Pelota de papel: El Debut

Hoy venimos cortos como patada de chancho, pero desempolvando la neurona de las historias mínimas. Esperamos que les guste.

El debut

Las manos le temblaban y transpiraban al mismo tiempo, en un momento tuvo que cerrar fuerte la mano para que los guantes no le resbalaran. Le habían dicho que el vestuario minutos antes del debut se volvía raro, pero esto superaba lo que había previsto. Sentía frío y calor, ganas de entrar ya y de salir corriendo, todo junto, todo en el mismo momento. Se había entrenado mentalmente para el debut, pero estar ahí, a pasitos de la puerta de salida del vestuario, eso era otra cosa, era otra historia.La noche anterior no había podido pegar un ojo. Se imaginaba cada una de las variantes que podían ocurrir y no dejaba de fallar en todas una y mil veces. Entrar a destiempo, calcular mal, todo junto se le cruzaba por la cabeza.

Trataba de no mirar al entorno, de abstraerse lo máximo posible del ambiente, pero era imposible. El nerviosismo flotaba en el aire y de vez en cuando se le quedaba alojadito en el hombro, haciendo que se sobresalte casi con espasmos, reviviendo el viejo tic de mover sin parar la pierna y deseando fervientemente un pucho, por más que en su vida había fumado. Era el hecho, el acto de ver que a algunos le servía para relajarse, pero sabía que en el vestuario estaba prohibido. Lo que menos quería era cagarla justo hoy. Y mucho menos por hacer algo que no le había gustado nunca en la vida pero, la puta, necesitaba hacer algo ya.

Le pasó por delante Gonzalez, un experimentado ya, que justo está en la habitación de al lado. Le toca el hombro con una mano grandota, cuarteada, de obrero de la construcción, él levanta la mirada y ve los ojos francos de su compañero de vestuario. “Tranquilo pibe, cuanto menos nervioso te pongas, es mejor. Sino no vas a disfrutar nada y, encima, son más las probabilidades de mandarte una cagada, vos viste cómo es esto. Vos hacé lo que viniste entrenando, hacele caso a lo que te digan los que saben y vas a andar bien. Disfrutalo que el debut es una vez sola, eh?” Se rió con una carcajada estruendosa, que retumbó en todo el vestuario, le dio dos palmadas como para desprenderle cualquier infección de los bronquios y siguió. Las manos le temblaban un poquito menos, se estaba calmando hasta que prestó atención a lo que pasaba afuera. A los gritos.

Los gritos, aunque ahogados por los muros y los pasillos que daban al vestuario, le dieron en el pecho, le retumbaban en la caja toráxica. Le habían dicho que se acostumbrara, algo de eso sabía porque tampoco es que pudiera desconocer lo que generaba el ambiente, era así. Gritos iba a haber siempre, y era hasta mejor. Si no se escuchara nada, ahí sí te quiero ver, un debut sin un grito, mamita…Una tristeza. Mejor, mejor focalizarse en los gritos, sumar fuerzas, encauzarlas para hacer volar los nervios. Pintaba hermoso en el párrafo del libro que le había pasado un amigo “lo mejor que podés hacer con tus miedos es canalizarlos y transformarlos en energía positiva”, pero ahora lo único que estaba canalizando eran las ganas de ir al baño. Pidió permiso y se lo dieron con cierto recelo. Ya no faltaba tanto.

Ya estaba todo vestido, así que no se quería manchar. Había hecho lo mismo miles de veces, pero hoy era diferente y lo sabía. Y se notaba, el chorro le salió con una potencia que tuvo que dar un pequeño saltito para atrás para no mancharse. Se vio a la cara en el espejo, la cara chorreando por el agua que se echó para despabilarse, los ojos enormes y llenos de miedo. Se agarró del mármol, bajó la cabeza y cuando la levantó la mirada era otra. Más segura, más decidida, más preparada. No sabía de dónde le habían surgido esa sensación, pero ahí estaba, de frente al mismo espejo donde segundos antes destilaba miedo, ahora siendo un símbolo de seguridad. Con una sonrisa en la boca, dio un golpe al mármol y volvió al banco del vestuario, a esperar el llamado.

Y, a segundos de sentarse de nuevo, la puerta se abre y escucha el aviso: Hora de salir a la cancha. Con la puerta abierta, los gritos son más fuertes y la adrenalina empieza a fluir. iba pegando pequeños saltitos, aspirando y exhalando, agitando los brazos a los costados. Va siguiendo las indicaciones y primero las luces lo ciegan un poco, pero enseguida encuentra su lugar y lo ocupa, tal y como le vinieron diciendo hace semanas, tal y como lo ensayara una y mil veces mentalmente. Concentrado, focalizado, al borde de la hiperventilación pero seguro de lo que debía hacer, de cuál era su función: Aguantar, apoyar al equipo, poner lo que había que poner. Escucha los gritos y por un momento se tensa, pero sabe que eso no ayuda, así que retoma la calma lo más que puede. Era lo mejor para el equipo.

Entonces, le llegó el momento: Le bastó un gesto para responder y, veloz, sin un rastro de dudas, tomó las tijeras y cortó el cordón. Cuando tuvo a su hijo en las manos y lo acercó a su esposa, se dio cuenta que era lo más lindo que había visto, incluso sucio y gritón como estaba en ese momento. Besó a su mujer y siguió a su marca, como lo había ensayado, hasta debajo de la cama o, mejor dicho, hasta arriba del cambiador. El llanto del bebé era como una sirena y él iba en saga, como los tipos que se chupan atrás de la ambulancia para pasar en rojo.

Mientras veía cómo lo pesaban, cómo lo medían, cómo le ponían la batita y el gorrito, sintió otra vez una mano en el hombro, era el partero diciéndole que había estado bien, que el bebé era sano y hermoso y le hizo un chiste por el tamaño de su cabeza “Se nota que viene de familia, no?”. Asintió con una sonrisa en los labios y volvió a su posición, a ver cómo lo ponían en la cuna móvil y lo iban llevando. No lo tenía que perder de vista, porque un parpadeo y chau, ya estaba cumpliendo 6 años. La vida pasaba así de rápido, un día debuta y al toque ya se sienta, ya deja cosas rotas a su paso en la casa, ya empieza a caminar… Mejor, hacerle una personal todo el partido.

Para Tomy, el que me llevó a Primera

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