Grandes fotos del fútbol – Vol VI

Volvemos a mostrar más fotos históricas de fútbol y sus historias detrás de ellas.

El minuto del Diablo

Para ustedes se verá de otro modo, pero lo cierto es que para la mentalidad de un hincha colombiano promedio, el América de Cali siempre ha sido un club lleno de muchísima grandeza, que no se ha podido esfumar a pesar de andar los últimos años como esas familias ricas caídas en desgracia. De hecho, aunque parezca raro o muy colombiano, para uno no es taaaan categórico afirmar que las cuatro finales de Libertadores perdidas por los Diablos fueron todas pecheada; alguna de ellas se podrá discutir con más o menos fuerza argumental. Pero la qué sí es insostenible es esa famosa de 1987 contra Peñarol.

Todavía le duele a los hinchas del América esta foto, pero a su vez es uno de los momentos más gloriosos de la antiquísima historia de Peñarol. El manya tenía un combinado menos talentoso que utilitario, con mucho aporte sub 23 (José Herrera, Alfonso Domínguez, Daniel Vidal, Diego Aguirre, José Perdomo, “Polillita” Da Silva) con algunos no tan bisoños como Marcelo Rotti y Obdulio Trasante, un veterano como el portero Eduardo Pereira y hasta algún resucitado como el talentoso Ricardo Viera, que parecía estancado después de pasar sus mejores años en clubes colombianos como Cúcuta Deportivo o Unión Magdalena. La mezcla les resultó porque Peñarol pasó sobre Alianza Lima, Colegio San Agustín (Lima) y Progreso (Montevideo) en la ronda preliminar, y sobrevivió sorpresivamente en un durísimo grupo semifinal sobre los candidatos River Plate e Independiente, en el que el Carbonero se veía casi como la víctima a cagar a goles y terminó clasificando a la final.

Los Diablos tenían un equipo en apariencia mucho más sólido y con más figuras: Julio César Falcioni, Sergio Santín, Willington Ortiz, Roberto Cabañas y Ricardo Gareca eran el eje de juego de ese equipo, que dejó al lado del camino a Deportivo Cali, The Strongest y Oriente Petrolero en primera ronda, y a Cobreloa y Barcelona en su grupo de semifinal. Si vemos el vaso medio lleno podemos decir que América se preparó por dos años consecutivos en jugar finales: la de 1985 – la primera de su historia – la perdió por penales ante Argentinos Juniors, en la de 1986 fue arrasado por el River del Bambino Veira pre-AQUEL CASO. Para 1987 ya la sensación era de “o es ahora o no será nunca, hijueputa” para el equipo y la hinchada, harta de frustraciones continentales. Y parecía serlo, porque aunque pasó por solamente un gol convertido más que Cobreloa en su grupo semifinal, el equipo exhibía una madurez y nivel que parecían irremontables. Pero tenía dos defectos graves que les quitaba ventaja en la final: 1) Quitando las figuras más uno o dos jugadores más, América parecía tener gente muy voluntariosa pero de poco nivel continental ; y 2) eran colombianos   la ansiedad por ganar al fin añadía mucha presión

La ida en Cali vio ganador a los Diablos por un 2-0 que pareció quedarse corto ante la superioridad del equipo local. La vuelta en el Centenario tenía a los colombianos campeones con el marcador 1-1, pero faltando cuatro minutos un tiro libre de Vidal se emboca preciso en la esquina del arco de Falcioni, y mandó todo a definirlo a un partido de desempate. Ah, es que el reglamento no tenía en cuenta la diferencia de goles como criterio para decidir un ganador en la final, salvo que el tercer partido quedase empatado, caso en el cual sí se consideraba los GF-GC para definir el campeón de América. No era alguna modificación rara: era el reglamento de siempre de la Conmebol para este tipo de torneos.

El partido de desempate se jugó un 31 de Octubre de 1987 en Santiago. En este se pudieron ver casi 120 minutos de creciente impotencia uruguaya para desenredar el encuentro, más o menos manejado por un equipo colombiano que llevaba haciendo tiempo desde los 15 minutos del partido en el Centenario. Cuando todo se encaminaba a un poco lucido 0-0 que coronara campeón de América a ídem, y después de mil cabezazos de lado y lado, le cayó un balón a Villar, que la dejó para que Diego Aguirre entrara al área y sacara un zurdazo que quedó grabado para siempre como una épica gloriosa del fútbol sudamericana. O como una pecheada, escojan…

The dentist´s chair


La vez que Inglaterra más cerca estuvo de alcanzar una final importante post 1966 fue en la Eurocopa de 1996 en la que fueron anfitriones. Fue la primera Euro con 16 participantes, casi todos de primer nivel y/o con equipos jodidísimos, muy diferentes a colados como Hungría o Albania que vimos hace un año y monedas aburriendo en Francia: Alemania, Italia, España, Holanda; la renacida Francia que sería campeona mundial dos años después (en esa Euro estuvieron Thuram, Blanc, Desailly, Lizarazu, Karembeu, Deschamps, Djorkaeff y Zidane, entre otros), Bulgaria y Rumania que sorprendieron en 1994, las aparecidas Croacia y Portugal… habían muchos equipos de alto nivel. Ah, y por supuesto los locales, que venían ardidos y con ganas de recuperarse del horrible fracaso – uno más – de no clasificar al Mundial de 1994, y con un combo bastante respetable: David Seaman, Stuart Pearce, David Platt, Paul Ince, Alan Shearer, Teddy Sheringham, Steve McManaman. Y su figura máxima, el gran Paul Gascoigne, talentoso crack con mucho fútbol, que seguía destilando magia a pesar de venir de una grave lesión y del modo de vida fuerte que llevaba.

