Grandes arqueros argentinos: Néstor Martín Errea

En una nueva entrega de la sección, vamos con la historia de uno de los mejores arqueros de los 60´s. Creador de un estilo propio y hombre sin pelos en la lengua, alternó éxitos y fracasos, quedando en el aire la sensación de que podría haber dado más.

Qué difícil resulta describir en pocas palabras al “Flaco” Errea. Técnicamente, es indudable que fue uno de los arqueros más dotados que haya parido la Argentina, a punto tal de ser considerado por muchos como el creador de un estilo propio. Pero lo que tenía de clase y de técnica, según sus críticos le faltaba en cuanto a fibra o temperamento;ello sin perjuicio de que le achacaban cierta falta de potencia física: era alto y desgarbado, lejos del prototipo que se había instalado para el puesto a partir de la década del ´50.

Néstor Martín Errea nació el 27 de abril de 1939 en la Ciudad de Buenos Aires, en el barrio de Almagro para ser más exactos. Desde muy chico le gustó el fútbol y sobre todo, atajar. En tal sentido, esto declaró a la revista “El Gráfico” pocos meses de su debut en la máxima categoría del fútbol argentino, consultado acerca de por qué había querido ser arquero, un puesto al que tantos le escapan: “¡Qué sé yo! No podría explicarlo. Cosas de chiquilín, me pareció el puesto más fácil. Lo cierto es que la primera vez que jugué en la calle pedí que me mandaran al arco… ninguno se opuso, todos contentos y yo sin entender su alegría en ese momento”. Y cuando en ese mismo reportaje -publicado el 20 de enero de 1960- el cronista le preguntó si le seguía pareciendo fácil atajar, esta fue su contundente respuesta: “Todo lo contrario, es algo dificilísimo. Pero eso sí: con atracción, encantos y características que lo diferencian -pese a ser el mismo juego- de los restantes puestos de un equipo. Son virtudes privativas de los arqueros”.

Sacachispas: los comienzos

En 1957 y cuando sólo contaba con 18 años de edad, Errea ya ocupaba el arco del primer equipo de Sacachispas FC, el modesto club de Villa Soldati que había sido fundado en el ´48 y que militaba en el tercer escalón del fútbol de la AFA. Respecto a sus inicios, en la citada entrevista esto manifestó el arquero: “No tuve, como casi todos los jugadores, antesala de potrero. Fui directamente de la calle a la cancha prácticamente, cuando quise darme cuenta estaba jugando en un club afiliado a la AFA. Don Héctor Rama, a quien mucho agradezco todo lo que hizo por mí, me llevó en el año ´57 a Sacachispas. Jugué poco tiempo en su quinta división y esa misma temporada me subieron al equipo que intervenía en el campeonato de Segunda de Ascenso (N.deP.: la cual pocos años después comenzó a llamarse Primera “C”)”.

Pese a su corta edad, el hecho de ser titular en un campeonato tan duro, sumado a sus buenas actuaciones, llamó la atención de los directivos de un club de la máxima categoría. Ese club era Atlanta, que en esos tiempos vivía una época dorada a nivel institucional y comenzaba a vivirla en lo deportivo también… y en buena medida, para que ello ocurriera fue muy importante la llegada del flaquito ese por el que muchos no daban ni dos pesos cuando lo veían ubicarse en un arco.

Así fue que tras el pago de una buena suma de dinero por su pase, en febrero de 1958 Errea cambió el barro de los sábados por el glamour de los domingos, dejó Soldati y se mudó a Villa Crespo para transitar una de las mejores etapas de su carrera.

Atlanta: el salto a la fama

En su nuevo club, atento al salto de categorías y sobre todo a su juventud, debió esperar un poco para tener su bautismo en la elite. Así fue que durante el ´58 solamente pudo atajar en el torneo de Reserva, ya que el histórico Ángel Rocha era dueño absoluto del arco de la primera del “Bohemio”. El “Gordo” llevaba varias temporadas como titular indiscutido y Don Victorio Spinetto, a la sazón técnico del equipo, quiso ir llevando despacio a la joven incorporación. Pero en la temporada siguiente, Errea recibiría un guiño del destino para tener su estreno en la máxima divisional.

Sucede que para el torneo de1959, la AFA introdujo la primera modificación reglamentaria en materia de sustituciones desde que se instauró el profesionalismo: en caso de lesión del arquero titular -comprobada por el árbitro- podría ingresar en cualquier momento del partido un guardavalla suplente, quien debía firmar la planilla como sus 11 compañeros antes del inicio del encuentro.

La nueva disposición se puso en práctica con la disputa de la primera fecha, el 3 de mayo. Todos los cuadros salieron ese día con un arquero suplente y en el cotejo que Atlanta le ganó 3-1 a Racing -campeón vigente- Errea tras disputar el partido de la Reserva se dio el gusto de salir a la cancha como único suplente de su equipo. Pocas semanas más tarde, en el 2-2 de la 10º fecha con Huracán, le llegó el bautismo de fuego: Rocha se lesionó a falta de 5 minutos y Adolfo Mogilevsky (preparador físico interinamente a cargo del team) mandó al golero de relevo a la cancha.

Luego de un partido en que fue suplente nuevamente, en la 12º jornada tuvo Néstor su estreno como titular y lo hizo muy bien: su equipo rescató un punto ante Central y él mantuvo el arco invicto en la siempre riesgosa visita a Rosario. Cabe agregar que ese día también jugaba su primer partido oficial de campeonato en el “Bohemio” Luis Artime, notable delantero que sería pilar junto a Errea en el buen período 1959-61 que vivió el club identificado con la colectividad judía de Buenos Aires… casualidades del destino, ambos debutaron como titulares la misma tarde y se fueron del club al mismo tiempo, tras grandes campañas que llamaron la atención de las entidades más poderosas del fútbol nacional.

