Se terminó lo que se daba

En la recta final para la celebración de sus 100 años de vida, El Gráfico bajó las persianas. El medio que en su época dorada fuera un paradigma del periodismo deportivo sudamericano deja atrás, inmerso en el anacronismo, casi un siglo de buenas y malas.

Con la edición número 4489 correspondiente al mes de enero en la calle, promocionando en su tapa con poderes (?) a Ariel Holan, se conoció de un momento al otro que El Gráfico dejaba de salir, tanto en su edición impresa como generando contenidos en su página, dejando solamente el material de archivo online. Con un escueto comunicado, Torneos lo dejó bien en claro:

“Torneos lamenta informar que ha decidido discontinuar la versión impresa de la revista El Gráfico. Esta triste decisión se tomó en un contexto global de decreciente consumo de medios impresos que ha afectado a nuestra revista. Adicionalmente, en los últimos años la empresa ha llevado adelante diversas estrategias de producto y comerciales para intentar revertir la situación económica deficitaria de la revista.

La empresa está analizando otras alternativas para que El Gráfico pueda seguir generando contenidos e información fuera de su formato tradicional. Más allá de la interrupción de la impresión de la revista, el archivo de El Gráfico que incluye fotos y ediciones anteriores, está disponible para ser visitado en http://www.elgrafico.com.ar”.

En realidad, la pena por el cierre se da por el apego romántico a aquella época de oro, que varios de nosotros ni siquiera alcanzamos a ver de esta casi centenaria publicación, que en mayo de 2019 hubiese festejado sus 100 años. Una época donde valía su precio al contener la información de partidos y la palabra de protagonistas en tiempos pre televisión por cable, pre internet y sobre todo, pre periosidismo. Porque se mantuvo como un ejemplo en estos últimos tiempos, donde el periodista trata de destacarse por sobre el hecho que está cubriendo y que la primicia en su twitter es más importante que lo que sea que haya pasado. Lo que se recuerda es el talento de las plumas que pasaron por sus páginas, que no tienen muchas similitudes con el léxico de 70 palabras de los fanáticos del condicional que ocupan los medios de comunicación hoy en día.

El primer número apareció el 30 de mayo de 1919: su tapa era un desfile de alumnos frente a Casa Rosada. Desde el inicio, su fuerte fue la innovación, al salir con 12 páginas que sólo contenían fotos y epígrafes, que tenían más de actividades sociales de familias tradicionales porteñas que de deportes, en un formato de 58 centímetros por 40. El Gráfico se dedica solamente a la actividad deportiva a partir de su edición Nº 333, el 21 de noviembre de 1925, reduciendo su tamaño casi a la mitad y a partir de la década del ’30 la tapa empezó a salir a color. En el ’39 aparecieron los puntajes por primera vez, en el artículo del 1-0 de Independiente ante San Lorenzo, firmada por Chantecler, volviendo a utilizarse casi 30 años después.

A la izquierda el Nº 5, el primero que tuvo al fútbol en la tapa, con un Argentina – Uruguay. A la derecha en Nº 333, el primero que fue íntegramente deportivo.

Al comenzar a distribuirse los lunes por la noche para su venta cada martes, la utilización del tiempo fue un factor clave para el cierre de la revista, como se mencionan en dos anécdotas relacionadas con el Mundial de 1974, publicadas al celebrar los 90 años:

“Para tener imágenes del debut de Argentina en el Mundial 74, sólo se podían cubrir los primeros cinco minutos. Enseguida, Ricardito Alfieri tuvo que tirarle el rollo al corresponsal que esperaba del otro lado de la tribuna, éste salir corriendo a la estación de Stuttgart, tomar el tren a Berlín y llegar justo al aeropuerto para entregar los rollos a un pasajero. La tapa mostró a Kempes en la jugada que realizó en el primer minuto. (…) Siempre hubo una parte de la revista (la mitad) que se cerraba en la semana, y el resto el mismo domingo. En 1974, para el debut de Argentina, Cherquis Bialo pidió una entrevista con un jugador de la Selección y Onesime se la realizó a Daniel Carnevali, el guardameta titular. ‘El arquero que todo el mundo nos envidia’, fue el título. Unos días después, Argentina perdía 3-2 con Polonia y Carnevali jugó el peor partido de su vida. En el mismo número se lo fustigaba y elogiaba. Fue necesario un editorial para aclarar la incoherencia”.

Y también sobre la entrega del material:

“El enviado especial no sólo debía preocuparse por tener la entrevista y escribirla, sino también por ir al aeropuerto y conseguir un pasajero que aceptase llevar el sobre naranja. Era imprescindible tomar nota de las características físicas y de vestimenta del pasajero para que lo reconocieran en Argentina. ‘Sólo recuerdo el caso de un material de Portugal que no llegó porque la señora que lo traía se olvidó la cartera con el sobre en un baño de Río de Janeiro; después, siempre bien’, recuerda O.R.O. Los periodistas de EG se presentaban ante el pasajero y la mayoría acogía el pedido con entusiasmo, con la frase ‘Lo leo desde chiquito’. Una vez, en París, O.R.O encaró a un pasajero quien, mientras sacaba su tarjeta personal, señalaba: ‘No tengo problemas, pero no sé si a Vigil le gustará…’ Era un ejecutivo de Goles. O.R.O. no sabía dónde esconderse”.

