CASLA y derrota ante GELP, respectivamente).

A fines de ese año y frustrado por poder atajar solamente en 3 partidos oficiales de los últimos 60 que el club había disputado, un frustrado Ayala -surgido de inferiores, debutante en el ´56 y de 23 años en ese entonces, aunque sólo había tenido rodaje en el torneo del ´59- decidió irse para proseguir su carrera en Huracán, intuyendo que mientras estuviera Roma iba a ser muy difícil ocupar el arco azul y oro: fue apenas el primero de los tantos competidores que en más de una década debió ceder ante el talento y el profesionalismo de un tipo que entrenaba como el que más, y que a la hora de los partidos difícilmente arrugaba.

Con nuevo técnico -José D´Amico- arrancaba 1962, una temporada que por diversos motivos sería muy importante en la vida deportiva del “Tano”. Y que debido a un hecho que tuvo lugar sobre fines de ese año, se volvió definitivamente inolvidable para él y para los millones de hinchas boquenses que habitaban este suelo.

Boca arrastraba una larga sequía sin títulos. Desde el año ´54 que el club no podía ganar el torneo argentino y la cuestión comenzaba a pesarle al presidente Armando, mandamás en aquella conquista y con dos fracasos en su nueva etapa como líder de la institución. Para ese torneo el equipo se reforzó en varios puestos y el arco no fue la excepción: desde Atlanta arribó Néstor Martín Errea, uno de los mejores goleros de las temporadas previas y que tenía un estilo diametralmente opuesto a Roma. El recién llegado era de complexión delgada, mientras que Antonio era un portento físico; aquel jugaba al límite, solía atajar siempre muy adelantado y cada tanto hasta gambeteaba rivales, mientras que el que ya estaba en el club era amo y señor de su área, basando gran parte de su estilo en sus buenos reflejos.

El torneo del ´62 no arrancó bien para el “Tano”, ya que si bien en la fecha inaugural Boca derrotó 2 a 1 como local a Chacarita, él no pudo terminar el partido. Sucede que a los 35 minutos del complemento, aquel 25 de marzo sufrió la única expulsión en sus 331 partidos oficiales jugados en el “Xeneize”, debiendo ocupar el arco Carmelo Simeone, recio defensor llegado desde Vélez que esa tarde debutaba en el club.

Aquel año el torneo se cortó a mediados de abril, por la disputa del Mundial a jugarse en Chile, al cual asistió Roma como ya detallaremos. Pero cuando se reanudó el campeonato el 17 de junio, el tipo -que había vuelto del otro lado de la cordillera un poco bajoneado- se encontró con que D´Amico le dio la titularidad a Errea, a pesar de que con el “Tano” el equipo había obtenido 8 de 10 puntos posibles en las 5 primeras jornadas.

No le quedó otra a Antonio entonces que agachar la cabeza, redoblar esfuerzos y esperar hasta fines de septiembre, cuando recién después de más de 5 meses le ganó la pulseada al “Flaco” y tuvo la oportunidad de volver a ocupar su puesto.

Una anécdota contada alguna vez por un compañero suyo, y que refleja el orgullo deportivo que tenía y la contracción al laburo de la que hacía gala, es la siguiente: se ponían de acuerdo dos compañeros para joderlo, se acercaban hasta donde Roma se estaba matando con el entrenamiento y uno de ellos tiraba al pasar algo así como “Che… me contaron que Carrizo hace unos 200 abdominales después de cada práctica”. A lo que el otro, cómplice, respondía: “No, es imposible. Para mí, un arquero se desmaya antes de llegar a 150…”. Esa chispa bastaba para encender el volcán que el “Tano” llevaba en su interior, por lo que el tipo, al terminar con sus trabajos específicos, metía entre 250 y 300 abdominales, para luego meter un bocadillo obviamente: “¿Vieron, manga de charlatanes? Siempre hablan por hablar, al pedo. Yo hago 300 abdominales y mírenme, estoy fresquito como una lechuga”.

El retorno tras esos meses de abstinencia fue con una buena actuación (0 a 0 contra Independiente por la fecha 17) y a partir de allí no largó más el arco, siendo puntal de un equipo que peleó cabeza a cabeza hasta el final por la corona nada menos que con River.

Y acá es cuando Roma se hace leyenda. Porque el 9 de diciembre del ´62 en La Boca, el local y el “Millonario” debían cruzarse por la anteúltima fecha, con el pequeño gran detalle de que ambos llegaban con 39 puntos, mientras que el único equipo que aún tenía una mínima ilusión de arrebatarles el campeonato (Gimnasia) sumaba 37 unidades; por lo que no hay que ser muy sagaz para deducir que si alguno de los clásicos rivales obtenía el triunfo esa tarde, tendría el 90% del título en el bolso.