Desde ese día y hasta el final del torneo, salvo en dos encuentros Errea (que terminó el año con 18 presencias) fue el arquero titular auriazul, que venía de ubicarse en el 5º lugar en el ´58 y en una digna actuación terminó en el 7º puesto, sobre 16 participantes.

Atlanta en 1959

Ya en 1960 Errea se constituyó en titular indiscutible del equipo de Villa Crespo, jugando 28 cotejos y faltando solamente a un par: esos fueron los últimos de un Rocha que así cerró su prolongado ciclo como arquero de Atlanta. La campaña -en la que primero dirigió Manuel Giúdice y luego agarró como conductor un Osvaldo Zubeldía que hasta pocos meses antes había sido compañero suyo-no fue buena, dado que el equipo terminó en el 11º puesto y con 21 goles más en contra que en el campeonato anterior.

No obstante ello, aquella temporada permanecerá imborrable en la memoria colectiva del club de Villa Crespo, ya que en abril obtuvo su primer y único título oficial en Primera División -al ganarle la final de la “Copa Suecia” 3-1 a Racing- y un par de meses después se inauguró el actual estadio de la calle Humboldt al 300.

En 1961, ya con Zubeldía asentado como DT y con Errea llamando la atención de los clubes “grandes” por sus buenas performances, Atlanta volvió a cumplir una excelente campaña: terminó en el 4º puesto, a solamente 5 puntos del Racing campeón. El “Flaco” nuevamente arrancó el año como dueño del arco y fue titular durante la primera rueda, pero luego de un empate 1 a 1 con Estudiantes en casa (por la 17º fecha), en el que tuvo responsabilidad en el empate visitante ocurrido a sólo 6 minutos del final del encuentro, comenzó a atajar Miguel Sánchez, su suplente.

¿Qué fue lo que pasó? El tipo salió algo displicente a cortar un centro, no pudo retener la pelota y Pereyra aprovechó para mandarla a guardar. Ese error contra el “Pincha” mandó al freezer al guardavalla, quien volvió al arco recién en la 28º fecha, en un gran triunfo como local 3-2 ante Boca. Luego de atajar también en la penúltima fecha (empate 1-1 en Paternal contra AAAJ), la despedida de Errea del “Bohemio” se materializó ante su gente, en el marco de un anodino 0-0 frente a Ferro por la jornada final.

Ello en virtud de que a fines del ´61, el presidente León Kolbowski vendió a los clubes más importantes del país a cuatro de sus futbolistas titulares: el golero y Alberto Mario González jugarían en 1962 para Boca Juniors, mientras que Artime y Mario Griguol harían lo propio para River Plate.

En las casi 3 temporadas que pasó en Atlanta, Errea patentó un estilo propio, con la aceptación de muchos futboleros pero también, con la crítica impiadosa de los que no podían soportar que un arquero hiciera lo que él cada domingo: era salidor, pero llevaba más lejos los límites que había marcado el gran Amadeo Carrizo, le gustaba achicar frente a las incursiones de los delanteros y además fue de los primeros que se animó a utilizar el pie para jugar, como si fuera uno de los otros 10 que vestían la camiseta de su equipo. No tuvo en cambio la espectacularidad de los arqueros voladores, cualidad que era una marca registrada en la larga tradición de grandes guardavallas del fútbol argentino, como Américo Tesoriere, Sebastián Gualco, Julio Cozzi, Fernando Bello, Rogelio Domínguez y Miguel Rugilo, por citar a los más destacados de las primeras décadas del profesionalismo.

En tal sentido, cabe destacar que al igual que a su discípulo Hugo Orlando Gatti (“Yo inconscientemente asimilé cosas de los grandes, como Amadeo, Errea o Yashin, que fueron los tipos que más me impactaron. Néstor fue un adelantado en el tiempo, el arquero más fino que yo vi en toda mi vida”), quien lo reemplazó en el “Bohemio” a partir del ´62, fue criticado y resistido por su estatismo frente a disparos con destino de red que él consideraba inatajables por el lugar donde se anidaba la pelota.

Asimismo, esto dijo en aquellos años sobre el tema: “Yo muchas veces veo el gol antes que ocurra, por eso me quedo parado. Tirarse vanamente sabiendo a ciencia cierta lo imposible de alcanzar siquiera a tocar la pelota es absurdo, tonto. La calificación del público vale como opinión pero no como concepto. Algunos goles, aparentemente bobos, son todo lo contrario. Dependen desde donde los miren. Lo ideal seria mirarlos desde el propio field… muchos goles pese a dolerme íntimamente, no me afligen porque los canto apenas salen del pie; por eso la razón de ningún movimiento o esfuerzo para evitarlos”.

Su gran ciclo en Atlanta se cerró con 66 partidos jugados -65 por campeonato local y el restante en la citada final de la “Copa Suecia”- y 86 goles recibidos, 10 de ellos de penal. Pero al margen de cuestiones estadísticas, fue tan bueno su desempeño en esas 3 temporadas que para quienes lo vieron atajar, y aún contra la opinión del propio protagonista, en Villa Crespo se vio la mejor versión de Errea.

Un Errea que gustaba -y mucho- de ver y analizar el fútbol. Prueba de ello es que con apenas 20 años, era capaz de dejar estos conceptos: “El fútbol comencé a mirarlo bien, a analizarlo y definirlo cuando tenía más o menos unos quince años. Lo hecho anteriormente era para mí instintivo, consecuencia de nada más que de la edad irreflexiva. Este deporte es acción de conjunto, colaboración colectiva imprescindible y el arquero una pieza vital, como todas, en ese engranaje que une a once hombres”.

Además, ya desde muy joven dejaba bien en claro quién era el mejor a su juicio y por qué decía eso: “Cuando vi jugar a (Amadeo) Carrizo me convertí en su más grande admirador y pretendido imitador, porque el me enseñó siendo yo espectador, la base fundamental de la función. ¿Qué virtudes le noté? Todas. Ninguno lo emula en juego y estilo. Lo sabe todo y estimo, si se me permite una reflexión, que así como lo hace él deben jugar todos los arqueros. Es un tercer back: dirige, traza imaginariamente una línea que le permite dominar todos los ángulos y se mueve guiándose por los puntos de referencia que son zagueros o medios. Además, controla y moviliza a los defensores ubicándolos, impidiéndoles que se adelanten demasiado o retrocedan dando margen y ventaja al rival. Pone a cada hombre donde debe estar”.

