Grandes goleadores argentinos: Ángel Amadeo Labruna (Parte II y final)

Finalizamos la reseña del gran Ángel Labruna, que iniciamos esta mañana aquí.

Selección: un par de conquistas y un rotundo fracaso

Pero habiendo jugado un par de décadas en la elite del fútbol nacional, y con casi 300 goles en su haber, hubiera sido impensado que Labruna no tuviera la posibilidad de vestir la camiseta de la selección nacional.

Pero lamentablemente para él, y al igual que sucedió con notables cracks del fútbol argentino como por ejemplo los casos del “Charro” Moreno, Pedernera, Rinaldo Martino, René Pontoni, Mario Boyé, Norberto Méndez o Vicente de la Mata, ya sea por falta de disputa del Mundial a causa de la Segunda Guerra Mundial (1942-1946) o por elección de la propia AFA en su momento (1950-1954), el “Feo” no pudo disputar una copa del mundo en la plenitud de su carrera. Sí a diferencia de los antes nombrados Angelito llegó a jugar el máximo torneo del planeta fútbol, pero cuando estaba ya en el ocaso de su riquísima trayectoria… aunque la verdad, es que el tipo ligó el ticket a Suecia ´58 de rebote.

La realidad es que Labruna ni figuraba en los planes de Guillermo Stábile, quien se desempeñaba como DT del combinado nacional desde fines de la década del ´30. Pero pocas semanas antes del viaje, uno de sus compañeros de club (el “Mono” Zárate) se quebró una pierna y ante ello el “Feo” fue llamado de urgencia, pese a que estaba de licencia como el resto de los jugadores del fútbol local y con casi 10 kilos de más.  

Ya con 39 años de edad y fuera de ritmo, Labruna fue parte de la delegación argentina que arribó -cargada de soberbia y triunfalismo- a tierra sueca para disputar el Mundial de 1958. Ausente en la derrota del 8 de junio ante Alemania Occidental, en lo que fue el debut nacional en el torneo, para el vital encuentro ante Irlanda del Norte el técnico Stábile decidió incluir al veterano atacante en el once inicial: fue victoria 3-1 para la albiceleste, aunque Angelito no logró convertir. Y luego, el 15 de ese mes, llegó con él en campo el inolvidable 1-6 en el decisivo duelo ante Checoslovaquia, que no sólo significó la eliminación del certamen, sino que fue un mazazo que tuvo consecuencias durante años para el fútbol de este lado del mundo.

Lógicamente, ese encuentro ante los checoslovacos fue el último de los muchos que el atacante disputó con la camiseta albiceleste. Ya no habría nuevas oportunidades para Labruna y era hasta lógico. Alguna vez, preguntado acerca de esa traumática experiencia en Suecia el tipo recordó sin vueltas: “Fuimos con los ojos vendados, a ciegas. No estábamos preparados ni física ni técnicamente para afrontar tres partidos en una semana”.

Respecto a sus momentos más gratos con la selección, hay que destacar que ganó en un par de ocasiones la Copa América. La primera vez fue en la edición de 1946, disputada en Buenos Aires, teniendo el honor de ser -junto a “Tucho” Méndez- el argentino con más goles señalados, 5 en total. Y casi una década más tarde -ya con una participación más acotada- fue campeón en el certamen de 1955 disputado en tierra chilena; teniendo ya 37 años de edad le tocó ser suplente de su joven compañero Sívori y por eso dispuso de muchos menos minutos de los que había gozado 9 años atrás.

El retiro: ganador como DT, pero con una cuenta pendiente

Casi inevitablemente, el primer club que requirió de sus servicios una vez retirado fue River… pero no para dirigir su plantel superior. Atento a su inexperiencia, el “Millonario” lo buscó para que en 1962 fuera el “espía” del técnico Néstor Raúl Rossi, debiéndose recordar que el temperamental “Pipo” había sido compañero del goleador entre 1945/49 y 1955/58. La función de Labruna pintaba bastante sencilla: tenía que ver al próximo rival del CARP y pormenorizar sus fortalezas y debilidades; aunque cuenta la leyenda que Angelito no se tomó muy en serio la cuestión y los informes los elaboraba el lunes leyendo los comentarios de los diarios, dado que los domingos él prefería ir al hipódromo.

