La génesis del fantasma

Durante más de dos décadas, Platense hizo del salvarse del descenso un ritual, casi un arte podríamos decir, a punto tal que se ganó el apodo de “El fantasma del descenso”. Pero la más dramática, la más famosa de esas salvaciones, quizás haya sido la primera. He aquí la reseña de uno de los más famosos partidos en la historia del fútbol argentino.

El Torneo Metropolitano de 1977 fue el más largo en la historia de los torneos regulares de la Primera División de la AFA. Con 23 equipos participando del mismo, su 1º fecha se jugó el 20 de febrero y culminó recién el 13 de noviembre, con la disputa de la jornada número 46. Cabe destacar que previo a comenzar el certamen, la AFA dispuso que habría 3 descensos a la Primera “B”, un incremento bastante importante teniendo en cuenta que en la edición del ´76, solamente el humilde San Telmo había perdido la categoría. Con la suerte de Ferrocarril Oeste sellada desde varias fechas antes del final del campeonato y con Temperley descendiendo en la penúltima jornada, más allá de la pelea de River e Independiente por el título (que finalmente se quedaría en Nuñez), el gran atractivo de la última fecha pasaba por ver cuál era el tercer equipo que se iba a jugar en el fútbol de los sábados.

Y ahí es donde aparecen en escena los protagonistas de esta historia: Platense y Lanús, Lanús y Platense. Como punto en común, podemos decir que ambos habían sido los llegados desde la “B” para este torneo, por lo que al lector puede no extrañarle demasiado que se encontraran en la zona baja de la tabla de posiciones. Cabe destacar que el “Calamar” había bajado a fines del ´71, mientras que el “Granate” había hecho lo propio un año más tarde.

Sin embargo, no todo es tan lineal como parece. Es que Platense, por ejemplo, había cumplido una primera rueda por demás digna, pero en la segunda mitad del torneo su rendimiento se había venido a pique; de hecho, de los últimos 17 compromisos que disputó en aquel Metro ´77 apenas ganó uno (!), pese a lo cual llegó al final con chances de salvarse del descenso.

Lanús, tras penar un lustro en el ascenso, cuando volvió a la “A” decidió tirar la casa por la ventana, tratando sus dirigentes de armar el mejor plantel posible para no pasar zozobras con el descenso… claro que a los muchachos parece que el temita se les fue de las manos, toda vez que contrataron 17 jugadores (!!!) para reforzar el primer equipo. Una decisión totalmente ilógica en cualquier tiempo -acá y en la China también-, que en el futuro inmediato le traería grandes dolores de cabeza al club del sur.

Lanús de 1977

¿Los nombres más famosos de ese grupo de refuerzos? Sin dudas podemos citar a los ex-campeones del mundo con Estudiantes Ramón Aguirre Suárez y Carlos Pachamé, a los volantes Arsenio Ribeca (campeón con NOB en el Metro ´74) y Abel Rolando Moralejo -surgido de Racing y que después jugaría varios años en Vélez-, además del golero Rubén Sánchez, quien llegaba desde el fútbol mexicano pero entre 1970 y 1975 había sido titular nada menos que en el inmenso arco de Boca.

Domingo 13 de noviembre de 1977. Por la 46º y última jornada del Metro, Lanús recibe a Rosario Central, mientras que Platense visita a Racing, motivo por el cual más de uno se animó a darle la extremaunción (?) al “Calamar”, toda vez que su compromiso aparecía de  mayor dificultad que el del “Granate”… sin perjuicio de que la “Academia” era uno de los 7 equipos que tenían posibilidades de transformarse en el tercer descendido del certamen.

Y si bien en Avellaneda se dio en cierta forma la lógica -dado que el local derrotó 1-0 a Tense con gol del futuro mundialista Daniel Killer-, en su terreno Lanús no pudo siquiera rescatar un punto que lo pusiera a cubierto de todo riesgo, cayendo también por la mínima ante el “Canalla” que dirigía Carlos Griguol, que gracias al gol olímpico de Carlos Gómez en el amanecer del complemento, coronó una buena campaña al terminar en el 6º puesto.

El gol en el Racing 1 – Platense 0

Miércoles 16 de noviembre de 1977. El viejo estadio de San Lorenzo (ese que nadie imagina que apenas un par de años después será desarmado para siempre) es testigo de una verdadera final por la permanencia, dado que Lanús y Platense terminaron en el antepenúltimo puesto con 38 unidades. Más de 35.000 almas se dan cita en el “Gasómetro”, pero obviamente no son todos hinchas de los cuadros involucrados: muchos espectadores neutrales se dan cita en el barrio de Boedo, para apreciar un poco de morbo en vivo y en directo.