Pero acá hay un detalle. En caso de empate en puntos al finalizar el torneo no habría encuentro desempate para dirimir el campeonato, sino que el reglamento estipulaba que se tomarían los resultados logrados por ambos equipos contra los 5 primeros de la tabla de posiciones, una medida que beneficiaba a River hasta ese momento. Boca estaba prácticamente obligado a ganar si no quería depender de un milagro en la jornada final…

Boca se puso en ventaja a los 14 minutos de la inicial, gracias a un penal convertido por Valentim. A partir de allí trató de aguantar esa ventaja mínima, pero a los 40 minutos del segundo tiempo y para estupor de la mayoría presente en Brandsen 805, el árbitro Carlos Nai Foino concedió la pena máxima para River, que así tenía una oportunidad de oro de estirar la definición hasta la última fecha.

Antonio Roma por un lado, Vladem Lázaro Ruiz “Delem” por el otro. Dos hombres, cada uno con su historia y de cara al destino, separados por apenas once metros y a su vez, millones de argentinos pendientes de un bendito penal.

Una vez que sonó el silbato, el brasileño -algunas veces suplente de Pelé en su selección- corrió a la pelota y la impactó, en forma fuerte y rasante, hacia el palo derecho del arquero, quien con un ostensible adelantamiento (Roma se fue para adelante como mínimo un par de metros), se arrojó hacia ese lado y logró desviar el balón, que por la fuerza del impacto llegó casi hasta el banderín del corner.

Inmediatamente después de la atajada, muchos hinchas saltaron el foso detrás del arco que da a Casa Amarilla e invadieron el campo de juego, por lo que el match se paró unos diez minutos, mientras los jugadores de la banda le reclamaban al juez en forma vehemente por el accionar del “Tano”; pero sin inmutarse demasiado, el polémico Nai Foino -en una frase que quedó para la historia- les espetó: “Aire, aire, salgan de acá que penal bien pateado es gol”.

En la reanudación, el visitante no pudo revertir el resultado y Boca ganó el clásico, poniendo proa hacia el campeonato. Esa atajada consagró a Roma para siempre, máxime cuando a la semana siguiente él y sus compañeros vapulearon 4 a 0 a Estudiantes, para que el club ganara el torneo argentino después de casi una década de abstinencia… fue apenas el primero de los varios títulos que el arquero ganó custodiando el arco azul y oro.

Como nota de color, cabe acotar que tras conquistar el campeonato el inefable Armando decidió regalar a cada uno de sus jugadores un Ford Falcon 0 kilómetro, como premio por semejante logro. Y si bien hoy esa situación puede llegar a parecer algo normal, hace cinco décadas la medida del presidente despertó una gran polémica, no exenta de moralina barata (?). Como sea, buena parte del premio los compañeros se lo debían a Antonio, quien a fin de año caminó los 65 kilómetros que separan a la Capital Federal de la ciudad de Luján para cumplir una particular promesa.

Pero acerca de lo que vivió previo al bendito penal de Delem, a la promesa y a lo que significó esa atajada en su vida, mejor dejamos a continuación las palabras del propio Roma, que esto decía en una entrevista concedida varios años después del retiro: “Con el penal soñé un par de veces, nada más. Pero lo tengo presente, con todos los detalles. Cuando cobró Nai Foino, le fuimos a protestar porque Artime se había tirado, no había sido foul, pero no había nada que hacer. Entonces me fui hacia el arco, me apoyé en el palo izquierdo, levanté una mata de pasto, hice la promesa de que me iba a ir caminando a Luján si lo atajaba y repasé toda mi vida en un par de segundos, mientras recordaba que un compañero de equipo, el “Canario” Pérez, había visto a River un par de fechas atrás y me había dicho que Delem había pateado un penal fuerte, a la derecha. Él pateaba con las dos piernas y con mucha potencia así que si me quedaba quieto en el medio del arco, no había manera de llegar. Por eso, cuando se paró como derecho, yo ya había decidido para qué lado me iba a tirar. Cuando llegó a la pelota, di un paso hacia la izquierda y después me largué, en diagonal para mi derecha. Por suerte no me dobló las manos, pero la pelota venía con tanta fuerza que se fue cerca del banderín del corner. Lo más increíble de ese penal fue todo lo que me tocó vivir después. Si realmente estaban en la cancha todos los que en estos cuarenta años me dijeron que fueron testigos, había un millón de tipos. ¡Es impresionante lo que puede la fantasía! Una vez, un hombre me dijo que de la alegría había tirado un zapato a la cancha y yo se lo había devuelto, como quien lanza el disco; otro me habló de los dos penales que le atajé esa tarde a Delem… Ja, dos penales! Como si uno no fuera ya demasiado…”. 