Luego de esa breve etapa, el “Feo” intentó con varias actividades comerciales -sin demasiada fortuna cabe aclarar- y una de ellas fue la de concesionario de la confitería del club Defensores de Belgrano, modesta institución que a mediados de la década del ´60 militaba en la Primera “B”, principal torneo del ascenso argentino por aquel entonces.

Fue en 1966, cuando estaba abocado al tema de la confitería, que los dirigentes del rojinegro le ofrecieron la dirección técnica del equipo, que venía bastante mal. Ángel tomó al equipo en la parte baja de la tabla de posiciones y terminó el torneo en el 7º lugar, nada mal para ser el debut y más teniendo en cuenta que participaban 22 clubes en el mismo. Ya al año siguiente, el equipo del Bajo Nuñez se transformó en la revelación de la divisional y cerca estuvo de lograr lo que hubiera sido un histórico ascenso a la “A”, pero a pesar de ser el cuadro que más puntos sumó en el año no pudo subir: debió jugar un Reclasificatorio con otros 3 equipos de la Primera “B” y algunos que venían desde arriba, y ahí al rojinegro no le dio la nafta para subir.

Pero el hecho de haber quedado en las puertas de la elite con Defensores no fue lo más llamativo de aquel año ´67. Resulta que, a la vez que dirigía en la “B” al Defe, en Primera División Labruna era el orientador táctico de Platense, humilde cuadro que de su mano cumplió una labor excepcional, quedando a un paso de jugar la final del Torneo Metropolitano, en la primera edición que tuvo ese certamen. Incluso, el “Calamar” estuvo a nada del partido que definiría al campeón, pero en una semifinal inolvidable jugada en la cancha de Boca, pese a tener un hombre menos (por la lesión de Enry Barale) el Estudiantes de Osvaldo Zubeldía logró remontar una desventaja de un par de goles y terminó ganando 4-3, para superar pocos días después a Racing en la final. Pese a la enorme frustración, esa gran campaña con Tense -más lo hecho simultáneamente en el fútbol del ascenso- puso en marcha para el “Feo” una muy exitosa carrera como director técnico.

Con sus hijos

Y eso que los años subsiguientes fueron durísimos para él. Porque pese a que en 1968 lo volvieron a llamar desde River, su casa, esta vez sí para ofrecerle la conducción de la primera, a esa altura el club ya acumulaba 10 años sin títulos en el orden local, lo que sumado a la increíble final perdida de la Libertadores ´66, hacía se viviera un clima de histeria más digno de estos tiempos que aquella década. Pero lamentablemente para él, y pese a que le pasó cerca a la corona en más de una oportunidad – el CARP acumuló los subcampeonatos del Nacional ´68, Metro ´69, Nacional ´69 y Metro ´70, en este último caso perdiendo el título por un gol de diferencia (!) -, el título le fue esquivo al “Millonario” y por eso el 24 de julio de 1970 dirigió el último encuentro de su primera etapa como DT en Nuñez.

Sin embargo, las frustraciones deportivas no fueron lo peor que debió afrontar Labruna en ese ciclo en River, pese a que los ingratos que nunca faltan llegaron a pintarle el frente de su casa de color negro. Ángel, el hombre que había detrás del ídolo, en octubre del ´69 sufrió una de las peores amarguras que un ser humano puede padecer: la muerte de su hijo mayor, Ángel Daniel, quien jugaba en las inferiores del club y pintaba como para continuar – aunque fuera en parte – el legado de su padre con la banda roja en el pecho.

Exiliado de Nuñez y con un doble dolor calándole el alma, Angelito armó las valijas y tras una breve estadía en Argentinos Juniors, hacia 1971 apareció en Rosario, para hacerse cargo de un Central que en el Nacional ´70 había llegado hasta la final, cayendo justamente ante Boca, el eterno enemigo del protagonista de esta historia.

Y si bien es verdad que había una base interesante dejada por el recordado Ángel Zof, la realidad es que Labruna llegó en junio cuando promediaba el Metropolitano y metería para el Nacional de ese año algunos retoques que terminaron siendo claves para llegar a la gloria. ¿Un ejemplo? Adelantó varios metros en la cancha a ese talentoso llamado Aldo Pedro Poy y le sacó mucho jugo. ¿Otra muestra? Hizo debutar en primera a un tal Carlos Daniel Aimar, volante central batallador, fuerte y que mostraba muy buenas condiciones para el puesto. Dirigido por el porteño, el club rosarino tuvo una primera fase muy buena y así se convirtió en uno de los 4 semifinalistas, soñando con lograr el primer título argentino de su historia.