A las 21:35 de aquella calurosa noche de primavera comenzó a rodar la pelota, luego de que el árbitro Roberto Barreiro (N.deP.: quien un par de meses después dirigiría en la final de Talleres vs. Independiente una de los partidos más polémicos de la historia) diera el pitazo inicial. Cabe destacar que el match no fue televisado en directo y que el atractivo de un desempate por el descenso no se producía en la “A” desde 1950, cuando Huracán superó a Tigre en una serie de dos encuentros. Había pasado muchísimo tiempo y el morbo había vuelto a instalarse en la definición.

Pero acá convendría hacer un punto, previo a continuar con la narración. Es que no puede dejar de hablarse de un personaje que a punto estuvo de no jugar en semejante definición, pero que contra todos los pronósticos, terminaría siendo el gran héroe de la eterna noche de Boedo.

Hablamos, claro, de Osmar Abel Miguelucci, un veterano arquero que había andado bien el año anterior en el ascendido Quilmes, pero que ya estaba en el tramo final de su extensa campaña… y que a decir verdad, no la estaba pasando nada bien.

Surgido del fútbol marplatense y habiendo debutado en 1961 en el fútbol grande de la Argentina, el tipo hasta fines del ´66 había sido titular en Argentinos Juniors. Pero luego de irse de La Paternal, se transformó en un verdadero trotamundos que en apenas 10 años pasó por Uruguay (Cerro), Estados Unidos (N.Y. Skyliners), Colón, Colombia (Junior), Almirante Brown, San Martín de Tucumán, Perú (Sport Boys), Chile (Deportes Concepción) y nuevamente Colombia (Deportivo Cali y Bucaramanga), antes de recalar para 1976 en el QAC.

A sus 36 años, Miguelucci había sido suplente de Roberto Delprete en gran parte de aquella campaña del ´77, pero en el último tramo de la misma había gozado de la confianza de Juan Manuel Guerra, entrenador con el que había ascendido el cuadro de Saavedra. Sin embargo, una floja tarea del veterano golero en el penúltimo encuentro del CAP en aquel torneo (N.deP.: derrota 2-3 ante Chacarita en Atlanta, donde Tense hacía de local mientras construía su estadio de Vicente López) hizo que la paciencia de los hinchas llegara a un límite. Y de ahí a la amenaza sólo medió un paso: “Señora, dígale a su marido que si mañana pone a Miguelucci le quemamos la casa, ese se vendió contra Chacarita”. Tales fueron las palabras que escuchó en la noche previa al desempate la esposa del querible “Viejo” Guerra, uno de los tipos más buenos que haya pisado una cancha en este país. Pero totalmente inmutable, Don Juan Manuel le ratificó la confianza al arquero, haciéndole saber a sus compañeros lo que había ocurrido y que él se la jugaba con Osmar hasta el final pasara lo que pasara.

Ahora sí, volvamos al partido de la muerte. Aunque del mismo en sí, la verdad es que no hay mucho para rescatar. Lejos de ser un buen espectáculo -algo lógico teniendo en cuenta lo que había en juego- los nervios jugaron un papel preponderante en los protagonistas y apenas se contabilizaron un par de situaciones de riesgo a lo largo de los 120 minutos de juego, una para cada team: el travesaño salvó a Platense, cuando Guillermo Zárate cabeceó y la pelota tras rebotar en el larguero quedó en las manos de Miguelucci. A Lanús le tocó sufrir cerca del final, cuando el ingresado puntero Miguel Ángel Juárez (5 años después campeón y goleador del Ferro de Griguol) corrió y corrió hasta que sacó un zurdazo cruzado que rozó el poste izquierdo de un Sánchez que sólo podía rezar.

El Calamar en 1977

Sí, fueron 120 minutos, porque al cabo de los 90 reglamentarios estaba previsto que se jugaran 30 más en caso de empate. Pero las gargantas siguieron vírgenes aquella noche y entonces no quedó más opción que definir por penales que cuadro se quedaba en el círculo superior y que equipo se iba al descenso.

