Reseña de infortunados, pintorescos y sin gloria de Mundiales de Fútbol – Sudamérica (Parte 2)

Hace como 10 años sacamos este post anunciado pomposamente como “La Parte 1” del repaso de jugadores sudamericanos infortunados / pintorescos en Mundiales. Bueno, después de una – suponemos – para ustedes infartante espera, soltamos la Parte 2 con varios que se quedaron en el tintero aquella vez.

Ramón Quiroga (Perú, 1978)

El rosarino Ramón Quiroga era el portero suplente del Flaco” Menutti en ese Rosario Central campeón del Nacional de 1971 (sí, el de ese cuento de Fontanarrosa), título que se  lo vivió íntegro aportando solamente ganas desde la banca. Pero ese mismo año le tocó reemplazar al titular en dos partidos de Copa Libertadores, ambos en Perú contra Universitario y Sporting Cristal, en donde le fue tan bien que los dirigentes de este último club lo contrataron en 1972. La idea original de los rimenses fue el tener un backup confiable en el arco, porque el titular Luis Rubiños se iba de gira seis meses con la selección; pero se combinaron la avanzada edad del peruano, el nivel del rosarino y la portación de pasaporte – siempre pesa por esos lares – para dejar de titular al “Chupete”. Con el club cervecero se quedó hasta 1983 – salvo 1976 en el que fue a Independiente -, luego de lo cual pasó dos años en el Barcelona bananero, un semestre en un equipo llamado Colegio Nacional de Iquitos (!!) y terminó su carrera en Universitario en 1986.

Durante este tiempo era considerado el mejor arquero del fútbol peruano, y de ahí a que lo nacionalizaran en un país que suele producir tantos arquerazos  como mujeres hermosas solo había un paso: debutó en un amistoso contra Hungría en 1977 y fue titular inamovible en las Eliminatorias y Mundiales de 1978 y 1982. En resumen, nada mal para alguien que pintaba para ser banca eterna en su club natal, o si mucho deambular por equipos del deep ascenso setentoso argentino para terminar en algún Atlético Bucaramanga o club salvadoreño.

Pero no lo reseñamos aquí por su carrera sino por EL partido que lo marcó de por vida. “Chupete” (apodo que le venía desde su barrio natal) tuvo la fortuna de coincidir con el tremendo combazo que tenía Perú a finales de los años setenta, con próceres como Teófilo Cubillas, Héctor Chumpitaz y José Velásquez, más laderos bastante eficientes como Toribio Díaz, Percy Rojas, Juan Carlos Oblitas o Gerónimo “Patrulla” Barbadillo, entre otros. Al Mundial de Argentina fueron después de bajarse a Chile de manera casi épica, y sorprendieron al quedar por encima de los favoritos escoceses y holandeses en su grupo de primera fase. Pero para la segunda ronda (que en ese Mundial y el anterior consistió de dos grupos de a cuatro equipos, de los que pasaba a la final solo el primero de cada uno) los peruanos se desfondaron y quedaron eliminados rapidito tras perder con Polonia (0-1) y Brasil (0-3). Así que afrontaban el último partido sin presiones contra Argentina, la que estaba obligada a vencer por más de cuatro goles de diferencia para ir a la final, encuentro en el que ya todos sabemos qué pasó y cómo pasó, no se hagan los maricas.

