Fueron historia: El Equipo de Oro

Vamos con la segunda entrega de esos equipos que por su calidad y su huella en la historia del fútbol se ganaron un apodo propio. Esta vez hablaremos de la histórica selección de Hungría de principios de los años 50. 

El fútbol ha sido uno de los deportes populares por excelencia en Hungría. La calidad de sus jugadores sobresalía en el mundo, pero fue a partir de la década del ´30 donde empezaron a ser reconocidos internacionalmente. Luego de disputar el Mundial de 1934 y salir sextos, llegaron al próximo mundial con otras expectativas. En Francia 1938, los húngaros llegarían a la final del mundo luego de despachar a las Indias Orientales Holandesas (hoy Indonesia), Suiza y Suecia para perder la final con Italia, como vimos también en el post anterior, donde hablábamos del Wunderteam austriaco, equipo que sería el antecesor del que homenajearemos hoy. El inicio de la Segunda Guerra Mundial, parecía sepultar las chances de los húngaros, pero al contrario de lo que podía suponerse, luego de ese violento episodio empezaría la etapa dorada de los magiares.

En el pleno invierno europeo, un 22 de enero de 1906, nacía alguien que luego se transformaría en leyenda; su nombre: Gusztáv Sebes. Hijo de un zapatero, ya desde chico tenía al fútbol como deporte preferido. Los potreros de Budapest, eran de arena, lo que hacía más fácil la adaptación de los jóvenes cuando pasaban al verde césped. Entró en las inferiores de uno de los equipos más respetados de la época, el Vasas. Al mismo tiempo, trabajaba como montador en fábricas de automóviles, donde tenía una gran vocación sindical. Aprovechando ambas cosas, viajó a Francia donde trabajaría para Renault, mientras despuntaba el vicio en el equipo de la fábrica, el Club Olympique Billancourt. En 1927 vuelve a su país, para jugar en MTK Hungaria, donde forma una gran amistad con jugadores como Jenő Kálmár, Pál Titkos, Iuliu Baratky y el futuro jugador de Boca y Argentinos, Ferenc Sas. Durante esos años, ganó con el equipo tres ligas y una Copa de su país, y el momento de gloria lo vivió en 1936, cuando jugó su único partido en la selección absoluta. Una vez retirado, empezó a ejercer la dirección técnica en equipos menores como el Szentlőrinci AC, el Csepeli WMFC (Weiss Manfred FC) y el Budafoki MTE. En 1948, junto a Béla Mandik y Gábor Kompóti-Kléber, forman parte de un comité encargado de manejar los hilos de la selección nacional.

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El titiritero del equipo

En enero de 1949 el comunismo llegaba al poder en Hungría, con lo que los clubes de fútbol, como en casi todos los países socialistas, formarían parte de la nacionalización del gobierno; Sebes asumiría como Viceministro de Deportes, y a su vez como entrenador en soledad de la selección. Los dos grandes equipos húngaros quedaron en veredas opuestas: el MTK fue a parar a manos de la policía secreta húngara, llamada AVH, mientras que el Ferencváros siguió igual, debido a su tradición de derecha. Otro de los clubes de la capital húngara, el Kispest AC, iba a ser parte del Ministerio de Defensa, y por consiguiente, del ejército húngaro, cambiando el nombre a Budapest Honvéd SE. En ese equipo, había dos jugadores que darían que hablar un tiempo más adelante: Ferenc Puskás y József Bozsik. Gracias a la participación del ejército en las altas esferas del club, el Honved se pudo hacer del servicio de varias de las estrellas de la liga: Sándor Kocsis , Zoltán Czibor y László Budai del Ferencvárosi TC; Gyula Lóránt del Vasas, y el portero Gyula Grosics. Con casi todos los mejores jugadores juntos, a Sebes se le facilitó armar el seleccionado nacional, ya que el club era casi un campo de entrenamiento para la selección. En cuanto a lo táctico, Sebes tenía a Hugo Meisl (del Wunderteam) y a Vittorio Pozzo, bicampeón mundial con Italia, como sus grandes referencias. Mientras, el MTK tenía a Márton Bukovi, que con un sorprendente sistema numerado como 4-2-4, sorprendía a propios y extraños. En ese equipo, eran claves dos jugadores que luego serían importantísimos para Sebes: Péter Palotás y Nándor Hidegkuti, los movimientos de este último, quien jugaba de delantero centro pero entraba y salía del área, le valieron a la posición el nombre de Falso 9 a partir de un partido ante Inglaterra, pero eso lo detallaremos más adelante. Otro importante entrenador del país que utilizaba ese sistema, fue un tal Bela Guttman, alguien que en el Benfica siguen recordando hasta hoy, y quien llevó esa forma de jugar a Brasil, algo que terminó de aceitarse en 1970…