En 1963, año en que debutó uno de los más grandes ídolos de la historia del club -Ángel Clemente Rojas- y con la promocionada llegada de esa bestia del gol llamada José Francisco Sanfilippo, Boca se abocó a tratar de conquistar la actual Copa Libertadores, que por aquel entonces se llamaba “Copa de Campeones de América”. Ante ello, lógicamente descuidó el torneo local, en el que igualmente Roma jugó en 17 de las 26 fechas y volvió a ganarle la pulseada a un competidor de los kilates de Errea. Allí el “Xeneize” terminó ubicado en el 4º puesto, aunque al menos tuvo la satisfacción de que su eterno rival perdió un nuevo campeonato sobre el final, esta vez a manos del CAI.

Respecto a la incursión continental, hay que decir que Roma arrancó la copa como titular, pero luego se fue D´Amico y el nuevo cuerpo técnico del club (integrado curiosamente por dos glorias riverplatenses como futbolistas, cuya cabeza era Adolfo Pedernera, mientras que quien salía al banco era Aristóbulo Deambrossi) prefirió utilizar a Errea, por lo que Antonio apenas vio acción en 3 partidos de los 8 cotejos disputados en ese torneo. De hecho, tanto en las semifinales ante el Peñarol campeón del ´60 y el ´61, como en la final contra el Santos de Pelé el que atajó fue el “Flaco”, quien poco pudo hacer para evitar la derrota 3 a 2 en el “Maracaná” y la caída por 2 a 1 en La Boca, encuentros dirigidos curiosamente por el árbitro francés Marcel Bois. Tendría que pasar casi una década y media para que Boca pudiera conquistar la Libertadores.

Superada la frustración copera del año anterior, en 1964 Boca se repuso obteniendo un nuevo campeonato argentino, pudiendo retener además su título en el torneo del ´65. Cabe recordar la solidez granítica de ese “Xeneize”, su enorme andamiaje defensivo en el que destacaban tipos como el brasileño Orlando, el uruguayo Alcides Silveira, José María Silvero, Rubén Magdalena y los ya nombrados Marzolini y Simeone; y en el que claro está, mucho tuvo que ver Roma desde el arco.

Del certamen del ´64 (en el cual Roma con 30 presencias tuvo asistencia perfecta) hay que destacar que al equipo apenas le metieron 15 goles en 30 fechas, por lo que tuvo por lejos la defensa menos vencida, terminando Roma en 19 encuentros con su valla invicta, un registro verdaderamente espectacular.

Ya en el ´65 el CABJ no tuvo la retaguardia menos batida (fue la de River con 24 goles recibidos, mientras que a Boca y Platense les metieron 30) pero igualmente los números del campeón fueron dignos de elogio, con el plus de haberle ganado el torneo al CARP en circunstancias similares a las de 1962: recibió al “Millonario” faltando  solamente 3 fechas para el cierre, le ganó 2 a 1 sobre la hora -tras ir en desventaja encima-, encaminando así la conquista de su décimo título en el profesionalismo. Fue una campaña en la que “Tarzán” -apodo legado para la posteridad por el periodista uruguayo “Fioravanti- jugó 26 de los 34 encuentros, y para eso influyó la fractura de algunas costillas y lesión en un riñón, sufridas en un choque con Carlos Pachamé, en los minutos finales del 2 a 1 logrado ante Estudiantes en el marco de la 21º fecha. Esa lesión le posibilitó al joven Osvaldo Mario Pérez jugar 7 partidos como titular en el torneo hasta que se recuperó el dueño del arco, siendo este arquero otro de los tantos que palideció a la sombra del gran Roma durante la década del ´60.

¿Arqueros que no lo pudieron desbancar? El caso paradigmático fue el de Errea, cuyo ánimo era tan bajo tras 4 temporadas en las que no pudo conseguir el puesto (de hecho, en el ´64 no jugó ni un minuto en forma oficial y en el ´65 apenas disputó un par de encuentros), que con tal de ganar rodaje para 1966 optó por irse del club hacia el modesto Colón, que ese año hacía su debut en la máxima categoría de la AFA. Ante su partida, en La Boca contrataron a Carlos Jorge Minoian, un buen arquero llegado desde Gimnasia pero que salvo excepciones, tampoco pudo jugar ante la presencia de Roma.

