Bela y Leo

Figuras de otro tiempo, los nombres de Bela Guttmann y Leopold Horn no serán de los más famosos entre los apasionados del fútbol, pero ambos gozan de historias tan paralelas como cautivantes. 

Estadio Olímpico de Amsterdam, Holanda. 2 de mayo de 1962. El verano neerlandés hace que el sol todavía pueda asomarse por sobre el escenario de la séptima edición de la Copa de Campeones de Europa. En el vestuario local, Bela Guttmann sabe que se juega uno de los momentos más importantes de su carrera: defender la corona de Europa ante el Real Madrid de Di Stéfano, de Puskas, de Gento. Sale junto a sus jugadores y ve 60.000 personas que no saben que les espera una de las finales más épicas de la historia de este torneo.

Mientras Guttmann se sienta en el banco de suplentes, todo de negro, Leo Horn goza del respeto con el que lo saluda nada menos que Paco Gento, capitán de Real Madrid, ante el sorteo con José Aguas, artillero de Benfica. Silbato en mano, la moneda favorece al español, en el único guiño del destino que tendrá a favor en esa noche holandesa. Sería un formidable 5 a 3 para Benfica, que empezó 0-2 con un doblete de Puskas, pero que terminó de volcar a su favor gracias a un doblete de Eusebio, el arma secreta de Guttmann para consagrarse bicampeón de Europa.

Bela Guttmann nació el 27 de enero de 1899 en Budapest, una de las capitales del Imperio Austro-Húngaro. Ya de jugador empezaba a mostrar un espíritu nómade, jugando en las ligas de Hungría, Austria y Estados Unidos. Su gran amor fue el Hakoah Wien de Viena, que lo refugió ante los brotes antisemitas en Hungría y lo conduciría hasta el fútbol norteamericano. En Hakoah haría sus primeras armas como entrenador, hasta el inicio de la Segunda Guerra Mundial.

Leopold Sylvain Horn nació el 29 de agosto de 1916 en Sittard, un pequeño pueblo holandés pegado a la frontera con Bélgica. A los 17 años, ya viviendo en las afueras de Amsterdam,  sentía un profundo vínculo con el fútbol, pero sabía que su nivel no le alcanzaría para entrar en  alguno de los equipos de la AVB, Federación del fútbol amsterdamesa. Por ese motivo, se anotó como referí y, a los 17 años, ya hacía sus primeras armas en la liga de la ciudad de los canales. En 1938, con 22 años, dirigió la final del campeonato de la AVB, y empezaba a hacer sus primeras armas en juegos de la KNVB, la federación nacional holandesa. Sin, embargo, la Segunda Guerra Mundial marcaría una pausa en su carrera.

Ambos judíos en países ocupados por el nazismo, Guttmann y Horn fueron dos hombres marcados por la Segunda Guerra Mundial. Cuando las opciones eran la deportación o la clandestinidad, Horn no dudó en sumarse a la resistencia holandesa. Con nombres falsos, el combate al nazismo de su parte no solo era la lucha armada, sino mantener con vida a la amenazada comunidad judía. Su hermano Edgar cayó en manos del ejército alemán y fue ejecutado en 1943 en Sobibor, uno de los campos de esclavitud y exterminio más infames del Holocausto. Sin embargo, Horn sí pudo salvar a sus dos sobrinos, hijos de su hermana Sophie, a los que escondió en casas de familia en las campiñas de Holanda. ¿Guttmann? Nunca quiso hablar de su experiencia durante la guerra. De acuerdo a la investigación del periodista David Bolchover, Guttmann se refugió en Ujpest, Hungría, hasta que fue encontrado por ejército alemán y recluido en diferentes campos de concentración. Lograría escaparse en 1944, poco tiempo antes de que dieran la orden de envíar a su grupo a Auschwitz.

Tras la guerra, Guttmann retomó su carrera como entrenador en una Europa diezmada, pasando por clubes de Hungría, Rumania e Italia. Conocedor de Sudamérica gracias a giras con el Hakoah Wien en sus épocas de jugador, también hizo experiencias con el Sao Paulo en Brasil e incluso en la Primera B Argentina, dirigiendo a Quilmes por unos meses en en 1953. En 1959 le tocaría revolucionar Portugal, logrando con Porto la liga portuguesa, para luego terminar pasando al mismísimo Benfica la temporada siguiente. Con las Águilas conseguiría las dos Ligas siguientes, además del bicampeonato de Europa, primero ante Barcelona y luego ante Real Madrid, esa noche de mayo de 1962 en Amsterdam.

Horn también se dedicó a reconstruir su carrera en el fútbol. En 1948 volvió al arbitraje en Holanda, acompañando el crecimiento de la liga local: la incipiente Eredivisie. El aumento de la exposición del fútbol holandés también le brindó una mayor fama a Horn, que empezó a recibir partidos internacionales de selecciones en 1951, tras sumarse a la lista de árbitros FIFA. Su nombre terminaría de hacerse conocido en toda Europa el 25 de noviembre de 1953, cuando fue el árbitro del resonante triunfo por 6 a 3 de Hungría ante Inglaterra en Wembley, siendo la primera derrota del equipo de la Rosa como local ante un equipo no británico. Ese día, los ingleses recibieron una paliza tanto moral como táctica ante el mejor combinado del momento. Horn seguiría en los primeros planos, siendo designado para dirigir en 1957 la segunda final de la Copa de Campeones de Europa, en la que Real Madrid derrotó a Fiorentina por 2 a 0. Con años de experiencia y una fama de carácter firme, no extrañó verlo impartiendo justicia esa noche de mayo de 1962 en Amsterdam.