Pero no todas fueron buenas. Por otro lado, El Gráfico (junto a las otras publicaciones de la editorial como Gente, Somos y Para Ti), se pusieron del lado de cada milico tuviera algo de poder. La revista deportiva, por ejemplo, fue la vocera de la dictadura durante el Mundial del ’78, donde publicó una carta trucha del holandés Ruud Krol, dirigida a su hija, contándole lo bien que se vivía en este país, con frases como “Mamá me contó que los otros días lloraste mucho porque algunos amiguitos te dijeron cosas muy feas que pasaban en Argentina. Pero no es así. Es una mentirita infantil de ellos. (…) No te asustes si ves algunas fotos de la concentración con soldaditos de verde al lado nuestro. Estos son nuestros amigos, nos cuidan y nos protegen. (…) No tengas miedo, papá está bien, tiene tu muñeca y un batallón de soldaditos que lo cuida, que lo protege y que de sus fusiles disparan flores”.

Krol desmintió haberla escrito: “Jamás escribí eso, más aún, jamás escribí una carta en inglés en toda mi vida. Además, a mi hija Mabelle era absurdo escribirle una carta en inglés, sencillamente porque es holandesa”.

En el Campeonato del Mundo, EG llegó a su primer pico de ventas, con 200 mil ejemplares en el debut y una tirada de 500 mil ejemplares para la final, que se agotó rápidamente y debieron imprimir otros 100 mil. Esos números fueron superados ocho años después, cuando la selección de Bilardo se consagró en México: 690.998 ejemplares.

Esa época dorada se esfumó en los ’90 y terminó de decaer en los primeros años del siglo XXI, pero el medio ya tenía la chapa suficiente. En el inconsciente colectivo era la revista que miles de chicos esperaban en el kiosco, su primera aproximación a la lectura y a los grandes ídolos del deporte, figuras que consideraban salir en su tapa como un mérito deportivo. Una publicación con los textos de Chantecler, Borocotó, Frascara, Panzeri, Ardizzone y las fotos de Alfieri y Legarreta, que le dieron el salto de calidad para terminar sobreviviendo a todos sus competidores. Con el correr de los años eso fue decayendo: la variedad de deportistas en la tapa se fue cercando sobre el fútbol, más específicamente sobre los grandes y más específicamente sobre Boca y River, dejando algún número para algún logro de algún otro deportista destacado, como Vilas, Monzón o Ginóbili, mucho más acá en el tiempo.

Bajo el mando de Aldo Proietto, el menemismo estuvo a flor de piel en la revista (acá el recuerdo de cuatro tapas en las que salió Carlos Saúl), donde el bajón de la calidad se vio en la información, donde los escándalos y las cosas a medio chequear llevaron a que los protagonistas no les dieran notas. En 1998 el que apareció fue Carlos Ávila, comprándole el medio a Vigil. En 2002, la mítica revista pasó de semanal a mensual, en un intento por eludir el cierre en una etapa donde se consideró que eso era un paliativo para esperar el cierre definitivo, que al final tardó 15 años en llegar.

En 1990, tirándole un centro al Presidente tres días después de que firmara los indultos a Videla, Massera, Agosti, Viola, Camps y Suárez Mason, entre otros.

Claro que los tiempos pasaron y la competencia no estuvo en la Goles o en la Solo Fútbol. Con canales deportivos las 24 horas, diarios como el Olé, internet y la inmediatez del consumo de deportes segundo a segundo llevaron a acelerar el óxido de El Gráfico. Su salida mensual corría por detrás casi 40 días a los temas de actualidad, quedando siempre mal perfilados para dar lo último y lo mejor de torneos como lo hacía en antaño. Incluso probaron con varias entregas especiales, como el diario del lunes que le quiso competir a Olé y terminó siendo una Stacy Malibú con sombrero nuevo y (si eso es posible) de peor calidad.

En fin, El Gráfico ya es parte de la historia y no se lo va a extrañar. Lo que se extraña es a la revista de hace 30 o 40 años. De ahora, lo que venía siendo un buen material eran las entrevistas 100×100, que por su extensión y la elección de los entrevistados era el salto de calidad de una revista que ya tenía bastante poco para ofrecer. Ahora, nos queda el gran archivo fotográfico y el recuerdo de las tapas de un medio que se quedó atrás del mundo, no pudo acoplarse y tuvo que pisar el freno. Como le pasó a la Revista Alumni, que no pudo hacerle frente a la radio, ahora le toca a El Gráfico tener que decir basta y hacer lugar para lo que es de utilidad en los tiempos que corren. Como dato de color, el de Rusia va a ser el primer Mundial sin la revista.

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