Pero así como a nivel local en ese tiempo no había quien pudiera exhibir oposición a Boca, la conquista de América seguiría siendo esquiva para el club presidido por Armando, para quien obtener la Libertadores se transformó en una obsesión solamente terminada a fines de la década del ´70, ya sin el protagonista de esta historia en el club de la ribera.

Por ejemplo, en la edición del ´65 Roma a diferencia de un par de años antes sí jugó todos los partidos de su equipo -que fueron 7-, demostrando un muy buen nivel. Pero tras superar con puntaje ideal el grupo compartido con los bolivianos del The Strongest y los ecuatorianos del Deportivo Quito, en semifinales el CABJ se topó con Independiente, el vigente campeón; el cual, al cabo de tres dramáticos duelos jugados en cancha de River, lo eliminó tras ganar 2 a 0 el primer chico, perder 1 a 0 el segundo y aguantar el empate sin goles durante los 120 minutos del match desempate.

Y en la edición de 1966, esa en que por primera vez Boca y River coincidían en el máximo torneo de clubes de América, luego de ser escolta del “Millonario” en un grupo de 6 equipos compartido con clubes de Perú y Venezuela, nuevamente las semifinales marcaron el stop para el “Xeneize”, con el agravante de que en ese grupo de la segunda ronda finalizó en el tercer puesto, a apenas a un punto de su clásico rival, que como ganador de zona logró el pase a la final… esa que los de Nuñez perdieron increíblemente ante Peñarol, en Santiago de Chile. Esta vez, Roma -al igual que en el ´63- jugó poco, apenas 2 partidos: pero fue por estar afectado a la preparación de la selección de cara al mundial y además cuando jugó terminó con su arco invicto: 0 a 0 contra Independiente en Avellaneda y 1 a 0 en La Boca ante River, en los últimos partidos de la segunda fase.  Su reemplazante Minoian, estuvo en 12 de los 16 partidos del certamen, aunque para muchos Boca perdió el ticket a la final, cuando empató 1 a 1 de local contra el ignoto Guaraní, en un duelo en que al juvenil Pérez le hicieron un gol olímpico… ese fue el único punto que sacaron los paraguayos al cabo de 6 enfrentamientos ante el “Xeneize”, el “Millonario” e Independiente, los otros integrantes de la zona.

Volviendo al plano local, hay que decir que luego del título ganado por Racing en el torneo de 1966 (en el que Roma jugó 29 de las 38 fechas, con el equipo finalizando en el 3º lugar y resintiéndose cuando él y algunos compañeros como Marzolini, Simeone, Antonio Rattin y Alfredo Rojas viajaron al Mundial), al año siguiente la AFA decidió reestructurar sus torneos y desde entonces habría dos campeones por año.

Sin embargo, y para sorpresa de muchos, Boca debió ver como en el ´67 festejaban Estudiantes (Metropolitano) e Independiente (Nacional) y en el ´68 hacían lo propio San Lorenzo y Vélez, respectivamente.

En la primera de esas temporadas Roma registró entre los dos campeonatos 32 partidos jugados, contra apenas 3 de Minoian y 2 del desconocido Rubén Sánchez, un pibe que había tenido su debut en el ´66 en un clásico perdido en Nuñez, y que será una pieza clave en esta historia. A fines del ´67, y con 35 años cumplidos, Roma parecía estar más vigente que nunca. Por eso sorprendió cuando lo “limpiaron” para el Metro de 1968, mal torneo del club en el que no pudo jugar siquiera un minuto: Sánchez acumuló 19 presencias y el retornado Errea sólo 3; los críticos de Antonio creían ver el final de su carrera, pero para el Nacional de aquel año, el tipo volvió por sus fueros y el retornado D´Amico, quien el semestre anterior no le había dado cabida, lo utilizó en los 15 encuentros del campeonato. ¿Y cómo anduvo Roma? Un lujo, a punto tal que sólo le hicieron 7 goles en los 1350 minutos que jugó, quedando el “Xeneize” a solamente un punto de Vélez, River y Racing, que debieron dirimir la corona en un recordado triangular ganado por el club de Liniers.

Para colmo, en el primer semestre del ´69, a Boca en el Metropolitano lo perjudicó una absurda reglamentación de ese año: el equipo fue uno de los 4 semifinalistas (hubo 2 grupos de 11 integrantes y los dos mejores de cada zona pasaban a la definición por el título), instancia en la que se debió enfrentar nada menos que con River.