El 8 de mayo de 1949 se dio el primer paso bajo la dirección técnica de Sebes (que había debutado con derrota ante Checoslovaquia, pero sin muchos de los jugadores que nombraremos en este post). El rival, su admirado Austria por la llamada Copa Europea del Este, de la que participaban grandes equipos de la época como Italia, Checoslovaquia, Polonia, Rumania, Suiza o Yugoslavia. La Copa en cuestión había arrancado en 1948 y se daría por terminada en 1953. Los magiares ya habían jugado cuatro partidos, con dos triunfos (7 a 4 a Suiza y 2 a 1 a Checoslovaquia) y dos derrotas (3 a 2 con Austria y 5 a 2 con Checoslovaquia). Los húngaros evidentemente captaron al toque las ideas de su entrenador, ya que aplastaron a los austriacos por 6 a 1 con tres tantos de Puskás, dos de Deák y el restante de Kocsis. A partir de ahí el equipo empezó a encadenar un juego vistoso y aceitado, respaldado por el ajuste táctico de Sebes, que pasó a formar la famosa WM (en números 2-3-3-2). Eso llevaba a que el delantero centro salga del área para que suban los laterales y sobre todo, que ninguno ocupe una posición específica, sino que los jugadores puedan jugar en cualquier posición. Puskás, una vez declaró: “Cuando atacábamos, atacábamos todos, y en defensa era lo mismo. Fuimos el prototipo para el Fútbol Total de Holanda”.

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LA LEYENDA

Luego de ese debut arrollador siguió un empate en uno ante Italia también por la Copa (otro gol de Deák), y luego empezaron los amistosos, con otro empate, esta vez en dos contra Suecia. A partir de ahí llegaron todas goleadas (a Austria, Checoslovaquia, Polonia, Suecia, Bulgaria, Albania, Alemania Oriental, Finlandia) y solo una derrota, 5 a 3 con Austria en Viena. Llegaban los JJOO de Helsinki 1952 y Hungría aparecía con esta carta de presentación bajo el mando de Sebes: 19 partidos, 15 victorias, tres empates y la mencionada derrota ante Austria, con 93 goles a favor (casi cinco por partido de promedio), y 23 en contra. Los Juegos Olímpicos de ese momento tenían un especial sabor debido a la llamada “Guerra Fría” entre el capitalismo y el comunismo, y los segundos le daban una importancia en el fútbol que quizás otros países no. Por esa situación, los Juegos terminaban siendo muy competitivos por la calidad de equipos del este que participaban, como por ejemplo Yugoslavia o Unión Soviética. Durante la ronda preliminar, los húngaros tuvieron a un duro escollo como Rumania, al cual vencieron 2 a 1 con tantos de Czibor y Kocsis, para meterse en la primera ronda. En esa ronda preliminar, Francia fue eliminada por Polonia, Bulgaria por la URSS, Chile por Egipto y la gran sorpresa: Gran Bretaña cayó 5 a 3 con Luxemburgo (!), en un partido que terminó 1 a 1 en los noventa y después se mataron a goles, con los británicos volviéndose rápido a casa. Hungría entonces tenía que vérselas con una Italia que había vencido 8 a 0 a Estados Unidos y era uno de los grandes candidatos. El 3 a 0 con dos de Palotás y uno de Kocsis empezaba a mostrar que el equipo era cosa seria. Mientras la mayoría de los candidatos seguían avanzando, menos la Unión Sovíetica que era eliminada por Yugoslavia luego de empatar 5 a 5 y perder por penales. ¿Luxemburgo? Caía dignamente 2 a 1 ante Brasil

