Grandes fotos de la historia del fútbol, Vol II

Continuamos el repaso a aquellas fotos icónicas / famosas del fútbol mundial, o al menos aquellas que tienen una historia que vale la pena de ser contada. 

La ira de los menospreciados

La fase final de la Eurocopa ha tenido varios cambios de formato a lo largo de su historia, incluyendo este último de 24 selecciones entre las que se pueden colar Abjasia y Felicidonia. Entre 1968 y 1976 eran cuatro los finalistas, sobrevivientes después de rondas previas de eliminación; para 1976 Holanda, Alemania, Checoslovaquia y Yugoslavia disputaron el título europeo en este último país. Los dos finalistas del Mundial de 1974 eran los favoritos lejos para llevarse el título, y el sorteo que agrupó a alemanes contra yugoslavos en una semifinal y holandeses contra checoslovacos en otra, parecía ni pintado para que los grandes candidatos repitieran final internacional dos años después de la de Munich.

Los naranjas llegaron enfilados para la semifinal: quedaron de primeros en un durísimo grupo clasificatorio sobre potencias como Polonia e Italia, y luego se comieron crudos a sus eternos rivales los belgas con un 5-0 y 2-1 en cuartos de final, con el gran Johan Cruyff luciendo un nivel superlativo en todo el torneo. Por otro lado nadie contaba con los checoslovacos, a pesar de haber eliminado en primera fase a Inglaterra – que estaba en medio de la década más oscura como selección: se perdió dos mundiales y dos Eurocopas seguidas – y luego se dieron el gusto de sacar a Unión Soviética en cuartos. Así que era más que obvio el favoritismo de los holandeses sobre los checoslovacos en la semifinal ese 16 de Junio de 1976 en el Maksimir Stadion de Zagreb, que inició en medio de una feroz lluvia que venía cayendo copiosamente desde el día anterior, y que al final terminó emparejando las condiciones de ambos rivales.

La torrencial lluvia fue el motivo que aprovechó el árbitro galés Clive Thomas – a la postre muy cuestionado por su actuación en el partido – para chupársela a Johan Cruyff en el sorteo de campo con los capitanes: a modo de chascarrillo cordial, le sostuvo un paraguas para protegerlo de la lluvia. La broma generó la complacencia de la megaestrella holandesa – muy amante de los gestos así – y risas en los presentes. Bueno, en casi todos: como se ve en la foto de arriba, al capitán checoslovaco Anton Ondruš no le gustó ni mierda el gesto servil hacia su rival de esa noche en Zagreb. Se desquitó colocando el 1-0 en el partido y aunque después metió mal el pie para el autogol que empató y mandó el encuentro a tiempo suplementario, fue uno de los pilares defensivos de su seleccionado para el 3-1 final a favor. La foto que mostramos acá nos gusta más que la que linkeamos arriba, porque muestra en toda su dimensión el desprecio / molestia / rabia del defensor checoslovaco ante la chupada de pija al crack holandés.

El Emperador

De todos los momentos “casi título” que la selección Argentina ha sufrido desde 1993, ese del 25 de Julio de 2004 en el Estadio Nacional de Lima es, digámoslo así, especial. Porque fue un casi en la primera final alcanzada en la era de sequía post Copa América de Ecuador, con una base que venía del peor estrellón de las últimos tres décadas de la selección, porque eran dirigidos por el mismo DT protagonista de ese fracaso. Ah, y detalle no menor: porque fue precisamente contra Brasil.

Es que, para más frustración, el 2-1 a favor cayó en el Minuto 87 por obra del Chelito Delgado, lo que implicaba que la Albiceleste solo tenía que aguantar 3 minutos más lo que añadiese el árbitro para exorcizar un poquito siquiera los demonios de 2002. Pero en el minuto 92:37 apareció uno de los últimos cracks paridos en Brasil: Adriano Leite Ribeiro tomó un balón suelto en el área argentina después de un ollazo desesperado de los brasileños y se mandó un frutazo que empató el encuentro y mandó a la mierda las celebraciones anticipadas y las Bielsadas como la de meter a un defensor por un delantero (Quiroga por Tévez) en tiempo de descuento. Empate que celebró el gran delantero brasileño corriendo y revoleando su camiseta con gesto de desafío más que de euforia, como se muestra en la foto. En los penales fallaron D’Alessandro y Heinze y el bielsismo sumó otro fracaso… pero la culpa en gran parte fue por la clase del gran Adriano.

