Grandes arqueros argentinos: José Miguel Marín

Hoy vamos con la historia del “Gato”, uno de los mejores arqueros de la década del 60. Primer “1” en ganar un torneo con Vélez y multicampeón en México, este hombre de reflejos prodigiosos partió muy temprano de este mundo. Su historia, en este post.

José Miguel Marín nació el 15 de mayo de 1945 en la ciudad de Río Tercero. Proveniente de una humilde y modesta familia pueblerina, desde muy chico mostró buenas aptitudes para desempeñarse en el arco. Con los árboles como palos o simplemente amontonando remeras como simbólicos postes, armaba un arco y le iba tomando el gusto a lo que sería su futuro hábitat en los campos de juego.

Respecto a esa etapa de su vida, en una entrevista concedida en el año 2007 a un medio mexicano, esto contó su hijo Maximiliano: Él fue de una extracción muy humilde. Tuvo que trabajar desde muy chico en construcciones cargando ladrillos o en verdulerías bajando cajas o costales de fruta o verdura. Era algo muy complicado porque eran siete hermanos… sus papas estaban divorciados, algo que no era muy común en ese tiempo. Sólo eran dos hombres y era la responsabilidad de ellos sacar la familia adelante”.

Sus ganas de triunfar y la posibilidad de probarse en un club afiliado a la AFA, lo motivaron a ir a Buenos Aires cuando tenía 14 años. Descubierto por el dueño de una verdulería en la cual trabajaba, Marín fue convencido por aquel para tentar fortuna en Vélez Sarsfield, una institución que no ganaba campeonatos pero que era bastante seria y ordenada, sobre todo en lo relativo a sus divisiones inferiores. Y aunque el inicio en la gran ciudad no pudo ser peor para Marín -en la prueba que le tomaron recibió  casi una decena de goles- ese legendario entrenador que fue Victorio Spinetto le vio condiciones y decidió admitirlo en el club.

Al amparo de sabios y docentes entrenadores, con el paso de los años el joven cordobés fue maximizando sus virtudes y puliendo sus defectos. Su andar por las inferiores velezanas no pasaba inadvertido y sus condiciones naturales para el puesto eran comentario obligado de aquellos que seguían el fútbol amateur de la institución. Cabe acotar que esas condiciones las fue trabajando a destajo, porque ni bien llegó a Buenos Aires se plantó y no aceptó tener un empleo de medio día al margen del entrenamiento diario que tenían los jugadores de inferiores del CAVS en ese tiempo. Manifestando que él había llegado al club para jugar y no para laburar, se dedicó a entrenar el físico y la técnica dos veces al día, lo cual le ayudaría notablemente al momento de llegar al primer equipo de la institución.

Vélez Sarsfield: el sabor de la primera vez

Así fue que en 1964 el juvenil golero ya pedía pista en la primera división, aunque había un obstáculo: ese año había llegado a Liniers nada menos que Rogelio Domínguez, arquero con pasado en Racing, River y el Real Madrid, club con el que poco tiempo antes había obtenido un par de Copas de Europa en condición de titular.

Sin embargo, el pibe tuvo un guiño del destino: una lesión del experimentado arquero en el tramo final de la primera rueda, motivó al técnico Juan Ferraro a darle la chance de debutar. La tarde soñada de Marín fue la del 9 de agosto del ´64, cuando la “V” azulada recibió a Huracán y ganó 3-2, con un digno rendimiento de su parte: luego de recibir apenas a los 7 minutos de juego el primer gol de su campaña (se lo hizo Alberto Rendo), el tipo no sintió los nervios del debut y atajó bastante bien, de hecho el otro tanto se lo marcaron recién a los 42 minutos del complemento -y de penal-, cuando su equipo ya tenía el triunfo en el bolsillo. Gracias a la lesión del veterano titular, Marín pudo jugar en 9 de los 30 encuentros de ese torneo de 1964, en el que Vélez (como era una costumbre por aquellos años) terminó en la mitad de la tabla: 8º puesto entre 16 participantes.

En 1965, pese a que continuó la competencia con Domínguez, las cosas mejoraron tanto para Marín como para la institución, que obtuvo un excelente 3º puesto. En este campeonato José -pese a comenzar como relevo- a partir de la 12º fecha se consolidó como titular y tuvo muy buenas actuaciones en los 23 partidos que le tocó disputar.

Ya para 1966 Domínguez emigró al fútbol del Uruguay y no hubo nadie que pudiera hacerle sombra a Marín: disputó 35 de los 38 encuentros del certamen ganado por el “Racing de José”. A partir de ese torneo y durante los siguientes 10 campeonatos, salvo alguna excepción Marín fue amo y señor del arco velezano, viviendo la mayor alegría del club hasta ese entonces pero también, la gran frustración de perder un título que estaba prácticamente ganado. Pero vayamos paso a paso.

En el ´66 Vélez y Marín confirmaron que lo del año anterior no había sido casualidad, culminando el equipo en el 5º puesto entre 20 contendientes. El golero por su parte se adueñó del arco con autoridad y apoyado en innegables aptitudes: era seguro, plástico y eficaz para custodiar la valla, con inteligencia e intuición para lograr casi siempre una correcta ubicación y sobre todo, sus piernas tenían una terrible potencia, lo que le permitía realizar acrobáticos y estéticos vuelos de palo a palo, como si de un felino se tratase… de ahí a que la prensa le encontrara el apodo que lo acompañó durante el resto de su carrera, habría un paso nada más. Encima, era tanto el arrojo y coraje que mostraba, que su popularidad (aún entre hinchas de otros clubes) se fue acrecentando rápidamente: se ganó el cariño y respeto de la gente, pero ese éxito le haría resignar sus nombres de pila y convertirse en el “Gato” para siempre.