En Cuartos de final esperaba Turquía, que venía de eliminar a las débiles Antillas Holandesas, resultando en un partido donde Hungría se paseó de principio a fin, aplastando a los turcos por 7 a 1. Kocsis y Puskás anotarían por duplicado, y se sumarían a la fiesta Palotás, Lantos y Bozsik. Su rival en semifinales sería el campeón defensor, Suecia, mientras que en la otra llave se cruzaban Yugoslavia y Alemania Federal, que venía de vencer a Brasil en tiempo extra. El 28 de julio de 1952, los magiares desplegaron un fútbol de alto vuelo frente a los nórdicos que sólo veían pasar la pelota de un lado a otro. Al minuto, Puskás ya había abierto la cuenta y después fueron llegando los goles como por decantación. Palotás y Lindh en contra ponía tres de diferencia en la primera etapa, y promediando el segundo tiempo, en una ráfaga de cuatro minutos, Kocsis dos veces e Hidegkuti, pondrían el 6 a 0 definitivo para asegurarse al menos la medalla plateada. Por la otra llave, para festejo socialista, Yugoslavia vencía 3 a 1 a Alemania, y también se aseguraba una medalla. Suecia iba a tener el consuelo de ganar la medalla de bronce venciendo 2 a 0 a los teutones. El 2 de agosto en Helsinki, ante 58.533 espectadores, húngaros y yugoslavos se enfrentaban en busca de la presea dorada. En un partido cerrado los yugoslavos aguantaron 70 minutos, hasta que Férenc Puskás desataba la gloria eterna para el pueblo magiar. Dos minutos antes del final, Czibor sentenciaba el encuentro para dar paso a la leyenda llamada como El Equipo de Oro (Aranycsapat en húngaro), pero esto sólo era el comienzo.

Antes del partido, el gobierno húngaro le había dicho al entrenador cinco duras palabras: No se tolerará la derrota. Así también lo recordaba Sebes: “Rakosi (NdeA: Primer Ministro húngaro) me recordó en términos muy claros que no se toleraría la derrota. No trasmití el mensaje a mis jugadores, pero ellos ya sabían lo que estaba en juego ese día”. Tras el título, Puskas afirmó: “De regreso a casa, nada más pasar Praga, el tren empezó a parar en todas las estaciones y apeaderos para que la gente nos saludara. Las escenas en la estación de Keleti cuando llegamos a Budapest fueron increíbles. Unas 100.000 personas abarrotaban las calles adyacentes para celebrar nuestro triunfo. Estábamos eufóricos. Se trataba de nuestro primer gran triunfo”. Los nombres del equipo dorado estaban compuestos por los siguientes jugadores: el arquero Gyula Grosics, los defensores Jenő Buzánszky, Mihály Lantos, József Zakariás, Jenõ Dalnoki, los mediocampistas József Bozsik, Gyula Lóránt, Imre Kovács y los delanteros Nándor Hidegkuti, Sándor Kocsis, Péter Palotás, László Budai, Ferenc Puskás, Zoltán Czibor y Lajos Csordás.

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EL EQUIPO DE ORO

Ya con la medalla colgada en el pecho era el momento de poner un nuevo objetivo: la Copa Mundial a disputarse en Suiza en 1954, pero antes habría otras historias que contar. Un mes después de la victoria en Helsinki, viajarían a Berna para vencer por 4 a 2 a Suiza con tantos Puskás en dos ocasiones, Kocsis e Hidegkuti. Por la Copa Europea y el 17 de mayo, ya de 1953, golearían otra vez a Italia, esta vez en Roma por 3 a 0 con uno de Puskas y dos de Hidegkuti para coronarse campeones europeos. Parecían no tener rivales. Sabiendo de su calidad, los magiares recibían invitaciones desde distintos lados para jugar, como Austria, Checoslovaquia, Suecia, Bulgaria o hasta Egipto, pero había una selección en particular que quería probar en carne propia a ese equipo que era llamado el mejor del mundo, algo para ellos ilógico, ya que todavía no lo habían enfrentado y lo sentían casi como una ofensa: Inglaterra. Los ingleses se consideraban los mejores del mundo, ya que nadie por fuera de las islas británicas los había vencido en su casa (se podría decir que lo hizo Irlanda en 1949, pero del resto de Europa, nadie). La Federación inglesa propuso el partido para demostrar esa superioridad técnica y táctica británica, mientras que la prensa lo llamó simplemente el partido del Siglo. Sebes, viejo lobo, practicó con balones y modificó las dimensiones del terreno para asemejarse al de Wembley.

