El último 10

En la semana de un nuevo aniversario del nacimiento del mejor de todos, una historia de un número emblemático para este deporte.

Algunos jugadores se destacan por ser de esos cracks de los que sólo hay un caso por generación: la rompen en su equipo, la rompen representando a su país y conquistan la máxima gloria deportiva, esa con la que sueñan millones de pibes alrededor del mundo pero a la que acceden unos pocos. Otro no llegan ser figuras cuyo apellido se vincula a un Mundial o al fútbol de un país, pero se pasaron años defendiendo los colores de determinada camiseta y (sin llegar al primer lugar del ránking de los máximos goleadores, mayor cantidad de partidos jugados o lo que sea) se ganaron un lugar en el aprecio del hincha. Después hay otros, cientos de miles, que sin pasar rápidamente al olvido, se mantienen como un nombre querible para el fanático, aunque no sean los primeros en ser nombrados. En este subgrupo hay una clase de jugador que, además de cumplir los requisitos para ser encasillado acá, están en el lugar justo y en el momento indicado. Y de todo un poco tenemos en esta historia.

La camiseta número 10 del Napoli sin dudas tiene un valor especial antes y después de la década del ’80. A los 23 años, Diego Armando Maradona pisó por primera vez el San Paolo, en julio de 1984, cerrando su primera etapa por el fútbol español y con las imágenes de la gresca contra el Athletic Bilbao todavía frescas. Llegaba ahora al sur de Italia, a la sombra de los clubes grandes ese país y con objetivos que no estaban cerca de pelear el campeonato. La historia es conocida: en pocos años, Maradona confirmó que era el mejor del momento y de la historia. Dos años después estaba llevando a la selección argentina a ganar su segundo mundial y a la vuelta, como aprovechando el envión de aquella demostración de sus cualidades en tierras mexicanas, siguió jugando en la Serie A y se metió en el corazón del hincha.

En 1987, no festejaron ni Juventus, ni Milan, ni Inter. El Napoli de Maradona ganó un título inolvidable que terminó de cerrar el romance entre el 10 y la ciudad. El 10 (justo) de mayo de ese año, los napolitanos empataron 1-1 con Fiorentina y se consagraron con una fecha de anticipación, después de 60 años de historia plagados de vaivenes. Terminaron en el primer puesto con 42 puntos, tres más que la Juventus de Michel Platini, ganando 15 de 30 partidos, con 10 goles del 10.

Como se sabe, no fue el único motivo de festejo: se suma la Copa Italia de esa temporada, la Copa Uefa 88-89, otro scudetto en la 89-90 –luego de dos subcampeonatos- y la Supercopa 90-91, período en el que marcó 115 goles. En su último año dio su primer doping por cocaína, luego de un partido contra el Bari, recibiendo una sanción de 15 meses, cerrando su paso por el Calcio y separando a Diego Armando Maradona de aquella ya mítica camiseta celeste con el número 10 en la espalda.

 En la década del ’90, esa camiseta contó con un par de herederos que, por diversos motivos, tuvieron un paso de discreto a malo por la institución. Saliendo de esa época en donde la numeración de los titulares iba del 1 al 11, el primero en tener su nombre arriba del 10 fue Fausto Pizzi, en la temporada 95-96. El ex jugador del Inter, Parma y Udinese llegó al Napoli y pidió la mítica casaca, aunque después de un año se fue con más pena que gloria, dejando un paso de 3 goles en 30 partidos, en una temporada en la que el club terminó de mitad de tabla para abajo (10º de 18 equipos).

Para el torneo siguiente, esa camiseta fue a parar nuevamente a un sudamericano: Joubert Araùjo Martins, más conocido como Beto. Tras un par de años en Botafogo pegó el salto a Europa,  donde jugó 22 partidos y logró marcar 4 goles, pero sus actuaciones están lejos de ser recordadas por el hincha (al menos para bien). Napoli terminó todavía más abajo en la tabla en este torneo, ocupando el 12º lugar. Beto después volvería a Brasil y pasaría por varios equipos, integrando incluso la selección campeona de la Copa América 1999.