La selección: una amarga experiencia

Pero antes de proseguir con el repaso de la carrera del protagonista a nivel de clubes, conviene hablar de lo que fue su breve y polémico paso por el seleccionado argentino. Ello en virtud de que sus pocas presentaciones, tanto a nivel juvenil como mayor, se dieron mientras todavía defendía los colores de Atlanta. Después de su partida, el tipo jamás volvió a ser convocado a la albiceleste, pese a las opiniones de aquellos que consideraban que por sus condiciones técnicas, Errea se encontraba entre los mejores arqueros del país.

La historia de Néstor con la selección comenzó casi simultáneamente con su arribo desde Sacachispas a Villa Crespo, a comienzos del ´58. Para sorpresa de muchos, el ignoto arquero era convocado al combinado que participaría en el II Sudamericano Juvenil, a jugarse en Chile en marzo de aquel año, y la movida no dejaba de llamar la atención porque se trataba de un tipo surgido en el fútbol del ascenso. En ese torneo -en el que Argentina fue subcampeón- Errea tuvo un aceptable nivel, compartiendo equipo con Ermindo Onega, Norberto Raffo y Roberto Marcos Saporti, entre los futbolistas que tuvieron más destacado recorrido.

Ya en 1959, habiendo comenzado a jugar en la primera de su club y con el recuerdo fresco de esa buena actuación juvenil, fue convocado por una gloria de nuestro fútbol para integrar la selección mayor que participó del Sudamericano Extra, segundo torneo de selecciones que se jugaba ese año, en este caso en Ecuador y en el mes de diciembre. El DT era nada menos que José “Charro” Moreno, quien también llamó a dos compañeros suyos: Rodolfo Bettinotti y Carlos Timoteo Griguol. El joven guardameta atajó sólo en el primer partido del campeonato (en los demás fue titular Osvaldo Negri, arquero del Racing campeón ´58), el cual terminó con triunfo argentino sobre Paraguay por 4-2.

Con la selección en 1961

Un par de años después le llegó una nueva convocatoria para integrar el equipo nacional, que salía de gira a Europa para disputar varios cotejos pensando en el Mundial del ´62. En un tiempo donde la AFA cambiaba de entrenadores casi todos los días (?), ahora estaba al mando el viejo Spinetto, alguien que conocía muy bien a Errea por haber dado el ok algunos años antes para que llegara al “Bohemio”. Sin embargo, esa gira se transformaría en un amargo trago para el arquero, quien apenas jugó 45 minutos en la misma y nunca más jugó para la albiceleste… por razones deportivas, y de las otras.

15 de junio de 1961, Firenze. En el marco del tercer match de la gira europea y al cabo de los 45 minutos iniciales, pese a contar con destacadas figuras como Federico Sacchi, José Ramos Delgado, José Sanfilippo, el “Marqués” Sosa y el “Loco” Corbatta, al entretiempo Argentina pierde 3-0 ante Italia, con goles convertidos irónicamente por jugadores nacidos en este suelo pero nacionalizados para la “Azzurra”: Néstor Sívori (2) y Francisco Loiácono.

La actuación de Errea -quien en el descanso fue sustituido- fue muy criticada, ya que por atajar bastante adelantado como solía hacer, se comió 3 goles que posiblemente podían haberse evitado. De hecho, cuenta la leyenda que el “Cabezón” Sívori se le acercó en un momento y con un dejo paternal le dijo: “Pibe, no atajes más tan adelantado porque si no te vamos a llenar la canasta”.

A pesar de ser un simple amistoso (el resultado final fue 4-1), ese encuentro ante los italianos fue para Errea una bisagra, un antes y después en una carrera que apenas estaba comenzando. Quienes criticaban su estilo, que no eran pocos, se agarraron de esa mala noche y lo destruyeron, aunque tampoco él colaboró demasiado que digamos.

¿Cómo es eso? Lo que sucede es que Errea nunca se guardaba lo que pensaba, era tal vez el jugador “anti-casette” por excelencia en aquellos tiempos. Entonces, al regresar a Ezeiza tras la gira y ante la requisitoria de la prensa, en vez de guardar silencio y mantener un bajo perfil, emprendió el camino opuesto.

A continuación compartimos algunas de las perlas que tiró en el invierno del ´61, en el vestuario visitante de la cancha de Gimnasia tras un partido jugado con su club:  “(Antonio) Roma tiene mucha potencia física, pero de arco sabe poco; (Roberto) Blanco habla demasiado, arriesga demasiado. En el partido que le tocó jugar, jugó la particular, no en equipo; (Rubén) Navarro tiene mucha potencia física y pocos conocimientos de fútbol. Se preocupa por aprender, pero creo que va a ser muy difícil que aprenda más de lo que sabe”. Pero eso no fue todo lo que declaró. Aún había críticas para otros compañeros, incluso en términos más duros: “(Héctor) Guidi corre mucho con la pelota. Sabe muy poco. Puede ser útil interceptando, defendiendo. No tiene fuerza ofensiva. (Silvio) Marzolini es un joven mental. Un poco abúlico, un poco apático, a veces hasta temeroso, como cuando salta se da vuelta para que no le peguen, digamos, en la cara. Es inteligente pero no tiene fibra”.