El 25 de noviembre de 1953, en Wembley y con 105.000 espectadores, ingleses y húngaros lucharían por determinar quién era el mejor. Los ingleses, que también utilizaban la WM, en cancha contaban con el arquero del Birmingham, Gil Merrick, y jugadores de la talla del enorme Stanley Matthews (uno de los grandes jugadores de la historia inglesa), el capitán Billy Wright, el futuro entrenador campeón del mundo Alf Ramsey y Stan Mortensen, entre otros. No tardaron mucho los húngaros en demostrar su capacidad goleadora, ya que al minuto, Hidegkuti silenciaba el maravilloso Wembley para poner a los mágicos arriba en el marcador. Los húngaros se movían como un ballet, de un lado a otro, y los ingleses no sabían si seguir a uno, o marcar en zona, pero no había caso, siempre llegaban primero los visitantes. A pesar de ese comienzo, a los 13 minutos Stan Mortensen asistió a Jackie Sewell para poner el empate parcial. Eso hizo enojar a los húngaros que en siete minutos, desde los 20 a los 27, anotaron tres tantos, dos por medio de Puskás, uno con tremenda gambeta incluida y uno de Hidegkuti, para poner un 4 a 1 durísimo en menos de media hora. Mortensen pudo descontar antes de los 45, pero el partido se le había puesto muy cuesta arriba a los ingleses. En el segundo tiempo los húngaros siguieron con su demostración de fútbol, Boszik puso el quinto y a los 10 del complemento, Hidegkuti culminó una jugada de diez pases para terminar con una volea su hat trick. Inglaterra descontó de penal por medio de Ramsey, pero luego, los minutos pasaron como si fuera una exhibición de los húngaros, que tocaban de acá para allá, casi sin querer hacer goles. La visita tuvo 35 remates al arco, contra solo 5 de los locales… al menos en efectividad si les ganaron… Con Hidegkuti de falso 9, los ingleses quedaron siempre perdidos porque los demás aparecían en cualquier momento por el área, rotando de posición constantemente, lo que hacía que los ingleses padecieran el partido durante los 90 minutos.

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Los que le enseñaron algo de fútbol a los ingleses

El legendario Bobby Robson alguna vez declaró: “Vimos un estilo de juego, un sistema de juego que nunca habíamos visto antes. Ninguno de estos jugadores significaba nada para nosotros. No sabíamos nada sobre Puskás. Todos estos jugadores fantásticos eran hombres de Marte en lo que a nosotros concierne. Venían a Inglaterra, que nunca había sido derrotada en Wembley. La forma en que jugaban, su brillantez técnica y experiencia… nuestra WM fue bloqueada en noventa minutos de fútbol. El juego tuvo un efecto profundo, no solo en mí sino en todos nosotros. Ese solo juego cambió nuestro pensamiento. Pensamos que demoleríamos a este equipo: Inglaterra en Wembley, somos los maestros, son los alumnos. Fue absolutamente al revés”. Por su parte el capitán Wright sentenció: “Hemos subestimado completamente los avances que Hungría había hecho, y no solo tácticamente. Cuando salimos a Wembley esa tarde, al lado del equipo visitante, miré hacia abajo y me di cuenta de que los húngaros tenían estas botas extrañas y livianas, cortadas como zapatillas debajo del tobillo. Deberíamos estar bien aquí, Stan, no tienen el kit adecuado, le dije a Stan Mortensen…”. Vaya si los habían subestimado. Seis meses después, el 23 de mayo de 1953, sería el turno de la revancha en Budapest. Bajo la efusividad de 92.000 almas, los húngaros no tuvieron ni un poquito de piedad con los ingleses. Lantos, Puskás y Kocsis, en 19 minutos, ya le daban bríos de goleada al partido. En la segunda etapa, Kocsis, Hidegkuti, Tóth y otra vez Puskás, seguirían reventando las redes inglesas, mientras que Broadis marcaría el gol del honor para la vista. El 7 a 1 volvió demostrar la clara superioridad húngara, y fue el último partido antes del Mundial de Suiza, al que llegaban como grandes candidatos.

Al Mundial llegaban 16 equipos divididos en cuatro grupos de cuatro. Con dos cabeza de serie por grupo, que no se enfrentarían entre sí.  Hungría y Turquía serían los cabezas de serie del grupo, y se enfrentarían a los que no lo eran, Alemania Federal (!) y Corea de Sur. Los húngaros arrancaron con todo en esa primera fase, goleando 9 a 0 a los asiáticos, con tres de Kocsis, dos de Puskás, dos de Palotas, y los restantes de Lantos y Czibor. Los alemanes vencieron a Turquía por 4 a 1, por lo que el ganador entre teutones y magiares le aseguraría la clasificación a quien se lleve el duelo. Con un Kocsis en un estado intratable como autor de cuatro goles, los mágicos le propinaron el mayor cachetazo histórico a los alemanes al vencerlos por 8 a 3, Hidegkuti dos veces, Toth y Puskás marcaron los restantes, pero el símbolo de la selección, Puskás, se retiraría con el tobillo fracturado, en lo que sería clave en las aspiraciones del equipo.