Bueno, el asunto es que esos seis goles que metió Argentina en ese infame partido le quedaron cargados por siempre en el lomo a Ramón Quiroga, muy probablemente por la facilidad que fue el asociar su lugar de nacimiento con el rival que tenía en frente. Pero de pronto quedó señalado en el imaginario popular más para evitar explicaciones más incómodas que involucraban a todos sus compañeros. Porque en realidad ves los goles y el que menos tiene la culpa en casi todos es el arquero: los defensas y volantes peruanos se la pasaron haciéndole cortina a los argentinos, saltando graciosamente para adornar la jugada, corriendo detrás a 5 Km/hora menos que los delanteros, formándoles pasillo de honor y mirándose entre sí para disimular. Si de verdad hubo algún arreglo (cofcofcof) tienen que echarle el muerto a todo el equipo de esa noche de la banda roja. Por supuesto, Quiroga siempre ha negado haberse vendido, pero el seisaceronoseolvidamás por la gente, que es ingrata y rencorosa. De todas maneras el hehco no le afectó la titularidad en la selección al menos hasta el Mundial de 1982, después de lo cual desapareció del mapa para el fútbol de selecciones, hasta que lo vimos aparecer casi como una reliquia del pasado al entrar de reemplazo de otro cuestionado, Eusebio Acasuzo, que se comió tres goles en quince minutos en la ida del playoff contra Chile en 1985.

René Higuita (Colombia, 1990)

Es muy jodido ser uno de los más grandes arqueros de la historia del fútbol de un país y ser relacionado en gran (o al menos “en buena”) parte a una monumental cagada en el hasta esa fecha partido más importante del fútbol nacional. Le pasó a René Higuita, genio y figura del arco colombiano, reinventor del puesto y símbolo ochentonoventoso, autor también de otras jugadas muy gloriosas de esas que aún se siguen hablando hoy. El particular arquero era titular fijo y una de las figuras de esa selección colombiana que clasificó al Mundial de 1990, la primera en eones que no era goleada por el perro y el gato y que era fiel cultora del fútbol de toque y poZZZesión sin prestársela al contrario, aunque esto implicara no patear casi al hijueputa arco. De todos modos el hecho de agarrar algo de protagonismo y clasificar a un Mundial levantó la moral en el respetable, que esperaba con mucha expectativa una actuación digna en Italia ´90, aunque algún desaforado apostaba con mucho folclorismo por llegar al menos hasta semifinales.

La selección coronó primera fase con un soso 2-0 ante Emiratos Árabes Unidos, un 0-1 decepcionante ante Yugoslavia y un 1-1 con tintes heroicos para la hinchada ante Alemania (el equipo controló bien a los alemanes y recibió el 0-1 al minuto 88, que el grandísimo Freddy Eusebio Rincón empató a los 93). Con tres puntos le alcanzó para clasificar entre los mejores terceros (Austria y Escocia fueron los dos que no llegaron) a Octavos de Final, en donde les tocaría enfrentarse a la sorpresiva Camerún.

El partido fue más enfarragado que proceso de divorcio con hijos en medio: los primeros 90 minutos fueron no de estudio sino de tesis de grado entre ambos, que se dedicaron a ver qué hacía el otro y solo generaron un par de ocasiones dispersas. El primer tiempo suplementario fue más de lo mismo, y el segundo no pintaba para algo diferente hasta que le cayó el balón al veterano Roger Milla, que muy juiciosamente se coló por el agujero negro que tenía la defensa colombiana por la banda derecha y metió el 1-0. Mazazo que cimbró a los de amarillo que intentaron tímidamente sacudirse para remontar, pero tres minutos después, pasó esto:

El tema con Higuita es que no estaba ahí tan afuera de su arco porque le pintó: siempre jugaba así desde el Nacional de Pacho Maturana, para aprovechar su buen dominio del balón y así funcionar como arquero-líbero. En la selección colombiana el Filósofo de ébano lo utilizó así para extrañeza del mundo del fútbol, no acostumbrado a ver a un portero tan allá en el carajo (una costumbre de la cual no fue pionero, porque precisamente el homenajeado de arriba ya lo hizo en Argentina 1978), y por eso la televisión italiana enfocaba a cada rato a Higuita a 30 metros de su arco como si fuera una curiosidad. Para el momento en que ocurrió el fatídico gol de Roger Milla era lógico que Higuita estuviese ahí para empujar a su equipo en desventaja, y de hecho más cagada fue la de Luis Carlos Perea que le devolvió el balón a pesar de tener a Milla rondando por ahí cerca con ganas de cobrar. Pero el caso fue que para todos en Colombia, incluso los que le celebraban toda locura como si fuese una parranda, la cagada fue toda de Higuita y representó una de las bajoneadas más bravas que ha tenido la afición del país en toda la historia. Bueno, esperemos mañana a ver si no habrá otra que le gane…