Cabe destacar que mientras Marín acumulaba experiencia, tenía la suerte de ser contemporáneo de un tipo que estaba gastando sus últimos cartuchos y a quien siempre consideró su maestro: Amadeo Raúl Carrizo. El cordobés, si bien creció apoyado por las enseñanzas de distintos técnicos y compañeros, siempre estudió, analizó e intentó imitar los movimientos y conductas de su modelo.  Y esto declaró alguna vez con profunda admiración: “Amadeo lo tenía todo, físico, fuerza, ubicación, agilidad, visión, valentía, don de mando, pero por encima de todo eso tenía personalidad. Una presencia y una prestancia que lo convertían en un maestro. Su estampa se sentía no solo en el arco, se sentía en toda la cancha”.

Terminada su tercera temporada como profesional, podía afirmarse sin dudas que desde el debut de Marín, un Vélez acostumbrado a navegar en la mitad de la tabla (excepción hecha del subcampeonato de 1953), empezó a meterse en la conversa por los puestos de arriba, y así lo certificaban las campañas del ´65 y el ´66. Y si bien el fútbol no deja de ser un deporte colectivo, repasando cómo le fue a Vélez durante los 8 años que él atajó allí, es imposible negar que el “Gato” fue pieza clave para que su equipo fuera protagonista en la mayoría de los torneos que disputó.

Por ejemplo, y manteniendo su buen nivel de años anteriores, en 1967 -año en que se reestructuró la Primera División de AFA- Marín contribuyó a otra gran temporada del CAVS. Así fue que en el Metropolitano, torneo en el que jugó 21 de los 22 partidos de su equipo, el mismo fue 3º en la Zona “A” (integrada por 11 equipos) y quedó a un paso de jugar las semifinales por el título, siendo postergado solamente por Racing y Estudiantes, los dos que terminaron jugando la final. Mientras que en el Nacional, jugado con el sistema de todos contra todos y a una rueda, el equipo terminó 3º entre 16 participantes, con Marín alternando la titularidad con Carlos Caballero, un arquero que había llegado un par de años antes desde la Liga de Tucumán… fue un gran año sin dudas para los de Liniers, pero nada comparable a lo que iba a pasar poco tiempo después.

El Vélez campeón de 1968

Es que 1968 fue EL año en la historia de Vélez, al menos hasta cuando a comienzos de la década del ´90 un señor llegado desde Francia agarró la dirección técnica del club y lo llevó a la gloria mundial. Pero estamos hablando de un equipo que entre 1931 (cuando se instauró el profesionalismo) y 1992 obtuvo en aquella temporada su único título, miren si será importante este arquero y esa conquista en la historia de la institución.

Pero cronológicamente primero se jugó el Metropolitano, en el cual los dirigidos por Manuel Giúdice confirmaron su gran temporada anterior e incluso mejoraron la performance, si se la compara con el mismo torneo del ´67. Es que esta vez el CAVS pudo ganar su grupo -el “B”, donde postergó al otro clasificado River y a sus otros 9 competidores-, aunque en las semifinales debió toparse nada menos que con Estudiantes: los de La Plata no sólo eran justamente los campeones del Metro ´67, siendo el primer cuadro en quebrar la hegemonía de los “cinco grandes”, sino que además un par de meses antes habían conquistado la Copa Libertadores por primera vez. En un encuentro jugado en cancha de Racing el 1º de agosto, el team de Osvaldo Zubeldía venció 1-0 y detuvo el sueño de campeón de Marín y compañía… pero sólo por unos meses.

Y acá vale la pena hacer un alto. Debemos recordar que a Vélez lo presidía desde hacía casi tres décadas el inolvidable José Amalfitani, quien había asumido el cargo en 1941 cuando el club andaba por la Primera “B”. Siempre se dijo que el viejo (gran responsable de que la institución fuera lo que es desde hace tanto tiempo) más de una vez le había pedido a sus jugadores “que fueran para atrás”, porque el club no estaba en condiciones de pagar grandes sueldos y menos que menos, premios por un eventual campeonato. Pero si tenemos en cuenta lo que pasó en el segundo semestre del ´68, o bien la teoría esa era puro chamuyo o quizás Don Pepe poco antes de morir cambió de parecer (?).

Lo real y concreto es que el Nacional de 1968 comenzó para Vélez el 8 de septiembre, con un buen 3-1 en la capital tucumana sobre San Martín. En un torneo jugado con el mismo formato del año anterior, los de Liniers llegaron a la última fecha -jugada en su grueso el 15 diciembre- necesitados casi de un milagro: debían ganar su compromiso y esperar que Racing y River -líderes con 21 puntos y uno arriba del “Fortín”-  empataran entre sí en Avellaneda. El CAVS hizo su parte, ganándole 2-0 a Huracán en un estadio que pocos días antes había sido bautizado con su actual nombre (N.deP.: Amalfitani tuvo su homenaje en vida, ya que moriría en mayo del ´69) y en el que por ejemplo, la famosa “Platea Norte” todavía tenía estructura de madera. Mientras que en el sur del conurbano, la “Academia” y el “Millonario” terminaron 1-1, defraudando a las más de 60.000 personas que colmaron ese día el estadio pensando que de allí saldría el campeón: la gente de Racing terminó frustrada porque hasta la penúltima jornada su equipo era único líder (había resignado esa condición tras comerse 4 goles ante el modesto Colón); en tanto que los hinchas de River penaron porque su equipo había dejado pasar una gran chance de cortar una sequía que ya llevaba 11 largos años.

