Pelota de Papel: Ronin

Tratando de responder a la inquietud de cierta parte de nuestro staff y de algunos comentadores, que se quejaban de que siempre que se habla de Japón y de fútbol indefectiblemente la charla deriva en jueguitos o animé, el equipo de documentalistas de La Refundación encabezado por Roberto Vacca (vía ouija) y el nieto segundo de Livingston Supongo, encontró este relato de una era en donde en la península asiática el honor se debatía pateando un cuero. Pueden creerlo o no, pero si está en Internet debe ser cierto.

El primer cerezo de la finca Yokozuna estaba floreciendo cuando la dinastía Meiji estaba haciendo lo propio, instaurando un nuevo orden. Recostado sobre el marco de la puerta de entrada se encontraba Aoshi, otrora guerrero bajo las órdenes de su Shogun, ahora cavilando con la nota que le dejara el mensajero: A partir de ese momento, era un ronin más. Mirando el basto sector del castillo que tanto tiempo supo defender, Aoshi sopesaba sobre su futuro. Qué sería de él ahora? Llevaba largo tiempo defendiendo a la casa Yokozuna, lo habían llevado cuando apenas empezaban a asomar por las madrugadas manchas difíciles de quitar del kimono, desde el palacio Saoran, donde hiciera sus primeras armas: Un bo con una rama de bambú y una daga con los restos de una carpa entrada en kilos que sirvió de una noche de invierno. Pobre Sakura. Era una buena carpa, fue mucho mejor con unas bolas de arroz.

Quien a la postre sería su shogun (su compra se decidió entre el sukiyaki y el helado de yuzu) había notado en Aoshi cualidades que lo hacían digno de defender a la casa Yokozuna. Notó la velocidad con la que había terminado su ramen a un costado de la mesa principal y la fiereza con la que defendió un trozo de kanikama que le había arrojado del perro de la casa, un shiba bastante arisco. Se trataba de un luchador pero también tenía una inteligencia superior al resto de los pupilos: Era el único que sabía que los cordones de la geta no debían desanudarse, resultaba divertido ver como el resto estuvo durante un buen rato volviendo a armar su calzado luego de la cena.

De la mano de Gendo Tanaka (el jefe de armas del Sr. Yokozuma) Aoshi aprendió todo lo que tenía que saber para sobresalir en el mundo de los samurais: Por donde moverse, la capacidad de desenvolverse en espacios reducidos, saber escapar de la sombra del enemigo, pero por sobre todas las cosas, el honor. Aoshi le contó que lo había perdido una noche en Saoran cuando su amo se había pasado de sake y la señora no estaba en la casa, pero Gendo San (así dejaba que lo llame los lunes y los miércoles) le dijo que su honor no se había manchado con eso. A lo sumo su hakama. Que eso era historia antigua, que el honor se ganaba en el campo de batalla y fue ahí donde lo logró.

Empezó, como todos, cubriendo la retaguardia de Aruko Saotome, el mejor samurai de la casa, que tenía un porte, un despliegue, una velocidad en el campo que era la envidia de las casas vecinas. Tenía un pique difícil de adivinar, lo que lo volvía un adversario de temer, su capacidad de pegar saltos imposibles lo volvía un arma infalible. Y el olfato. El olfato de gol que tenía ese muchacho no se volvió a ver más de este lado del Yamashiro y del otro tampoco. Fue de los pioneros en el uso del geta con punta redondeada para darle efecto a la pelota. Fue controversial cuando entró a la cancha con ese calzado en el enfrentamiento contra el Awata Gato, pero por suerte su honor se mantuvo intacto luego que el tribunal de disciplina decidiera que no era ilegal el uso de ese calzado. Lástima que lo hiciera 5 años después que lo colgaran por deshonrar a la casa de Mamoto, el zapatero, al modificar su diseño. Por suerte su alma inmortal hoy se encuentra a salvo.

Con la caída de Saotome, Tanaka le dio la oportunidad de demostrar lo que sabía y lo puso en su lugar en un amistoso de primavera contra el Uranawa. Hay que decir que no anduvo del todo bien, producto del nerviosismo propio de la situación de tener que ocupar el lugar de una leyenda, aunque eso no lo exime del error de confundir un melón con la pelota en un saque lateral (Kuzuto Genki recibió puntos de sutura por intentar devolverlo de cabeza) o al quedar mano a mano con el arquero (Banzai Jamija, un sumotori de achique feroz) colgarla directamente en la habitación  superior de la concubina del shogun, lo que le valió una dura reprimenda a la mujer por haber tocado la pelota con su rostro.