Casi nadie se salvó del análisis demoledor de Errea aquella tarde. A unos pocos los elogió pero igualmente con algo para criticarles, tales los casos de Ramos Delgado (“es quizás el mejor jugador de esta defensa. Se pasa, a veces por exceso de suficiencia, pero es el que tapa o el que llega a casi todas las jugadas que pueden producirse por errores de sus compañeros”), Carmelo Simeone (“Como Roma, tiene mucha potencia física. Sabe pegarle poco a la pelota, pero es un valor muy alto defensivamente”) y Ricardo Ramacciotti (“A la pelota le pega como los dioses y atacando es muy eficaz, pero tiene límites. Le falta pique para ir adelante y para hacer relevos con sorpresa, que así entiendo que deben ser los relevos, nunca anunciados. No puede defender, es unifuncional”).

Sin hacer ninguna autocrítica sobre su pálido desempeño en Firenze -de hecho siempre afirmó que los goles habían sido mérito de los delanteros rivales- al único compañero que elogió sin retaceos fue a un joven Rafael Albretch: “Es muy buen jugador, lo veo bien. Tiene apenas 19 años. Su don de gentes le ayuda a jugar bien al fútbol. Es serio y tiene poder ofensivo”.

Y hasta tuvo tiempo de atender al grupo de periodistas que había acompañado a la selección en su periplo europeo. Estas fueron las palabras que les dedicó: “Fue negativo en un 80%, el 20% restante, por lo menos, es gente. Dicen las cosas como creen verlas, no inventan. Yo creo que el periodismo es más bien sensacionalista. Quieren despertar el interés del público mediante informaciones subidas de tono”.

Casualmente -o no tanto- tras esa pésima actuación y sus rimbombantes declaraciones, ningún DT volvió a confiarle el arco de la selección a uno de los más talentosos aunque irregulares arqueros que tuvo la Argentina en la década del ´60, y eso que pasaron muchísimos entrenadores en ese lapso. Su ciclo en la mayor se cerró con apenas un partido y medio, aquel de 1959 ante los paraguayos y los fatídicos 45 minutos ante Italia… muy poco para un tipo de sus condiciones.

Boca Juniors: la gran frustración

Luego de que Boca comprara su pase a fines del ´61, y tras casi 3 años de muy buenas actuaciones en un equipo “chico”, había que ver si Errea daba la talla para jugar en una institución como la de la ribera. El presidente Alberto J. Armando lo llevó por su talento pero también para que compitiera con Antonio Roma, quien había llegado en 1960 al club y no terminaba de dar plenas garantías.

El “Xeneize” no podía campeonar desde el lejano 1954 y la cosa ya empezaba a tomar cariz de obsesión para el famoso presidente y de ahí hacia abajo para todos los boquenses. En lo relativo al arco, se daría una pulseada más que interesante: Roma era los reflejos, el atajar basándose en la potencia de piernas y un tipo de gran porte que confiaba a muerte en sus condiciones. Errea era lo opuesto, no intimidaba a nadie físicamente, no le gustaba volar al pedo y trataba de achicar lo más que podía los ángulos, a veces arriesgando al filo de la locura.

Y más allá de que en ese primer año de competencia (en el que el CABJ por fin cortó su sequía) la cosa estuvo bastante pareja entre ellos, hay que decir que en los muchos años que compartieron plantel claramente la pulseada la ganó el “Tano”. Para ello basta decir que entre 1962 y 1965, cuando Boca ganó 3 de los 4 torneos locales disputados, Errea solamente participó en 19 ocasiones, mientras que Roma lo hizo en 91 oportunidades. Ello, con el agravante de no haber podido jugar ni un minuto en el torneo del ´64, cuando el “Xeneize” fue campeón con una defensa de hierro y Roma como figura relevante.

Boca de 1962

Más allá de que su paso por Boca no fue ni por asomo lo que él soñó seguramente, convengamos que tampoco tuvo la suerte de su lado, o al menos el debido respaldo desde el banco. ¿Cómo es eso? Es que en el torneo del ´62, el primero que jugó Errea en el club y en el único de los 3 obtenidos que verdaderamente se sintió campeón, tras comenzar como suplente de Roma en las primeras 5 fechas, al terminar el parate post-mundial y con un “Tano” deprimido, el técnico José D´Amico confió en el “Flaco” para ser titular cuando se reanudó el sorteo: eso fue el 17 de junio y los de la ribera se trajeron un buen 0-0 desde Arroyito.

A partir de esa tarde Errea jugó otros 9 partidos consecutivos, en los que Boca sumó 4 triunfos al hilo: 1-0 a GELP y 3-0 a Racing en casa, 1-0 a Ferro en Caballito y 2-1 sobre AAAJ en La Boca; luego vino un 1-1 en Parque Patricios, una goleada como local 5-1 a Quilmes, la dolorosa caída 1-3 ante River en Nuñez (“Esa tarde me equivoqué feo en un gol de Delem, quise sobrar y bajarla con una mano en vez de cachetearla por sobre el travesaño”, reconoció años después), la vuelta al triunfo con el 2-1 ante ELP en La Plata y un 0-0 contra Chacarita, en el tercer partido consecutivo que debió afrontar el “Xeneize” como visitante en aquel 1962.

O sea, con él como titular el equipo ganó 6, empató 3 y perdió solamente el clásico (en condición de visitante). Boca sacó 14 puntos de 18 posibles y de 10 partidos jugados en 5 de ellos tuvo la valla invicta mientras Errea ocupó el arco, pero eso no le bastó al entrenador, quien para la 17º fecha le devolvió el arco a Roma para jugar un clásico ante Independiente que terminaría empatado sin goles.

El resto de la historia es conocida, y acá es donde puede hablarse de mala suerte: Roma cuando retomó el puesto mostró un gran nivel, fue el héroe en el inolvidable 1-0 ante River de la penúltima fecha y se hizo dueño del arco hasta el final de la década del ´60 prácticamente.