Todavía por esos días a los ingleses se les montaba el rol de “favoritos” por defecto a cuanto torneo asistían; qué gente inocente la de esos tiempos, je. Con ese cartel la selección inglesa se fue a China y Hong Kong a una gira que tenía más pinta de ganar billete y relajar los muchachos antes del gran torneo que para ganar ritmo de competencia. Jugaron y ganaron sus dos partidos a media máquina, sin esforzarse mucho, en un ambiente cada vez más de paseo que de gira deportiva. Total que la última noche antes del regreso agarró a los ingleses en Hong Kong, ya desocupados de todo compromiso y con ganas de ver cómo es que era la vida nocturna en el por esos días próximamente ex-enclave británico en China. Así que el DT Terry Venables les dio permiso para salir pero vigilados por uno de sus asistentes, el recién retirado Bryan Robson, cuya misión era evitar que los muchachos se pasaran de calidad y asegurar que el ambiente no se despelucara demasiado. El detalle es que Robson tenía fama bien ganada de beberse hasta el agua del inodoro, así que la decisión no fue bien meditada, o fue una prueba de Venables a su asistente, que como veremos, ehhh, no pasó Robson….

Al parecer la idea original del grupo de jugadores era solo salir a dar una vuelta y tomarse unas cuantas birras, pero la cosa agarró viaje cuando cayeron a un bar de una reconocida zona de farra de Hong Kong. Como contó años después el arquero Ian Walker, suplente en aquel equipo: “Por alguna razón todo fue creciendo y se comenzó a volver algo loco (…). No sé como pasó, pero Bryan Robson estaba allí parado con una cerveza, usando una de esas camisetas con cuello redondo, cuando alguien la agarró y la rompió. Todo lo que le quedó de ella fue el pequeño cuello redondo; el resto de la camiseta se había ido. Y él siguió por ahí tomando su cerveza como si nada hubiese pasado. Se suponía que él nos estaba cuidando, así que desde ese momento todo se enloqueció”. El resultado es que la farra degeneró (bueno, derivó en) una bebeta monumental de los ingleses, que tuvo su momento culminante cuando alguien encontró una silla de dentista que había en el lugar, que utilizaron jugaron para el “drinking game” llamado “Dentist´s chair“, así mero:

Teddy Sheringham fue uno de los que tomó en la Silla del dentista

Días después se supo todo en Inglaterra y the journalAIDS explotaron el asunto con su característica mala leche, acusando a los jugadores de ser una vergüenza y de mancillar el honor del fútbol inglés. La carnicería mediática enfureció a los jugadores, por lo que acordaron recrear lo de la “Dentist chair” si Gazza, el jugador más señalado por la prensa, hacía gol en el campeonato. No ocurrió en el primer partido – tibio empate a un gol ante Suiza -, pero sí en el segundo ante el viejo enemigo Escocia, un 15 de Junio de 1996, cuando el veterano, borrachín y brillante volante abrió el marcador – un minuto después de haberle tapado Seaman un penalty a los escoceses – con un golazo de crack que celebró así como se ve en la foto. El gesto es un “May they suck it” inmenso.

Desde la Comunidad de Estados Independientes, con amor

Los primeros años 90 fueron testigos del histórico suceso de la desaparición de la URSS. El proceso había iniciado sin quererlo a mediados de la década anterior con las reformas implementadas por Mikhail Gorbachov, que buscaban modernizar la Unión Soviética pero que al final dejó escapar el sentimiento nacional tanto tiempo reprimido sin asco por los amos soviéticos. La disolución de la URSS se hizo formal el 25 de Diciembre de 1991, fecha después de la cual la recién nacida Rusia tomó el control de su parte del pastel y dejó que las demás fugadas (Ucrania, Bielorrusia, Armenia, Georgia, etc) hicieran lo suyo.

Pero en medio de todo este merequetengue estuvo la selección de fútbol de la URSS, siempre participante de cuidado y con ganas de reivindicarse después de su triste papel en Italia 90. El recién nombrado DT Anatoliy Byshovets asumió la difícil tarea de obtener el único cupo a la Euro 1992 de su grupo que compartían con la poderosa Italia. Al final los soviéticos tuvieron éxito – en el fútbol, me refiero – al quedar tres puntos encima de los italianos, y clasificaron con mucha autoridad a la Eurocopa 1992. El tema es que un mes después de terminadas las Eliminatorias la URSS se disolvió y con esto desapareció su federación de fútbol, por lo que al final surgió el problema de qué se iba a hacer con la participación de un equipo ya clasificado representante de un país que ya no existía.

Al final se decidió que jugara en el torneo el equipo de la CEI, o Comunidad de Estados Independientes, la ficción que reemplazó brevemente a la URSS como entidad estatal. Entonces la Federación nacional de la CEI tuvo que ser formada (y aprobada de manera express por la UEFA) para competir en la Euro 92 con un himno ficticio – la Novena Sinfonía de Beethoven – y una bandera hechiza – blanca con las letras C.I.S -. El equipo quedó último en su grupo mostrando buenos momentos pero en general menos cohesión que la discografía de Bowie, y así se despidió porsiemprejamás de torneos internacionales. Pero la que también se despidió fue la selección de la URSS, que en esta clasificación disputó lo que fue el último torneo de su historia repleta de mucha gloria e historia. La foto corresponde al encuentro entre soviéticos e italianos el 3 de Noviembre de 1990 en Roma: el ucraniano Oleksiy Mykhaylychenko y el ruso Igor Dobrovolsky tratan de apabullar a un joven Roberto Baggio.

Anuncios