El fútbol y los elementos: el aire

Continuando con nuestras entregas elementicias, toca el momento del aire; en el contexto claro, del fútbol.

El fútbol y el aire

Por bad mad

En la poesía el aire es la libertad, la disponibilidad de los seres, los cuerpos y -también las ideas- de desplazarse de aquí para allá.

Mil frases al pedo, previsibles y enfermantes, con que los relatores poblaban las transmisiones: “Volar con la imaginación”, “soltar las palomas” y otras metáforas remanidas y trilladas, ubican al medio aéreo como el medio mismo donde habita la sutileza.

Y aunque la ortodoxia hable de que el fútbol “bien jugado” es con la pelota al piso -ya hablaremos de la tierra, no me apuren- tampoco vamos a permitir fanatismos ultramontanos. Esto es fútbol y la pelota tiene aire, vuela y rebota. Para fanáticos de deportes con objetos pegados al piso ya existe el Curling.

Es más, en muchos casos, el espacio aéreo viene a ser el ámbito donde se resuelven problemas que en el piso no podrían resolverse, ya sea porque el agua hizo de las suyas, o porque la cancha está hecha mierda, o porque los jugadores de que se dispone no tienen los “rudimentos técnicos” necesarios para jugar “por abajo”. También afecta la dimensión temporal: cuando se le quiere dar prisa al trámite, la pelota circula mucho más rápido por el aire, asique, que vuele nomas.

Para simplificar y hacerla corta, vamos a dividir en forma binaria y maniquea las interpretaciones que sobre el aire circulan en el mundo del fútbol.

Aire bueno

Las valoraciones positivas -no metafóricas- que sobre el aire predominan en el fútbol son varias.

No sería injusto ni exagerado decir que el aire es de los arqueros, pudiendo agregar que en algún caso es un terrenito que le subalquila a los marcadores centrales. De hecho, un defensor central que no sabe elevarse NO ME SIRVE, te lo devuelvo. Y en el caso de los arqueros, aquello que los hace específicos que es el uso de las manos, le da una primacía en la zona alta que -no boludeemos- debe complementarse con el salto. De todos modos, la relación entre los arqueros y el aire es bipolar (?) Usa el aire en vertical, pero también en horizontal, cuando “vuela” hacia alguno de los palos, incluso existe el tag “de palo a palo” cosa que es físicamente imposible, pero poéticamente efectiva. A veces el vuelo es decorativo, pero acá bancamos al arquero que vuela al pedo, porque si vas a salir en la foto de un gol, es mejor salir volando que tirando estatua o directamente no salir.

Las otras destrezas que se desarrollan en el aire son las chilenas y tijeras. SI bien hay jugadores que las laburaron específicamente y la convirtieron en un recurso, como Pinino Más o Hugo Sánchez, a más de uno sacaron de apuro para resolver quilombos. Muchos defensores se ven obligados a usarla para resolver ese momento aciago en que quedan de frente al arco con la dinámica del juego yendo hacia el gol. Cada tanto clavan una en ofensiva, pero es de ojete (Ponele Trotta).

El momento más mágico de la pelota en el aire es el sombrerito. Ese instante mínimo en que la bocha en el aire traza una parábola corta y medida por el ejecutor (un caño puede salir de suerte, un sombrerito nunca) cuanto más cerca están los puntos de lanzamiento y arribo, más se luce.

Finalmente, el aire se luce también en la definición “por arriba”, pinchada (o en la repugnante terminología peninsular “vaselina”) como un recurso fantástico para resolver frente al arquero. Acá, obviamente el recorrido es largo, ya es dificil tirar un globo dentro del área chica si el arquero no se agacha. Hace unos años comenzó a llamarse “folha seca” a esos globos en que la pelota NO GIRA SOBRE SU EJE, elevándose lo justo y necesario para superar al goalkeeper par luego desplomarse como en el vacío.

Otra “novedad” respecto de movimiento de rotación/traslación de la pelota la impusieron (por lo menos en su forma más conocida) Riquelme y Cristiano Ronaldo. Mucho empeine, poco giro sobre el eje y un pequeño cambio de trayectoria después de pasar la línea de la barrera. Con este truco se pierde la fascinante toma de la pelota chanfleada girando hacia el ángulo. Pero ganamos en imprevisibilidad. Digamos todo.

Aire malo

Pero a este medio, también se le suele valorar negativamente.

Aunque es cierto que dio lugar a uno de los mejores apodos del fútbol nacional con “el hijo del viento”, el viento es un enemigo traidor del jugador que no comprende. El arquero boludo saca contra el viento y la pelota se eleva y apenas llega a 30% de cancha y baja previsiblemente y le vuelve antes de lo previsto. O las famosas jugadas de riesgo en las canchas patagónicas con defensores pelotudos (inolvidables Valentini-Braghieri) que no saben prever el pique e inventan el riesgo en donde no lo había.

Pero si el aire es el lugar de la fantasía, también es el depositorio donde los burros guardan aquellos balones que interpelan duramente su sabiduría y su capacidad de decisión. El burro no duda, la tira a la mierda, la revolea, la pone en suspenso hasta que la ley de gravedad la devuelva a la superficie y ahí ya el problema será para otro: el delantero que verá como baja ese satélite, el plateísta que ligó el bochazo, o el trapito si es que estamos hablando del fútbol de ascenso.

A diferencia de Las Vegas, lo que pasa en el aire, no queda en el aire. A menudo, nos ofrece escenas espectacularmente violentas, porque una vez que pega el salto es muy difícil para un futbolista -en el basquet es distinto- cambiar el plan original. Entonces saltan los dos a cabecear y allá arriba, como un sacrificio a Eolo, nos es dado el choque de cráneos: se suenan las castañuelas, gritos de puto, sangre, venda ridícula. Incluso si la caída es mala hasta puede haber una convulsión. Momento de mierda, silencio, carrito. Zafó.

“La cancha de arriba”, como se dice ahora, es un lugar del que no se puede prescindir. En más de una ocasión, está más disponible que la de abajo. No hay jugador completo si no sabe resolver las dificultades que el aire plantea, pero tampoco estaríamos conformes con un jugador que lo único que sabe es cabecear, por las limitaciones que el cabezazo tiene respecto de la patada, tanto en distancia (Palermo, vos no) como en precisión (Abreu, vos tampoco). Pero además, que cifran demasiadas esperanzas en el juego aéreo, dependen también de la precisión de los ejecutantes que como sabemos en la era de la chizitez, viene en dosis de uno por equipo. Suena increíble que en cada equipo haya UN especialista en PELOTA PARADA. O sea: hay un sólo jugador que con la pelota muerta en el piso, sin presión de tiempo, puede ponerla en una zona que sería de unos 36 metros cúbicos.

Finalmente: vot sí a las jugadas muy aéreas. Tienen una espectacularidad de circo que en dosis correctas, es muy comprable. Doble cabezazo en el área, chilenas, tijeras, palomitas, zidaneadas, y todo eso.

Vot no a la pelotudez de volar en cualquier circunstancia y a trabar con la cabeza, por desnaturalizar el uso de la sesera.

Así entonces, llegamos al final de este segundo capítulo de “el fútbol y los elementos”. El próximo no sé si será la tierra y o el fuego.

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