Su otro gran momento en Boca, dentro de lo poco que jugó, fue en la Libertadores de 1963. En la primera incursión copera del CABJ en su historia, el equipo todavía dirigido por D´Amico superó con solvencia en semifinales a un Peñarol en el que aún jugaban varios de los campeones del ´60 y el ´61, con grandes actuaciones de Errea en Montevideo y Buenos Aires. Pero en la final esperaba un rival aún peor: nada menos que el Santos, campeón del año anterior que justamente había destronado a los uruguayos. Y la verdad es que poco fue lo que pudieron hacer Errea y sus compañeros ante Pelé y su ballet. En la primera final -jugada en Río de Janeiro- los brasileños llegaron a tener una ventaja de 3 goles, aunque el olfato goleador del “Nene” Sanfilippo dejó 3-2 el resultado final, manteniendo vivo al visitante para la revancha. Cotejo en el cual -y pese a ponerse en ventaja- Boca terminó sucumbiendo nuevamente, esta vez por 2-1 en plena “Bombonera”.

En la final de la Libertadores de 1963 contra el famoso Santos del que se ve a la izquierda de la foto

Luego, con la llegada del cuerpo técnico encabezado por esa gloria riverplatense llamada Adolfo Pedernera (aunque quien iba al banco primero era Aristóbulo Deambrossi y posteriormente Néstor Rossi), las chances de Errea de ocupar el arco auriazul a partir del ´64 disminuyeron drásticamente. Sí jugó muchos amistosos en 1964 y 1965, pero como se dijo casi nada a nivel oficial, apenas 2 encuentros en el torneo del ´65. Y mientras su competidor seguía incrementando con buenas actuaciones y títulos la idolatría entre el hincha boquense, él debía conformarse con disputar partidos amistosos: nada menos que 23 jugó sumando ambas temporadas.

Pero que no jugara oficialmente, no impedía que fuera protagonista de cierta polémica con Roma. Sucede que pese a tener una cordial relación a nivel personal, hasta concentraban juntos, eran tan opuestos a la hora de atajar que una vez “Tarzán” declaró: “Los arqueros de físico como Néstor no vuelan porque no tienen fuerza en las piernas, no por una cuestión de estilo”. Consultado por ello, Errea a su vez respondió: “A mí me consuela ver que los arqueros con gran físico no saben salir, pero yo puedo salir porque intuyo las jugadas, me anticipo”.

Para fines del ´65 Roma ya era amo y señor del arco, y encima cuando sufrió una lesión de importancia en un choque con Carlos Pachamé, los técnicos en vez de confiar en Errea promovieron a la titularidad a Osvaldo Mario Pérez, un juvenil golero que venía pidiendo pista. Esa decisión de Don Adolfo y “Pipo” Rossi, sumado a la decisión de la dirigencia de contratar para el torneo siguiente aCarlos Minoian (destacado arquero de GELP), convenció al “Flaco” de que su tiempo en el club había terminado: ante semejante panorama y desesperado por la necesidad de jugar, no lo pensó demasiado y pidió irse aunque sea a préstamo.

Pero no fue otro de los clubes “grandes” su siguiente destino, ni siquiera una institución de las medianas: Errea fue a parar a Colón, el equipo santafesino que había ganado el torneo de la Primera “B” y que se preparaba para tener en 1966 su estreno en la elite.

Colón: la reivindicación

En la mitad rojinegra de Santa Fe, con casi 27 años cumplidos y habiendo pasado las últimas temporadas con muy poca actividad oficial, la carrera de Errea estaba en un punto en el que resurgía o se iba al tacho definitivamente.

Por suerte para él, y si bien (salvo cuando más adelante llegara a La Plata) jamás pudo volver al gran nivel que había mostrado en su primer club, el buen torneo de 1966 que hizo en el “Sabalero” le permitió renacer futbolísticamente. La campaña a nivel colectivo no fue buena, pero al haber decretado la AFA que no habría descensos, terminar en el 16º puesto entre 20 participantes no fue algo grave; en ese campeonato Errea atajó en 31 de las 38 fechas, convirtiéndose en el guardián indiscutido del arco colonista.

Con Colón en 1966

En 1967 Néstor siguió ligado a Colón y de hecho comenzó jugando el primer Torneo Metropolitano de la historia, pero promediando el mismo le llegó una oferta imposible de rechazar y en el club entendieron su situación: nada menos que el vigente campeón de la Libertadores, golpeaba a su puerta para que se hiciera cargo del arco en la edición en la que defendía la corona.

El último encuentro que disputó Errea para los santafesinos fue el 28 de mayo, justamente en un 2-2 en Villa Crespo ante el club que lo había lanzado a la fama. Luego de eso y con 43 presentaciones en la valla del “Negro” (se destaca mantener el arco invicto en el 0-0 ante Unión del 30/4/67, en lo que fue el primer clásico santafesino con ambos en la máxima categoría) dejó un muy buen recuerdo entre los hinchas, a punto tal que hoy en día aquellos que peinan canas, no dudan en situarlo en un podio imaginario del club en lo que al puesto se refiere.

Así como su paso por Colón fue un renacer futbolístico, vale señalar que allí también aprendió a no sobreexigir su físico por culpa del castigo al que lo sometía en los entrenamientos. Autocrítico al extremo mientras fue futbolista, esto contó una vez ya retirado: “Durante años, si me hacían un gol del lado derecho, después en las prácticas insistía demasiado sobre ese sector. Si me la ponían de alto, igual. Abajo, lo mismo. Ese trajín me hacía bajar de peso y me quitaba el apetito. Una vez, aún en Boca, Don Adolfo Pedernera me dijo: “¿Quiere un consejo? Váyase a cambiar y esta noche salga de farra. Tiene permiso para faltar mañana. No se haga mala sangre que con lo que usted trabajó, mejor no puede estar. Si se sigue tomando las cosas así va a ser peor… hágame caso”. Por eso en Colón el técnico José Etchegoyen, de quien tengo el mejor recuerdo, me avivó: ahí empecé a entrenar sólo lo necesario, gané en peso y tuve menos problemas de alto, porque ya no me movían con tanta facilidad”.