Con dos Copas de Europa en el bolsillo, Guttmann consideró que era justo pedir un mejor contrato en Benfica. Sin embargo, la dirigencia se negó a darle una mejoría en su paga, por lo que resolvió irse del club al que le había dado cuatro grandes títulos en apenas tres años. Allí nació la famosa maldición que lleva su nombre, al augurar que Benfica “no va a ser campeón europeo ni siquiera en los próximos 100 años”. Por ahora, tiene razón. Si bien mucho se habla de su salida del club de Lisboa , poco se habla de hacia dónde fue.

Dos finales de la Copa de Campeones de Europa dirigidas demuestran que Horn ya estaba entre los grandes nombres del arbitraje europeo. Así, llegaría otro desafío: la Copa del Mundo de Chile de 1962. Su primer partido, curiosamente, sería una nueva victoria de Hungría ante Inglaterra, esta vez por 2 a 1. Luego llegaría el triunfo de Alemania Federal sobre Suiza, por Fase de Grupos, y el de Chile sobre la Unión Soviética, por Cuartos de Final.

Tal vez, esa noche de Amsterdam de Mayo de 1962 no sería tan especial sin una tarde de Buenos Aires de agosto de 1962.

Estadio Monumental de Núñez, Buenos Aires, Argentina. 30 de agosto de 1962. Vestuario visitante. 121 días después del cosquilleo del bicampeonato europeo en Amsterdam, Bela Guttmann sabe que le espera una nueva final. Distintos nombres, distintos países, distintas liturgias, pero una final es una final. Ve a sus jugadores, vestidos de bastones negros y amarillos, y sube con calma, a sus 63 años, las escaleras que lo conducen al campo de juego del estadio de River Plate.

Mientras Guttmann se acomoda en el banco de suplentes, Leo Horn ve como el brasileño Zito y el uruguayo José Sasía se saludan por tercera vez en un mes. Las dos primeras finales fueron duras batallas, con  triunfo de Santos por 2 a 1 en Montevideo y victoria 3 a 2 de Peñarol en San Pablo. La tercera final de la Copa de Campeones de América se define por primera vez en un tercer partido y, tras cuatro semanas de espera, el Monumental de Núñez será el escenario neutral. 121 días después de ver a Puskas y Eusebio brillando en el verano holandés, Horn tendrá otra tarde de lujo: verá a Pelé vestido de blanco haciendo estragos a Peñarol en el invierno argentino. Con dos goles de O’ Rei y uno de Caetano en contra, Santos venció por 3 a 0 para ganar la primera Copa de su historia.

Otros tiempos, otras formas. Guttmann, conocedor del fútbol sudamericano tras su  paso por Sao Paulo, no dudó en llegar a Peñarol, equipo que conoció gracias a Juan Schiaffino, dirigido suyo en el Milan italiano, y al que había enfrentado en la Copa Intercontinental de 1961 con Benfica.  Llegó con la misión de ganar el pentacampeonato uruguayo y el tricampeonato sudamericano, pero poco tiempo después de perder la final ante Santos dejaría el puesto. Con Juan Peregrino Anselmo, el Manya terminaría siendo campeón uruguayo una vez más, logrando su primer “quinquenio de oro”. Guttmann seguiría dirigiendo hasta 1973, incluyendo un breve e infructuoso segundo ciclo en Benfica entre 1965 y 1966. Falleció en 1981 en Viena, la ciudad que marcó su vida futbolística.

El prestigio de Leo Horn era mundial. Las dos Copas de Europa y el reciente Mundial de Chile fueron motivos suficientes para ser convocado por Conmebol para dirigir la tercera final de la Copa de Campeones de 1962. Volvería a Sudamérica dos años después, para dirigir la final de ida  de la Copa de 1964 entre Independiente y Nacional en el Estadio Centenario de Montevideo, partido que terminaría 0 a 0 y que luego consagraría a Independiente tras un triunfo por 1 a 0 en Avellaneda. En 1966 anunció su retiro del referato, aunque siguió ligado al medio como columnista deportivo. Falleció el 16 de septiembre  de 1995, a los 76 años, en Amstelveen, los suburbios de Amsterdam que hicieron que se enamore del fútbol.

Hasta hoy, Bela Guttmann es el único director técnico en haber dirigido en Finales de Copa Libertadores y de Champions League en un mismo año. Hasta hoy, Leo Horn es el único en haber arbitrado finales de Copa Libertadores y de Champions League. Apenas 121 días de diferencia hubo entre Amsterdam y Buenos Aires, para que Bela y Leo se hayan vuelto a ver las caras en lugares tan diferentes pero en circunstancias tan parecidas. Dos finales únicas para dos hombres únicos.

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