Con tinta calamar se reescribe la historia

Platense se quedó con la final ante Estudiantes de Buenos Aires y, después de 8 años, vuelve a la B Nacional. Te contamos el camino, la final y las claves del campeón.  

La final

Comenzamos por el final de un largo camino. Y lo justo es afirmar que tanto Platense como Estudiantes se merecían un partido desempate por lo que había sido su torneo a lo largo del año. Ambos terminaron el campeonato con 64 puntos, la diferencia de gol favorecía al marrón y por eso hizo de “local” en el estadio Néstor Díaz Pérez, sin embargo los de Caseros se impusieron en dos encuentros por el torneo. Como los dos tenían argumentos más que válidos para merecer la coronación, quiso el destino que ésta se decidiera en una lluviosa noche entre semana en Lanús.

Los dos equipos se conocían muy bien. Demasiado bien. Y el partido se dio y se definió como la mayoría de las personas que siguen la categoría se imaginaban. Fue un encuentro tenso hasta el final que se resolvió por un detalle. Ironías de la vida, el guiño fue para el conjunto de Vicente López, que destrabó el marcador en tiempo suplementario con una pelota parada, el arma más eficaz y temible que tenían los de Caseros.

En el primer tiempo el que dominó las acciones fue Estudiantes de Buenos Aires, sin lograr inclinar demasiado la balanza para su lado fue el que manejó los hilos. Platense lo aguantó bien y no pasó demasiados sobresaltos y hasta contó con la jugada de mayor peligro de los primeros 45 minutos: un mano a mano que Daniel Vega dilapidó por encima del travesaño. El calamar salió con otra actitud al complemento y se hizo cargo del protagonismo, producto de esa actitud llegó la expulsión de García por una dura falta a Curuchet y a partir de ese momento el pincha se enamoró del empate (y los penales). Sin poder plasmar esa diferencia en el marcador, Platense tenía los 30 minutos del tiempo suplementario para hacer valer ese hombre de más.

Los dos goleadores. Vizcarra se redimió y Vega se convirtió en leyenda.

El que destrabó el partido fue Fernando Ruiz, que hizo ingresar a los dos hombres que cambiaron la historia. Juan Manuel Olivares, que había ingresado por Agustín Palaveccino, fue el que se hizo cargo de ejecutar un tiro libre en el borde lateral del área y José Vizcarra, que entró por Diego Tonetto, fue el que peinó el centro de “Maravilla” para desatar la fiesta calamar. Luego del gol, Platense sufrió la expulsión de Juan Infante, dándole un incentivo más a los de Kopriva para ir con todo a buscar el empate. Lo intentó el pincha, pero se encontró con la figura del partido: Jorge De Olivera. El final fue electrizante, Platense lo sufrió porque no lo supo definir en dos contras clarísimas que hubieran anticipado la fiesta. Por suerte, para el pueblo calamar, ésta se pudo dar hasta la madrugada del jueves, en la que se permitió cambiar el clásico canto “dale marrón” por uno que no entonaba hacía doce años: “dale campeón”.

Las claves del campeón

Platense fue un equipo totalmente equilibrado. Y como rezan los viejos manuales del fútbol, se construyó de atrás para adelante.

Un buen equipo. Un gran plantel.

La estadística respalda el buen desempeño de la línea defensiva, que recibió 20 goles sobre 35 partidos disputados. En el arco la figura de un experimentado Jorge De Olivera, el surgido de las inferiores de Vélez y con pasado en Nueva Chicago y Racing, fue el mejor golero del torneo.  En los laterales se asentaron dos chicos de la cantera calamar: Juan Infante, por la izquierda, y Nicolás Morgantini, por la derecha, parecían jugadores con años de batallas en el lomo. En la zaga central se apostó a la experiencia, Facundo Gómez fue el caudillo hasta que se lesionó, ahí surgió la figura de Nahuel Iribarren que llegó a mitad de campeonato para reemplazarlo y fue uno de los  puntos altos del equipo en el tramo final del torneo.

En el medio Hernán Lamberti, un viejo zorro del ascenso, le imprimió jerarquía a la zona caliente y Agustín Palaveccino entendió que a su juego vistoso debía sumarle garra y sacrificio para no abandonar el once titular y terminó de explotar esta temporada.