El partido se jugó en campo de Racing el 3 de julio y terminó con el score 0 a 0, motivo por el cual el “Millonario” pasó a la final, la cual perdería ante Chacarita en esa misma cancha. ¿Y por qué clasificó el club de Nuñez, sin siquiera ir a penales? Se había estipulado que en caso de igualdad avanzaría el equipo que durante las 22 fechas de la primera fase hubiera conseguido más goles a favor, raro que primara ese criterio en vez de tomar en cuenta la diferencia de gol (Boca tenía +23 y su rival apenas +14) o de última, los resultados logrados entre sí. Y como los de la banda roja tenían 35 goles a favor contra 34 tantos de los dirigidos por Alfredo Di Stéfano, logró River el pase a la instancia decisiva… sí, apenas un gol de diferencia le impidió injustamente a Roma -quien tuvo asistencia perfecta pese a su veteranía- y sus compañeros ir en búsqueda de una nueva corona.

Sin embargo, ese año “Tarzan” tuvo una gran alegría en lo individual: superando la marca alcanzada el año anterior por Amadeo Carrizo, un ya veterano Roma logró mantener su arco invicto durante 782 minutos, un récord que se mantuvo inalterable en la primera división argentina hasta 1981, cuando fue pulverizado por Carlos Barisio, de Ferro, quien llegó a estar más de 1000 minutos sin ir a buscarla dentro de su arco. Y en el “Xeneize” la marca estuvo vigente durante casi dos décadas y media, hasta que en el Apertura ´92, CFNM alcanzó los 824 minutos invicto.

Pero a partir de esa frustración y durante el siguiente año y medio, podría decirse que el CABJ dominó casi en exclusividad el ámbito doméstico. Es que al título logrado en el Torneo Nacional de 1969, hay que agregar la Copa Argentina de ese mismo año.

En el segundo semestre de ese año, Boca obtuvo el Nacional de una forma inolvidable, ya que el 2 a 2 logrado en la fecha final ante un River que estaba obligado a ganar para forzar un match desempate (los 18 participantes jugaron todos contra todos, a una sola rueda), posibilitó terminar con 29 puntos contra los 27 de los de Nuñez, que en pleno “Monumental” se tuvieron que bancar la vuelta olímpica de su adversario de toda la vida. Fue en este título, recién a los 37 años de edad, que Roma cedió verdadero protagonismo. El tipo arrancó de titular una vez más, pero una inoportuna lesión sufrida en el 3 a 1 de la 3º fecha logrado ante Platense en La Boca, y por la que debió ser reemplazado a los 25 minutos del complemento, posibilitó a Sánchez jugar los restantes 15 encuentros del certamen y disfrutar la coronación de los dirigidos por Di Stéfano desde el arco.

Sánchez, joven de bajo perfil y notables reflejos, no dejó pasar la chance ante la lesión del ídolo boquense, y a partir de ese 1969 comenzó, de a poco, a adueñarse del arco. No fue un hecho menor el haber ganado un título en su segundo torneo como titular, eso significó un gran respaldo para empezar a destronar a un Roma que, gracias a su orgullo, no se rendiría tan fácil hasta claudicar en 1972.

La Copa Argentina de 1969 merece un párrafo aparte. No sólo por ser la predecesora del torneo que se juega con regularidad desde 2011 en adelante (N.deR.: en 1970 se jugó la segunda edición pero la misma quedó inconclusa), sino por algunas particularidades que tuvo aquella primera edición ganada por Boca, y con Roma jugando 8 de los 10 partidos que disputó su equipo.

¿Particularidades? Una de ellas es que ese torneo oficial -no regular- organizado por la AFA ese año, es que mezclaba a los equipos de la máxima categoría, solamente a uno de la Primera “B” (Almagro) y a varios conjuntos del interior del país. Otra cosa a destacar, es que se excluyó a Estudiantes, Vélez y River, por el hecho de que estaban participando de la Libertadores de esa temporada (!). Y un último aspecto destacable, pero por la positiva, es que a diferencia de lo que pasa ahora los equipos más modestos tenían la chance de ser locales en su propio estadio.

Y no sólo eso. En las primeras rondas, los “débiles” jugaban partido y revancha en su cancha, lo que acrecentaba las chances de dar algún batacazo. Así fue por ejemplo, como Roma y sus compañeros debieron jugar un par de veces en Tucumán ante Atlético, ganando ajustadamente 3 a 2 en la ida y empatando sin goles en la revancha. Ya en los octavos de final, Boca vivió nuevamente la experiencia de tener que jugar ida y vuelta en el interior, en este caso en Santiago del Estero ante Sarmiento: acá la cosa fue más fácil para los porteños, que ganaron 3 a 1 y 4 a 2 respectivamente. En la etapa de cuartos de final -único momento en que “Tarzan” no estuvo presente- los boquenses dejaron afuera con lo justo al Chacarita que pocos meses después ganaría el Metropolitano; en las semifinales Roma cerró el arco ante Colón (ganaron 5 a 0 en campo de Unión y 1 a 0 en La Boca), para llegar al duelo decisivo ante un sorprendente Atlanta. Tras vencer 3 a 1 en la ida y caer 1 a 0 en la revancha, en sendos encuentros jugados en el viejo “Gasómetro”, pudo Boca obtener la Copa Argentina de 1969 y sumar una nueva estrella a su historial. Cabe destacar que Antonio jugó 720 minutos y solamente recibió 7 goles en el camino a un nuevo éxito.