Pero ya en la semi aparecía un escollo durísimo: nada menos que Newell´s Old Boys. ¿Y dónde se jugaría el partido? En cancha de River, como si fuera una ironía del destino para Labruna. Alguna vez, su histórico ayudante Rodolfo Talamonti contó que sabedor de la “mufa” que invadía el vestuario local del “Monumental”, el pícaro DT les rogó a los dirigentes centralistas que lograran tener para ellos el vestidor visitante del estadio, cosa que lograron; pero cábalas al margen, gracias a la mítica “palomita” de Poy, aquel 19 de diciembre del ´71 Rosario Central ganó 1-0 el que quizás sea el triunfo más festejado de su larga historia… Tres días después, el “Canalla” batió 2-1 en la final a San Lorenzo – en la mismísima cancha de NOB, para más disfrute – y se convirtió en el primer equipo de “tierraadentro” que ganaba el campeonato en 40 años de profesionalismo.

Ese título del Nacional ´71 fue el primero que ganó Labruna en su versión entrenador, aunque todavía le faltaba dar media docena de vueltas olímpicas en esa condición; y destacándose que lo lograría antes de que se cumplieran los 10 años desde esa primera coronación.

Tras esa coronación en Rosario, promediando el Metro ´72 se fue de allí y recaló en Lanús, donde dirigió muy pocos partidos a un equipo que terminó en el penúltimo lugar y se fue a la “B” tras un mal paso por el Reclasificatorio, aunque ya sin él como estratega. Tampoco le fue muy bien en 1973 cuando dirigió los destinos primero de Chacarita Juniors y luego del Racing Club, siendo lo más destacado de su paso por Avellaneda, su anécdota de cuando a fines de ese año prácticamente “obligó” a un joven Ubaldo Matildo Fillol a que firmara con River, pese a las dudas que tenía el arquero… poco tiempo más tarde, el entrenador y el “Pato” se reencontrarían, para ganar muchos títulos en la segunda mitad de la década.

Con Nucetelli

Ya en 1974 la carrera de Labruna tuvo un gran repunte tras un par de años flojos, y fue el DT del Talleres que se convirtió en LA sensación del Nacional de ese año, logrando una gran campaña que lo llevó a disputar el petit-torneo por el título, pero moviendo además a miles de cordobeses cuando cada 15 días el equipo se presentaba en Buenos Aires. Llevado a Barrio Jardín por un Amadeo Nuccetelli que había agarrado al club destruido poco tiempo antes, el “Feo” armó un cuadro que jugaba verdaderamente bien y que fue la base del albiazul que durante buena parte de los 70´s estuvo muy cerca de salir campeón.

Esa gran campaña de Labruna en suelo cordobés, a la que obviamente ayudaron jugadores luego mundialistas como Luis Galván y Miguel Oviedo, o de un talento descomunal como los casos de Daniel Willington y Luis Ludueña, le dio al entrenador la chance de que luego de 4 años le dieran una nueva oportunidad en su amado River.

Pero si cuando desde Nuñez lo fueron a buscar a Ángel en el ´68 el clima ya estaba caldeado por una sequía de una década, qué decir de lo que se vivía en el verano de 1975, con el club recordando cada vez más lejana aquella vuelta olímpica del ´57, justamente la última suya con los pantalones cortos. Pero al tipo no le importó nada, y tirándose la presión encima dijo: “Vuelvo a River y es para ser campeón”.

Y así como prometió, más allá de un susto cuando promediaba el Metropolitano por la merma de rendimiento del equipo, terminó cumpliendo. Luego de la apoteótica conquista en el Metro, que puso fin a 18 años de malaria, River siguió con el envión en el Nacional, torneo que terminó logrando pese a la oposición hasta el final del Estudiantes que dirigía un joven Carlos Salvador Bilardo. Con jugadores como Fillol, Roberto Perfumo, Daniel Passarella, Juan José López, Reinaldo Merlo y Norberto Alonso, el tipo armó un equipo que no sólo ganó los 2 torneos locales del ´75, sino que también se llevó el Metropolitano ´77, el Metropolitano ´79, el Nacional ´79 y el Metropolitano ´80.