En cuartos esperaba Brasil: se venía uno de esos partidos que adquiriría apodo propio, se avecinaba La Batalla de Berna. El encuentro estaba pactado para el 27 de junio, y los húngaros, pese a no contar con Puskás, se pusieron en ventaja rápidamente a los 3 minutos por medio de Hidegkuti. Cuatro minutos después, iba a ser el goleador quien asistiera a Kocsis para sacar diferencia de dos. A partir de ahí ambos equipos entraron un juego violento casi sin precedentes. Una falta a Indio dentro del área terminaría con Djalma Santos convirtiendo la pena máxima a los 18 de la primera etapa. Al cuarto de hora del segundo tiempo Lantos volvería a estirar la ventaja para los magiares, pero cinco minutos después Julinho acortaría diferencias. Hasta que a los 71 minutos empezaron a caer las expulsiones, una fuerte entrada de Nilton Santos a Boszik terminó con ambos afuera, ya que Boszik respondería al foul con una agresión para irse a las duchas antes de tiempo. Brasi casi iguala con Didí, pero el travesaño le ahogó el grito y Humberto iba a ver la roja por golpear a Lórant. Sobre el final Kocsis puso el 4 a 2 definitivo que dejaba a los húngaros entre los cuatro mejores; pero no todo terminaría ahí. Luego del final, Puskás, luego de algunas discusiones, habría lanzado una botella que impactó en Pinheiro, por lo que los brasileños fueron hasta el vestuario rival a buscar venganza por mano propia. En los vestuarios hubo piñas, patadas y botellazos, y uno de los que salió herido fue el propio entrenador Sebes, que terminó con cuatro puntos de sutura tras ser herido de un botellazo. El enviado especial del The Times británico, declaró: “nunca he visto en mi vida golpes tan crueles”. El referí Arthur Ellis por su parte, afirmó: “Pensé que iba a ser el mejor juego que jamás hubiera visto. Estuve en la cima del mundo. Si la política y la religión tenían algo que ver con eso, no lo sé, pero se comportaron como animales, fue una desgracia, fue una pelea horrible. En el clima actual, muchos jugadores que hubieran sido expulsados ​​del juego. Mi único pensamiento fue que estaba decidido a terminarlo”. Pese a todo los magiares estaban en semifinales.

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LA BATALLA DE BERNA

Allí esperaba otro de los candidatos, invicto en Copas del Mundo: Uruguay, que había participado en dos ocasiones en las que había conseguido ambos títulos. Sin Puskás la responsabilidad recayó en Czibor, a quien no le pesó para nada el rol, ya que a los 13 marcaba el primer gol del encuentro. Al primer minuto de la segunda etapa Hidegkuti pondría diferencia de dos, pero los uruguayos jamás se dieron por vencidos y de la mano del cordobés Juan Hohberg llegaron al empate antes que terminen los 90 minutos reglamentarios. En el tiempo extra los húngaros tuvieron más fortaleza física y dos tantos de ese animal del gol que era Kocsis le dieron el 4 a 2 definitivo y el pase a la final. Luego del encuentro el periodista inglés Paul Gardner escribió: “Produjeron una magnífica afirmación del fútbol como deporte“. Por su parte, Gerardo Bassorelli señaló en el diario La República de Montevideo: “Tantos años de invicto en Mundiales acabaron en los pies de Kocsis, pero, por más que el traspié haya calado hondo, al punto de que algunos de nuestros muchachos lloraron en vestuarios desconsoladamente, el tiempo ha hecho que aquella derrota se transformara en orgullo de celestes y magyares”.