Serginho (Brasil, 1982)

Muy pocas veces un jugador ha quedado tan asociado a la rusticidad y burrez como el brasileño Serginho Chulapa (para el mundo simplemente Serginho) en el Mundial de 1982. Es que el delantero surgido en Sao Paulo en 1973 desentonaba terriblemente en ese equipazo con Leandro, Oscar o Edinho, Luizinho, Junior, Sócrates, Toninho Cerezo, Zico, Falção y Eder (había otro que no cuadraba mucho pero estaba en el arco). Todos ellos eran de nivel entre muy bueno a directamente crack, y además ya se habían acoplado de tal modo que, nostalgias aparte, funcionaban en serio como una maquinita de toque, triangulaciones casi quirúrgicas y goles.

Bueno, Serginho era como una llave tres cuartos que caía dentro del motor y lo volvía mierda. Porque era horrible en serio: era alto pero no tipo-tanque para ganar de físico, no pivoteaba sino que hacía de frontón para el balón que caprichosamente rebotaba al carajo, y tampoco es que tuviera una precisión milimétrica para definir como para compensar lo anterior. A pesar de todo esto, Serginho fue titular inamovible en todos los partidos de Brasil en España 82, en contra de la creciente inconformidad y extrañeza de la afición, que no entendían por qué era fijo en el esquema de Telé Santana por sobre el veterano Roberto Dinamite (que a su vez llegó por lesión a última hora de Careca), que no era ufffff el Romario pre-90, pero al menos mostraba más recursos en cancha. Con el viento totalmente de frente Telé Santana se la jugó a muerte con Serginho, probablemente con la fe que siempre le tuvo desde que él mismo lo descubriera y lo hiciera debutar como profesional en Sao Paulo en 1973.

Pero no era solo tema de fe la titularidad del tosco nueve paulista: los números de Serginho en el fútbol brasileño eran respetables, con 242 goles en 399 partidos con Sao Paulo entre su debut y 1982. Claro que el delantero también era más conocido en su país porque básicamente era no solo un goleador sino un furibundo termo que dejaba su huella para la posteridad en los partidos más importantes/calientes. Como en la final del Brasileirao de 1981, en la que le entró con mucha mala onda y después pisóLeão – otra joya de la malalechez – en ese momento arquero de Gremio. O esta hermosa muestra de lo tostadas que pueden estar las neuronas de un ser humano en un clásico contra Corinthians, en donde se agarró con el defensor Mauro con una dedicación y termismo que de verdad vale la pena ver:

Immpresionanchi. Todo esto resultaba en que el longilíneo delantero fuera líder no solo en la tabla de goleadores sino también en la de tarjetas rojas. Y que además corrieran rumores entre el populacho brasileño – siempre propenso a los chismes y la mala onda – : las malas lenguas decían que además era propenso a hacerse expulsar en ciertos partidos previos a las fechas en las que a su equipo le tocaba viajar a alguna ciudad alejada de Sao Paulo. ¿Por qué? Porque recibía la fecha de suspensión en casita y así se evitaba la incomodidad de embarcarse con sus compañeros a viajar hasta la loma del culo para enfrentarse a algún club ignoto del interior… un genio.

Volviendo al Mundial, Serginho hizo dos goles: uno en la goleada 4-0 a Nueva Zelanda en primera fase y otro en el 3-1 a Argentina en segunda; los números fríos dirán que dos tantos en cuatro partidos de un Mundial no es horrible, pero en general el delantero dejó muy en evidencia sus limitaciones en estos partidos. Cuando más se hizo notorio y desesperante fue en el célebre encuentro contra Italia en el partido que definía a uno de los semifinalistas, en el cual su evidente torpeza para resolver situaciones de gol y al menos en colaborar con el juego del Scratch desesperó a la afición de medio mundo. Contrastes que hacen historia: no le salió la apuesta a Telé Santana, lo contrario de su colega del frente que se aguantó como un campeón los pedidos masivos de banquear a un Paolo Rossi que hasta ese partido no había hecho gol en el Mundial….