Celebrando en 1975

Acusado más de una vez por sus críticos de ser un tipo que no “laburaba”, esto pensaba el Labruna entrenador: “Lo más importante son las condiciones técnicas, el talento, la picardía, todo eso que lo hace llamar un jugador de fútbol. Pero si además de todo eso tiene garra, entonces se aproxima al ideal. Esa palabra es la que más me gusta aplicar al fútbol: garra. ¡Fíjese si Ermindo Onega hubiera tenido un poco más de garra…! Un fenómeno, un fuera de serie. Quiero jugadores que nunca se resignen a perder. Si usted consigue un equipo con once tipos así, empiece a pensar en campeonatos”.

Siempre reconoció como influencias suyas a los ya nombrados Cesarini, Stábile y Minella, además de un Carlos Peucelle al que tuvo como DT en sus primeros años: “Aprendí de ellos cuatro y de los grandes jugadores que me tocaron como compañeros, verdaderos monstruos”.

Y volviendo al tema de las críticas, casi como una declaración de principios dejaba estos conceptos propios de su autoría: “El objetivo principal de todo entrenador es lograr formar una gran familia. ¿La suerte? No existe. La suerte es sacarse tres veces la lotería. No me vengan con la suerte. Por último, y con relación a la falta de obsesión por las pelotas paradas, esta era su postura: “¿Preparar jugadas de tiros libres? ¡Claro que las practicamos! Pero, yo me pregunto, ¿tanto beneficio le puede tributar la ventaja de un tiro libre en el caso que consiga el gol? Uno cada tanto, ¿o no es así? Por eso prefiero trabajar fútbol como fundamento y no recursos accesorios”.

Pero así como el “Millonario” era amplio dominador en la esfera local, el talón de Aquiles de Labruna fue la Copa Libertadores, la cual nunca pudo ganar pese a sus varias intervenciones. De hecho, la primera vez que la disputó como DT no le fue mal realmente y llegó hasta la final (1976), perdiendo ante el Cruzeiro en el tercer partido disputado en Chile, con un equipo al que tuvo que emparchar demasiado; pero en 1977 quedó eliminado en primera fase, en 1978 mancó en semifinales -y para colmo de males ambas ediciones fueron ganadas por Boca- y en la edición de 1980 volvió a quedar afuera en primera ronda, a manos de un Vélez que por primera vez en su historia jugaba esta competición.

Labruna y Aragón Cabrera

Y la gota que rebalsó el vaso fue el fracaso en la Libertadores de 1981, en la cual el equipo no pudo sortear nuevamente la zona compartida con los colombianos del Junior y el Deportivo Cali además de Central, sumando una nueva frustración en un torneo que recién se ganaría a mediados de esa década. Para colmo de males, Boca estaba dominando en el Metro que finalmente ganaría, y eso empujó a la dirigencia encabezada por Rafael Aragón Cabrera – pero en la que estaba presente la sombra de Carlos Lacoste, uno de los militares con mayor poder en la Argentina de aquellos años – a mostrarle la puerta de salida al que posiblemente sea el mayor ídolo de uno de los principales clubes de América.

Le ofrecieron ser manager, pero el tipo no quiso saber absolutamente nada con eso. Dolido por las formas y triste por tener que abandonar la que consideraba su casa después de más de 6 años ininterrumpidos como DT, a partir del Nacional ´81 y debió ver como su reemplazo era nada menos que Alfredo Di Stéfano, con quien había compartido equipo en Nuñez más de tres décadas atrás, antes de que este emigrara a Colombia y luego se convirtiera en una leyenda del fútbol mundial ya en España.

Convencido de que podía llevar a otro equipo que no fuera River al éxito, y tal vez recordando su linda experiencia en suelo cordobés, Labruna para 1982 se fue a Talleres, que para esa altura era claramente un equipo que podía complicar a los grandes y hasta aspirar a salir campeón, no era una incógnita como en aquel Nacional ´74 cuando nadie daba dos mangos por la “T”.

De hecho, en un Nacional ´82 en el que se dio el enorme gusto de vapulear 4-0 a un CABJ que comenzaba a vivir su etapa más oscura, Ángel llevó al “Tallarín” hasta las semifinales del torneo, instancia en la que le puso stop el Ferro de Carlos Griguol, que a la postre sería campeón. Luego de irse de Barrio Jardín, Labruna volvería a dirigir a un equipo de la Capital Federal, pero sorpresivamente para muchos el destino no era un equipo importante sino Argentinos Juniors, institución que venía de coquetear con el descenso en el ´81 y que de su mano, logró evitar la guadaña en el Metro del ´82.