A esta altura, vale la pena poner un extracto de la notable crónica que hiciera Carlos Ferreira para “El Gráfico”, cuando la desaparecida revista era sinónimo de buen periodismo: “… Ya pasaron dos horas. Ya no resisto seguir sentado. Me paro igual que muchos. Con vergüenza, miro mis uñas y compruebo que parecen un dibujo de la costa chilena. Así de recortadas y sinuosas. Como no hay más uñas apelo al atado de cigarrillos. Pido fuego porque mis manos están empapadas de sudor y no logro manipular el pequeño encendedor. El señor que me ofrece un fósforo parece tener las manos de papel. Le tiemblan y lo entiendo: es de Lanús. Tiro el cigarrillo por la mitad, me aferro a los papeles, me seco la mano derecha para poder usar la lapicera y me dispongo a la entrega. No quiero ser un observador. Quiero ser los jugadores de Platense, de Lanús, aunque el corazón me lo recrimine a doscientas pulsaciones por minuto…”.

Fue entonces que llegó el momento de los penales, por lo que Barreiro -experimentado árbitro internacional- hizo el sorteo. El mismo fue ganado por el capitán de Platense, y así fue que se decidió que las ejecuciones fueran en el arco que daba a la calle Muñiz, en esa tribuna visitante que estaba colmada por sus hinchas, además de las barras de Almagro y Defensores de Belgrano.

Y empezó el parto de los penales: arrancó pateando Tense y los 7 primeros tiros fueron convertidos, merced a los aciertos de Juárez (Miguel Arturo en este caso), Enrique Belloni, Osvaldo Pérez y Ernesto Ulrich para el “Calamar”, y de Orlando Cárdenas, Carlos Pachamé y Arsenio Ribeca para el “Granate”, que en su cuarta ejecución vio como Miguelucci detenía el remate de Abel Coria.

Es dable señalar que así narraba Ferreira el comienzo de una serie que sería (casi) interminable: “… Miguel Arturo Juárez, larga y negra figura metida en el marrón de su camiseta, casi invisible entre las sombras que proyecta la mala iluminación del estadio, camina hacia el arco de la calle Las Casas. Son las 23.25. Yo no sé qué mirar: si a ese caminante solitario, si a la multitud silenciosa, tensa, de gargantas empastadas, si a Orlando Horacio Cárdenas… Y me decido por él. Tiene una pequeña Virgen de Luján frente a él. Está arrodillado, la cabeza gacha, las manos juntas. Reza. Pide por Lanús, por sus compañeros, por él, por la grandiosa pequeñez de no descender a Primera “B”…”.

Así las cosas y ganando 4-3, si Roberto Gianetti la metía Platense se salvaba… pero Sánchez se puso el traje de héroe, detuvo el remate del defensor y así los de Saavedra dejaban pasar un inmejorable “match point” (prosigue la crónica por “El Gráfico” publicada: “… Dios y el diablo están jugando este juego inolvidable. Un relámpago ilumina la tribuna que va a la Avenida La Plata. Hay toneladas de agua esperando el momento de caer. No hay oxígeno para respirar. Tira Gianetti y Sánchez contiene el remate. No. Gianetti no iba a ejecutar ese quinto penal. Era propiedad de Peremateu, pero el “3” le dice a su técnico: “Por favor, yo pateo solamente el último y si hace falta. Este no lo pateo”. Guerra va entonces en busca de Pinasco y éste se confiesa: “Don Manuel, no puedo ni pararme”… Por eso tiró Gianetti, por eso grita Lanús, por eso calla Platense, y llora Gianetti…”). Lógicamente enseguida tuvieron otra chance para ganar los de Saavedra, pero a Abel Moralejo no le pesó la presión y convirtió para los del sur, terminando la serie de 5 penales por bando con el score 4-4.

Tras aquella tanda inicial de 10 remates, comenzaron las series de dos remates por equipo, algo que nunca ocurrió ni antes ni después en un desempate de esta índole, culpa de un inexplicable error del juez. Y otra vez estuvo el CAP al borde de la salvación, pero nuevamente la dejó pasar: es que Juárez (ahora sí Miguel Ángel) convirtió y al toque Miguelucci atajó un nuevo penal -esta vez a Ángel Benejú-, pero el zaguero Rolando Niro desvió el tiro que le hubiera permitido zafar a los dirigidos por Guerra. Acto seguido, el “Monito” Zárate convirtió, le permitió seguir con vida al elenco de José María Silvero y así el marcador estaba 5-5.