Pero con el correr de los encuentros, fue afianzándose en su función y fue ganando el respeto de propios y ajenos. Varias veces lo vinieron a buscar de otras casas (se habló siempre de un interés del mismísimo Emperador por tenerlo entre sus filas), pero él seguía fiel a su amo y a las recomendaciones de Kubo Wasabi, su representante. En el palacio Yokozuna contaba con todo lo que le gusta a las geishas: Tenía su propia casa, con genkan con vista al Monte Fuji, un tatami que era la envidia de las publicaciones de la época, un pura sangre de la caballeriza Nissan y su propia compañía de teatro noh para cuando estaba aburrido.

Igualmente, era bien sabido que muchas veces se escapaba del palacio para disfrutar de las bondades del roppongi y fue ahí donde conoció a Nasuta Kagayenes, una mujer tan hábil con su cuerpo como con su mente, que casi lo hace perder todo lo que tenía. Luego de las sesiones maratónicas de go que tenían lo llevaba a los límites de la lujuria, incluso una noche llegó a tatuarse “Nasuta, mi vieja y Buda” en la espalda, lo que tuvo que tapar de forma inmediata con un dragón, por el cual lo confundieron con un seguidor de los  Juppongatana y casi termina en tragedia. Fue la gota que revalsó el o-choko. Por suerte, había hecho buenas migas con Hajime Saitou, el oficial a cargo de la Policía Imperial y pudo zafar.

Al haber enderezado la nave, supo integrar el seleccionado, primero de Kyoto y luego el Nacional, aunque tenía la espina clavada de nunca haber jugado un Mundial, principalmente porque no existían. Pero el futbol supo darle alegrías, levantó tantas copas con el Yokozuna! Desde la primera Regional hasta la Emperador Momozono, que muchos la tildaron de “Copa de gohan” pero bien que todos la quisieron ganar y no pudieron. Que la kanjien como quieran. Todo estaba tan bien, ya estaba preparada la gira de verano por Shibuya (donde le dijeron que había calamar del bueno, no lo que conseguían en la feria del pueblo) y no va que vienen estos europeos con sus ideas de “Monarquía Constitucional” y no sé qué cosa y chau tu shogunato Tokugawa. Era el fin de una era.

Porque con el Bakumatsu empezaron a caer los Kurofune hasta arriba de europeos y no era mentira lo que decían: los tipos sabían con la bocha, hacían unas cosas que nunca se habían visto en las islas. Y fue quedando en evidencia que el samurai japonés tendría mucha disciplina, mucha velocidad, mucha resistencia pero en habilidad, en lo que ellos llamaban “viveza”, les pasaban el trapo. Ni bien bajaron del barco armaron un picadito ahí al costado del puerto con profesionales y marinos para completar los 11. Los de Yokozuna fueron a recibirlos como los campeones vigentes. Les pintaron la cara, los dejaron como para hacer kabuki. Ese fue el principio del fin.

Y ahí estaba Aoshi, con el pase en su poder, ahora en calidad de jugador ronin. Desde la casa de Yokozuna le habían ofrecido quedarse aunque sea a formar a los chicos en las Inferiores, pero no sería honorable. Ese tipo que trajeron, ese FitzPatrick era bueno, sabía con la pelota y lo había dejado en ridículo frente a sus compañeros. Incluso pensó en el seppuku, pero le dijeron que no era para tanto, que un caño se lo comía cualquiera, pero que no podía estar más en el primer equipo.

Entonces, tomó sus cosas y las preparó para partir. Mientras miraba la hermosura del jardín florecido quizá por última vez, cerró la puerta, se puso los geta y antes de subir a su caballo, tomando una flor de sakura que cayó a sus pies, olió su fragancia y dijo “Esto con Komei no pasaba. La modernidad nos va a terminar matando”. Apuró el trago de sake y encaró para el predio que el exshogunato posee en Osaka, sabía que ahí estaban entrenando los ronin (porque Wasaki hace bastante que dejó de contestar sus palomas). Por ahí, tenía suerte y lo llamaban de algún lado.

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