La sorpresa danesa

Creo que todos conocemos la historia de los daneses en la Eurocopa de Suecia 1992. Originalmente habían quedado eliminados de la fase final del torneo, tras terminar segundos en su grupo debajo de Yugoslavia, pero a última hora  – literalmente: once días antes del inicio del torneo – fueron invitados a participar debido a la exclusión de los yugoslavos a causa las sanciones impuestas por la ONU debido a la Guerra de los Balcanes. Sí, por la ONU: la UEFA no quería sacar a los yugoslavos del torneo, pero se vieron obligados a hacerlo porque el veto de aquel organismo se amplió a lo deportivo y ahí si ni modo.

Por lo que los daneses tuvieron que rearmar su equipo de nuevo para la competición, arrancando a los jugadores de sus vacaciones o pretemporadas con sus clubes. Para el torneo continental se les asignó el papel de relleno en primera ronda en el grupo que compartía con la local Suecia, Inglaterra y Francia, no solo por su condición de clasificado_por_la_ventana sino por sus pocas figuras o conocidos: el gran Peter Schmeichel y Brian Laudrup más un veterano John Sivebaek eran los estandartes que se complementaban con muchos desconocidos que en su mayoría jugaban en la liga local. Pero los daneses dieron el batacazo al clasificar de segundos a siguiente fase, ganándole el cupo a la Francia de Cantona y Papin con un sorpresivo 2-1 en la última fecha de su serie. En semifinales vencieron a la ultrafavorita Holanda por penales, en un partido durísimo que quedó 2-2 en tiempo regular, y en la final le ganaron contra todo pronóstico a Alemania por 2-0 completando una de las historias de underdogs más famosas del fútbol mundial.

Hay que decir que a pesar del aura romántica que generó con el tiempo ese equipo, su estrategia era la poco vistosa de abroquelarse atrás y aguantar, confiar en San Smeichel y esperar que se las ingeniasen los pocos que quedaban arriba. Y es que también les salieron absolutamente todas en ese verano sueco: lo vemos por ejemplo con el dato que su goleador fue Henrik Larsen con tres tantos, del total de… cinco que hizo con su selección en los 39 partidos que jugó. O que el autor del 1-0 parcial en la final fue John “Faxe” Jensen, duro volante defensivo del Brondby que nunca había marcado un gol en 48 partidos internacionales (!!). Pero LA historia fue la del volante – mediapunta Kim Vilfort, veterano del Brondby (en el que jugó casi toda su carrera) y autor del 2-0 en la final. Vilfort tenía la mente en parte en el torneo y en parte en su casa, en la que su hija de siete años luchaba contra una leucemia, y que lo obligó a viajar a su hogar dos veces durante el torneo aprovechando la cercanía geográfica con Suecia (por esto se perdió la semifinal contra Holanda). Cuando marcó el 2-0 en una jugada de mucha clase, la celebración comunal fue muy emotiva, y eso se refleja en la foto que compartimos acá, una mezcla de “No lo puedo creer” con la emoción por el compañero en plena tragedia personal. Lastimosamente, la hija de Vilfort murió diez días después.

Hooligans

Violencia y desmanes en el fútbol siempre existieron en Inglaterra, pero fue a partir de los años 60 en que el asunto comenzó a crecer, fomentado por el ambiente de decadencia y malestar general que vivía la nación, en una grave crisis económica y con su papel en el mundo fuertemente disminuído. Ya en los años 70 y 80 la cosa se volvió incontrolable hasta el punto máximo de Heysel en 1985, a partir del cual se hicieron controles más fuertes y alejaron el hooliganismo de los estadios. Porque no lo han acabado ni poquito, solo han evitado que se vean en vivo…

La Eurocopa de 1980 en Italia vivió un episodio particular en el debut de Inglaterra frente a Bélgica por primera fase, el 12 de Junio de 1980 en el viejo Stadio Comunale de Turín. Los ingleses por primera vez en años tenían un buen equipo – con 19 campeones europeos de clubes en su nómina (!!) –  que había arrasado en su grupo clasificatorio, por lo que eran favoritos para pelear el cupo a la final con los italianos. El partido contra los belgas lo comenzaron bien con un gol de Ray Wilkins a los 26 minutos, pero rapidito empató Jan Ceulemans. Y aparentemente ese gol desató la ira de los miles de hinchas ingleses que estaban en el estadio – casi todos detrás de la portería de Ray Clemence -, que al ver como los aficionados italianos celebraban rabiosamente el tanto, se dispusieron a, ehhh, intercambiar opiniones al respecto con ellos. La policía antimotines italiana quiso calmar los ánimos, y actuó con la sensatez e inteligencia que suelen mostrar en esos casos: arrojaron gas lacrimógeno a los hinchas ingleses…