Cabe señalar que en esta parte de la definición se vivieron escenas un tanto insólitas. Los jugadores de Lanús por ejemplo, metieron una imagen de la Virgen de Luján de un metro de altura y se pusieron a rezarle mirando hacia su tribuna, en donde también había hinchas de Huracán, Chacarita y Temperley aguantando los trapos del club sureño.

Arrancó entonces la tercera tanda de penales, otra vez con un par de tiros por lado. Y si bien esta vez las 4 ejecuciones fueron convertidas (Fermín Rivero y Carlos Pinasco para Platense, Javier Barrera y Rubén Giachello para Lanús), eso no fue óbice para que el drama siguiera en aumento: es que cuando le tocó patear al “Loco” Pinasco, el tipo estaba contracturado al borde del desgarro y no podía siquiera caminar. El goleador de Saavedra llegó con la ayuda de dos asistentes hasta el área, sometió a Sánchez con un “puntinazo” y ahí mismo cayó al césped, herido en solo grito de dolor y desahogo… tuvo que entrar la camilla y solamente de esa forma el tipo pudo ser retirado del campo de juego.

Miguelucci abrazado con Sánchez

Con el marcador 7-7, se inició la cuarta serie de una noche que ya era eterna, tercera en la que ambos conjuntos dispondrían de 2 ejecuciones. Pero esta vez, sería la serie final. El también lesionado Jorge Peremateu comenzó pateando para Platense, estrellando su penal en uno de los postes del arco de Sánchez (N.deP.: tras la ejecución el zaguero debió irse en camilla), quien acto seguido se plantó para patear, toda vez que por reglamento debían patear todos los jugadores de un equipo antes de que se pudiera repetir ejecutor. Sin embargo, el tiro del ex “1” boquense fue suave y al medio, por lo que Miguelucci atajó así su tercer penal de la jornada, desatando el delirio de los adictos “Calamares”. Tense, que había dilapidado 4 ocasiones para cerrar la definición, había caminado por la cornisa previo al tiro de Sánchez, pero esta vez la fortuna estuvo de su lado… el “Granate” por su parte, no volvería a tener una posibilidad tan buena de inclinar la balanza a su favor. Y aquí es donde la polémica hace su ingreso en esta historia.

Undécimo penal para Platense. ¿Y quién se para frente a la pelota? Miguel Arturo Juárez, quien convierte con un derechazo y deja el score 8-7, con toda la presión para el elenco rival. El gran problema es que el zaguero central (ingresado aquella noche a los 30 minutos del complemento), había pateado el primero de los 22 penales que se tirarían aquella noche de noviembre. Para aquellos que sabían que tenían que rematar todos los jugadores, quedaba claro que Miguelucci se había hecho el gil y no había shoteado… un detalle que increíblemente se le escapó al juez Barreiro.

Con toda la responsabilidad a cuestas, Cárdenas fue hacia la pelota. El atacante “Granate” había sido el primero de su equipo en convertir, pero esta vez se tenía que ver las caras con un arquero que de 10 remates había atajado nada menos que 3… envalentonado y sintiendo que esa era su noche, Miguelucci se arrojó hacia su derecha, atajó el envío y decretó así la salvación de Platense, mandando al descenso en el mismo acto a Lanús (ver video abajo con la ejecución del último penal).

Eran ya casi las 0.10 del jueves 17 de noviembre de 1977. La definición interminable había necesitado de un par de jornadas para dirimir qué equipo zafaba de la parca y cual le hacía compañía a Ferro y Temperley a la hora del descenso. Vamos ahora con un tramo más de la nota de Ferreira, narrando el desenlace de la apasionante historia: “Ese que va ahí es Orlando Cárdenas. Lleva en la espalda el número 9 mojado de sudor, cargado de rezos. Otra vez él. Alcanzo a ver el último relámpago. Y como un relámpago sale el pelotazo de Cárdenas, y como otro relámpago sale el cuerpo de Miguelucci hacia su derecha. Allí es el encuentro. Allí cumplen su cita histórica arquero y pelota. Platense no se va. Lanús, sí. Besos, abrazos, lágrimas. Miguelucci en andas en medio de un desgarrante tropel de sentimientos. Estoy contento porque soy cada uno de los jugadores de Plantese: no tengo consuelo porque soy todos y cada uno de los jugadores de Lanús. Cae la primera gota de agua. El jueves cumple 5 minutos de vida”.