La tabla final entonces mostró, tras 15 fechas disputadas, a Racing, River y Velez con 22 puntos: así las cosas, la mesa quedó servida para el morbo, toda vez que el campeón del Nacional se dirimiría por medio de un triangular, primera vez que sucedía eso en la historia de nuestro fútbol. El “Gasómetro” fue el escenario neutral elegido y la acción arrancó casi inmediatamente después de terminado el torneo: el 19 de diciembre, River se sacó un poco la bronca de lo ocurrido pocos días antes y con un sólido 2-0 quedó -nuevamente- a un triunfo del título, a la vez que dejó sin chances al Racing campeón del mundo el año anterior.

La famosa “Mano de Gallo”

72 horas más tarde el “Millonario” esperaba en Boedo a un Vélez que, por lo menos, necesitaba sacar un empate para evitar la coronación de los de Nuñez. Y aquel del 22 de diciembre fue un partido que ingresó en la historia de nuestro fútbol, no tanto por el resultado, sino porque a falta de 10 minutos se produjo la famosa “mano de Gallo”. Con el encuentro ya igualado 1-1, la fortuna le guiñó un ojo al equipo de Giúdice: un cabezazo de Jorge Recio había dejado fuera de combate a Marín, pero cuando ya se aclamaba el gol riverplatense, Luis Gregorio Gallo (histórico lateral derecho de la “V”), se tiró en palomita y le metió un manotazo a la pelota, salvando la segura caída de su arco. Lo dramático para River fue que el juez Guillermo Nimo no otorgó el clamoroso penal y así los velezanos aguantaron el puntito, dependiendo de sí mismos para ganar el título una semana más tarde.

29 de diciembre de 1968. Sabiendo que el triunfo le alcanza para lograr el primer título de su historia (toda vez que se había determinado que en caso de empate en puntos ganaba el certamen el equipo que más goles a favor tuviera en la fase regular y Vélez había conseguido 39 contra 35 del CARP) el modesto club de Liniers sale a la cancha del CASLA a afrontar una cita con la historia. Y más allá de un transitorio empate de Racing luego de que la “V” se pusieran en ventaja al comenzar el duelo, gracias a un triplete del inspirado Omar Wehbe el “Fortín” supera 4-2 a Racing y obtiene su primer título en 37 años de profesionalismo en Argentina, en el que fue uno más de los tantos campeonatos que al “Millonario” se le escaparon de manera increíble en el período 1958/75.

La primera vez siempre tiene un sabor único e inolvidable, y el arquero de ese equipo efectivo y criterioso, que no resignaba jugar por abajo cuando se podía, sobre todo desde la habilidad de Daniel Willington, era un tal José Miguel Marín, quien desde la valla apuntaló la estructura que se completaba con hombres como los ya nombrados más Iselín Ovejero, Luis Atela, Mario Nogara y un muy joven Carlos Bianchi, que estaba haciendo sus primeras armas.

Como dato de color, hay que decir que Marín se casó la noche previa al encuentro final (!). Pero mejor lo cuenta su hijo Maximiliano: “Mis padres pusieron el 28 de diciembre como fecha para casarse porque Vélez no estaba acostumbrado a jugar finales; pero de repente hicieron una gran campaña y se colaron en la definición. Así que esa noche estuvo un rato en la fiesta y de ahí se volvió a la concentración”.

En el breve video que se deja a continuación, a los 2:10 y 3:46 se ve a un agotado pero  feliz Marín en un vestuario ganador, manifestando lo que sentía por esa hazaña y también elogiando mucho al cordobés Willington, el “distinto” que tenía ese equipo campeón:

Ese año ´68, el mejor en la vida deportiva de Marín mientras estuvo en la Argentina, se cerró para él con 27 presencias entre Metropolitano y Nacional (14 y 13 respectivamente), dejándole la mitad de los encuentros a Caballero (quien jugó 9 y 4). Ya en 1969 Vélez no pudo repetir tan buen rendimiento, pero tampoco es que la producción sufrió un bajón demasiado abrupto. Marín atajó en 19 de los 22 partidos del Metropolitano, en el que el “Fortín” -al igual que en el ´67- fue 3º en su grupo y quedó ahí de las semifinales, mientras que ya en el Nacional resignó el protagonismo por primera vez, atajando sólo en 5 de los 17 encuentros de un certamen que vio a los de Liniers culminar en el 6º lugar entre 18 participantes.

En ese año se dio una verdadera particularidad: el “Gato” y sus compañeros se quedaron sin jugar la Copa Libertadores, pese a que por ser campeones del Nacional del año anterior se habían ganado el derecho a participar en ella. ¿Qué sucedió? En un hecho que hoy puede sonar inverosímil, esgrimiendo razones de índole económica la dirigencia prefirió declinar la participación en la máxima competencia continental de clubes… recién en 1979 Vélez haría su estreno en la Libertadores, cuando ya el protagonista de esta historia estaba al borde del retiro y siendo ídolo pero a lejanos 7.500 kilómetros de Liniers.

Asimismo, hay que destacar que en el transcurso del ´69 se dio su única expulsión en los muchos años que jugó en nuestro país. Lo curioso del caso es que no vio la tarjeta roja por una infracción, por golpear a un rival o por insultar al juez, lo más habitual cuando expulsan a un futbolista: a Marín lo echaron por pegarle a uno de los suyos (!). La tarde del 4 de mayo, con el equipo peleando arriba en el Metro, Vélez ya le ganaba 2-0 en el bosque platense a Gimnasia cuando en el arranque del complemento le dieron un tiro libre al local. Al momento de armar la barrera el “Gato” tuvo un pequeño desacuerdo con Juan Carlos Carone, histórico wing velezano, y si bien las crónicas no son uniformes en el detalle -algunos medios expresan que el arquero le pegó varios puntapiés, mientras que otros hacen referencia directamente a una trompada en la cara-, lo real y concreto es que el “1” la pudrió (?) con su puntero izquierdo y el árbitro Barreiro no tuvo más remedio que expulsarlo. Para colmo, mientras el tipo se iba hecho una furia al vestuario, “Pichino” Carone (N.deP.: una especie de Guillermo Barros Schelotto de los 60´s, amado por los suyos y odiado por el resto de las hinchadas por su viveza o picardía) con una media sonrisa y poniendo voz aflautada le gritaba “¿Viste, malo, viste? Eso te pasa por pegarme”, lo que lógicamente hizo que Marín se fuera más caliente todavía y amenazara con arrancarle la cabeza. Es dable destacar que al arquero lo reemplazó un defensor -Ovejero- quien no recibió goles en los 35 minutos que ocupó la valla y hasta se dio el lujo de atajarle un penal a ese gran goleador llamado Delio Onnis.