Richard “Chengue” Morales (Uruguay 2002)

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“El Chengue” Morales era un delantero más enjundioso que letal, que no muestra registros goleadores particularmente destacables pero que era especialista en marcar en partidos importantes y/o en rachas seguidas que le compraban la titularidad cuando la afición o el DT se estaban ya preguntando qué carajo hacía ese horrible en la cancha. Así se mantuvo varios años en el fútbol europeo y en Nacional – el club con el que ganó títulos y con el que se identificará para toda la vida – haciéndose notar especialmente en los ásperos clásicos contra Peñarol, en los que además de meter goles no le temblaba la mano al momento de participar de manera activa en la tan uruguaya tángana. Como en un clásico de 2000 que terminó con varios compañeros y rivales en la cárcel por varios días (Años después recordó que “Fue un error, un momento de calentura mal administrado (…). Terminado el encuentro fuimos a nuestras casas, horas después debimos presentarnos en un juzgado. En la noche se revisaron los videos y quienes no estaban involucrados en los incidentes salieron en libertad, los demás fuimos a prisión (…). A mí me sancionaron por cinco fechas y estaba fuera de la final; pero mis compañeros podían jugar al igual que los de Peñarol. Así que entrenaron en la cárcel, subiendo y bajando pisos. Incluso los cuerpos técnicos fueron a la prisión para dar pautas de entrenamiento.“).

En resumen: era un termo rudimentario pero querible precisamente por lo mismo y porque le metía bastantes ganas, y porque acertaba cuando uno le iba perdiendo la fe. Así fue con su selección, en la que anotó solo seis goles en 27 partidos, pero de ellos tres bastante destacables: dos en el 3-0 de la vuelta contra Australia que mandó a la Celeste al Mundial de 2002, y uno en el 3-3 contra Senegal en el último partido de la fase de grupos de ese mismo campeonato. Precisamente este partido casi fue la gloria para el Chengue, vital en la cuasi-remontada de los uruguayos después de un demoledor 0-3 en el primer tiempo, que se comenzó a gestar gracias al rústico pero empujador delantero que anotó apenas comenzado el ST – y que recién había ingresado desde el banco en el entretiempo. El Chengue peleó todas, se fajó culo con culo contra los senegaleses, pivoteó como pudo, le llenó el lomo de cuestionamientos a los africanos y provocó el penal que derivó en el infartante 3-3 al minuto 88 y que ponía a los uruguayos a un gol de una épica clasificación. Estaba madurito el milagro, Uruguay empujaba con su vida y los senegaleses estaban más cagados que parapeto de loro y desubicados como reguetonero en biblioteca, era solo cuestión de acertar una más.

Ese era el ambiente cuando en tiempo de descuento, uno de los cuatrocientos ollazos tirados con mucha fe por los de celeste fue rechazado con angustia por los senegaleses – ya en desbandada táctica para ese momento -. El rebote le cae a Gustavo Varela, que manda al arco con poca fuerza pero sí con veneno un tiro que es rechazado como puede por el arquero Tony Silva. El balón se eleva como mil metros y le cae al Chengue Morales, con el arco casi abierto de patas esperando el gol solo cubierto a medias por un Silva recién levantándose y un defensor caído. Y pasa esto:

Pasó que el Chengue le entró a cabecear como si hubiera tenido los ojos cerrados y le decían “pilas que ahí te va a caer un balón“, y mandó a la mierda todo lo que hubiese podido ser una clasificación heroica y una historia de esas que se recordarán en todos los Mundiales. El empate eliminó a Uruguay – y salvó a los africanos que pasaron de ronda junto a Dinamarca -, pero algo se puede rescatar hasta el fin de los tiempos: al menos la jugada nos dejó para la posteridad el baboseante cabeceo virtual del Gordo Púa

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