En la final esperaba otra vez Alemania, buscando vengarse de la goleada sufrida en la primera ronda. Yugoslavia y Austria fueron los equipos a los que dejó en el camino. En Hungría volvería Puskás, pese a no estar al cien por ciento. La lluvia que caía durante el cotejo, complicaba a los dos, aunque perjudicaba un poquito más a los magiares, ya que los botines nuevos de Adidas que utilizaban los alemanes tenían más agarre y resbalaban menos. Sin embargo, en los primeros ocho minutos Puskás y Czibor pondrían dos de ventaja (gran regalo de Turek en el segundo) y parecía que el final cantado iba a suceder… Pero en este día fue cuando empezó ese espíritu guerrero germano, el de no dar por perdido nunca un partido: dos minutos más tarde, Morlock descontaba y ponía solo uno de distancia. A los 18 minutos, Helmuth Rahn igualaba el marcador y así se irían al descanso. En el complemento, el arquero alemán Toni Turek se convirtió en la gran figura del partido, parando cualquier disparo que llegaba a su portería. Puskás, por su parte, padecía el problema en el tobillo y no podía casi pisar durante esa etapa. Pero a los 84 llegó esta jugada, y se lo dejamos en lo que decía el relator radial Herbert Zimmermann para transmitirle a todo un país lo siguiente: “Alemania avanza por el costado izquierdo con Schäfer. El pase de Schäfer a Morlock es despejado por los húngaros. Y Bozsik, de nuevo Bozsik, el carrilero derecho de Hungría, se hace con el balón… Pero esta vez lo pierde, ante Schäfer. Schäfer centra, despejan de cabeza, Rahn debería disparar desde atrás, ¡Rahn dispara! ¡Gooool! ¡Gooool! ¡Gooool! ¡3-2 para Alemania!”. Como vemos, no le llega ni a los talones del barrilete cósmico de Víctor Hugo Morales, pero quizás en alemán sea más interesante… Tres minutos después del gol alemán, llegó la gran polémica, cuando Puskás, maltrecho y todo, puso el empate, pero el gol fue anulado por un offside que hasta hoy se sigue discutiendo. “Fuimos los campeones morales” declaró alguna vez el crack húngaro, en una oración que hace emocionar a Angel Cappa. Hungría perdía luego de 32 partidos y Alemania se consagraba campeón por primera vez en su historia. Hasta hay una película basada en El Milagro de Berna.

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El campeón impensado…

Luego de la final Hungría siguió siendo invitada para demostrar su fútbol en varios lados del mundo, como en Moscú, donde igualaron en uno con los soviéticos, o en Glasgow, donde ante 134.000 personas, golearon 4 a 2 a los locales. El 23 de septiembre, otra vez en Moscú, los húngaros ganaban por 1 a 0 con gol de Czibor. Exactamente un mes después se desataba la Revolución húngara en contra del gobierno y sus políticas impuestas por la Unión Soviética. Las tropas soviéticas invadieron Hungría y reprimieron todo tipo de protestas. Los jugadores, mayoría del equipo Honvéd, estaban en España para disputar un partido de la Copa Europea ante el Athletic Bilbao y al enterarse de las noticias que llegaban de su país decidieron no volver.

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La cabeza de Stalin luego de la Revolución

Así se cerraba la etapa más gloriosa de la selección. Puskás se transformó en uno de los mejores jugadores del Real Madrid y llegó a jugar un Mundial para España en 1962. Kocsis y Bozsic terminaron en el Barcelona, donde ya era figura su compatriota Ladislao Kubala desde hacía años. Los mágicos magiares jugaron 62 partidos, con 50 victorias, 9 empates y 3 derrotas. Anotaron 264 goles a favor y les convirtieron 77 veces. Los grandes goleadores de esa época dorada fueron: Kocsis con 68, Puskás 60, Hidegkuti 29, Palotás 17, Czibor 16, Deák 11, Budai 9, Sándor 8, Szilágyi 7 y Bozsik 5. Sebes, el padre de la criatura, fue reemplazado por Márton Bukovi en junio de 1956, y hasta 1960 siguió siendo Presidente del Comité Olímpico Húngaro, cargo que ejercía de 1948 y también, vicepresidente de la UEFA, donde estaba desde 1954. Luego fue entrenador de equipos como Újpesti Dózsa SC, Budapest Honvéd SE y Diósgyőri VTK, pero sin tanto éxito como en la selección. Esta siguió de pie pese a todo, ganando las medallas de oro en los JJOO de 1964 y 1968, pero de a poco el talento iría desapareciendo. Como la vida de “El Tío”, como lo llamaban sus dirigidos, que se apagaba el 30 de enero de 1986 en la capital de su país, unos meses antes de que su selección juegue por última vez un Mundial, cosa que hoy parece cada vez más difícil.

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