Eso sí: al tomar parte de la Libertadores del año siguiente, a Boca no le dejaron defender su título de la CA en 1970. Todo muy lógico lo de los muchachos de la AFA (?).

Y durante 1970, luego de que Independiente ganara el Metro (con un Roma recuperado que jugó 20 de las 21 fechas), al igual que el año anterior en el segundo semestre volvió a coronarse Boca como el mejor del Nacional, en el que Antonio disputó 21 de los 22 encuentros de su equipo, dando otra muestra más de vigencia.

El CABJ, ahora dirigido por un Silvero que pocos años antes se había retirado, sacó 29 puntos de 40 posibles y junto a Rosario Central fue el representante de la Zona “B” en las semifinales. En esa instancia dio cuenta 2 a 0 de Chacarita en Avellaneda, mientras que el 23 de diciembre y en cancha de River, dio la vuelta olímpica tras imponerse 2 a 1 al “Canalla” en una dramática final, definida en el suplementario. A los 38 años, y con una década y media de carrera, el “Tano” sumaba el sexto título para su palmarés… sería el último de su trayectoria, pero ya la gloria la tenía ganada desde hacía rato.

En ese año ´70 Roma jugó su cuarta y última Libertadores, fracasando en un nuevo intento por conquistar América. Estuvo en 9 de los 10 partidos y si bien el equipo pasó tranquilo la primera fase (ganó cómodo el grupo compartido con River y los bolivianos de Bolívar y Universitario de La Paz), al igual que en el ´66 fue el “Millonario” el verdugo en la segunda ronda, en la que compartieron zona con el club peruano Universitario.

Cabe mencionar, alejándonos brevemente de lo que tiene que ver con la Nº 5, que en 1971, un Antonio que todavía era futbolista intervino junto a varios de sus compañeros en la película “Paula contra la mitad más uno”. En la misma, previo a jugar un clásico contra River el plantel entero del “Xeneize” era secuestrado, y si bien para muchos críticos este film entra tranquilamente entre los peores de la historia del cine nacional, nadie le quita a Roma el hecho de haber hecho un cameo en la pantalla grande.

Luego de esa coronación en diciembre del ´70, hay que recordar que la primera mitad de la década no fue fructífera para Boca en general y para Roma en particular. Luego de haber relegado a más de uno que había llegado a la ribera con la intención de desplazarlo de su arco y habiéndose ya ganado para siempre la idolatría boquense, Antonio debió ceder definitivamente ante el empuje de Rubén Sánchez, a quien prefirieron tanto Bernardo Gandulla primero, el chileno Fernando Riera después y finalmente José Varacka.

Entre 1971 y 1972, de 98 encuentros oficiales disputados por Boca, el “Tano” apenas estuvo en 11 de ellos, lo que marca que únicamente en el tramo final de su campaña tuvo un declive en cuantos a participaciones oficiales. ¿Su última vez? Fue ante su gente, en el 2 a 2 registrado ante River el 18 de junio del ´72, en el marco de un Metropolitano en el que San Lorenzo fue cómodo campeón y el CABJ, extrañamente, terminó en un opaco 9º puesto.

Habiendo sido arquero de Boca durante 12 largos años, y al margen de los títulos obtenidos, más de uno debe preguntarse cómo le fue a Roma en el enfrentamiento ante los de Nuñez, el gran rival de toda la vida. Y la verdad es que el saldo le da muy a favor, ya que de 21 partidos disputados por torneo local, cuando él atajó su equipo ganó 9, empató 8 y perdió solamente en 4 ocasiones. De hecho, jugó su primer clásico en abril de 1960 (empate 1 a 1 como visitante) y recién perdió en el undécimo enfrentamiento, en 1966. Cabe destacar como plus, que fue el arquero en triunfos que sirvieron para ganar torneos en el mano a mano -como en el ´62 y el ´65- o como en ocasiones donde el éxito “Xeneize” significaba dejar al “Millonario” a las puertas de la corona, tal como pasó en 1963 a favor del “Rojo”.