La única campaña mediocre en este gran lustro velezano fue la del Metropolitano 1970, donde el equipo entre 21 clubes se ubicó apenas en el 10º puesto. En ese torneo Marín recuperó la titularidad (16 presencias en 21 fechas), algo que mantuvo en el Nacional; de hecho, allí tuvo asistencia perfecta y jugó los 20 encuentros de un campeonato -ahora dividido en 2 grupos de 10 equipos- en el que Vélez fue 3º y otra vez quedó a un pasito de las semifinales, sólo postergado por Boca y Central, que a la postre fueron campeón y subcampeón respectivamente.

Fue en ese 1970, que al igual que con la Libertadores del año anterior, decisiones llegadas desde fuera del campo de juego nuevamente privaron a Marín y sus compañeros de alcanzar una porción más de gloria. Pero en este caso fue mucho peor (vaya uno a saber hasta dónde llegaban en la Libertadores, pero uno tiende a pensar que ganarla siempre es muy difícil), dado que en la segunda edición de la Copa Argentina, Vélez llegó hasta la final pero el torneo jamás tuvo campeón. ¿Cómo? La historia es así: el “Fortín” había sido excluido de la edición del ´69, por haber clasificado a la Libertadores de ese año (!), la cual como ya dijimos encima ni jugó. En el torneo del ´70, jugado con partido y revancha desde la instancia de 16avos de final, y con las exclusiones de Boca, River y Estudiantes por estar jugando el torneo continental, los de Liniers eliminaron a Argentinos del Norte (Tucumán), Instituto (Córdoba), Chacarita y Racing, para llegar a la definición contra San Lorenzo, ya en 1971. La primera final se jugó el 3 de marzo, con resultado 2-2; faltaban solamente 90 minutos para dirimir al sucesor del “Xeneize” como campeón de la CA, pero entre Vélez, San Lorenzo y la AFA jamás se pusieron de acuerdo en la fecha de la revancha. Así las cosas, los días, los meses y los años fueron pasando y el trofeo quedó sin ganador… volviendo a disputarse este certamen recién en el año 2011.

Vélez 1971

Volviendo al plano de los torneos locales regulares, y confirmando la levantada insinuada en el segundo semestre del ´70, en la primera mitad de 1971 el “Fortín” peleó bien arriba. De hecho, a punto estuvo de quedarse con el segundo título de su historia, pero un Metropolitano (jugado al igual que el año anterior todos contra todos pero ahora a dos ruedas) que estaba prácticamente en el bolsillo, se le escurrió como arena entre los dedos, de una forma casi increíble.

Faltando apenas un par de fechas -de un total de 38- Vélez tenía 49 puntos contra 48 de Independiente y eran los únicos equipos con chances de ganar el torneo porque el tercero -Chacarita- acumulaba 44. De hecho, en la penúltima jornada el “Rojo” palmó en Caballito contra Argentinos, pero la “V” azulada dejó escapar la posibilidad de consagrarse ese mismo día, al caer 1-0 con Racing. Pero bueno, su gente se consoló pensando que el equipo aún dependía de sí mismo y ganándole como local a Huracán el siguiente fin de semana, conquistaría el campeonato.

3 de octubre de 1971, Liniers. Ya repuesto anímicamente (al menos en teoría) del traspié sufrido en Avellaneda, el Mundo Vélez ha preparado una verdadera fiesta pensando en ese título que no se puede escapar: banderas, fuegos artificiales y hasta un gran lunch se ha organizado, en vista de que el irregular “Globo” no debería ser escollo para alcanzar el objetivo. Pero así como en el ´68 Marín se bañó de gloria, esta vez el destino tiene reservado un trago muy amargo para él y sus compañeros, que terminarán la tarde bañados pero en lágrimas de tristeza: pese a ponerse en ventaja muy temprano, Vélez no puede evitar perder 2-1 en un dramático partido, contra un Huracán que no peleaba por nada pero que tenía muy buenos jugadores, varios de los cuales serían titulares en el inolvidable campeón de 1973: Daniel Buglione, Alfio Basile, Miguel Brindisi, Carlos Babington y Roque Avallay, además de que en el ´71 en Parque Patricios jugó un Narciso Doval que la rompía toda. ¿La actuación de Marín? Si bien es cierto que pudo haber hecho algo más en el gol del empate -igualmente es inexplicable lo solo que entra Luis Giribet ante la ausencia de los centrales- no hay nada para reprocharle en el segundo tanto visitante. Pero para que juzguen por ustedes mismos, dejamos a continuación el resumen de aquella inolvidable definición, en el que se pueden apreciar algunas muy buenas atajadas del arquero cordobés:

Justo Huracán, ese contra el que había debutado triunfante en el ´64, ese contra en el que en el ´68 había logrado la victoria necesaria para forzar el triangular del campeonato, justo el “Globo” fue esta vez el inolvidable verdugo, que le posibilitó a un Independiente que no confiaba mucho en sus propias chances, quedarse inesperadamente con el título al vencer 2-0 a GELP como local. Ese Metro ´71 fue la mayor amargura de su carrera y también su último torneo completo con la “V” azulada en el pecho.