Ajeno a las cuestiones cronológicas, el viejo arquero caía en la cuenta de la hazaña lograda y se golpeaba el pecho de cara a sus hinchas (esos mismos que pocos días antes lo defenestraban), mientras la popular “Calamar” explotaba y desataba una verdadera fiesta, en tanto que en la cabecera “Granate” la desazón era total; y como si el clima hubiera querido no arruinar la definición, como si las nubes cargadas hubiesen estado aguantando hasta que la tensión culminara de una buena vez, pocos minutos después de la ejecución de ese último penal que dividió la cuestión entre vencedores y vencidos, se largó sobre Buenos Aires un terrible aguacero… era ese tal vez, el marco perfecto para cerrar una de las noches más dramáticas en la historia del fútbol argentino.

Los miles de hinchas de Tense iniciaron la lenta pero festiva procesión por la Avenida La Plata hacia el lejano barrio de Saavedra bajo una lluvia torrencial (el “Vamos vamos Calamares, vamos vamos a ganar, que Platense es de Primera y de Primera no se va…” atronó durante varios minutos esa noche), mientras que envuelta en su propia angustia y aún más lentamente, la caravana lanusense emprendió el retorno hacia el sur, presa del silencio y mortificación propias de un descenso.

Pero la historia no terminó con ese penal de Cárdenas que detuvo el gran héroe de la noche. Porque poco tiempo después, y amparándose en que Platense no había cumplido con el reglamento, Lanús le inició un juicio a la Asociación del Fútbol Argentino: buscaba el club del sur la devolución de su plaza en la máxima categoría, esa que no había podido defender en el campo de juego.

Que Barreiro se había equivocado con las tandas de penales, que tenían que ser de uno y uno, no de dos y dos como se hicieron. Que Miguelucci no había pateado y en cambio Miguel Arturo Juárez lo hizo dos veces. Tras que la AFA desestimara sus reclamos en sede administrativa, el perdedor decidió ir a la justicia ordinaria, de la mano de Carlos González y Emilio Chebel, socios y futuros presidentes de la institución. En primera instancia la justicia le dio la razón a Lanús, pero la AFA apeló y la Cámara revocó el fallo, cuando ya corría el año 1980 y el “Grana” estaba lejos, muy lejos de la máxima categoría.

Pero cuidado que no hay que perder de vista el siguiente detalle: si bien la historia se quedó con la “avivada” de Miguelucci para no tener que patear ningún penal, lo que casi nunca se cuenta es que en el “Granate” también se hicieron los pillos, sólo que a ellos les salió mal. Es que efectivamente, como se dijo líneas arriba Cárdenas ya había rematado y a él no le tocaba repetir aún, toda vez que el ingresado Julio Crespo no había ejecutado remate alguno. ¿Y por qué no pateó el mediocampista? Nunca quedó claro el motivo (N.deP.: ¿nervios? ¿orden del técnico para que repitiera Cárdenas?), pero lo real y concreto es que en medio del tenso drama y en plena tanda de penales, Crespo se fue al vestuario para ya no volver al terreno de juego.

Cuatro décadas después, y entrevistado por una página partidaria, el héroe de Platense – que hoy vive de la actividad inmobiliaria – recordó lo siguiente respecto a aquella campaña del Metro 1977: “Tuvimos bastante mala suerte. Hicimos una campaña de regular para abajo, pero hubo partidos que teníamos para ganar y los perdíamos, otros que teníamos para empatar y perdíamos también o íbamos ganando y nos empataban sobre la hora. Plantel había, era un lindo equipo…”. Y hablando puntualmente de los recuerdos de aquella noche, esto fue lo que manifestó Miguelucci: “El estadio estaba repleto de hinchas de ambos equipos, pero mucha gente curiosa fue también a la cancha para no perderse este partido. También hubo muchos que se fueron de los nervios porque no podían aguantar. Por ejemplo mi familia, que después me enteré que estaba afuera. Nerviosismo puro”.

Consultado sobre la dramática definición por penales y si eran su especialidad, con sinceridad el ex-arquero manifestó lo siguiente: “Cuando llegaron los penales dije “que Dios me ayude”. Practiqué tanto, estaba tan metido… Pero te digo la verdad, esto de la especialidad, que uno adivina… Nada, es factor suerte. Uno mira al rival, cómo se para, estudió como pudo los pateadores, todo puede ser, pero sin la suerte y el instinto de ese segundo puntual… Gracias a Dios salió todo a favor de Platense”. Además, en aquellos tiempos era muy difícil estudiar a los posibles pateadores rivales, y si no que lo diga el propio involucrado: “En ese momento no se usaba nada, no había videos, olvidate. Yo guardaba los recortes de diario donde decía quien pateó el penal de Gimnasia por ejemplo, y cuando me tocaba con ese equipo el domingo siguiente miraba quien pateaba y según el recorte iba a la derecha”.