Peñarol: sabor agridulce

Su buen año y medio en Santa Fe le permitió dar un salto enorme, toda vez que a mediados de 1967 lo fueron a buscar desde Peñarol, ganador de la Libertadores ´66 en la famosa final ante River. Una inoportuna lesión del titular y también dueño del arco de la “Celeste” – Ladislao Mazurkiewicz – motivó a los dirigentes a encontrar con urgencia el mejor reemplazo disponible. Y por ello Errea fue el elegido.

Su gran frustración se dio justamente en esa Libertadores, donde el aurinegro entró en semifinales y no pudo retener la corona. Pero peor aún, fue eliminado en las semifinales por Nacional, en un grupo que compartieron los eternos adversarios uruguayos y el Cruzeiro. Ya el arranque fue complicado para él, derrota 1-0 en el clásico del 11 de junio ante el “Tricolor”, por gol de tiro libre del brasileño Celio Taveira Filho (recuerden ese nombre). Una semana más tarde el “Carbonero” sufrió una nueva derrota, por el mismo score pero ahora en Belo Horizonte ante un Cruzeiro que a su vez, poco antes había batido a Nacional. Terminada la primera vuelta, el pase a la final pendía de un milagro para Errea y los suyos, pero a eso se aferraron tras vencer 3-2 a los brasileños el 5 de julio. Una vez que Nacional le ocasionó otra caída en el “Centenario” a los de Minas Gerais, el sexto y último partido del grupo dirimiría, nada menos que en el clásico uruguayo, a uno de los finalistas.

Atajando con Peñarol en la Libertadores de 1967

16 de julio de 1967. En el principal coliseo que tienen los orientales para este deporte, Peñarol supera 2-1 a Nacional a falta de pocos minutos y juega con un hombre más desde casi el arranque del complemento. Con este resultado está logrando forzar un triangular desempate, panorama impensado pocas semanas antes cuando tenía 0 puntos de 4 posibles. Los de camiseta blanca van con todo por el empate que les permita ganar el grupo y -por ende- acceder a la final, pero parece que no le alcanzará. Es tal la superioridad que en un momento Lezcano -defensor del “Manya”- se sienta sobre la pelota para gastar a sus rivales, en una imagen que pasará a la historia pero no de la mejor manera para los aurinegros… ello porque en el último minuto, tras un centro de Urruzmendi, el “Marqués” Sosa amagó a cabecear al arco pero en realidad la bajó para Celio, descolocando así al nombrado paraguayo y al joven zaguero Elías Figueroa; el brasileño le ganó a la dubitativa salida de Errea y con otro testazo, clavó el 2-2 final, venciendo por tercera vez al arquero argentino en el par de encuentros disputados (había empatado transitoriamente esa tarde con otro tiro libre) y transformándose en una verdadera bestia negra para él y todos los “Carboneros”, que por pocos segundos se quedaron sin la chance de forzar el desempate, mientras su rival avanzaba hacia la final que perdería ante Racing.

Pese a esta gran amargura (cabe destacar que el triángulo defensivo aurinegro de aquel clásico fue muy criticado y los del CNdF hasta inventaron un cantito, bastante naif por cierto, que decía: “Errea, Errea, que Celio no te vea”), en su breve paso por uno de los gigantes del otro lado del Río de la Plata, Errea pudo dejar un buen recuerdo por sus atajadas y por ganar el torneo local de 1967, pero también por su don de gente, algo que lo acompañó a lo largo de toda su carrera.

El Carbonero en 1967

Luego de ganarle un clásico al “Bolso” en ese certamen doméstico que luego obtendría el “Manya”, el caudillo Néstor Goncalves -toda una institución en el aurinegro- salió a reivindicar a un tipo que había sido criticado por demás tras la frustración copera: “Me alegro que haya jugado Errea, para deshacer lo que muchos dijeron de él”.

Su breve paso por Uruguay ratificó lo que venía siendo la carrera del “Flaco” casi desde sus comienzos: altos y bajos, alegrías y tristezas, una verdadera montaña rusa donde hoy estaba en la cima y mañana bien abajo. O viceversa.

Boca Juniors: breve segunda etapa

Tras volver desde Uruguay, el “Flaco” tuvo la oportunidad de tener un segundo ciclo en Boca. Pero a diferencia del anterior este fue mucho más corto, guardando como similitud con su primera etapa el hecho de jugar poco y nada durante ese 1968 en que militó en el CABJ: apenas 3 partidos en el Metropolitano de esa temporada pudo atajar, en el marco de una gris campaña boquense. Esas presencias, sumadas a los 9 amistosos en que fue titular durante el verano, fueron lo que único que tuvo en esta nueva etapa “Xeneize”.

El 17 de marzo de 1968 jugó Errea el tercer y último partido oficial del año para Boca, que a la sazón sería también el último de sus dos ciclos en el club. Y para estar a tono con lo que fue su paso por La Boca, la despedida fue con una derrota 1-2 como local ante San Lorenzo, el futuro campeón del torneo.

En el segundo semestre del ´68Errea jugó en el fútbol de Brasil. Bah, jugó es una manera de decir en este caso: la realidad es que firmó contrato con el Vasco Da Gama, pero casi no tuvo minutos en la institución de Río de Janeiro, pese a que había llegado allí con buenos antecedentes. De hecho, fue tan fugaz y sin protagonismo su estadía en el fútbol carioca, que en pleno Siglo XXI cuesta encontrar registros del paso de este arquero por aquellos lares. Luego de esa frustrante etapa en su carrera, llegaría al club donde alcanzó la gloria y donde vivió sus mejores momentos, según manifestó el propio protagonista en las pocas entrevistas que dio tras su retiro.

Estudiantes: la gloria americana

En este sube y baja constante que fue la carrera de Néstor Martín Errea, su paso por Estudiantes de La Plata tiene que considerarse entre los muy buenos momentos -pese a que no fue una etapa muy extensa- si se tiene en cuenta lo que ganó y el protagonismo que allí tuvo. Recordemos que el arquero llegó a un equipo que ya estaba perfectamente conformado, habiendo ganado el Metropolitano 1967 más la Libertadores e Intercontinental 1968. Y que era dirigido por Zubeldía, el mismo DT que había acompañado su explosión en Atlanta a comienzos de esa década.