En la 97-98 el que tuvo el honor de usar la 10 fue otra vez un europeo, en este caso el italiano Igor Protti. En su defensa, hay que decir que le tocó aparecer en un momento muy malo para el club, porque después de 33 años consecutivos en primera perdieron la categoría y debieron disputar la Serie B, tras quedar en el último lugar de la tabla, producto de 2 victorias, 8 empates y 24 derrotas. El préstamo por un año no se extendió y sus cuatro goles no quedaron en la memoria colectiva.

Ya en el ascenso, el último 10 oficial del conjunto napolitano fue Claudio Bellucci. Usó la 10 durante dos temporadas, hasta que de cara a la 2000-01, fue retirada por el club, en homenaje al Die. Por suerte para él, la pudo usar en uno de los pocos buenos momentos de la institución en ese tiempo, el ascenso a la serie a en la 99-2000. La alegría duró los 34 partidos de la Serie A, porque terminaron en el 17º lugar (8 PG, 12 PE y 14 PP), perdiendo la categoría. Eso marcó la despedida de Belucci, con 91 partidos y 24 goles, dando paso a una etapa bastante buena en lo personal en el Bologna. Progresivamente se fueron acercando a otro descenso en los campeonatos siguientes, finalizando 5º, 16º (zafó en la última fecha) y finalmente 13º, confirmando su quiebra y su refundación en el fondo del organigrama del calcio. Pero no todo terminó ahí.

En la tercera categoría, todavía estaba vigente la numeración a la antigua, por lo que varios nombres volvieron a utilizar la 10. Entre los que pasaron por el club en esa época, tuvieron la suerte de usarla Marco Capparella, Nicola Corrent y un argentino, Roberto el Pampa Sosa. Querido por los de Gimnasia, olvidado por los de Boca, con un paso destacado por el Udinese y un referente en las horas más aciagas del club napolitano. Lejos del brillo ochentoso, el delantero llegó en 2004 (uno de los primeros en hacerlo), cuando el equipo hacía agua por todos lados.

Marcó el primer gol en octubre de 2004, en una derrota 2-1 ante Chieti. En su primer año, el Napoli terminó 3º, con 10 goles de Sosa, clasificando a los play-off  por el ascenso aunque sin conseguir su objetivo, siendo derrotado por el Avellino. En la 2005-2006 llegó la concreción del gran objetivo. Se mantuvo en el primer lugar durante buena parte del torneo, hasta que el 15 de abril subieron por la victoria 2-0 ante Perugia, con goles de Calaiò y Capparella, aprovechando la derrota de Frosinone ante el ya mencionado Chieti. Los napolitanos regresaron a la Serie B, después de 19 victorias, 11 empates y solo 4 derrotas. El Pampa pidió usar la 10 en el último partido del torneo en el San Paolo, que terminó 1-1 contra el subcampeón, anotando el gol de su equipo y todo.

De esta manera, se dio el gusto de entrar en la historia por ser el último futbolista (y encima argentino) en usar ese número en un partido de liga. ¿Por qué la aclaración? Porque pese a que el jugador afirmó que fue el último-último en usarla, en ese partido del 30 de abril de 2006, Mariano Bogliacino la usó el 18 de mayo, en el partido contra el Spezia que correspondió a la vuelta de la final de la Supercoppa de la Serie C1. Igual, ese dato no quita el cariño de los napolitanos a un jugador que fue importante en la reconstrucción comandada por Aurelio De Laurentiis, llegando a jugar casi una centena de partidos.

Ya en la Serie B, aportó más desde el banco, con seis goles en una campaña que terminó en un agónico ascenso, en aquel torneo que compartieron junto a la Juventus. El 2 de septiembre de 2007, en el debut de la Serie A con la camiseta del Napoli, le tocó marcar en el 5-0 a Udinese. Cerró la temporada con otros 5 goles en la liga, incluyendo uno al Milan y otro a Inter. Contra el rossonero jugó su último partido, en San Paolo. Sumando Serie A, B y C, más las copas locales, llegó a los 130 partidos y 30 goles.

A mediados de 2006, el Napoli Soccer volvió a denominarse Società Sportiva Calcio Napoli y de a poco fue escalando hasta la historia reciente: los rendimientos de Hamsik, los goles de Cavani, los goles de Higuaín, la traición de Higuaín, sus buenos rendimientos en la Serie A y su vuelta a Europa. Pero los memoriosos no se olvidan de aquel que estuvo en el barro, el último 10.

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