Sucede que Marín comenzó atajando en el Nacional, pero en el mes de octubre llegó al club una oferta económica que le cerraba a todas las partes -aunque la cifra de U$S 30.000 en que le compraron el pase hoy suene irrisoria- y por eso decidió armar las valijas: el Cruz Azul de México sería su siguiente y último destino.

Una semana después de una gran actuación ante ELP en 1 y 57 (su equipo ganó 3-2 y él atajó un penal, algo que no era habitual) el 3 de noviembre de 1971 disputó su último partido en la institución: en el marco de la 7º fecha de un torneo irregular para los de Liniers, el “Fortín” empató sorpresivamente como local 1-1 contra Gimnasia y Esgrima (Mendoza).

Después de eso el “Gato” partió, dejando atrás 225 partidos defendiendo los colores de Vélez (222 por torneo local y 3 de CA) y además, ocasionando un gran vacío en un arco que sólo empezó a cubrirse en la segunda mitad de los 70´s, cuando un joven Julio César Falcioni se hizo cargo del puesto. Seguramente, ni el propio Marín imaginaba todo lo bueno que iba a vivir en su nuevo destino, a punto tal que allí desarrolló la segunda mitad de su carrera futbolística y se quedó a vivir tras el retiro.

Cruz Azul: un Dios en México

Antes de narrar su etapa mexicana, hay que decir que el tipo llegó de casualidad a su nuevo club. En realidad, la gente del Cruz Azul estaba muy interesada en contar con los servicios de Carlos Bianchi, quien pese a su corta edad ya era una máquina de hacer goles; pero cuando Raúl Cárdenas -entrenador del equipo y que el año anterior había dirigido a la selección mexicana en el mundial- vino a ver al “9” se quedó impresionado con la agilidad del arquero velezano. Y como por un tema reglamentario les fue imposible adquirir la ficha del goleador (tenía 22 años y en aquel tiempo los jugadores Sub-23 no se podían vender al extranjero) los mexicanos quisieron que el viaje valiera la pena habiendo contratado al menos un guardavalla de primer nivel. Lejos estaban de suponer que con la compra de Marín, se llevaban al que hoy en día es considerado en forma casi unánime como el mejor arquero de la historia del fútbol de aquel país.

Marín a su llegada a México

El cordobés fue presentado en diciembre de 1971 en su nueva institución y ahí nomas debutó: fue el 26 de ese mes y su estreno se dio con el pie derecho, ya que contribuyó al triunfo de los de camiseta azul sobre las Chivas de Guadalajara, pudiendo mantener invicto su arco. De hecho, su primera temporada en México no pudo terminar mejor para él, ya que el Cruz Azul se consagró campeón de la temporada 1971/72. Pero ese fue solamente el comienzo de una década maravillosa que le tocó vivir allá, tanto a nivel individual como colectivo, en lo que fueron los años más gloriosos del club “Cementero”, consolidando su posición entre los más importantes de aquel país.

Ya sólido y maduro, Marín representó la seguridad en la que descansaron los equipos que retuvieron el título en las temporadas 1972/73 y 1973/74, en las que él en particular mostró un nivel fenomenal. Atajador ya experimentado, era una luz abajo de los tres palos pero también dominaba el área grande sin mayores problemas. Además, gracias a su fuerza de brazos podía meter un saque hasta mitad de cancha tranquilamente, dando así inicio muchas veces a los contragolpes de su equipo.

El Cruz Azul de 1972

Y tan bien andaba José Miguel allá, que un día dejó de ser el “Gato” para pasar a ser denominado “Superman”: había un famoso relator llamado Ángel Fernández Rugama, quien maravillado por las voladas del argentino, domingo tras domingo empezó a utilizar ese apodo, el cual al poco tiempo prendió en el ambiente futbolero mexicano, acompañándolo hasta el momento de su muerte y más allá también.

Cuando ya llevaba un lustro siendo uno de los más destacados jugadores del país, en 1976 cometió un error muy grosero y se hizo un gol en contra que dio la vuelta al mundo: fue el 23 de mayo, en un duelo contra el Atlante que terminó 1-1. Tras atajar un disparo, quiso salir jugando con las manos pero se arrepintió a último momento, perdió el control y como ya había impulsado su brazo con muchísima fuerza, al retraerlo no pudo evitar desprenderse de la pelota, anotando un gol que quedaría registrado como uno de los más raros e insólitos de la historia del fútbol mundial. A continuación, el video de la famosa jugada:

Para otro arquero, semejante burrada hubiera sido quizás el principio del fin. Pero para Marín, quien ya llevaba tantos años maravillando a los mexicanos con su espectacularidad y solvencia, fue apenas una anécdota: “Vi a “Nacho” Flores para salir jugando desde abajo, pero cuando iba a enviarle el balón lo marcó un delantero y decidí no mandársela, y como ya llevaba el impulso se me escurrió y fue a parar a la red”. Claro que seguramente para eso influyó el hecho de que ese gol se lo hizo en un partido de temporada regular y no de etapas definitorias, pero la gran mayoría lo tomó como una muestra de que ese tipo que tantas veces había parecido invulnerable, era al fin y al cabo un ser humano que también se podía equivocar.

A pesar de ser considerado un gran profesional, sobre todo por ser un tipo que se cuidaba bastante, hay que decir que los entrenamientos no le gustaban mucho que digamos. Y qué mejor testimonio que el de su hijo para corroborar eso: “Es cierto. El equipo hacía la parte física y él no hacía nada, cuando pasaban a la portería ahí empezaba. Sus condiciones eran naturales y las afinaba. Aunque hay que aclarar que tampoco se entrenaba muy específico en el puesto ni con tantos avances como ahora. Tenía muy claro lo que tenía que hacer para atajar muy bien y eso era lo que hacía, afinaba los reflejos. No corría en los partidos y no era de su gusto el correr en los entrenamientos, no era su prioridad y como daba resultados se le permitía no hacerlo. No era un futbolista de entrenar, era un futbolista de jugar”. Y vaya si jugó partidos oficiales, a punto tal que en 17 temporadas entre Vélez y Cruz Azul terminó acumulando la nada despreciable suma de 544 cotejos.