El entrenador gustaba de los arqueros que no se quedaban clavados en la raya, que podían funcionar como líberos llegado el caso y como a Errea lo conocía y se ajustaba a la perfección a esa descripción, no dudó en llevarlo al club que tiene su estadio en 1 y 57. Si bien el titular indiscutido en el puesto era Alberto Poletti, el hecho de que durante 1969 el “Pincha” estuviera enfocado en la defensa de la Libertadores ganada el año anterior, le permitió al “Flaco” luego de un año casi sin actividad oficial, disputar algunos partidos en el orden local: 8 (sobre 22) en el Metropolitano y 5 (sobre 17) en el Nacional.

Con Estudiantes en 1970

Pero ya en 1970, la cuestión cambió para él y lo hizo en forma favorable. Es que luego de la terrible batalla acaecida en La Boca, en el marco de la final de vuelta entre ELP y el Milan por la Intercontinental del ´69, sobre Poletti recayó desde la AFA una suspensión de por vida, debidoa que el arquero había sido uno de los más violentos en la gresca con los italianos. Si bien la sanción sería levantada en 1971, ello le abrió de par en par a Errea las puertas del arco rojiblanco, para que actuara no sólo a nivel doméstico (atajó 13 veces en el Metropolitano), sino fundamentalmente en la Libertadores del ´70, en la cual tuvo una destacada actuación en los 4 partidos que debió disputar.

Como vigente bicampeón, los de Zubeldía ingresaron en la etapa de semifinales, donde aguardaba nada menos que River, con lo que implica siempre para los equipos argentinos jugar una instancia decisiva de copa ante rivales del mismo país. Pero con mucha solvencia, el “Pincha” pasó la serie y se acomodó en una nueva definición: con Errea como titular, ganó 1-0 en Nuñez el 7 de mayo, haciendo lo propio por 3-1 en La Plata ocho días más tarde.

Ya en la final a los platenses los esperaba Peñarol, ganador en 1960, 1961 y 1966, que volvía por sus fueros y de paso quería cortar una hegemonía que ya se tornaba molesta para muchos. Sin embargo, el “Flaco” fue inexpugnable a lo largo de los 180 minutos de la serie, no recibiendo goles ni en la capital bonaerense ni en Montevideo… el agónico gol conseguido por Néstor Togneri a los 87 minutos de la primera final, le bastó entonces a Zubeldía y sus muchachos para levantar una nueva Libertadores. Cabe destacar que Errea anduvo muy bien en las finales y aún se recuerda un cabezazo que le sacó contra un palo al “Ronco” Onega, sobre la hora del partido jugado en el “Centenario”. De no haber mediado esa atajada, argentinos y uruguayos hubieran tenido que ir a un partido desempate y sólo Dios sabe cómo terminaba esa historia.

La gran atajada de Errea sobre la hora en la final de la Libertadores de 1970

Luego de haber sufrido como protagonista la final perdida del ´63 y de haber vivido desde el banco la consagración estudiantil del ´69, Néstor Martín Errea se daba el gran gusto de su carrera, al obtener la Libertadores como actor principal.

Lo que no pudo ganar en cambio fue la Copa Intercontinental: la edición de 1970 emparejó a Estudiantes con el Feyenoord, equipo que había vencido en la final europea al Celtic. En el partido de ida (al igual que en el ´68 y el ´69 los argentinos fueron locales en La Boca) el “Pincha” dilapidó una buena ventaja y terminó 2-2, mientras que en la revancha Errea no pudo detener un latigazo rasante de Van Daele cuando promediaba el segundo tiempo y así los holandeses ganaron 1-0, quedándose con el trofeo en disputa.

Banfield: el adiós a la Argentina

Pese a haber alcanzado la gloria en la mitad rojiblanca de La Plata, para 1971 Errea cambió nuevamente de rumbo, en algo que también se había transformado ya en una constante en la segunda mitad de su carrera futbolística.

Así fue que el “Flaco” pasó a revistar en las filas de Banfield, que dirigido por unos jóvenes Oscar López y Oscar Cavallero no cumplió una buena campaña y en el Metropolitano se salvó con lo justo del descenso: finalizó en el puesto 17º, bajando a la “B” los clubes que terminaron ubicados 18º (Los Andes) y 19º (Platense). Errea en ese torneo disputó 34 de los 36 partidos del club del sur, en una muestra de su vigencia pese a que sus compañeros no le hacían las cosas muy fáciles que digamos. ¿Quién atajó en los 2 encuentros restantes? Un tal Ricardo Lavolpe, quien debutó ese año y asimiló muchos de los consejos del veterano arquero.

Banfield 1971

Ya en el segundo semestre, en el Nacional el “Taladro” mejoró su desempeño, toda vez que se colocó 7º en una de las dos zonas de 14 equipos con las que contó ese campeonato. El protagonista de esta historia disputó como titular el primer par de cotejos del campeonato y tras un buen 2-2 logrado en la 2º fecha como visitante ante un Independiente que poco antes se había coronado campeón del Metro, se desvinculó del CAB.

Ese del 12 de octubre del ’71 en Avellaneda, fue el último de los 168 encuentros oficiales que jugó Errea para equipos argentinos, desgranados de la siguiente manera: 156 por torneo local, 9 por Libertadores, 2 por Intercontinental y 1 de “Copa Suecia”. Luego de eso y pese a que su carrera se extendería durante un lustro más, el “Flaco” ya no atajaría nunca más en clubes argentinos: estaba por comenzar una nueva etapa de su vida, en todo sentido.

Grecia: el exilio y una nueva vida

Puede afirmarse sin temor a incurrir en un error, que con su pase al fútbol europeo Néstor Martín Errea encontró en Grecia su lugar en el mundo.

