No aprendimos nada

Rusia 2018 pasó y dejó muchos aprendizajes para el que quiera leer. Pero en Argentina parece regir la necedad.

Argentina quedó eliminada y desmanejos dirigenciales, técnicos y grupales al margen, una de las cuestiones que asoman de inmediato al analizar las razones de ello es que cayó ante dos conjuntos que han sido netamente superiores en varios aspectos del juego, por más que las circunstancias llevaron a que el trámite de ambos partidos fuera parejo.

Si uno observa con detenimiento las cualidades técnicas y tácticas, desplegadas a un alto ritmo de juego, en una de las mejores finales de copa del mundo que hemos visto, se da cuenta que el combinado albiceleste está por debajo de ese nivel y que solo lo podía emparejar desde el arrojo y las calidades individuales de sus delanteros, pero solo por un rato.

El juego de la selección pareció lento y cansino, en comparación con el resto de los partidos que se vieron en el mundial, apostando todo el tiempo por el juego de posición estático, predecible, y jamas aprovechando una sola transición defensa-ataque. Peor aún, sufriendo todas y cada una de las transiciones ataque-defensa. Pero lo que mas le costó al seleccionado desde la partida de Martino fue la consolidación de una identidad de juego que se adapte a los cambios que tuvo el fútbol durante esta década, un poco por no contar con los volantes adecuados para ciertas funciones, otro poco por la volatilidad de los entrenadores. En resumen, no se estuvo a la altura tanto por no disponer de los recursos como por no saber cambiar las piezas correctas a tiempo.

Sin embargo, muchos comunicadores en lugar de analizar lo lejos que se está de tener un pasador tan preciso como Rakitic o un mediocampo como el de Pogba, Kante y Matuidi, se enfocan en criticar/alabar a Francia por su postura defensiva durante el partido con Argentina o el partido con Croacia, dependiendo de su propia corriente a la que adhieren. Esta vieja discusión bilardismo/menottismo tan añeja la terminan trasladando a cualquier cuestión, quedándose solo con una parte de la imagen y tomando la parte de la evidencia que les sirve para autoafirmarse, en lo que claramente es un sesgo de confirmación. Ese sesgo lo sostienen para absolutamente todo (por ejemplo, se valían de los aspectos que les convenían del juego de Guardiola como referencia para avalar la vigencia de sus creencias) y dentro de esa discusión binaria del siglo pasado, el que termina siendo perjudicado es el fútbol argentino, que ya se quedó afuera de la revolución del fútbol en la década pasada y se está quedando afuera de lo que está sucediendo ahora (al menos a nivel de selecciones que es donde se puede competir, no así a nivel clubes donde la diferencia económica lo vuelve imposible internacionalmente).

No solo no se forman jugadores para el nuevo fútbol que se gestó entre los últimos dos mundiales, si no que casi ningún entrenador recoge el guante de las innovaciones técnico-tácticas que el alto nivel exige, y para peor se barajan entrenadores de la selección que están dentro del mismo círculo vicioso de las discusiones vetustas sobre lirismo/bidonismo.

Si no se advierte que la falla está en las mismas entrañas del propio fútbol (sobretodo a nivel de inferiores), difícilmente sea posible seguir siendo protagonista de las competiciones internacionales a futuro, a menos que sigan apareciendo estrellas formadas en el exterior que nos “salven” del profundo pozo de la ignorancia en el que nos hemos metido.

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