En una muestra de gran vigencia, luego del triplete obtenido en sus primeros años en México -trofeos a los que hay que agregar en el plano internacional la Liga de Campeones de CONCACAF 1971/72-, Marín volvería a ser campeón con el “Cementero” a fines de la década del ´70, ya cuando empezaba a transitar el tramo final de su carrera: ganó las ligas de 1978/79 y 1979/80, siempre como pieza clave de su equipo y convertido en una verdadera leyenda del fútbol mexicano.

Cruz Azul de 1979

Pero no sólo por lo mostrado dentro de la cancha cuando la pelota empezaba a rodar. Se trataba también de un tipo sencillo, carismático, con dotes de líder, que siempre resultó un referente positivo en los planteles que integró a lo largo de su extensa etapa en México. Como muestra de ello, vale contar queforjó una amistad de hierro con Enrique Meza, un arquero que estuvo en Cruz Azul entre 1969 y 1981 y casi nunca pudo jugar debido a la presencia de Marín en el arco del equipo del DF. Pero ya nos extenderemos sobre eso más adelante.

Acostumbrado a parar los bombazos de tipos como Hugo Sánchez, el brasileño Ricardo Ferretti, el peruano Juan José Muñante o el chileno Carlos Reinoso, una vez en una entrevista para un medio gráfico mostró que no era ningún “Superman”, ya que reveló las consecuencias de tantos años en el puesto y al quitarse los guantes, dejó ver unas manos con dedos muy deformados, afirmando ante la incredulidad del interlocutor de turno: “Son pelotazos de la vida”.

Sobre el tema de sus lastimadas manos, varios años después de su fallecimiento esto contó su hijo Maxi: Obviamente cuando mi padre empieza a jugar en los años ´50 en el barrio, al ser de un extracto humilde, pensar en comprar unos guantes era algo que no estaba en sus posibilidades. Eso ya viene cuando llega a Vélez a un nivel profesional, pero durante unos diez años habrá jugado sin nada, cuando las pelotas eran muy duras. Por otra parte, no tenía tampoco la técnica adecuada para tirarse, con el tiempo la fue adquiriendo. Sobre todo con el meñique y el anular de la mano derecha, siempre se le terminaban enterrando de alguna forma en el pasto. En esos tiempos no tenías un especialista que te entrenara y te corrigiera”.

Pero también cabe destacar que para que las manos estuvieran en ese estado, influyó que más de una vez el argentino atajó con algún que otro dedo fracturado. Tal era su pasión por jugar, sus ansias de no perderse nunca un partido, que llegó al extremo de atajar con un dedo entablillado con tal de no ausentarse del arco “Cementero”.

Habiendo jugado tantos años en aquel medio, es importante señalar que desde su puesto se transformó en un innovador, por su manera de jugar y también por su vestimenta.

Respecto a lo futbolístico, lo cuenta mejor su propio hijo: “Jugaba en el área grande y aquí no se estaba acostumbrado a jugar de esa forma. Tampoco era normal ir a los pies de algún delantero cerca del límite del área mayor. La forma de despejar desde el arco también causó impresión, porque la pelota la lanzaba muy tendida: no la mandaba de globo como era habitual, sino que volaba bajo pero llegaba más lejos que los demás, en gran parte por su fuerza de piernas. Una vez que recuperaba la pelota, fuera de manos o de pies siempre la daba con ventaja a los delanteros; Cruz Azul siempre tuvo atacantes rápidos y eso lo ayudaba. Era algo que no se estilaba en México: todo era como más lento y más armado. Mi papá modificó muchas cosas”.

Y en relación a la ropa que usaba, hay que recordar que el “Gato” en la Argentina había atajado la mayor parte de su campaña con buzos grises o celestes, en tiempos donde los arqueros solían vestir prendas de un solo color. Algo que cambió pronto en México, debido a una particular teoría que explica Maximiliano Marín: “Según mi papá el suéter tenía que ser llamativo, aunque no chillante. Él decía que cuando el delantero levantaba la cara y veía el área, ahí donde él estaba parado enfocaría en primer lugar. Pensaba que pateaban el balón inconscientemente a su zona”.

Así fue habitual que el cordobés luciera en la parte superior del cuerpo, buzos o camisetas manga larga pertenecientes a clubes de rugby, generalmente dentro de los tonos que tienen que ver con el club para el que atajó en México (el más famoso fue el que tenía los colores del San Isidro Club). Y luego, otros arqueros se fueron animando a jugar un poco más con la indumentaria, después de que el argentino diera el primer paso al respecto.

A comienzos de los 80´s todo parecía estar perfecto en la vida de José Miguel Marín: fama, gloria, dinero, una buena familia a su lado… pero un día llegó la mala: pocos días después de un triunfo 1-0 ante el Atlante (29/11/80), sintió los primeros avisos de un corazón enfermo. Así recordó ese momento su hijo cuando fue entrevistado en el año 2007: “A los siete días del juego con Atlante se siente mal, un día antes del siguiente partido fue. Igual se concentró, pero cuando fue al estadio ahí es donde dice “no puedo, no estoy bien”. Y para que Miguel Marín dijera eso era de hacerle caso, porque él llegó a jugar con dedos fracturados. En ese momento se alarmaron todos y obviamente no jugó. Le hicieron estudios y ahí es cuando ya no pudo jugar más”.