Respecto al momento en que sus manos evitaron que su equipo quedara caminando por la cornisa, esto expresó con memoria precisa Miguelucci: “El “Flaco” (Jorge) Peremateu, cuando erró, agachó la cabeza con lágrimas. Pero me acerqué y le dije “Quedate tranquilo que papá te va a salvar”. Cosas que uno dice en esos momentos en caliente, pero tuve la suerte de ponerme en el arco y atajarlo. Yo estaba tan motivado, con tanta adrenalina, que sentía que tenía que salvar esa noche, no nos podíamos ir al descenso”. Por último, y respecto a qué sintió en el momento de atajar su cuarto y último penal, manifestó: “Había un directivo que me había dado una virgencita de San Nicolás y me dijo “esta virgencita va a salvar a Platense y vos vas a ser el héroe, porque esta virgencita salvó a mi hijo”. El destino de Dios fue que yo puse la virgen donde fue el último penal. Entonces yo me tiro, cuando agarro la pelota y estoy en el suelo me acordé de la virgencita y veo el malón de compañeros que venía corriendo. Ahí me di cuenta de que habíamos terminado… me paré y me empecé a golpear el pecho sin parar. Al otro día me dolía todo el pecho y no me acordaba por qué era. Pudimos borrar muchas pavadas que se hablaban, no sé si fue gloria, pero pasaron 40 años y jamás pensé que ese partido iba a significar tanto. Todos los años se acuerdan de mí en el club”.

A continuación, dejamos el audio de la última serie de penales de aquella noche eterna. En la voz del desaparecido Jorge Bullrich, va el relato de la consagración “Calamar”:

Luego de aquella dramática noche y por el lapso de las siguientes dos décadas, Platense mantuvo la categoría año a año, consumando salvaciones milagrosas en más de una ocasión (por ejemplo la del “Cuadrangular de la muerte” en 1979 o el desempate con Temperley en 1987) y mandando al descenso a una innumerable cantidad de equipos, transformándose indiscutidamente en “el fantasma del descenso” para todo el fútbol argentino. Pero desde que en 1999 bajó a la B Nacional no ha podido retornar a la elite y de hecho, en estos 19 años son muchas más las temporadas que pasó en la B Metro que las que las que pudo disputar en la Segunda División.

Para Lanús en cambio, ese fue apenas el primer paso hacia un verdadero infierno. Deportivamente, el tobogán iniciado en noviembre del ´77 se profundizó apenas un año después, cuando -otra vez en Boedo- debió desempatar contra el modesto Villa Dálmine para no bajar a la Primera “C”… pero perdió 2-0 y debió pasar nada menos que 3 años en esa categoría que era semi-amateur y por entonces, el tercer escalón del fútbol de AFA. Deberían pasar 13 eternos años hasta que a mediados de 1990, tras vencer a Quilmes en la final del reducido del Nacional B, los del sur lograron volver a la elite.

E institucionalmente, ese descenso del ´77 (sin perjuicio de los desmanejos de los dirigentes de aquel año) estuvo cerca de ser un yunque para un club que poco tiempo después gracias a los cuantiosos juicios que tenía en contra, llegó a tener puesta la bandera de remate prácticamente. Pero con dirigentes capaces y honestos, Lanús pudo salir del fondo del mar: aprovechó el dinero de la millonaria compensación otorgada por la AFA a comienzos de la década del ´80, y si bien no hubo reparación deportiva, la reparación económica de ese entonces sentó las bases del club actual que por sus continuas obras es orgullo para la zona y obviamente, para sus socios e hinchas. Además, hasta en lo deportivo le cambió la suerte al “Grana”: en 1996 ganó la Copa Conmebol y en los últimos 10 años ganó un par de campeonatos locales y hasta una Sudamericana, además de haber llegado hasta la final de la última Copa Libertadores.

Platense en cambio lucha contra sus propios fantasmas y todavía no termina de recuperarse, aunque todos los años sus hinchas -en mayor o menor medida- renueven la esperanza. Aunque hace poco más de 40 años las cosas terminaran al revés en aquella noche de Boedo, la noche que pasó a la historia como la de la hazaña del reivindicado Osmar Abel Miguelucci.

Anuncios