La selección: cumplir dignamente

Roma arrancó en la selección a los 24 años, ya que su primera convocatoria a la misma se dio en 1956, cuando aún jugaba en el modesto Ferro. Y si bien fue suplente de un Rogelio Domínguez que estaba a punto de ir a conquistar Europa con el Real Madrid, cabe destacar que el “Tano” integró el plantel que ganó brillantemente el Sudamericano de ese año, jugado en Lima.

Tras el fracaso de Carrizo en el Mundial de Suecia ´58 y ante la renuncia del santafesino, nuevamente se le abrió a Roma la puerta de la selección. Por ello, y con un par de temporadas ya en un club grande, no extrañó demasiado que en 1962 fuera convocado por Juan Carlos Lorenzo para la Copa del Mundo a jugarse en Chile; sí tal vez sorprendió un poco que el técnico se inclinara por él para ser titular y no por Domínguez, un tipo que con el Real Madrid había sido campeón europeo en 1958, 1959 y 1960.

Su debut en la máxima cita del planeta fútbol (no debe tomarse esto de planeta como algo literal, ya que fue un mundial sin presencia africana, asiática ni oceánica) fue en el marco de la primera fecha del Grupo “D”. El 30 de mayo en la ciudad de Rancagua, Argentina superó 1 a 0 a la entonces desconocida Bulgaria, con Roma en buen nivel y con valla invicta en el estreno, más no podía pedir.

Pero a las 72 horas Argentina cayó 3 a 1 ante Inglaterra, que venía de perder en el debut con Hungría. Y si bien los europeos abrieron el score con un penal convertido por Flowers, muchos creyeron ver responsabilidad del arquero en los tantos de Bobby Charlton y Greaves, que dejaron la historia sentenciada cuando todavía faltaban 25 minutos.  Pero más allá de las críticas de la prensa o aficionados, el que más enojado estaba se ve que fue el propio entrenador, quien “limpió” a Roma del último encuentro de la fase inicial. Domínguez cumplió con mantener su arco en cero contra los húngaros, pero sus compañeros no pudieron meter ni un gol, por lo que el empate -también 0 a 0- entre ingleses y búlgaros, dejó afuera por diferencia de gol a la albiceleste, que sumaba así al igual que en 1958 una dolorosa eliminación en primera ronda.

Pese a no ser el DT de la selección en el período 1963/65, faltando pocos meses para el Mundial de 1966 la AFA nuevamente confió en el “Toto” Lorenzo para capitanear el barco argentino. Y pese a lo que había pasado con Roma en Chile ´62 y al soberbio nivel mostrado por Carrizo en la Copa de las Naciones obtenida un par de años antes, el entrenador se la jugó otra vez por el arquero de Boca, quien estaba sediento de revancha.

Y en honor a la verdad, fue dignísimo el torneo que jugó “Tarzan”, a quien sólo le convirtieron un par de goles en los 360 minutos disputados. En la primera copa a la que  el seleccionado nacional llevó 3 arqueros, Roma tuvo asistencia perfecta y no dejó resquicio alguno para que jugaran el desconocido Rolando Irusta o un muy joven Hugo Orlando Gatti.

Argentina tuvo un buen estreno mundialista el 13 de julio ante España (ganó 2 a 1 en el “Villa Park” de Birmingham) y quedó bien parada de cara a clasificar a los cuartos de final. Máxime cuando a los tres días y en el mismo estadio, igualó sin goles ante Alemania Federal, uno de los mayores candidatos al título. El 19 de julio la albiceleste cerró su participación en el Grupo “B”, con otra actuación en la que Roma le bajó la persiana al arco en el 2 a 0 ante la selección de Suiza: cabe acotar que ese encuentro se jugó en el “Hillsborough” de la ciudad de Sheffield, estadio que 23 años más tarde sería testigo de una de las peores tragedias de la historia del fútbol mundial.

Argentina estaba entre los mejores 8 de un Mundial después de varias décadas. Pero al terminar (por diferencia de gol) segundo en su zona, debía cruzarse con el ganador del Grupo “A”… que no era otro que Inglaterra; país que al margen de ser el organizador, necesitaba imperiosamente dejar atrás la saga de fracasos mundialistas inaugurada en Brasil ´50, cuando había decidido dejar atrás su política de aislamiento deportivo.

El 23 de julio, en el mítico Wembley donde 15 años atrás un arquero argentino había hecho historia, Roma y sus compañeros tenían por delante la difícil misión de batir al seleccionado de Alf Ramsey. Y más allá del polémico arbitraje del alemán Kreitlin, quien expulsó incomprensiblemente a Rattin, hay que decir que Argentina salió a aguantar el empate y poco más, por lo que cuando Geoff Hurst, de cabeza, abrió el marcador a falta de 12 minutos para el final, a Lorenzo y los suyos se les quemaron los papeles.