Por ese corazón doliente debió abandonar contra su voluntad la práctica activa del fútbol y ser sometido a una cirugía en Houston, cuando arrancaba 1981. Pero luego de un primer semestre en el que aparentemente había reaccionado bien a la intervención quirúrgica, en el invierno norteamericano de 1981 debió ser operado nuevamente para atender un cuádruple desvío de las arterias coronarias. “A nosotros como familia no nos afectó el retiro, lo único que pensábamos era en su salud. Pero a él sí le pegó, porque lo que todo jugador quiere es decidir en que momento decir basta. Cuando le da este ataque tenía 35 años, por cómo estaba le quedaban tres o cuatro años más. La del retiro no era una situación que él tenía contemplada. Si de por si el futbolista normalmente comenta que el retiro es un shock muy fuerte a nivel emocional, que se te dé con una enfermedad es todavía más pesado de sobrellevar. A él le pesó mucho”, de esta manera comentó Maximiliano lo que vivió su padre en aquel momento aciago, cuando de un día para el otro tuvo que dejar de hacer lo que venía haciendo desde hacía casi dos décadas.

Y ahí sí llegó definitivamente el final de su carrera. Como una manera de cerrar el círculo, el “Gato” se despidió del fútbol el 6 de junio del ´81, en un partido que su equipo jugó ante las Chivas de Guadalajara, aquel primer rival al que había enfrentado 10 años antes en su debut mexicano. Un Marín que ya llevaba seis meses parado apenas pudo jugar unos segundos, más que nada para despedirse desde el césped de esa gente que lo amaba y para entregarle su ya tradicional buzo a rayas horizontales azules, blancas y negras a Ricardo Ferrero, un compatriota que llegaba desde Rosario Central a reemplazarlo pero que ni cerca estuvo de poder emular sus actuaciones.

Tras jugar 319 encuentros en el arco del Cruz Azul (recibiendo solamente 298 goles), ese equipo con el que logró una enorme identificación, habiendo ganado 5 torneos locales, una Liga de Campeones a nivel continental y una Copa de Campeones de México, el José Miguel Marín futbolista ya había quedado en el pasado. Era tiempo para él de comenzar una nueva etapa.

Selección: con gusto a poco

Lamentablemente para Marín, su etapa como arquero de Vélez coincidió con una nefasta época de la selección argentina, toda vez que entre 1964 y 1971 fueron incontables los técnicos que pasaron por ella. Por caso, la única eliminación mundialista de la albiceleste hasta el día de la fecha fue en el ´69, en las clasificatorias para el mundial de México ´70.

Cada nuevo entrenador implicaba un cambio bastante importante en la conformación del plantel argentino, con el agravante de que muchos jugadores hasta deseaban no ser llamados a la selección para no rifar el prestigio ganado en sus clubes. El “Gato” igualmente tuvo participación con los colores celeste y blanco, pero seguramente menor a la que hubiera tenido en otro contexto más normal. Jugó 5 encuentros para la mayor, luego de una etapa en la juvenil (en la que integró el equipo que clasificó a los Juegos Olímpicos de 1964, viajando también a Tokio donde Argentina no pasó la primera fase).

“En la mayor jugué y alterné hasta 1971, bajo las órdenes de (Juan José) Pizzutti. Y pese a ser quizás el preferido de (Néstor Omar) Sívori para el Mundial del ´74, cuando él se fue tras las eliminatorias y llegó el “Polaco” Cap, me terminé quedando afuera del grupo que viajó a Alemania”. Con esas palabras recordaba Marín, una vez retirado, lo que fue su etapa como jugador del seleccionado. Cabe acotar que tras el flojo mundial de Daniel Carnevali en el arco nacional, Wladislao Cap les dijo a sus compañeros de cuerpo técnico (Víctor Rodríguez y José Varacka) que su gran error había sido no llevar a la cita alemana al protagonista de esta historia.

El retiro: entrenador y un pronto adiós

Casi un año y medio después de su retiro como futbolista, la directiva del Cruz Azul le ofreció ser director técnico del primer equipo del club. Sin embargo, el 26 de diciembre de 1982 su carrera -que apenas tenía 5 partidos- se vio parcialmente truncada a causa de una agresión contra el juez Jesús Mercado, a quien le dio un cabezazo en el duelo ante Puebla; algo llamativo en un tipo que tan buena conducta había tenido durante una década en las canchas mexicanas. Dejamos a continuación un video donde puede verse la “agresión” de Marín al árbitro y juzguen por ustedes mismos si la sanción fue justa o no:

Ese episodio le costó sufrir un año de suspensión, luego de lo cual le llegó una oferta del Coyotes Neza para ser entrenador, aunque en ese club no tuvo mayor suceso. Tras esa experiencia laboral lo fueron a buscar nuevamente del Cruz Azul -ese lugar donde tanto cariño y respeto se había ganado- pero no para dirigir al plantel principal sino para ocuparse de las categorías inferiores (Fue algo que mi padre sufrió muchísimo. Él vivía para Cruz Azul y nunca se le dio la revancha. Le habría gustado regresar al club y tener el desquite como técnico principal, pero lamentablemente nunca se le dio”).

Además, es imposible no contar que en ocasión de celebrarse el Mundial ´86, por  experiencia y por lo que significaba su nombre en México, el simpático Bora Milutinovic lo contrató para que entrenara a los arqueros de la selección anfitriona, la cual llegó hasta los cuartos de final y solamente en los penales cayó derrotada ante Alemania Federal.

Marín entrenando con su amigo y rival por el puesto Enrique Meza

Tras ese trabajo ayudó durante algún tiempo en el Toluca a Cárdenas -aquel técnico que pidió su contratación y fue clave en su arribo a México en el ´71-, para luego pasar a  desempeñarse como colaborador del mejor amigo que le dio aquel país: Enrique Meza. Tan fuerte era la amistad que habían forjado en esa década del ´70 donde uno era amo y señor del arco y el otro su eterno suplente, que quien fuera apodado “Ojitos” por el propio Marín, le dio trabajo a su lado cuando más de una institución le cerraba la puerta al argentino por aquel rapto de locura vivido en el ´82.