Y si bien muchos recuerdan a Roberto Saporiti y José Yudica como los técnicos que ganaron el Metro 1984 y el Nacional 1985 respectivamente (agregándose la Libertadores ´85 en el caso del “Piojo”), hay que destacar que el proceso de transformación, ese cambio de un equipo que miraba siempre para abajo y en poco tiempo pasó a mirar a todos desde arriba, lo inició este hombre.

¿Cómo? Primero, convenciendo a los dirigentes de que había que dejar de jugar en el pequeño reducto de La Paternal, y buscar un campo de juego más acorde a las condiciones de los jugadores que tenía el plantel y a lo que el propio Labruna pretendía de un equipo suyo… de ahí a la mudanza a la cancha de Ferro hubo un paso nomás, y en Caballito se escribieron las más gloriosas páginas de la larga historia del “Bicho”. Y segundo, por su talento para armar planteles. Con un mix de pibes que venían de abajo (ej: Sergio Batista), incorporaciones de mediana edad (ej: José Castro, Carlos Ereros) y veteranos que aún tenían algo para dar (ej: JJ López), fue armando la base del AAAJ al que dio gusto ver jugar entre 1984 y 1986, más allá de los títulos logrados.

Labruna no sólo evitó que el “Bicho” se fuera a la “B” en el ´82, sino que en el Nacional ´83 llevó al equipo hasta las semifinales, algo impensado luego de la partida de Diego Armando Maradona del club… pero cuando aún seguramente tenía mucho para dar y en plena disputa del Metropolitano de ese año, lo sorprendió la muerte.

“Volvería a River, siempre y cuando no estén los que me sacaron”, declaró -como una ironía del destino- el “Feo” poco antes de aquel 19 de septiembre del ´83 en que falleció, mientras se reponía de una intervención quirúrgica que afrontó por un problema en la vesícula. Aparentemente estaba todo bien tras la cirugía y de hecho, Ángel se estaba recuperando satisfactoriamente. Sin embargo, cuando se preparaba para caminar un rato junto a un Fillol que para ese semestre había llegado al club de Paternal tras una conflictiva ida de Nuñez, sufrió un paro cardíaco y cayó en brazos de ese arquero que lo quería como a un padre. Varios años después de ese infausto episodio, y aún con dolor en el alma, esto recordó en una nota de “El Gráfico” su amigo Talamonti: Lo operaron de la próstata ese lunes. Lo fui a ver al mediodía al sanatorio, vino el urólogo, le cambió la sonda, y le dijo que al mediodía se pasara a una habitación más grande, porque recibía muchas visitas. Me fui a la cinco de la tarde y cuando llegué a Argentinos, el “Bocha” Brescia me pregunta: “¿No tiene nada para contarnos?”. Yo pensé en el empate del día anterior con Estudiantes. “Murió Labruna”, me dijo. “¡¡Cómo!?” Salí corriendo para el auto y me puse a fumar. Hacía un año que no fumaba. Fui al sanatorio y me enteré de que Ángel se había levantado, se sintió mareado y ahí nomás se quedó seco. Fue un coágulo de sangre de la operación, que le tapó el corazón. Un error del médico por no haberle dado anticoagulante o masajes, qué sé yo.

A punto de cumplir 65 años de edad, ese fue el final de uno de los mejores jugadores y entrenadores de la historia del fútbol argentino. Un tipo que defendió la camiseta de River en 515 ocasiones por campeonatos locales y alcanzó la bestial suma de 293 goles (destacándose que apenas 10 fueron de penal), por lo que comparte con el paraguayo Arsenio Erico el honor de ser el máximo artillero de la era profesional en nuestro país.

De notable olfato goleador, ello no era óbice para mostrar una técnica depurada, la cual respaldaba con una guapeza sin límites, no en vano es el mayor goleador del superclásico en la historia, con 16 tantos. Mostró vigencia a lo largo de dos décadas de carrera (en las que ganó nada menos que 9 campeonatos locales) algo muy difícil acá y en cualquier lugar del mundo, en la época que sea.

Recordado desde hace algunos años cada 28 de septiembre por el Mundo River -dado que en honor a él su natalicio coincide con el “Día del club”- hoy es un buen momento para repasar vida y obra de este verdadero animal del área, quien además también fue ganador de la línea de cal para afuera… esta es la historia de Ángel Amadeo Labruna, un grande entre los grandes.

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