Arriba Platense fue demoledor. Facundo Curuchet fue as de espada del equipo con sus electrizantes corridas y desbordes. Entre el ex Colón, Daniel Vega y José Vizcarra sumaron 28 goles de los 45 del equipo. Trapito, esta temporada pudo convertirse en el máximo goleador de la historia de Platense y el único jugador dos veces campeón en el club. Y el “chino” fue el jugador de los goles importantes: marcó el empate sobre la hora en Comunicaciones luego de que el equipo se vaya al descanso 3 a 0 abajo (todos coinciden que ese fue el punto de inflexión en el que se convencieron de que iban a ser capeones) y el que le dio el ascenso, nada más y nada menos.

Fernando Ruiz consigue su segundo ascenso a la B Nacional como DT.

La cabeza de este grupo fue Fernando Ruiz, un DT que aún no ha encontrado en el marrón el reconocimiento que realmente se merece. Quizás haya que dejar de pasar el tiempo para que se tome real dimensión de lo logrado por Ruiz. De bajísimo perfil, aún en los momentos de mayor efervescencia conservó su temple y calma, tuvo como principal virtud potenciar la competencia interna y mantener bien fuerte la cabeza de un grupo que ha recibido golpes a lo largo del torneo. Fueron muchos, el principal las bajas. Jonathan Bustos (el mejor jugador del plantel) comenzó el campeonato recuperándose de una rotura de ligamentos y cuando pudo debutar a mitad del torneo, 15 minutos en cancha le bastaron para volver a sufrir la misma lesión. Marcelo Vega, el 8 indiscutido en la mitad, se rompió los ligamentos cruzados internos en la pretemporada. Corrió la misma suerte el “polaco” Carreira, su reemplazo, por lo que hubo que salir a buscar un jugador de apuro. Gómez, el bastión de la defensa también fue baja a mitad de torneo y tardó casi una rueda entera en recuperarse.

También supo cambiar a tiempo el dibujo táctico sin renunciar a la idea de ser protagonistas en todas las canchas, de un 4-3-3 pasó a uno 4-4-2 más clásico. Y hasta se dio el lujo de ir incorporando jugadores de la reserva como se debe, en un equipo que funciona y no para quemarlos en busca de soluciones que los jugadores de jerarquía no podían dar. La mención especial se la lleva el juvenil Gianluca Pugliese, que cada vez que ingresó marcó la diferencia.

Dejar de mirar la historia para empezar a escribirla

Se desata la fiesta marrón y blanca en Lanús.

Platense tiene todos los años el mismo objetivo: salir campeón. La B Metropolitana es una categoría que sufrió toda la institución. Es un lugar que le es ajeno por historia y el problema (histórico) del calamar es que estaba convencido que sólo por ese motivo, el ser el club más grande de la división, tenía un derecho por sobre el resto a salir de ella. A lo largo de los ochos años vio ascender a Riestra, Brown de Adrogué, Temperley (todos ellos le ganaron definiciones al calamar), Villa San Carlos, Flandria, Los Andes, etc. Y durante ese tiempo fue el club con el mayor presupuesto para el fútbol. Pero grandeza y dinero no se traduce automáticamente en la concreción del objetivo.

Platese estaba atrapado en ese loop de “nos merecemos el ascenso por historia” hasta que llegó una nueva dirigencia, un nuevo cuerpo técnico y nuevos jugadores, de categoría para la categoría, que entendieron una cosa: aceptar en dónde se estaba, trabajar para salir y respetar a todos los rivales por igual. Incluso los hinchas, un público bien difícil (como es sabido), este torneo tuvieron una cuota mayor de paciencia cuando las cosas no salían como se esperaban. Y si piensan que las cinco personas que apretaron al plantel después de la derrota con Estudiantes son representativos de la hinchada calamar, se equivocan.  El grueso de la parcialidad decidió apoyar al equipo que aún estaba expectante y con serias chances de campeonar pese al revés. Ahora es el momento de que esa paciencia siga reinando en Vicente López, el proyecto de retornar a la primera división la requiere.

*Imágenes de Platense a lo ancho y Prensa del Club Atlético Platense.

 

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