A más de uno siempre le llamó la atención que Meza, uno de los mejores técnicos de la historia moderna de México (N.deP.: más allá de ganar varias ligas con el Pachuca, era su DT cuando en 2007 el club ganó la Copa Sudamericana), se llevara tan bien con el tipo que le había impedido tener una carrera como futbolista. Pero esto contó sobre el tema el hijo del argentino:  Eso habla muy bien de los dos, de la calidad de personas que eran ambos. La competencia deportiva no tiene nada que ver con lo demás. Porque al competir por un mismo puesto nunca hubo envidia, nunca hubo una mala acción. Siempre hubo mucho compañerismo. Enrique lo recuerda con mucho cariño en varias situaciones personales, ni siquiera futbolísticas, que no me corresponde a mi contarlas, pero donde él tiene una admiración, cariño y amistad por mi papá muy grande. En ese sentido era recíproco. Yo heredé esa amistad y la continúo”.

Y es verdad que la amistad trascendía al fútbol. Y largamente, eh. Porque cuando Marín murió repentinamente, a miles de kilómetros de su familia, uno de los dos tipos que fue a hacer los trámites relativos al sepelio fue Meza. El otro fue Guillermo Álvarez, el mismo presidente que 20 años antes había decidido contratarlo para el Cruz Azul. Esta circunstancia, tal vez permita darnos una idea de lo que era el “Gato” a nivel humano, de la huella que había dejado como persona en su larga estadía en aquella tierra.

Porque hay que recordar que a los 46 años de edad, muy temprano, la vida de José Marín se apagó para siempre. El 30 de diciembre de 1991, pocos días después de haber dejado su cargo de entrenador en la Universidad de Querétaro, sufrió un infarto en esa ciudad y pese a la rapidez con la que fue atendido no pudieron salvarle la vida.

Con relación a ese momento dramático, esto recordó su hijo en 2007: “Fue muy complicado porque nosotros estábamos en Argentina, justo tramitábamos nuestro regreso a México. No lo crees en primera instancia cuando te avisan. Fue un golpe muy duro. En Querétaro estaba solo, no había nadie con él. Enrique y gente del Cruz Azul se enteraron y empezaron a hacer los trámites, pero al final de los detalles nunca supe nada. Sólo que llegó al hospital con un malestar y no lo pudieron ayudar”.

Y si bien 11 años después de la muerte de Marín, el senador y cardiólogo mexicano Elías Moreno Brizuela denunció negligencia médica en la muerte del ex-arquero, debido a que primero le diagnosticaron un problema en los bronquios sin darse cuenta que su corazón estaba a punto de colapsar, eso jamás pudo probarse en sede judicial. Lo real y concreto más allá de la cuestión legal, es que esa tarde de diciembre del ´91 José Miguel Marín se convirtió definitivamente en una leyenda.

Cruz Azul en 2012 usando el buzo de Marín en homenaje a la leyenda argentina del equipo cementero

Justo en diciembre, el mes más importante de su vida sin duda alguna: en diciembre del ´68 fue campeón argentino y se casó, en ese mes pero del ´71 arribó a un México que lo adoptó como propio, en diciembre del ´80 debió retirarse del fútbol, en ese mes en el ´82 tuvo el episodio que le costó en parte su carrera como entrenador y en el último mes del año, en 1991 llegó el final para él, cuando estaba pensando en instalar una escuela de arqueros donde volcar todo lo aprendido en su campaña.

Con su desaparición física nació la leyenda y el tiempo le ha ido dando un matiz de mito, sobre todo en México, ya que muchos desconocen la muy buena carrera que tuvo en el fútbol argentino. En cambio el Cruz Azul siempre lo tiene muy presente, tanto a nivel dirigencial como sus hinchas, y por ejemplo en noviembre del 2012 le hicieron un homenaje a su familia, entregando distintos reconocimientos a su hijo Maximiliano y a algunos de sus nietos, además de que todos los jugadores salieron al partido ante Monterrey con esos colores que eran tan característicos suyos; pero esa tarde la fiesta no pudo ser completa, ya que el árbitro de turno no dejó que el arquero Jesús Corona utilizara el buzo de Marín, aduciendo que se confundían sus colores con los de la camiseta rival.

Ese tipo de mirada medio triste, de cuerpo tosco que desmentía su increíble agilidad y con los dedos de las manos destrozados de tanto atajar, fue profeta en tierra ajena (“Al fútbol de este país nunca podré pagarle todo lo que me dio” declaró más de una vez) y a lo largo de casi 10 años dio cátedra en el puesto, sin perjuicio de exhibir una caballerosidad deportiva aún recordada. Acá va un video con algunas de las atajadas que registró en su extenso paso por tierra mexicana:

Pero más allá de que en aquel país haya sido Gardel, no debe perderse de vista que fue un tipo muy regular en su larga etapa velezana. Sin perjuicio de quedar en la historia por ser el primer arquero campeón de Liniers, atajó en muchísimos partidos a lo largo de casi 7 años y lo hizo generalmente con buenos rendimientos, en un tiempo dorado de nuestro fútbol en lo referente al puesto, donde prácticamente todos los equipos tenían un buen arquero bajo sus tres palos. El tipo se midió domingo a domingo con los mejores, ganó y perdió porque de eso se trata el deporte, pero siempre dio la talla, con unos reflejos fenomenales y un arrojo que a veces, rozaba lo demencial.

Ese fue en definitiva José Miguel Marín, otro integrante de la galería de grandes arqueros argentinos.

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