Y esto es literal, porque no sólo cumplió en el fútbol helénico el último lustro de su carrera, sino porque allí se radicó definitivamente junto a su nueva esposa hasta su muerte, ocurrida tres décadas y media más tarde.

Entre 1972 y 1975 el “Flaco” atajó en el AEK Atenas, disputando en ese lapso 42 partidos. En el club de la capita griega le fue bastante bien, ya que terminaron en el 5º puesto en las temporadas 1972/73 y 1973/74, logrando el subcampeonato (y por ende la clasificación a la Copa UEFA) en la campaña 1974/75. A mediados del´75 se fue al modesto Apollon Atenas (hoy conocido como Apollon Smyrnis) donde peleó por evitar el descenso en el par de años que allí jugó, logrando el objetivo en ambas oportunidades y disputando 36 encuentros. Y tras abandonar esa institución jugó casi completa la temporada 1977/78 para el modesto AO Chalkida del ascenso griego, donde luego de ello y a casi dos décadas del inicio de su carrera futbolística, Errea decidió que era un buen momento para dejar la práctica activa.

Y después de eso, el silencio, el reposo en paz, lejos del mundo del fútbol. Errea se alejó totalmente de aquello a la cual le había consagrado 20 años de su vida, dedicándose a la actividad comercial y muy de vez en cuando pasaba por Buenos Aires, por lo que su recuerdo, conforme pasaban los años fue esfumándose para muchos, como perdiéndose en una especie de bruma imaginaria. Las nuevas generaciones, en muchos casos, crecían sin tener idea lo que había hecho este hombre en un campo de juego.

Hasta que el 3 de junio del 2005 falleció en suelo griego, ese en el que había resuelto rehacer su vida a comienzos de la década del ´70 y donde tan a gusto estaba.

Verdadero revolucionario en el puesto de arquero, es considerado por muchos como el eslabón perdido entre dos colosos como Carrizo y Gatti. Es que el “Flaco” Errea no fue uno más debajo de los tres palos: hizo honor a la peculiaridad que caracteriza a este lugar en el fútbol, el más solitario y a la vez expuesto de todos los existentes. Esa posición que apenas en un abrir y cerrar de ojos, puede llevar a su ocupante a la gloria o al cadalso; ese puesto que no admite distracciones ni errores, porque generalmente se pagan muy caro.

Este hombre contribuyó de manera notable a una renovación del rol del arquero, dándole un protagonismo mayor al que tenía hasta fines de la década del ´50, especialmente fuera del ámbito que se consideraba el hábitat natural de un arquero hasta ese entonces: el área chica.

“¿Por qué salís tanto del arco?”, le preguntaron alguna vez. Y él, que tenía argumentos para todo, que podía estar horas hablando de fútbol si su interlocutor así lo quería, pese a su juventud manifestó lo siguiente: “Sólo cuando estamos dominando. Avanzan todas las líneas y no puedo quedarme a riesgo de pagar tributo a una ingenuidad inadmisible. El arquero, con las ventajas del reglamento, puede jugar hasta la línea del área sin inconvenientes. Y hasta ahí me arriesgo, procurando en la presunta cortada ganarle al delantero en la intención. Trabarlo antes de que domine la pelota, porque si lo logra entonces sí estoy perdido. Por eso me tiro a los pies, manoteo, procuro molestar, porque con todos esos recursos provoco inseguridad, inestabilidad en quien va a hacerse de la pelota: la demora no solo me favorece, sino que toda la defensa tiene tiempo para retroceder y cubrir claros”.

Asimismo, en otro reportaje que le hicieron estando en actividad, le consultaron sobre si consideraba imprescindible la agilidad en un arquero. Y, analítico como siempre, estas fueron sus interesantes reflexiones: No y sí. Depende como se mire. Para quienes actúan entre los palos sí es muy necesaria por los enormes claros que ofrecen, especialmente los ángulos altos. En cambio, para quienes salen colaborando con los defensores, no, pues cierran notablemente las dimensiones del arco, achicándolo. Ahí la agilidad se tipifica al recurso del movimiento de manos o piernas”.

Fue el primero, junto a Amadeo aunque con otro estilo, en hacer lo que la prensa de los 60´s denominó como “la bisectriz”: se cansó de evitar goles achicándole el ángulo de disparo a los rivales, que en aquel entonces no estaban acostumbrados a que un arquero tuviera esos movimientos y saliera tanto del área menor. En la geometría del fútbol, Errea no sólo trataba de mandar en el área chica sino en la grande… o más allá de ella también.

Pero al margen de todas las consideraciones futbolísticas expuestas, amén de los torneos ganados (con mayor o menor participación) y sin perjuicio de haber hecho escuela en el puesto más difícil, había detrás un hombre. Un tipo que dejó una excelente impresión personal y buenos recuerdos entre quienes lo conocieron más de cerca, ya fuera en Villa Crespo, La Boca, Santa Fe, Montevideo, La Plata o la misma Atenas. Entusiasta de la música clásica y avanzado estudiante de filosofía, Errea era considerado alguien muy educado, respetuoso y de buen trato. Inclusive, su colega Roma lo describió más de una vez como un hombre muy culto y gran lector. La verdad es que era un bicho raro, personaje distinto del estereotipo del futbolista en la década del ´60.

“El ex arquero argentino Néstor Martín Errea falleció el viernes 3 en la pequeña comunidad argentina de Larisa, en Grecia, donde residía”. Con esa brevedad, el cable llegado desde Europa tras su muerte, se reprodujo inmediatamente en los medios de prensa argentinos. Realmente pocas palabras para quién fue el “Flaco” Errea: un tipo que pese a las sinuosidades que registra su extensa trayectoria, creó un estilo, confió siempre en sus condiciones y además jamás se calló lo que pensaba.

En definitiva, uno de los mejores arqueros argentinos de la historia y por eso es más que merecido su recuerdo acá.

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