Igualmente, al terminar el partido el “Tano” seguramente no tenía nada que reprocharse a sí mismo. Había llegado a ese torneo con sed de revancha y puede decirse tranquilamente que a nivel individual cumplió con creces en esa copa del mundo. Y fue el arquero del equipo argentino con mejor performance en el torneo entre 1930 y 1978, para más datos.

Al año siguiente de Inglaterra ´66,  se dio su última participación con la celeste y blanca. Fue en el Sudamericano que ganó Uruguay y en el que Argentina fue subcampeón, tras caer 1 a 0 en el “Centenario” ante el local en el encuentro decisivo, con gol de Pedro Virgilio Rocha. En suelo uruguayo, y en un torneo en el que no estuvieron brasileños y peruanos por propia decisión, Roma jugó el último de los 42 encuentros en los que defendió el arco argentino, heredando la posta de un Amadeo que en su momento no quiso saber más nada con la selección, más allá del breve retorno que tuvo en 1964.

Tras el retiro de la práctica activa, Roma no se mantuvo vinculado al mundo del fútbol. Se dedicó a los seguros e incluso a principios de la década del ´70 abrió una agencia de Prode en el microcentro porteño.

Si algo no se puede medir ni pesar de forma alguna, es lo que Antonio Roma significó para la historia de Boca y para los hinchas que vivieron cómo se construía la leyenda en uno de los clubes más importantes del continente. Por supuesto que para meterse en el alma de la gente tuvo que ganar algunas cosas, aunque sin embargo, se sabe que con eso solo no alcanza. “Tarzan” fue distinto porque la gente lo tomó como un símbolo del club. Y le reconoció que lució durante muchísimo años como un arquero hecho a la medida del mismo, como que hubiera nacido para jugar allí.

Arriesgado, valiente, con muy buenos reflejos, seguro de arriba y con un saque con las manos que llegaba hasta el medio de la cancha, Roma integra la galería de notables arqueros argentinos de la década del ´60, más allá de que su trayectoria profesional se extendió desde la segunda mitad de los 5o´s hasta comienzos de los 70´s.

Dueño de una autoestima muy elevada, la cual a veces podía rozar la soberbia para algunos, pero necesaria en el puesto más ingrato que tiene el fútbol, Roma era distinguido entre sus compañeros como “un Tano pintón y fanfarrón”. Más de una vez, alguno de los que compartieron tantas tardes de gloria junto a él, recordó que  “Tarzan” pronunciaba muy seguido en el vestuario, antes de salir a jugar, la siguiente frase: “Tranquilos muchachos, tranquilos que hoy las salva Papito”.

Sus últimas décadas transcurrieron en Lugano, allí donde todo había comenzado. El tipo gozó de la idolatría de los propios y del respeto de los ajenos, quienes le reconocían su condición de gladiador de una época dorada y además, el hecho de jamás haber boqueado de más contra los rivales. Cada tanto lo convocaban desde algún medio, sobre todo en los aniversarios del famoso penal atajado a Delem.

Inclusive, en diciembre del año 2012, previo al partido que Boca le ganó 2 a 1 a Godoy Cruz (en el último partido de Julio Falcioni como entrenador del club antes de un nuevo retorno de Carlos Bianchi) recibió Roma de parte de la dirigencia un par de plaquetas: una, junto a compañeros como Rattin, Simeone y Marzolini, por los 50 años del título de 1962; y otra, a título personal, en reconocimiento por haber atajado un penal que cambió la historia. Pero lamentablemente, el agasajo pasó casi desapercibido, ya que la multitud presente en “La Bombonera” estaba más pendiente de insultar al presidente Angelici y al DT saliente, que de aplaudir a los héroes de otro tiempo.

Muy poco tiempo después su salud se deterioró, y víctima de un virus intrahospitalario, el protagonista de esta historia falleció el 20 de febrero de 2013, en la misma ciudad de Buenos Aires donde había nacido 80 años antes. Tras su muerte, Rubén Sánchez, el arquero que casi tímidamente lo reemplazó en el arco “Xeneize” sin poder jamás alcanzar su idolatría o sus logros lo recordó con estas palabras: “Roma cubrió el arco de Boca durante doce años y siempre me dio el máximo ejemplo como profesional”. Todo dicho.

Antonio Roma, o simplemente “Tarzan”. Un verdadero grande sin tiempo.

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