Esto ocasionó un desmadre general que, afortunadamente, no generó víctimas (probablemente porque las tribunas no estaban llenas). El humo se expandió por todo el estadio y los jugadores de ambos equipos fueron afectados, con lo que se paró el partido; se reanudó cinco minutos después pero el marcador no se movió. Posteriormente los ingleses perdieron con Italia y le ganaron a España, pero los clasificados a la final fueron los emergentes belgas. Lo deportivo, sin embargo, pasó a un segundo plano por el comportamiento de los hinchas ingleses, que motivaron al alcalde de Turín a amenazar con suspender el partido siguiente de estos, y a la PM Margaret Thatcher por esos días en una reunión europea en Venecia a pedir disculpas y llamar el suceso como “deshonroso”. Fue en ese torneo que el hooliganismo inglés hizo su entrada a nivel de los grandes eventos, y se convirtió definitivamente en un problema inmanejable para el mundo del fútbol.

La foto muestra a unos enfurecidos hinchas ingleses protestándole a la policía italiana porque los gases afectaron a la chica que iba con ellos. Bueno, ¿Y quién te manda a llevar niños al estadio, you silly bastard?

La sorpresa chilena

El status continental de Chile en fútbol era medio raro: uno la respetaba por ser tradicional, por verla con cierta frecuencia en Mundiales y porque vivía en el barrio de los ricos, pero a la hora del té su palmarés era penoso (por no decir inexistente). Tampoco lo ayudaban sus registros en los enfrentamientos contra los tres grandes del continente: todos negativos ante Brasil, Argentina y Uruguay, un poco menos con los charrúas pero abrumadoremente en contra con los dos primeros. Para la Copa América de 1987, por ejemplo, a Brasil solo le habían ganado cuatro veces – una solamente en partidos oficiales – en 44 encuentros, con 32 derrotas y 8 empates, y traemos esto a colación porque en ese torneo les tocó a los chilenos enfrentarse a sus papás brasileños en el mismo grupo de la primera fase, que compartían con Venezuela.

Sobra decir que la verdeamarelha era la favorita lejos de quedar primera en su grupo y obtener el cupo a las semifinales. Y cuando golearon en su debut a Venezuela 5-0 y los chilenos lograron en la siguiente fecha un insuficiente 3-1 sobre los que aún no apreciaban como objeto de valor un rollo de papel higiénico, parecía que iba a darse la lógica: Brasil solo necesitaba empatar con La Roja en el último partido del grupo para clasificar. ¿Y quién iba a imaginar que la poderosa Brasil de Josimar, Ricardo Rocha, Julio César, Valdo, Müller y Careca (más un aún desconocido Romario que entraba desde la banca) iba a perder con Chile?

Los chilenos no eran un equipo de talla mundial pero tenían sus argumentos: orden defensivo, juego utilitario e intenso y sobre todo el aporte fundamental del gran Roberto “Cóndor” Rojas en el arco, el defensa Fernando Astengo, los volantes Héctor Puebla y “El Coque” Contreras y los delanteros Ivo Basay y Juan Carlos Letelier, no todos ellos conocidos antes de este torneo. Lo fueron después del partido que los enfrentó a Brasil el 3 de Julio de 1987 en el Chateau Carreras de Córdoba, en el que no solo ganaron sino que le dieron una paliza con revoleada de dedo histórica a los desconcertados brasileños. Estos pagaron su relajada en el primer tiempo con un gol del delantero Ivo Basay a los 41 minutos, y para el ST los de amarillo salieron a atacar con mucho desespero y poca claridad, estrellándose continuamente contra la defensa chilena  y el gran portero “Cóndor” Rojas. Así fue que los chilenos los mataron a traición (no pun intended) a punta de contragolpes: dos de Juan Carlos Letelier y uno más de Basay colocaron el asombroso 4-0 que los mandó a semifinales, la que superarían para perder en la final con Uruguay. La foto muestra a los australes saludando al público post partido con Brasil, con el fondo resaltando el tablero electrónico con el inesperado resultado.

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